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Improving gaze interpretation in remote collaboration

Summary of Research

4.2.4 Improving gaze interpretation in remote collaboration

La muerte de Martín García Oñez de Loyola fue el momento de partida de la más espantosa rebelión realizada por los mapuches. Al igual que como había ocurrido con Valdivia, corrió vertiginosa la noticia por los fuertes, ciudades y campos. Esa misma noche se conoció la noticia en Angol, llevada por algunos de los indios auxiliares que lograron escapar. En Chillán se supo el 25 de diciembre, en medio de la alegría de la Navidad; Santiago conocía el hecho al caer la noche del 28 de diciembre y se extendía su conocimiento en la mañana del 29.

Por otra parte, se asociaba a la muerte de Valdivia en el recuerdo, pues también había ocurrido en los mismos días del mes de diciembre.

La Colonia sorpresivamente quedaba acéfala, en un momento muy grave de su evolución y los acontecimientos posteriores lo van a demostrar.

En Santiago, ejercía como teniente del gobernador el licenciado Pedro de Viscarra; el Cabildo reunido, tomó conocimiento de la muerte de Martín García y confi ó la autoridad a Viscarra, con el título de gobernador interino.

Por profesión era un jurisconsulto letrado, pero en América manejó al mismo tiempo las condiciones de abogado y de militar, la pluma y la espada.

No era momento para acciones dilatorias. Los mapuches, que se habían preparado para esto a través de una paz simulada, estaban actuando, dispuestos a eliminar al español de sus tierras y, si las condiciones se daban, arrojarlos del país. No había tiempo que perder.

Viscarra puso en armas a Santiago a toda persona capaz de llevarlas, pero se puede medir la debilidad y el agotamiento del Reino cuando se piensa que, a pesar de las circunstancias, Santiago pudo reunir solo 70 hombres, los que se unirían a los 60 que iban en marcha al sur y que supieron en Chillán la triste noticia de la muerte del gobernador.

Despachó a Lima al capitán Luis Jofré el 10 de enero de 1599, para informar al Virrey, imponerlo de la gravedad de lo ocurrido y solicitar el mayor y más pronto auxilio. Luego de despachar a Jofré, Pedro de Viscarra abandonó Santiago para dirigirse al sur al frente de una columna de fuerzas militares.

En el campo indígena, Curalaba encendió el fuego de la guerra, que se movía subterráneamente en el alma mapuche. El espíritu de rebelión pasó las fronteras de la Araucanía y se extendió desde el Maule a Osorno.

Los españoles muy pronto tuvieron la sensación de encontrarse como prisioneros en sus ciudades, sin poder defenderse ni auxiliarse unos a otros.

En el asalto a Longotoro, los mapuches dieron muerte al jefe español y a un soldado; el resto de la guarnición se replegó a Angol y a Mulchén. El capitán Miguel de Silva se vio en la obligación de abandonar el fuerte de Arauco. Las fuerzas españolas alcanzaban en total a más de 430 hombres que se encontraban enclavados en las ciudades.

Del sur no podían esperar ayuda, pues las ciudades de Osorno, Valdivia, Imperial y Villarrica se debatían con tenacidad en su mantenimiento y cuidado y vigilancia de los mapuches.

De los picunches y huilliches tampoco se podía esperar, pues se habían unido a los mapuches con la esperanza de salvarse de la dominación española.

Para el gobernador interino, lo más grave no era el número insignifi cante de soldados, sino la falta de preparación.

Era claro para el interino que tenía al frente a un gran enemigo y que, con los elementos que tenía, podía permitirse conservar las ciudades y fuertes, pero que le era imposible sofocar la rebelión sin el auxilio del Perú.

Por eso Viscarra estimó un milagro del cielo la llegada inesperada de soldados y armas desde el Perú.

Un barco le ha llegado a Concepción trayendo equipajes y elementos necesarios para la defensa; 100 botijas de pólvora, 50 quintales de plomo, ropas y herramientas.

La rebelión nacida en Curalaba, si bien era algo inevitable, no se esperaba en ese momento y, por lo mismo, los mapuches actuaron diseminados en grupos locales, que atacaron a la vez en todos los lugares dispersando sus fuerzas. El único que logró una unifi cación apreciable fue Pelantarú. Los españoles quedaron encerrados en sus fuertes y ciudades y cualquiera de ellos que salía de sus lugares, era casi sin excepción atacado y muerto.

Los campos fueron abandonados y entonces los indios destruyeron cuanto habían hecho y construido los españoles: casas y bodegas arrasadas, siembras y cosechas destruidas o robadas, igual que los animales.

Hacía 50 años que Valdivia iniciara la conquista, fundando Concepción y ahora todo lo hecho al sur del Biobío iba a ser destruido, arrasado, borrado; la consigna era que el español saliera del territorio.

¿Cuál era la situación española para encarar esta rebelión? En Chillán había 40 hombres, 2 cañones y 22 arcabuces; en Concepción, 80 hombres, 5 cañones y 72 armas de fuego del tipo arcabuces; en Angol, 109 hombres, 82 arcabuces, 2 cañones y 20 lanzas; en Arauco, 90 soldados, 13 cañones y 70 armas de fuego.

Así, de este tipo, es la defensa de las ciudades. El 16 de enero de 1599, se alzaron las tribus de la vertiente occidental de Nahuelbuta y sitiaron a Miguel Silva en Arauco. El 4 de febrero se levantó la zona de Angol hasta el Laja y el 6 del mismo mes están en armas los indígenas de ambas márgenes del Biobío.

Viscarra no pudo dar unidad a sus fuerzas y la defensa española se limitó a que cada uno hiciera en su lugar lo que pudiera. Cada capitán obró por su cuenta, presionando a los vecinos y los intereses de los encomenderos.

La guarnición de Santa Cruz de Coya (Millapoa) llamó en su auxilio a Francisco Jofré, que vivía en Chillán.

No estimó Jofré que la población estuviera ubicada en un punto fácil de defender, pues era indispensable atender simultáneamente la población y el embarcadero, que permitiera, en caso necesario, pasar a la orilla norte del Biobío. Por eso, temiendo un descalabro, prefi rió desalojar la población, con gran pena por parte de los pobladores que presentían, como no podía ser de otra manera, la pérdida de todos sus bienes, casas y adelantos en labores agrícolas.

Pero la vida no se puede rehacer, en cambio las casas se pueden volver a tener y fue abandonada Santa Cruz de Coya (Millapoa); era el 7 de marzo de 1599.

Los indios que en todos los lugares observaban lo que pasaba y, además, tenían sus espías entre los indios auxiliares o amigos de los españoles, no bien supieron el abandono, cayeron sobre Santa Cruz y redujeron todo a escombros.

En Arauco la pelea era con tesón y valor por ambas partes. Los indios para defenderse de cañones y arcabuces, hicieron trincheras y palizadas.

Los españoles hacían frecuentes salidas, ya fuera para atacar a los sitiadores o para proveerse de forraje. En una de esas salidas, el capitán Luis de Urbaneja se apartó demasiado de Arauco, impulsado por la habilidad de los indios, y cuando estimaron que se encontraba en un lugar y distancia convenientes para ellos, le cerraron el paso y lo envolvieron. Urbaneja y los suyos se batieron admirablemente y lograron romper el cerco y huir hacia el fuerte. Empero, en la refriega, fueron muertos el capitán y ocho soldados.

En las afueras de Angol, Pelantarú, al frente de 1.000 indios, ataca la población y sus alrededores y se llevan a sus tierras 9.000 ovejas, 1.000 vacas y 100 yuntas de bueyes. El ataque de Angol fue rechazado por el capitán Juan Rodolfo Lisperguer, chileno, hijo del conquistador Pedro Lisperguer, de origen alemán.

El que se hizo sobre Concepción, fue rechazado por el alférez Real Luis de la Cueva, el 6 de abril de 1599. Al día siguiente salió de Concepción el gobernador interino Pedro Viscarra, acompañado por Pedro Cortés, que comandaba una partida de 80 soldados y 200 indios, dirigiéndose a Quilacoya, en la orilla norte del Biobío.

Sorprendió una junta mapuche, a la que atacó dando muerte a, por lo menos, un centenar y tomando a cuarenta prisioneros, a los que, marcándolos con hierro, conservó como esclavos. A pesar de estas acciones, los indios de la comarca de Concepción destruían libre e impunemente cuanto hallaban en las estancias; y los vecinos de la ciudad, que temían un asalto, alojaban en los conventos.

“El territorio araucano se encontraba destrozado y ya habían perecido más de 200 soldados”27.

De todas las ciudades, la Imperial era la más importante. Sede del Obispado, con un seminario formador del clero secular, en ese tiempo el único en Chile y por tanto, formando clero diocesano para toda la Colonia, poseía además una serie de actividades industriales, herrerías y forjas de armas y tenía una minería de oro abundante y fácil. La gobernaba Andrés Valiente, que le hacía honor a su apellido. Corregidor de la ciudad, contaba con 150 jinetes y 43 infantes. Ancanamún atacó a Imperial, comenzando por las regiones campesinas que bordeaban la ciudad.

A la población de mujeres, niños y enfermos, Valiente los ubicó en casas sólidas en su construcción, sobre todo en la episcopal, que era de piedra y, por muerte del obispo Cisneros, se hallaba inhabitada. Cerró las calles principales con trincheras, convirtió algunos edifi cios en fortines y acopió la mayor cantidad de abastecimiento que le fue posible.

En estos encuentros, el rico y caracterizado encomendero Pedro Olmos de Aguilera, queriendo en el fondo ver manera de proteger su estancia o vengar su destrucción, obtuvo de Valiente autorización para hacer una salida con 40 jinetes. Se alejó de la ciudad más de lo conveniente, salieron a su encuentro los indios, rodearon su escuadrón, le mataron 7 soldados y el mismo Olmos cayó en el encuentro. Los demás, en loca carrera, huyeron precipitadamente y destrozados entraron a Imperial, aumentando el pánico de los defensores.

La misma suerte corría la zona sur del Cautín, entre este río y el Quepe, lo que entonces y hoy sigue conociéndose con el nombre de Maquehua; toda esta zona formó la merced y encomienda de Francisco de Villagra, que después pasó a ser la encomienda de Olmos de Aguilera.

En marzo la situación de Imperial es desesperada. Valiente pide con urgencia socorro a Viscarra pero el gobernador no tiene cómo enviar auxilio, pues él mismo se encuentra con poca gente. Nadie puede socorrer a nadie, cada uno debe hacer lo que es posible o bien ir retirándose de unos lugares para fortalecer otros, pero ni eso pueden hacer. Ancanamún, en tanto, recorre victorioso y destructor todo el campo al sur del Cautín y Quepe, y al sur del Imperial son los campos de Maquehua y Boroa.

Valiente no soporta más la insolencia del indígena ni la inactividad del campo español y sale con 40 soldados escogidos.

El 8 de abril, una gruesa junta araucana le sale al encuentro. Previamente le cortaron la retirada y destruyeron las embarcaciones que tenía en el río. Valiente no vaciló en aceptar el desigual desencuentro, en el que muere con 35 de los 40 soldados que trajo. Los 5 restantes lograron llegar, dos a Imperial y tres a Villarrica.

El terror fue mayor para los vecinos de la ciudad. Se refugiaron todos en la casa episcopal y la ciudad fue asaltada y destruida, saqueada y robada por los mapuches triunfantes.

Los diversos cronistas hacen especial mención de haber sacado los vecinos, de la Catedral, la imagen de “Nuestra Señora de las Nieves”, que se llevaron a la casa episcopal y solo a su protección atribuyen el haber podido fi nalmente salir con vida del infi erno que fue el fi nal de esta ciudad.

Desde Valdivia, el corregidor envió una partida de 20 hombres para ayudar a Imperial, los únicos que logró reunir para esta verdadera aventura; y así

fue, pero aventura fatal. Se vinieron por la costa, pero en las inmediaciones del Toltén los atacaron y no quedó con vida ni uno solo: los aniquilaron totalmente.

El nuevo corregidor de Imperial que reemplazó a Valiente, capitán Hernando Ortiz, renovó su pedido de refuerzo al gobernador. Esta peticición lograron dársela a Viscarra los enviados Baltasar de Villagrán y fray Juan de Lagunillas, recibiendo una nueva negativa, no había cómo atender lo solicitado.

La situación también golpea a Villarrica, muy fl oreciente por su agricultura, minería y ganadería, como también por el activo comercio de tránsito, que se hacía por su fácil paso cordillerano. La ciudad estaba sitiada por un ejército que cada día se ampliaba mientras disminuían sus defensores. La autoridad de esta plaza, el capitán Rodrigo de Bastidas, resistirá hasta el fi n, en condiciones de una heroicidad digna de quedar incorporada a las más grandes hazañas de nuestra historia, el ataque de tres años, hasta que, en 1602, se adueñaron de la ciudad los araucanos.

En esta hora de prueba, el español abandonaba todo para ir a refugiarse en Santiago, renunciaba a las mercedes y a sus encomiendas para recibir, en el mejor de los casos, una pequeña propiedad en Santiago, muchas veces no más que un solar, un cuarto de manzana.

Los hombres estaban viejos, gastados por la ruda y permanente batalla contra los indígenas y la naturaleza, eran mendigos en una sociedad reducida a la última miseria y sin saber si existirían o no al amanecer del nuevo día.

Tanta desolación obligó a Viscarra a insistir en su petición al Virrey y envió, no una comunicación escrita al Perú, sino al capitán Luis Jofré.

Impuesto de los desastres, el virrey Francisco de Velasco decide enviar socorros y trata de formar una columna auxiliar de 300 hombres, que se compromete en espontáneo ofrecimiento a conducir el corregidor de Lima, Francisco Quiñones, a quien el virrey designa gobernador interino.