De acuerdo a Rosales (citado por Rueda y Díaz-Barriga, 2000), la diversidad de consideraciones sobre la evaluación de los docentes permite determinar dos tendencias muy claras: la evaluación tradicional eminentemente cuantitativa asociada al paradigma positivista; y la evaluación cualitativa evidentemente enfocada al análisis de la práctica educativa en el aula a partir de la observación y participación voluntaria del profesor.
Asimismo, acorde a Cook (citado por Rueda y Díaz-Barriga, 2000), en la actualidad se está cuestionando la brecha existente entre ambos paradigmas y se está buscando mejor su complementariedad para fortalecer los procesos evaluativos.
Empero, independientemente de su naturaleza, el evaluador docente tiene a su alcance varias modalidades para conocer el desempeño de sus docentes. Valenzuela (2004) considera los siguientes instrumentos como los más sobresalientes:
1. La autoevaluación de profesores consiste en que los mismos docentes realicen juicios sobre sus propios procesos de enseñanza. Para lograrlo, los profesores pueden hacer videograbaciones de su desempeño o formas de autoinforme. Si bien la autoevaluación es indispensable en todo proceso de evaluación docente, esta modalidad tiene como desventaja el impacto que pudieran tener los sistemas de incentivos o compensaciones al momento de llevarlo a cabo.
2. La evaluación docente a partir del desempeño académico de los alumnos consiste en determinar la efectividad del profesor en relación a los resultados que el alumnado obtiene del proceso de enseñanza-aprendizaje. Comúnmente esta modalidad es criticada a razón de que se concibe como poco probable el poder inferir el desempeño de los profesores a partir del esfuerzo del alumno, el cual puede variar de acuerdo a su nivel cultural y socio-económico, así como de sus conocimientos previos y situación personal al momento de un curso en específico. 3. La observación en el salón de clases estriba en que algunos observadores estén presentes en el aula al momento en que un profesor está impartiendo una clase. El éxito de este instrumento radica en la capacitación adecuada de los profesores, el diseño de los sistemas de observación y registro, así como un clima adecuado entre alumnos, profesor y observador. Una de las desventajas claras de este instrumento es que le profesor pudiera presentar una práctica docente que generalmente no realiza con el fin de impactar a los observadores, o bien, entrar en un estado de completo nerviosismo que se reflejara en una pobre actuación.
4. La entrevista a profesores consiste en que una o varias personas hagan preguntas directas al docente con respecto a la materia que imparte, sus procesos
de planeación y evaluación, su práctica en el aula y/o la forma en que se relaciona con sus alumnos y compañeros. El inconveniente de este instrumento es que comúnmente evalúa competencias más que desempeño.
5. El portafolio es un instrumento de evaluación semi-formal y cualitativo que radica en la realización de una colección de trabajos, documentos y datos que permitan evaluar, más que los productos de enseñanza, sus procesos. Dentro de los portafolios se pueden anexar planes y programas de clase, exámenes, trabajos realizados por los alumnos, entre otros. Aunque el portafolio es un mecanismo que permite dilucidar el desempeño del docente desde una perspectiva procesual e integral, su interpretación puede ser compleja.
6. La encuesta de opinión a alumnos consiste en solicitar a un grupo de estudiantes que evalúen el desempeño de su maestro a través de un cuestionario que presenta ciertas preguntas relacionadas con la actividad que el docente efectúa en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Aunque Valenzuela (2004) señala que los alumnos son los mejores evaluadores del desempeño de los docentes debido a que son ellos lo que experimentan el proceso de enseñanza-aprendizaje, y que Ory y Centra (citados por Rueda y Díaz-Barriga, 2000) consideran que los puntajes de opinión de los estudiantes es la estrategia de evaluación docente más utilizada en el entorno universitario; otros autores tales como Benidle García, Neftdlí Secundino y Francis Navarro León (citados por Rueda y Díaz-Barriga, 2000) valoran que los estudiantes “no pueden ser los instrumentos centrales de la evaluación de la práctica docente, ya que no cuentan con suficientes herramientas metodológicas que sólo un profesional de la docencia puede tener para analizar y valorar la práctica educativa de sus pares” (p. 199). Otra de las desventajas de este instrumento de evaluación es que pueden existir una gran cantidad de variables que pueden minar la confiabilidad de los resultados: carácter visceral de los estudiantes por las
calificaciones previas otorgadas por los profesores, la influencia predominante de la expresividad y emotividad del maestro, rechazo y actitud de indiferencia de los profesores durante su aplicación, las consideraciones previas de los alumnos en
relación a las características de lo que debe ser un profesor ideal, los criterios considerados por los evaluadores, entre otras.
7. La etnografía educativa, acorde a Rueda y Díaz-Barriga (2000), es una metodología de corte cualitativo que busca describir detalladamente, las
actividades, creencias compartidas, y prácticas cotidianas de los miembros de un grupo o cultura, mediante la observación natural del medio en donde ocurren. El propósito básico es el describir, interpretar, analizar y comprender la gama de procesos que ocurren en el aula, así como el significado que tienen para los miembros implicados. Aunque para Rueda y Díaz-Barriga (2000) la etnografía no puede relacionarse directamente con la evaluación docente a razón de su carácter interpretativo de significados, su aplicación es de gran utilidad para el mejoramiento de la práctica docente ya que los profesores tienen la oportunidad de detectar y comprender aquellos procesos y problemas implícitos de su actuar que no detectan fácilmente.