Conocemos ya bastante a santa Teresa como para esperar de ella un tratado didáctico, incluso una definición ex professo. La Santa destaca, al contrario, en la descripción; en sus descripciones, lle- nas de imágenes y precisas, encontraremos una detallada técnica sobre la oración de recogimiento:
«Llámase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios»3.
Más adelante, la descripción es más detallada:
«Es que parece se levanta el alma con el juego, que ya ve lo es las cosas del mundo. Álzase al mejor tiempo, y como quien se entra en un castillo fuerte para no temer los contrarios: un retirarse los sentidos de estas cosas exteriores y darles de tal manera de mano que, sin entenderse, se le cierran los ojos por no las ver, y porque más se despierte la vista a los del alma.
Así quien va por este camino, casi siempre que reza tiene cerrados los ojos, y es admirable costumbre pa- ra muchas cosas»4.
Conviene advertir que no se trata de un recogimiento pasivo, producido por una acción de Dios, sino de un recogimiento realizado por un esfuerzo de la voluntad:
«Entended que esto no es cosa sobrenatural, sino que está en nuestro querer, y que podemos nosotros hacerlo con el favor de Dios, que sin éste no se puede nada, ni podemos de nosotros tener un buen pensa- miento. Porque esto no es silencio de las potencias: es encerramiento de ellas en sí misma el alma»5.
Este movimiento activo de las potencias, que abandonan las cosas exteriores para encaminarse hacia el centro del alma, es el primer momento de la oración de recogimiento. No basta esto para cre- arla y no es más que el gesto preparatorio requerido por la presencia de Dios en el alma. Las facultades no se retiran al centro del alma sino porque Dios habita allí de una manera especialísima. El alma es templo, de la Santísima Trinidad, el templo preferido por santa Teresa:
«Pues mirad que dice san Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo.
1 Camino de perfección 28, 5. 2 Ibid., 29, 7. 3 Ibid., 28, 4. 4 Ibid., 28, 6. 5 Ibid., 29, 4.
¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad, y ver que no ha menester para hablar con su Padre eterno ir al cielo, ni para regalarse con él, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí»6.
El recogimiento no tiene otra finalidad que la de guiar al alma al templo más íntimo del Señor. No basta aún entrar, por el silencio, en este templo vivificado por una presencia tan augusta. Hay que tomar realmente contacto con Dios y ocuparse allí con él. En estos comienzos, la oración no podría ser normalmente más que un trato activo del alma con Dios.
Decía la Santa que debemos recoger nuestros sentidos exteriores dentro de nosotros mismos y darles en qué ocuparse7.
Santa Teresa tiene temor de la ociosidad durante el recogimiento y lo manifiesta reiteradamente en sus escritos; porque, efectivamente, todo recogimiento, al suspender la actividad de las facultades, produce una agradable impresión de reposo. La pasividad natural de ciertas almas corre el gran riesgo de confundir este sabor con la paz de la acción de Dios y de abandonarse así a una inactividad indolen- te, a saborear una tranquilidad que no tiene nada de divina. Por eso afirma nuestra maestra que al es- fuerzo del recogimiento le debe suceder normalmente un esfuerzo de búsqueda activa de Dios. Transi- ción difícil, maniobra delicada, sobre todo en los estados más elevados. En nada se le opone la doctri- na de san Juan de la Cruz, tampoco la de san Pedro de Alcántara: ninguno de los dos contradice la doctrina de la Santa.
Por el momento, en estos comienzos, no debe haber vacilación alguna: el alma debe buscar una ocupación con Dios.
No hay nada mejor que buscar la compañía de Jesús y con versar con él. Como Verbo, está pre- sente el alma junto con el Padre y el Espíritu Santo; y como Verbo encarnado es el mediador único y la palabra de Dios que debemos escuchar en silencio:
«Metida [el alma] consigo, misma, puede pensar en la Pasión y representar allí al Hijo y ofrecerle al Pa- dre y no cansar el entendimiento, andándole, buscando en el monte Calvario y al huerto y a la columna»8.
«Es bueno discurrir un rato... mas que no se cansé siempre en andana buscar esto, sino que se esté allí con él, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con él, y acuerde que no merecía estar allí»9.
Estamos en la parte central de la oración de recogimiento. El retirarse las potencias del alma no tenía otra finalidad que favorecer esta intimidad viviente con el Maestro divino:
«Tratad con él como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que él os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas; pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal»10.
Al hablar de la intimidad con Jesús, la Santa es inagotable. Hay, por otra parte, tal variedad en sus descripciones, delicadeza en sus sentimientos, fuerza y riqueza en esta vida que se le des borda, que uno no se cansa de escucharla:
«Así como dicen ha de hacer la mujer para ser bien Casada con su marido, que si está triste se ha de mos- trar ella triste, y si está alegre, aunque nunca lo esté, alegre... Esto con verdad; sin fingimiento, hace el Señor con nosotros: que él se hace el sujeto, y quiere seáis vos la señora y andar él a vuestra voluntad.
Si estáis alegre, miradle resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas, ¡con qué claridad, y con qué hermosura, con qué majestad, qué victorioso, qué alegre!...
Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma!; pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella. O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama: tanto, padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus, amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por él, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os, podéis consolar. O miradle cargado con la cruz, que aun no le deja- ban hartar de huelgo. Miraos ha con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidaré sus dolores por consolar los vuestros...
¡Oh Señor del mundo, verdadero Esposo mío!, le podéis vos decir»11.
6
Ibid., 28, 2.
7
Cfr. todo el cap. 28 de Camino de perfección.
8 Camino... 28, 4. 9
Vida 13, 22.
10
4. La oración de recogimiento 115
Esta intimidad con Jesús introduce en la Trinidad, porque Jesús es nuestro mediador. Por él so- mos hijos del Padre, a quien podemos llamar juntamente con él: «Padre nuestro». Escribe la Santa:
«“Padrenuestro, que estás en los cielos.” ¡Oh Señor mío, cómo parecéis Padre de tal Hijo y cómo parece vuestro Hijo de tal Padre! ¡Bendito seáis por siempre jamás!»12.
Unidos al Padre y al Hijo, encontraremos, ciertamente, al Espíritu Santo, que de ellos procede. Concluye la Santa:
«Entre tal Hijo y tal Padre forzado ha de estar el Espíritu Santo»13.
La intimidad divina realizada durante las horas de oración propiamente dicha debe continuar en el curso de la jornada:
«Nos hemos de desocupar de todo para llegarnos interiormente a Dios, y aun en las mismas ocupaciones retirarnos a nosotros mismos. Aunque sea por un momento solo, aquel recuerdo de que tengo compañía de- ntro de mí, es gran provecho»14.
Rara vez distingue santa Teresa en su doctrina sobre la oración entre el tiempo que le está espe- cialmente consagrado y el resto de la jornada. A la presencia continua y siempre activa de Dios en no- sotros debe corresponder una búsqueda de intimidad tan constante como sea posible. La oración de re- cogimiento debe impregnar toda nuestra vida. Es cierto que hay que evitar con cuidado una interrup- ción, que resultaría agotadora para nuestras facultades y estéril. Pero a nuestros esfuerzos discretos y perseverantes Dios responderá con su gracia. Él mismo se manifiesta a quien le busca. ¿No ha dicho él: «Si alguno me ama, vendremos a él y haremos morada en él»?15. Es lo que con la ayuda de su expe- riencia explica santa Teresa:
«Concluyo con que, quien lo quisiere admitir (pues, como digo, está en nuestra mano) no se canse de acostumbrarse a lo que queda dicho, que es señorearse poco a poco de sí mismo, no perdiéndose en balde; si- no ganarse a sí para sí, que es aprovecharse de sus sentidos para lo interior. Si hablare, procurar acordarse que hay con quien hable dentro de sí mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a quien más cerca le habla. En fin, traer cuenta que puede, si quiere, nunca se apartar de tan buena compañía, y pesarle cuando mucho tiem- po ha dejado solo a su Padre, que está necesitada de él»16.
Ésta es la oración de recogimiento y su finalidad. No es un ejercicio pasajero; tiende a la unión permanente. Método de los comienzos, es verdad; pero tiende directamente a. las cumbres de la unión divina.