En la actualidad, el término cultura es uno de los más frecuentemen- te utilizados en el ámbito de las ciencias sociales. Muchas veces su signi- ficado se da por supuesto; de hecho, hay un núcleo de significados comu- nes en el trato que dan a este concepto los diversos autores, aunque, también se pueden reconocer considerables diferencias.
Siguiendo a Jahoda (1992), en lugar de intentar aportar una defini- ción de la cultura1, vamos a describir lo que en este momento se puede considerar como atributos necesarios de este concepto:
1. Casi todo lo innato, es decir los aspectos de las personas determi- nados biológicamente, son excluidos de la definición de cultura. Con relación a este punto hay que considerar dos aspectos: por una parte, la opinión de autores como Trevarthen (1983) para quienes todas las personas poseen unas capacidades innatas para adquirir la cultura y, por otra parte, el hecho de que aunque el lenguaje es considerado como parte de la cultura, sus capacidades generado- ras son innatas.
2. La cultura es algo que el hombre adquiere como miembro de una sociedad, siendo así transmitida con sus modificaciones de gene- ración en generación. Lo que se transmite de generación en gene- ración ha sido considerado de diversas maneras según el momen- to en el que se analice. En los años 50, por ejemplo, los autores se referían principalmente a los patrones de conducta, pero con pos- terioridad, coincidiendo con la revolución cognitiva y promovido por antropólogos que participaron en la misma (Geertz, Goode- nough, Schneider, entre otros), la cultura se conceptualizó en tér- minos de conocimientos, significados y símbolos.
3. Con frecuencia, junto con el término cultura se hace referencia a sistemas y estructuras. Esta conexión pone el énfasis en las carac- terísticas de coherencia y organización que presenta la cultura. Desde la perspectiva antropológica, el estudio de la cultura y del ser humano como partícipe de ésta ha sido asumido, tradicionalmente, como objeto de estudio. Shweder (1984) ha realizado un interesante ensayo en el que cataloga a los antropólogos cognitivos, según la posición que adop- tan, en dos grandes bloques que él denomina «iluministas» y «románti- cos». Este autor argumenta que, a lo largo de los últimos cien años, los 1Coloquialmente, por cultura solemos entender el nivel de formación que una perso-
na ha alcanzado. Tiene mucha cultura, es una mujer muy culta, los que ven tal programa basura son muy incultos... Aquí no nos referimos a esa acepción concreta.
antropólogos están divididos en estas dos escuelas en lo que respecta a las respuestas que ofrecen al conjunto de preguntas centrales que se plan- tean sobre la mente del hombre como ser participante en una cultura. El grupo de los «iluministas» sostiene que la mente del hombre es racional y científica. En esta posición subyace una búsqueda de los universales: leyes naturales, estructuras profundas, la noción de progreso y la histo- ria de las ideas aparece como una lucha entre la razón y la sinrazón, la ciencia y la superstición. El grupo de los «románticos» sostiene que las ideas y prácticas no son ni racionales ni irracionales, sino no-racionales, es decir, no se basan ni en la lógica ni en la ciencia empírica. Rechazan la idea de progreso y afirman que las distintas culturas adoptan marcos constituyentes diferentes; no se puede hablar de pautas universales de desarrollo cultura. En esta posición subyace el concepto de arbitrariedad, el contexto local, los marcos culturales y la concepción de que la acción es expresiva simbólica o semiótica. Shweder se inclina más hacia este últi- mo grupo, aunque tal como manifiesta en sus propias palabras no se sien- te plenamente integrado en ninguna de las dos categorías.
...me parece engañoso imaginar que uno debe elegir, en general, entre una concepción iluminista y una concepción romántica de la mente humana...La mente humana es tripartita, tiene aspectos racionales, irracionales y no racionales; y comparando nuestras ideas con las de otros, siempre seremos capaces de encontrar formas en que nuestras ideas coincidan con las de otros (universalismo), formas en que nuestras ideas sean diferentes. A veces esas diferencias sugerirán progreso (evolutivismo) y otras veces no (relati- vismo). El trabajo del etnógrafo es decir qué es racional, qué irracional y qué no racional, y saber cuándo tiene sentido enfatizar la similitud, la dife- rencia y el progreso (Shweder, 1984, pp. 111-112 traducción castellana).
Entre estas dos grandes posiciones existen una gran cantidad de mati- ces y podríamos situar en ellas también a los psicólogos según la posición que adopten en este tema. Asi, Shweder cita a figuras como Piaget entre los iluministas evolutivistas.
La relación entre las distintas disciplinas que tienen como objeto el estudio del hombre, ha sido últimamente fuente de reflexión de distintos autores, que manifiestan el aislamiento interdisciplinar que se suele apre- ciar entre las ciencias humanas. La psicología ha tendido a centrarse en los procesos psicológicos, mientras que los antropólogos, sociólogos y teó- ricos sociales se han interesado por los procesos socioculturales. Unos ignorando o considerando poco problemático el contexto social, y otros dando poca relevancia a los procesos de desarrollo individual dentro de la cultura. La distancia entre estas dos perspectivas se está reduciendo considerablemente y en los últimos veinte años se ha gestado una nueva rama que se denomina psicología cultural. Desde esta posición la mente y la cultura se consideran diferentes manifestaciones del mismo fenó-
meno (Cole, 1981, 1992; Laboratory of Comparative Human Cognition, 1983). Este enfoque ha surgido en el marco teórico de la psicología socio- cultural desarrollada por Vygotski y divulgada y actualizada por sus segui- dores (Wertsch, 1985)
Entre los defensores de la psicología cultural también surgen discre- pancias; quizá la diferencia más característica es la que se puede reflejar entre Cole (1990) y Shweder (1984,1990). Según Cole, la cultura sumi- nistra el contexto básico de la acción y el significado, por lo tanto toda la psicología debe ser una psicología cultural. Para Shweder, en cambio, la psicología cultural es un campo especializado que podría completar cam- pos afines como la psicología transcultural y la antropología psicológica. A pesar de las diversas perspectivas que se pueden adoptar, es un hecho objetivo que el concepto de cultura ha cobrado una gran importancia en la psicología evolutiva. No hay una naturaleza humana independiente de la cultura. Avanzando más en esta idea, Bruner afirma en su obra Actos del significado:
La participación del hombre en la cultura y la realización de sus poten- cialidades mentales a través de la cultura hacen que sea imposible cons- truir la psicología humana basándonos sólo en el individuo (Bruner, 1990, p. 28 traducción castellana).
Al analizar el cambio de perspectiva que se está produciendo en la psi- cología evolutiva, Bruner y Haste (1987) hablan de una silenciosa revo- lución en la psicología evolutiva y Bruner (1990), particularmente, se refie- re a una nueva revolución cognitiva, cuyo centro de interés es la construcción de significados. Desde la perspectiva de la psicología evo- lutiva ha cobrado un gran interés la posición que concibe al niño como un ser social. Pero lo fundamental de este cambio de perspectiva en la disciplina ha sido el darse cuenta de que el niño «a través de la vida social adquiere un marco de referencia para interpretar las experiencias y apren- de a negociar los significados de forma congruente con las demandas de la cultura. La elaboración del sentido es un proceso social; es una activi- dad que siempre se da dentro de un contexto cultural e histórico» (Bru- ner y Haste, 1987, p. 9 traducción castellana).
Cole (1999), sin insistir en el acuerdo total, destaca los puntos de encuentro entre los distintos teóricos que se sitúan a sí mismos como psi- cólogos culturales (Shweder, Bruner, Eckenberger...) sobre las caracte- rísticas de la psicología cultural:
• Subraya la acción mediada en un contexto.
• Insiste en la importancia del «método genético» que incluye los nive- les histórico, ontogenético y microgenético de análisis.
• Trata de fundamentar su análisis en acontecimientos de la vida diaria.
• Supone que la mente surge en la actividad mediada conjunta de las personas. La mente es, pues, en un sentido importante, «co-cons- truida» y distribuida.
• Supone que los individuos son agentes activos en su propio desa- rrollo, pero no actúan en entornos enteramente de su propia elec- ción.
• Rechaza la ciencia explicativa causa-efecto y estímulo-respuesta a favor de una ciencia que haga hincapié en la naturaleza emergente de la mente en actividad y que reconozca un papel central para la interpretación en su marco explicativo.
• Recurre a metodologías de las humanidades, lo mismo que de las ciencias sociales y biológicas.