• No results found

B. Benefit-Cost Considerations in the Implementation of the

VI. IMPLEMENTATION

El estudiante Bénard dijo:

—¡Galois tiene razón! Nuestro lugar no está aquí sino en la calle. Miren por las ventanas y verán la barricada en la calle Saint-Jacques y a los alumnos de la Escuela Politécnica. No sé si salieron por la fuerza o si las autoridades de la escuela les per- mitieron salir. Pero ustedes ven que están en la barricada. Es tiempo de que decida- mos qué hacer. La puerta que da al Louis-le-Grand ha estado cerrada desde ayer. La puerta que lleva a la rue du Cimetiére Saint-Benoït está cerrada y vigilada. Aquí es- tamos como prisioneros y no hay ninguna oportunidad de escapar. Pero podremos salir si unimos nuestros esfuerzos. Estoy de acuerdo con Galois en que nuestra hora ha llegado y que debemos salir por cualquier medio. Ustedes temen las consecuen- cias, pero...

Se oyó una voz, no se sabía si lo decía en broma o en serio: —¡Viva la Revolución!

El que había hablado trató de continuar. Pero el coro de alumnos era ruidoso y persistente. Finalmente el orador logró hacerse oír:

—No seamos cobardes... —Nos llamó cobardes. —Retíralo.

De nuevo el orador logró hacer oír:

—Pueden convencerme de que no son cobardes decidiendo salir y luchar. —Tú eres un cobarde.

Dos estudiantes avanzaron simultáneamente hacia la tribuna: Galois y Bach. —No queremos a Galois.

La mayoría repitió rítmicamente: —Queremos a Bach, queremos a Bach.

La débil replica de “Queremos a Galois” quedó sofocada. Bach llegó primero a la tribuna. Era el mejor alumno de su clase y parecía justamente lo que un tal estudian- te debe parecer: pulcro y pedante.

Con una sonrisa, amistosa y al mismo tiempo de superioridad, esperó hasta que el ruido se apagara. Luego elijo suavemente:

—¡Compañeros estudiantes! Ya hemos discutido largamente nuestro problema. Digo “hemos”, pero en realidad tuvimos que escuchar la mayor partedel tiempo a Galois. (Aplausos y risas.) Estamos discutiendo en lugar de trabajar. Por lo que pue- do ver, sólo un pequeño grupo quiere que abandonemos la escuela. Hay algunos que estarían dispuestos a irse si ello no fuera contra los deseos de Monsieur Guigniault. Tenemos suficiente confianza en Monsieur Guigniault para saber que actuará pru- dente y decentemente y que tendrá presente nuestro bienestar. Por ello hago mo- ción de que invitemos a nuestra reunión a nuestro director Monsieur Guigniault.

—Cédeme el lugar, por favor.

Galois fue a la tribuna. Tartamudeó: la emoción ahogaba su voz.

—Por favor, escúchenme. ¡No se rían! No bromeen cuando la sangre del pueblo está corriendo por las barricadas...

—¡La sangre del pueblo! ¿Y qué dices de la sangre de los soldados?

Es la sangre del pueblo la que corre en defensa de la libertad. Tenemos que unirnos a la lucha del pueblo. El pueblo no le pidió al rey que le permitiera rebelarse. Pero ustedes le quieren preguntar a Monsieur Guigniault si él nos permite rebelar- nos. ¿No saben acaso qué dirá? Si lo sabemos e insistimos en preguntárselo, somos hipócritas que buscamos...

—Cállate, Galois, cállate, cállate.

El ruido apagó las palabras de Galois y sólo eran visibles sus gestos y ademanes. Súbitamente abandonó la tribuna y se hundió en la silla más cercana.

Los alumnos enviaron luego a Bach a invitar al director. Cuando Monsieur Guigniault entró, los alumnos se levantaron con deferencia y escucharon atentamen- te la oratoria de su profesor.

— ¡Estudiantes de la Escuela Preparatoria! Quiero ante todo expresar mi sincera gratitud por la confianza que mostraron en mí al haberme invitado. —Siguió una

pausa de efecto oratorio—. Estamos viviendo días graves. No temo decir que conde- no las ordenanzas que traban las libertades garantizadas a Francia por Luís XVIII y que nuestro rey fue mal aconsejado para disolver la Cámara de Diputados y firmar las ordenanzas. ¡Yo estoy a favor de la ley!

Miró a su auditorio, hizo una nueva pausa y luego continuó en voz baja, suave. —Pero si ustedes me preguntan si debemos apoyar a la Revolución, si desean que conteste esta pregunta mediante un “sí” o un “no”, entonces me niego a contes- tar. Aquí, en la escuela, tenemos una tarea que está por encima y más allá del terre- no movedizo de los sucesos políticos. Debemos estudiar, debemos aprender nuestras materias para poder trasmitir eficazmente a la generación joven el conocimiento que nos ofrece nuestro legado. Este es el deber que nos prometimos cumplir con Francia. Salir a las calles de París significa abandonar esa sagrada obligación. Luego el tono se hizo paternal.

—Quiero convencerlos. No quiero emplear la fuerza. Pude haber recurrido a la policía para que guardara el orden y obligarlos a permanecer dentro de las paredes del colegio, pero prometí no hacerlo. Si me prometen que nadie abandonará este edificio, yo puedo prometerlos que las puertas de nuestra escuela permanecerán abiertas. Confiaré en vuestra palabra. —Volvió a la oratoria—. Recordemos en esta hora grave que el sufrimiento y la tragedia abruman a ambos lados. Es cierto que el pueblo, dispuesto a luchar, defiende las libertades amenazadas por las ordenanzas. Pero debemos recordar que los soldados son también humanos. Han prestado jura- mento al rey y quieren hacer honor a ese juramento.

El discurso estaba llegando a su punto culminante.

—Si tratamos de alcanzar este nivel más alto de comprensión, hemos de mirar con dolor y tristeza la lucha que está por delante. En esta grave hora nuestra tarea es clara: debemos decidir hacer todo cuanto esté en nuestra mano para restañar las heridas de Francia cuando haya terminado la lucha.

Estallaron aplausos. Monsieur Guigniault esperó pacientemente que cesaran, y luego dijo:

—Por lo tanto, les pregunto: ¿Me prometen no abandonar la escuela hasta que termine la lucha?

Un único “no” se oyó entre el sonoro coro de “síes”.

—Lamento que no todos ustedes quieren hacerme esa promesa. ¿Puedo pre- guntar quién de ustedes se niega a hacérmela?

—Yo, señor.

Evariste entrevió el rostro de Bénard vuelto hacia el suelo y una mejilla roja de Chevalier. El director miraba a Galois con expresión de triunfo atemperada por una estudiada paciencia.

—Me gustaría llegar a un arreglo. No deseo emplear la fuerza ni invitar a la po- licía. Por lo tanto le pregunto al único alumno que quiebra la unidad de nuestra escuela: ¿Puede usted prometer por lo menos que no intentará abandonar la escuela hoy o mañana?

—Iré más lejos a fin de mostrar a todos ustedes hasta qué punto prefiero em- plear la persuasión a la fuerza. ¿Me promete al menos que, si decide salir, me comu- nicará antes su intención?

—No, señor.

El director se dirigió hacia el resto de los alumnos.

—Ven ustedes claramente que hice todo lo posible. Siento que todos ustedes se perjudiquen por la increíble obstinación de un solo alumno. Pero hasta que ese es- tudiante cambie de idea, las puertas de la escuela estarán cerradas y vigiladas. La- mento todo esto tanto como ustedes. Pero, después de lo que acaban de oír, estoy seguro de que ninguno de ustedes me censurará. Antes de dejarlos, quiero agrade- cerles una vez más el que me hayan invitado.

Monsieur Carrel, conocido escritor, director del National, uno de los que firma- ron el manifiesto de los periodistas, le dijo a un amigo republicano la mañana del 28 de julio “¿Cómo puedes creer en una revolución? ¿Tienes por lo menos un batallón a disposición?” Mirando en torno, vio a un hombre que sacaba brillo a sus zapatos con el aceite de una lámpara rota. Señalando a ese hombre, dijo: “Ahí tienes un cuadro típico. Eso es lo que la gente hace: rompe las lámparas de la calle para lustrarse los zapatos sucios.”

Pero la Revolución llegó. Apareció en las calles de París, sin que nadie la hubie- ra preparado, sin que nadie la hubiera organizado, temida por los hombres que la provocaban, hecha por el pueblo que no comprendía los gritos de combate en defen- sa de los cuales daba su vida. Nadie sabe cómo o de dónde surgió la primera chispa. Pero el 28 de julio el fuego de la revolución hacía estragos en las calles de París.

La bandera tricolor ondeaba en la torre de Notre Dame. Los tambores batían y las campanas de Notre Dame repicaban anunciando al mundo que la Revolución de julio de 1830 marchaba por las calles de París.

El martes por la noche los alumnos de la Escuela Politécnica irrumpieron en las salas de esgrima, se apoderaron de las hojas de las espadas, arrancaron los botones de sus puntas y las afilaron en las piedras de los pasillos.

Cuando el miércoles por la mañana doscientos cincuenta muchachos forzaron las puertas de la escuela, fueron saludados en la rue de la Montagne-Sainte- Genevieve con gritos: “Viva l’Ecole Polytechnique!”.

Uno de los estudiantes levantó su sombrero de tres picos, arrancó de él la esca- rapela blanca y la pisoteó. Doscientos cincuenta estudiantes lo imitaron furiosos entre salvajes gritos de “¡Abajo los Borbones! ¡Viva la Libertad!”

Un puente une la Isla de París, sobre el Sena, con la Municipalidad. Cien hom- bres marchaban hacia este puente para atacar la Municipalidad, el centro nervioso de París. No se oían gritos ni estribillos sino sólo los redobles de tambor y el ruido irregular de las pisadas pronto cubierto por el sonido siempre en aumento de hom- bres que marchaban rítmicamente. Un destacamento militar marchaba hacia el otro

lado del puente y las bayonetas reflejaban el brillante sol de julio. Luego, de pronto, cuando la guardia llegó al puente sus lilas se abrieron y se detuvieron. El pueblo vio dos cañones apuntados hacia él.

El hombre que portaba la bandera exclamó:

—¡Amigos! Si caigo, recuerden que mi nombre es d’Arcole.

Del otro lado del puente se oyó la orden: “¡Fuego!” El hombre que llevaba la bandera giró sobre sí mismo y cayó de espaldas, con la cabeza cubierta por la bande- ra. Otros diez yacían en el puente y la multitud huyó pisoteando al muerto y los cuerpos heridos de sus camaradas.

—Los malditos bastardos. —Están ametrallando al pueblo. —Fuego contra los cañoneros. Oyóse una voz imperiosa: —¡Deténganse! No corran.

Era la voz do Charras, un ex estudiante que había sido expulsado de la Escuela Politécnica cinco meses atrás por haber cantado la Marsellesa cinco meses antes de lo debido.

Charras trataba do avanzar cuando sintió que alguien le tiraba de la mano iz- quierda. Mirando hacia abajo vio a un hombre arrodillado a sus pies que jadeaba e intentaba hablar. Charras inclinó la cabeza y vio que corría sangre por el pecho del obrero.

—Me alcanzaron. Estoy muriendo. Toma mi mosquete.

Soltó la mano de Charras y cayó; su cabeza golpeó contra la barandilla.

Charras tomó el mosquete; su rostro estaba tenso y tranquilo mientras dispara- ba. Uno de los cañoneros cayó arañando el cañón. Desde la multitud partió otro disparo y cayó el segundo cañonero.

Un pilluelo dijo alegremente a Charras:

—Buen trabajo, ciudadano. ¿Le quedan algunos cartuchos? Charras miró al obrero muerto. Contestó mecánicamente: —No. No tengo cartuchos.

—Usted tiene un mosquete y no tiene cartuchos y yo tengo cartuchos y no ten- go mosquete. Hagamos un trato. Le daré cartuchos si me deja disparar. ¿Qué res- ponde, ciudadano?

Charras sonrió y le alargó el mosquete al muchacho.

Mirando al lado opuesto del puente, Charras vio que dos nuevos cañoneras hab- ían vuelto a cargar el cañón. Dio un salto atrás cuando el cañón volvía a disparar. Una bala atravesó la cabeza del niño y lo mató antes de que hubiera sentido el olor de la pólvora del mosquete que aún tenía en la mano. Muchos otros fueron muertos o heridos, y nuevas brechas se abrieron en las filas de los asaltantes. Menos de la mitad de ellos quedaban vivos, y entre éstos sólo unos pocos tenían armas. La multi- tud vacilaba.

—Retirémonos, retirémonos.

—Avancemos hacia la Municipalidad.

neros que hicieron fuego por tercera vez y cubrieron el sitio de cadáveres. Los solda- dos estrecharon filas y corrieron con las bayonetas caladas para cargar sobre los que aún vivían. Los sobrevivientes se dispersaron presas de pánico en la red de callejue- las sepultadas en el corazón de París.Esa noche dos generales llegaron de París a St. Cloud para ver a Carlos X. Le dijeron al rey que su corona estaba en peligro y que aún podría conservarla si revocaba las ordenanzas.

El rey escuchó graciosamente y, empuñando delicadamente un mondadientes, replicó:

—Los parisienses están en un estado de anarquía. La anarquía los pondrá nece- sariamente a mis pies.

En esto Carlos X se equivocaba.