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Introduction

I. Historical debates in the shaping of German society’s awareness

2. Main historical debates and their impact on the shaping of memory

El lenguaje es el instrumento a través del cual no sólo expresamos nuestras experiencias sino que las dotamos de sentido y tratamos de hacerlas inteligibles para nosotros mismos y para los demás. Así pues, el lenguaje no es simplemente el mecanismo que tienen los seres humanos para comunicarse sino que constituye su propia esencia puesto que a través del mismo conocen y da sentido a la realidad que les envuelve.

En este sentido, Maturana y Varela (1987) sostienen que,

“Creamos nuestras vidas en un acoplamiento lingüístico mutuo, no porque el lenguaje nos permita revelarnos sino porque estamos constituidos en él y en el continuo devenir al que damos lugar junto con los demás. Nos encontramos a nosotros mismos en este acoplamiento co-ontogénico, no como referencia preexistente ni en referencia a un origen, sino como transformación continua en el devenir del mundo lingüístico que construimos con los demás seres humanos.” (pp. 234- 235).

Esta concepción del lenguaje, sustentada desde las posiciones teóricas construccionistas, realza su función generativa de significados que permite la coordinación de la actuación conjunta. En este sentido, tal y como afirma Botella (2004, en prensa),

“El lenguaje se considera la forma de acción mediante la que creamos y experimentamos el significado de la realidad social. Cumple una función generativa, activa y constitutiva y adquiere significado y valor de uso en el contexto de patrones relacionales.”

Como consecuencia de lo expuesto, se hace evidente que el lenguaje no es una producción individual, no es, en suma, propiedad privada de nadie sino que, como mantiene Wittgenstein (1953), el lenguaje es una forma de juego a la que jugamos juntos. El lenguaje es un producto relacional. Se genera a través de la acción conjunta en prácticas discursivas compartidas.

Desarrollarse como persona, aprender a ser hijos, hermanos, padres, compañeros, amigos… y a desempeñar los diversos roles que ocupamos en los distintos momentos de nuestra existencia supone dominar los juegos de lenguaje que se desarrollan en cada contexto del que formamos parte. Desde este punto de vista, el proceso de socialización comportará el aprendizaje del lenguaje, verbal y no verbal, que permite en un determinado ámbito dar significado a los acontecimientos que en el mismo se desarrollan y establecer relaciones en un marco de inteligibilidad compartida. En consecuencia, tanto lo que se dice, como lo que se omite, como la forma en que se dice, sea utilizando el lenguaje, sea mediante la expresión no verbal, responde a unas pautas sociales que se han creado en un determinado marco relacional. La atribución de sentido deviene, en consecuencia, una construcción social por medio de la cual, tal y como exponen Spink y Medrado (1999), elaboramos los términos a partir de los cuales comprendemos y explicamos las situaciones y fenómenos que nos rodean. Esta apreciación se corresponde con los planteamientos clásicos de Bakhtin (1986) según los cuales las emisiones no sólo tienen la función de comunicar algo sino también de posicionar al hablante respecto a los demás. Siguiendo este razonamiento, como señala Botella (2004, en prensa), al atribuir significado a la experiencia nos estamos posicionando en discursos sostenidos relacionalmente. Las formas de construcción de la experiencia sirven básicamente para representarlas de manera que constituyan, mantengan o cuestionen una u otra modalidad de orden relacional (Shotter, 1993). Puesto que, con carácter general lo que pretendemos es que nuestra versión de los hechos sea tenida en cuenta, construiremos nuestra narrativa de la manera en que anticipamos que va a tener mayor sentido dado el contexto en que se produce y se expresa. Es decir, buscamos lo que Gergen (1988) denomina la función validadora del discurso o, lo que es lo mismo, su validez y legitimidad. Conseguir esa validación del

discurso será tanto más fácil cuanto más competente sea el emisor en el ámbito en que se desarrolla el mismo. Puesto que este discurso ha de tener sentido entre un colectivo que comparte una determinada forma de inteligibilidad, es preciso que quien lo emite conozca y, a ser posible, domine las normas por las que se rige la comunidad que constituye dicha forma de inteligibilidad. De ello se desprende que sólo podemos dar sentido a las experiencias que se producen en nuestros marcos de inteligibilidad. Ello nos lleva a afirmar que la identidad, sostenida a través de los procesos discursivos, es un producto relacional.

2.3.2. Las relaciones como conversaciones, posicionamientos y

narrativas.

Partiendo de la base de que, como sostienen Anderson y Goolishian (1988), los sistemas humanos son sistemas lingüísticos cuya organización se produce en torno a las conversaciones, el significado de las palabras y acciones que constituyen las conversaciones no es una responsabilidad exclusivamente individual. En este sentido, el conocimiento se genera y se construye dentro de un marco de inteligibilidad por el conjunto de personas que lo forman. El significado que atribuimos a nuestras propias palabras y acciones así como a las de los demás no es un producto acabado sino que está siempre abierto a lo que Gergen (1994) denomina proceso de suplementación. Es decir, nunca se llega a una versión definitiva de los hechos sino que siempre puede buscarse una versión mejor, más coherente, más adecuada o, simplemente distinta al tomar en cuenta aspectos que en la elaboración de una primera versión se ignoraban o se eludían.

De lo anterior puede desprenderse que, para que se dé una conversación, siempre se precisa la presencia simultánea de varias personas dada su oralidad. Si se partiera de ese presupuesto, se marginaría tanto a las producciones escritas como al “diálogo internalizado”. Ello no es así, tanto el texto escrito como el “diálogo internalizado” constituyen modalidades de conversación. Por lo que se refiere al texto escrito se trata de un acto de habla abierto a futuras discusiones activas. Tal y cómo exponen Spink y Medrado (1999), el texto escrito podrá ser comentado, criticado, elogiado, revisado o contrarrestado por textos posteriores. Por lo que se refiere al “diálogo

internalizado” se trata de la construcción de significados que se lleva a cabo en las conversaciones que sostenemos con nosotros mismos y para nosotros mismos (Botella, 2004, en prensa). Estas conversaciones en ocasiones simulan anticipadamente la conversación que vamos a tener en un futuro con otra persona y es a ella a quien nos dirigimos en este diálogo interior, en otras ocasiones rememoramos una conversación que ha tenido lugar e intentamos encontrarle un nuevo sentido o descubrir algún matiz que nos ha pasado desapercibido en la conversación con la otra persona. A menudo nos descubrimos sumidos en conversaciones sobre cuestiones relativas a aspectos importantes de nosotros mismos. Aquellas cuestiones que ocupan nuestra atención de forma especial y de las que no podemos desprendernos en nuestros momentos de soledad constituyen, sin duda, en ese determinado momento aspectos relevantes de nuestra configuración de la identidad.

Sea cual sea la forma que revista el acto de habla – oral, escrita o interna –, adopta un sistema de lenguaje determinado dentro de uno de los repertorios interpretativos de que disponemos.

Los repertorios interpretativos son las unidades de construcción de las prácticas discursivas que demarcan el conjunto de posibilidades de construcciones discursivas en un determinado contexto (Spink y Medrado, 1999).

Por prácticas discursivas se entiende, siguiendo a Bakhtin (1986), la manera a partir de la cual las personas producen sentidos y se posicionan en las relaciones sociales cotidianas. Las prácticas discursivas son las formas de habla (speech genres) que utilizan las personas en su vida cotidiana en los distintos contextos en los que se desarrollan. A través de las prácticas discursivas las personas se posicionan como parte de un determinado marco de inteligibilidad. Una persona, en su cotidianeidad y a lo largo de su vida, adopta distintas posiciones subjetivas o, lo que es lo mismo, participa en diversas conversaciones que tienen lugar en distintos marcos de inteligibilidad. A modo de ejemplo, una persona a lo largo de su jornada trabará conversaciones en distintos entornos: su familia, sus compañeros de trabajo, su jefe, la dependienta del supermercado... pudiendo posicionarse de forma diversa según la conversación de que se trate. En su entorno familiar, con su mujer e hijos puede aparecer como una persona cariñosa, tolerante,

comprensiva y de buen talante, en tanto que en el trabajo puede aparecer como un jefe estricto, exigente y riguroso con un alto grado de autoexigencia y de competencia. Las prácticas discursivas poseen una fuerza constitutiva de las distintas dimensiones del self que se manifiestan en cada contexto y configuran la identidad.

Las distintas posiciones subjetivas que se ocupan y que se expresan a modo de voces pueden, tal y como señaló Bakhtin (1986), no ser del todo coherentes entre sí, e incluso mantener una relación dialógica entre ellas. Este conjunto de voces, algunas de ellas en competencia, constituyen las distintas combinaciones de las facetas del self en cada contexto y conforman el núcleo borroso de la identidad. Es precisamente esa condición de núcleo de máxima borrosidad de la identidad lo que permite la coexistencia de voces en competencia sin que la persona pierda el sentido de unidad en su concepción de sí mismo.