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La selección de las lecturas debe inspirarse en esta verdad fundamental, a saber, que toda cien- cia espiritual está contenida en Cristo y a nosotros se nos ha revelado en él. Los libros espirituales no pueden ni deben explicarnos más que a Jesucristo y conducirnos a él. Una lectura nos es provechosa en la medida en que nos comunica la ciencia de Cristo. Ése es el principio práctico que determina para cada uno de nosotros el valor de los libros, y el que debe guiarnos en la selección de las lecturas.

I. La persona de Cristo: la sagrada Escritura

La decisión de encontrar a Jesucristo nos conduce, en primer lugar, a la sagrada Escritura y le da la preferencia entre los libros que hay que leer y meditar.

Su incomparable mérito es el tener a Dios como autor principal. El Espíritu Santo se ha servido de la actividad humana y libre de un autor inspirado para decirnos lo que él quiere y como quiere. La veracidad de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, garantiza a la vez la verdad propuesta y su expresión. La palabra inspirada nos ofrece, pues, la misma verdad divina en su más pura y perfecta

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traducción al lenguaje humano. Para el contemplativo que busca unirse con Dios por la luz, la sagrada Escritura tiene un valor inapreciable, pues, al ofrecerle la palabra misma de Dios, bajo el velo de los términos, le pone en comunicación con el Verbo y le entrega a la acción transformante de su luz.

A estos méritos trascendentales que hacen de la Biblia un libro divino, se le añaden otros de un orden inferior, pero que la completan felizmente.

No hay libro alguno que se le pueda comparar tanto por el interés, la utilidad, la elevación y la variedad de materias que en ella se tratan, como por el arte y la poesía que en ella brillan.

En efecto, la sagrada Escritura nos relata los orígenes de la humanidad y sus aciagos comienzos y nos transmite la asombrosa historia del pueblo hebreo, elegido para conservar el culto del verdadero Dios y preparar la venida del Mesías. Junto a extensos cuadros de historia, de monografías sencillas y patéticas, de visiones arrolladoras, de colecciones de máximas que resumen las enseñanzas prácticas de la prudencia humana y de la sabiduría divina, encontramos en ella las más ardorosas y confiadas, las más humildes y sublimes fórmulas de oración que labios huma- nos hayan jamás pronunciado.

Pero lo que, sobre todo, encontramos en ella es a Jesucristo desde el momento en que, tras la caída de nuestros primeros padres, se anuncia su mediación redentora, hasta que, por medio de sus apóstoles, consuma su misión de Verbo, que revela la verdad divina. En un lenguaje llano se nos narra su vida terrestre por los evangelistas, que nos repiten sus palabras, nos refieren sus gestos y, por mil rasgos que observan, nos describen incluso sus actitudes. Gracias a ellos, no hay hombre célebre, de veinte siglos a esta parte, cuyo lenguaje y formas vivas podamos recobrar con mayor facilidad, y cuya intimidad se nos haya hecho más sencilla y atrayente.

Finalmente, el apóstol san Pablo proyecta sobre este misterio de Cristo, que difunde su vida so- bre el cuerpo místico del que es cabeza, la luz poderosa de su incomparable doctrina y nos descubre sus profundidades y riquezas.

No hay obra alguna que pueda, en el mismo grado que la sagrada Escritura, iluminarnos acerca, de Dios y Cristo, asegurar un alimento más sustancial para nuestra meditación, facilitar el contacto vi- vo con Jesús y crear la intimidad con él. Proporciona el alimento que necesita el principiante; el per- fecto no quiere otro libro, porque él es el único cuyas palabras rebosan para su alma claridades siem- pre nuevas y sabores siempre fortificantes.

En consecuencia, no hay contemplativo alguno para quien la sagrada Escritura no llegue a ser lo más querido: Santa Teresa descubre que no hay nada que recoja tanto como los versículos de la sagra- da Escritura. Santa Teresa del Niño lleva siempre con ella el santo Evangelio; en él busca el carácter de Dios. Encuentra en Isaías, el gran vidente, los rasgos de la faz dolorosa de su amado Cristo. Sor Isabel de la Trinidad vive, en compañía de san Pablo, su contemplación silenciosa y oscura.

Y, sin embargo, la sagrada Escritura no es alimento suficiente en los medios cristianos, incluso cultos y piadosos26. Se sugieren, para explicar, o hasta para excusar, este abandono y a veces esta des- confianza, la simplicidad de los relatos que parecen crudos a nuestras costumbres, no más puras, pero sí más refinadas, la oscuridad proveniente de las variantes y de las traducciones imperfectas y, sobre todo, de la diferencia que hay entre nuestro genio y el genio oriental que ha presidido su composición.

Para el alma que sólo va a buscar en la sagrada Escritura la luz y el alimento para su vida espiri- tual, estas dificultades desaparecen en la mayoría de las ocasiones si se sirve de comentarios apropia- dos y de libros introductorios. En nuestra época los hay excelentes, que, con poco esfuerzo, dan la cla- ve de un libro. ¡Qué magnífica y provechosa recompensa para un alma de oración cuando, después de algunos meses de estudio, puede beber directamente en la fuente inextinguible de luz que son las car- tas del apóstol san Pablo!

Todas las almas de oración deben alimentarse de las vidas de nuestro Señor, felizmente tan nu- merosas y que ilustran admirablemente el Evangelio. Porque estas lecturas familiarizan con Jesús, cre- an en el alma una atmósfera favorable a la vida de oración y son para ella una preparación particular- mente eficaz.

Comentarios de la Escritura y vidas de nuestro Señor deben conducirnos al mismo texto inspira- do. Sólo él ofrece la palabra del mismo Dios. Sólo él es divino e inagotable. Gustar de él y, sobre todo, saber contentarse con él para la oración es una señal del progreso que se ha hecho en ella.

II. Cristo verdad: los libros dogmáticos

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Desde que fueron escritas estas líneas, hace más de quince años, se advierte una vuelta hacia la sagrada Escritura, que es una de las gracias más preciadas de nuestro tiempo.

5. Lecturas espirituales 127

El eunuco de la reina de Candace respondía al diácono Felipe que le preguntaba si entendía el pasaje de Isaías, relativo al Mesías, que estaba leyendo: «¿Cómo podré si nadie me ayuda?»27.

La sagrada Escritura necesita, efectivamente, comentario, y no solamente un comentario que explique el sentido de las palabras, sino un comentario más extenso y profundo que explique a Cristo, luz que en ella vive. Éste es el cometido de la teología, que analiza, ilumina, coordina y expone las verdades reveladas.

El magisterio infalible de la Iglesia define las verdades más importantes para imponerlas a nues- tra fe, mientras que el teólogo prosigue infatigable su trabajo sobre la revelación, con el fin de hacer brotar de su misterio para nuestra inteligencia nuevas claridades y traducirlas en fórmulas más preci- sas. Dogmas definidos y verdades teológicas expresan la luz del Verbo en términos humanos y analó- gicos. Por nuestra adhesión, a ellos, nuestra fe se eleva al mismo Verbo y llega a él. Ya hemos hablado de la necesidad de esta adhesión a la fórmula dogmática y del estudio de la verdad, especialmente al comienzo de la vida espiritual. Nos bastará indicar cómo hay que guiar el estudio de la verdad dogmá- tica en relación con la oración.

1. La primera cualidad que hay que exigir es la ortodoxia. Sólo la verdad, cuya guardiana y dis- pensadora es la Iglesia, puede proporcionar al alma el alimento sustancial y el apoyo firme que necesi- ta para ir a Dios. Por el contrario, un error teológico, aunque solo se refiera a detalles, puede ocasionar notables desviaciones en la conducta. Santa Teresa se declara impotente para declarar el mal que le hicieron ciertas promesas erróneas de los medio letrados. De hecho, muchos movimientos espirituales se han extraviado a causa de experiencias espirituales, mal o insuficientemente aclaradas.

La preocupación en este punto debe llegar hasta el escrúpulo. Santa Teresa del Niño Jesús se negó a continuar la lectura de una obra cuando supo que su autor no obedecía a su obispo.

2. Para el principiante en los caminos espirituales, cualquiera que sea su cultura general y reli- giosa, resultará excelente acudir a libros de doctrina muy sencilla, por ejemplo, el catecismo, cuyas fórmulas llanas dejan a la verdad en toda su fuerza razón es porque la fe progresa al penetrar profun- damente en la verdad que es su objeto, y no al derramarse sobre las bellezas de la palabra humana, de manera que para la fe viva los artificios literarios y la verbosidad son considerados obstáculos que de- tienen su impulso, apariencia molesta que le ocultan su tesoro. La expresión más sencilla es habitual- mente el más puro espejo de las claridades del Verbo divino28.

3. Esta búsqueda de la sencillez y el avance de la fe en profundidad no deben limitar el progreso en extensión. Cada dogma es un destello que emana del Verbo divino. No podemos menospreciar nin- guno, porque, además de las riquezas de luz y de gracia que cada uno nos aporta, es en la síntesis viva del conjunto donde la mirada afectuosa encuentra la más exacta expresión del mismo Verbo.

4. No es raro que un dogma sea fuente de gracia particular para un alma y que le ofrezca su este- la luminosa como un camino netamente caracterizado para ir a Dios. Esa luz se debe aceptar como al- go precioso. Cualquiera que sea la cultura del alma, debe profundizar en la verdad con un estudio pro- fundo, para sacar de ella toda su sustancia saludable.

Asimismo, no hay que resistir al movimiento que orienta a los teólogos y a los fieles de una época hacia tal o cual dogma particular, como el dogma de la Iglesia y los privilegios de la maternidad divina en nuestro tiempo. Sería exponerse a resistir al Espíritu Santo que guía a la Iglesia y que, en to- das las épocas de su historia, le proporciona la luz adaptada a sus necesidades.

5. Es evidente que la cultura dogmática del alma de oración debe ser extensa y, a la vez, profun- da. Ordinariamente, es la cultura general o, más bien, las necesidades particulares de la gracia en el alma las que determinarán su medida. Tales necesidades pueden ser diferentes en los diversos períodos de la vida espiritual. Serán determinados por una sabia dirección; no es de extrañar que sea el mismo Dios quien en esto provea a un alma fiel sirviéndose de circunstancias providenciales29.

27

Hch 8, 31.

28 La expresión más sencilla de la que hablamos será, no la más banal o la menos provista de imágenes, sino la que des-

aparezca de alguna forma para poner de relieve la verdad que expresa.

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Esta acción providencial aparece claramente en la vida de san Juan de la Cruz. El Santo fue a Duruelo después de haber estudiado en la universidad de Salamanca. Terminado su rudo aprendizaje de la vida carmelitana contemplativa, tras haber organizado el noviciado en Pastrana, vuelve a los estudios como rector del colegio teológico de Alcalá; hace provisión de luz para el prolongado y fecundo silencio de Ávila (1572-1577), que terminará en la prisión de Toledo. Llegado al matrimonio espiritual y habiéndose recobrado físicamente, es nombrado rector del colegio de Baeza; los profesores de su universidad se

Las obras de divulgación teológica son numerosas en nuestra época y facilitan en gran medida la cultura dogmática. Debemos alabarlas y servirnos de ellas, a condición de escoger las adaptadas a la cultura general y a las necesidades, y no extraviarse en la multiplicidad.

Siempre que sea posible, se enriquecerá uno acudiendo al príncipe de la teología, santo Tomás de Aquino, cuya palabra plena y sobria ofrece, a quien sepa romper la corteza, el alimento fuerte de las profundidades del dogma.

Finalmente, la lectura de los Padres de la Iglesia, esos grandes maestros que al mismo tiempo eran teólogos y contemplativos, nos sitúa en las fuentes más puras de la ciencia sagrada y de la vida cristiana.

III. Cristo camino: diferentes espiritualidades

Al mismo tiempo que verdad, Jesús se ha proclamado camino, el único que conduce a su Padre. Es preciso que este camino, que es Cristo, se nos ilumine. Son los maestros espirituales quienes tienen ese cometido, explicando los preceptos y los consejos evangélicos, precisando las exigencias de las virtudes y los medios de practicarlas, iluminando con luz teológica y con ciencia experimental los sen- deros que conducen hacia las cumbres de la perfección cristiana.

Los caminos son numerosos y los describen las distintas espiritualidades. ¿Cómo elegir? Habi- tualmente se consigue por medio de un atractivo determinado o unas circunstancias providenciales. En ocasiones se necesita investigar.

Por lo general, es muy útil el estudio sumario de las diferentes espiritualidades. Cada una de ellas da consejos muy útiles sobre puntos particulares. La escuela ignaciana mostrará la importancia de la ascesis y los medios, de ponerla en práctica; la escuela bene dictina nos instruirá sobre la virtud de la religión y sobre el valor espiritual de la liturgia; santa Teresa y san Juan de la Cruz nos enseñarán el culto interior, de la oración y ampliarán nuestros horizontes de vida, espiritual. Este estudio también puede conseguir que se eviten felizmente las deformaciones que ponen en peligro seguir una especiali- zación demasiado restringida o prematura.

Algunas almas, destinadas a convertirse en jefes de escuela, beberán en todas las espiritualida- des y, enriquecidas con estos préstamos, formarán su propia espiritualidad con la gracia de su misión. Así santa Teresa, dirigida por jesuitas, franciscanos y dominicos, injerta lo que recibe de ellos en su gracia carmelitana y, de este modo, construye la síntesis viva que es el espíritu teresiano. Santa Teresa del Niño Jesús se pone en contacto, igualmente, con todas las espiritualidades de nuestra época y así revestirá de poesía y de atractivos para las almas, de nuestro tiempo su gracia fuerte y antigua de hija de Elías, patriarca del Carmelo, y de san Juan de la Cruz, su doctor.

Pero, por lo general, el contacto con las diversas espiritualidades permite al alma encontrar su propio camino.

Una vez descubierto este camino particular, es necesario hacer un estudio profundo de la espiri- tualidad que la representa y de familiarizarse con los santos que son sus fundadores. El ideal encontra- do debe polarizar todas las energías del alma y hacerla rendir su máximo de potencia y de fecundidad.

La perfección del alma está en juego, así como el bien de la Iglesia. En este camino encontrará el alma las gracias que Dios ha preparado para su santificación. Como más eficazmente contribuirá al bien del conjunto será sirviendo a la Iglesia en el puesto que se le ha señalado. Del mismo modo que la salud del cuerpo humano depende del buen funcionamiento de todos sus órganos, así la perfección de la Iglesia exige que cada fiel suyo esté en su puesto y en él cumpla la función que se le ha asignado. El diletantismo tornadizo, que todo lo toca para saborearlo todo, es perjudicial; la especialización en su vocación es el medio más eficaz de cooperar.

Esta especialización en una vocación o en una espiritualidad permite mantener la misión y las gracias particulares. La gracia de Dios es multiforme bajo una misma luz, y las unciones delicadas del Espíritu Santo son tan diferentes que, aun eligiéndolas en el mismo ambiente y bajo las mismas in- fluencias, no hay dos almas que ni siquiera se parezcan a medias. Si es necesario, por tanto, el estudio de las espiritualidades para encontrar su camino y marchar por él, es el mismo Espíritu Santo, en últi- ma instancia, quien nos conduce hacia Dios por este camino, que es Jesucristo.