of the commemoration of the resettlements
Myth 3: In Poland and the Czech Republic the forced resettlements of the German population are taboo The Germans were able to come
IV. Implications of the present debate over the resettlements for Poland
El Presidente de la República Checa, Václav Havel, en un artículo sobre si existe una identidad europea se interrogaba a sí mismo acerca del sentido de plantearse esta cuestión en este momento y no habérsela planteado con anterioridad:
“Cuando me pregunto hasta qué punto me siento europeo y qué me vincula a Europa, mi primer pensamiento es una ligera sorpresa respecto al hecho de que sólo ahora reflexiono sobre este tema. ¿Por qué no
pensé en ello hace años, en aquellos tiempos en que empezaba a descubrir el mundo? ¿Era porque consideraba mi pertenencia a Europa como una cuestión superficial, de escasa importancia? ¿O es que daba por sentada mi vinculación a Europa?” (Havel, V. (2000)).
Es evidente que en tanto que Europa se ha definido desde hace siglos como un espacio territorial, toda persona nacida en el mismo compartía la condición de europeo. Ahora bien, esta simple adscripción de carácter territorial no es suficiente para sostener la existencia de una identidad europea. La simple pertenencia no comporta un sentimiento de referencia.
¿Por qué adquiere ahora una especial importancia convertir la geografía en identidad?
Esta cuestión debe responderse desde una perspectiva inextricablemente unida al proyecto político de construcción de la Unión Europea. El proceso de aproximación de algunos de los Estados europeos que se inició en 1951 ha alcanzado un nivel de desarrollo que necesita para seguir progresando pasar a ser relevante para sus ciudadanos.
Por una parte, la Unión Europea abarca ya 25 Estados con lo cual la realidad geográfica y la integración política están muy próximas y por otro el nivel de vinculación e interrelación entre los Estados alcanza cada vez más dimensiones. La simple colaboración en las cuestiones relacionadas con la producción del carbón y del acero no requerían un elevado nivel de compromiso social pero en la actualidad la integración conlleva no sólo la existencia de una moneda única, un mercado único y un Banco Central Europeo sino también la convergencia en temas medioambientales y sociales. Todo ello ha significado una mayor presencia de la Unión Europea en nuestras vidas como ciudadanos, especialmente con la introducción del euro que sin duda supuso el cambio de un símbolo nacional como era la peseta por otro supranacional que nos ha hecho más conscientes de nuestra pertenencia a la Comunidad Europea. Ahora bien, ello no basta para crear un sentido de identidad. Aún hoy, incluso en Estados eurooptimistas como el nuestro, la gente tiene un cierto sentimiento de extrañeza, como el referido por Havel, cuando se les pregunta sobre si se consideran europeos. Son especialmente reveladores los datos de los sondeos de opinión realizados por la Comisión Europea y que dan lugar a los denominados eurobarómetros. Una de las
cuestiones que se halla siempre presente en dichos sondeos es la de hasta que punto los ciudadanos de la Unión Europea se definen como sólo europeos, europeos y nacionales, nacionales y europeos o sólo nacionales. Aunque los resultados difieren de un Estado a otro, según lo sondeos realizados en el año 2001, en España, el tercer país con mayor sentimiento de afiliación a la Unión europea, un 4% de los encuestados se definían como sólo europeos, un 6% se consideraban más europeos que españoles, un 53% más españoles que europeos y un 31% sólo se sentían españoles. La diferencia es suficientemente gráfica como para que sobren comentarios al respecto.
Los mismos resultados se han obtenido en otros estudios en los que se ha hecho evidente que aún cuando los ciudadanos respondan positivamente a la pregunta de si se sienten europeos, sigue siendo para ellos mucho más relevante su identidad nacional o regional (a modo de ejemplo ver Herrera y Prats, (2000) o Pérez y García (2003)).
El gran reto que tiene hoy la Unión Europea es el de aproximarse a sus ciudadanos. Cómo sostenía Havel, en un discurso pronunciado ante el Parlamento Europeo el 8 de marzo de 1994:
“Si se pretende que esta gran obra administrativa, que a todas luces simplificará la vida de todos los europeos, se sostenga y resista los diversos embates del tiempo, tiene que estar visiblemente unida por algo más que un conjunto de leyes y reglamentos...”
Ese “algo más” a que se refiere el Presidente checo es, sin duda, un sentimiento de identidad arraigado en todos los ciudadanos europeos que legitime y garantice la continuidad y viabilidad de la integración.
Sin embargo, conseguir que se consolide un sentimiento de identidad europea no va a ser tares fácil ya que como señala Elena Oravcova (2000), se ha de afrontar, como mínimo, dos grandes problemas:
(1) En primer lugar la imposición “desde arriba” del proyecto europeo. Se trata de un proyecto construido por las élites políticas y compartido o, cuanto menos, conocido por las élites económicas e intelectuales. Ni siquiera los programas que supuestamente debían servir para expandir el conocimiento de la Unión Europea y fomentar un sentimiento de identidad, como los programas Sócrates o Erasmus para estudiantes, están al alcance de todos sino tan sólo de aquellas familias con capacidad económica suficiente para
sufragar la mayor parte del coste de residir durante un período más o menos largo en otro país.
(2) Por otra parte, la dificultad de definir unos rasgos comunes que contribuyan a configurar el concepto de europeidad como algo que una a los distintos Estados que componen la Unión. La diversidad lingüística, la pluralidad de tradiciones y la riqueza cultural de cada Estado conforman el mayor haber del proyecto europeo pero simultáneamente la mayor dificultad para encontrar un ámbito de comunalidad sobre el que construir la identidad europea.
Sin duda estamos ante un fenómeno de gran complejidad y cuya definición se halla en construcción de la misma manera que está en construcción el proyecto de integración europea.