• No results found

4. ASSESSING POLICY EFFECTIVENESS

4.3 Industry

doni glemmer (lo que se aprende en la juventud no se olvida en la vejez).

■' Protón extiende su imperio de oriente a occidente al igual que el curso del sol. Por ello lo interpreta Johannesson (op. cit. pág. 104) conto simbolo del mismo.

•' Esta técnica de combate vuelve a aparecer en el Libro III.

se trata del Melbrigdi Diente del que habla Snorri en la "Saga de Harald el de la Hermosa Cabelle­ ra" en la H e i n i s k r i n g l u (op. cit. pág. 55). A llí dice que fue mueno por Sigurd, j t i r l de las Oreadas Da­

vidson (op. cit pág. 42. n. 22) lo identifica con el jefe escocés Maclbrigtc. citado en la S t i g l i d e l u s / t u ­ b i lu t ile .i d e lu x O r a t d t i s .

-92 -

cho. reunidos sus soldados en asamblea, ordenó abandonar los vehículos, desprender­ se del mobiliario y esparcer por los campos el oro que llevaban consigo, afirmando que sólo podían ofrecer resistencia con la dispersión de las riquezas, y que no les que­ daba. cercados como estaban, otro recurso que atraer al enemigo de las armas hacia la avaricia’'. Y que había que desprenderse con gusto en tan extrema necesidad del botín capturado a los extranjeros; y que resultaría que no arrojarían lo recogido con menos avidez que arrebatarían aquéllos lo encontrado, y que les significaría más carga que provecho.

Entonces Torquilo, famoso enirc los otros por su avaricia, pronunciando ante los demás un discurso, dijo, desprovista la cabeza de casco y apoyándose sobre el escudo: "Inquieta, oh rey, la austeridad de tu recomendación a muchos que tienen en gran es­ tima lo que adquirieron con su sangre. De mal grado se arroja lo que ha sido conse­ guido con grandísimos peligros. A desgana se desprenderán de lo que lograron expo­ niendo su vida. Es propio de extrema locura esparcir mujerilmente lo obtenido con mano y ánimo viriles y entregar al enemigo riquezas que no se espera. ¿Qué más vergonzoso que preferir a la fortuna de la guerra el desprecio del botín que consegui­ mos y abandonar el presente bien por temor a un dudoso mal? ¿Aún no hemos visto a los escoceses y ya estamos esparciendo el oro por los campos? ¿Van a ser respeta­ dos en combate esos a los que, buscando guerra, amedrenta la simple idea de la lu­ cha? ¿O es que los que fuimos terribles para el enemigo haremos el ridículo y cam­ biaremos la gloria por la deshonra? Se asombrará el britano de haber sido vencido por aquellos a los que contemplará bajo el temor a ser derrotados. ¿Acaso tememos a los que antes infundimos temor? ¿Cuándo volveremos a adquirir con honor las rique­ zas que abandonamos por cobardía? ¿Despreciamos evitando la pelea las lortunas por las que luchamos? ¿Llenaremos de dinero a los que obligamos a someterse a la po­ breza? Arrebatamos despojos con valentía, ¿los arrojaremos cobardemente? ¿Qué ma­ yor estupidez podemos cometer que dar oro a los que debemos castigar con el hierro? El terror nunca justifica lo que adquiere el coraje. Lo que conseguimos en la guerra debemos abandonarlo en la guerra. Véndase el botín por el mismo precio que se compró; fíjese su valor con el hierro. Es mejor morir con hermosa muerte que envi­ lecerse por ansias de luz. De la vida se nos despoja en breve tiempo, pero la deshonra va más allá de la muerte. A esto se añade el hecho de que, echando el oro a los ene­ migos, nos acosarán con mayor avidez creyéndonos abrumados por gran pavor. Ade-

' Davidson (¡bid. pág. 42. n. 23) encuentra en Frontino (II. 13) una estrategia semejante empleada por los galos. Johannesson (op. cit. págs. 107 y ss.) señala el interés de Saxo en destacar los efectos de la avaricia, haciendo de ésta y de la generosidad conceptos fundamentales para interpretar el sentido de este libro.

más, ninguna fortuna conseguiremos odiando el oro. Triunfemos con el dinero que llevamos o dejémoslo como ornamento para la sepultura del vencido. Esto sería lo más propio de nuestros antepasados." Esto dijo el veterano.

Pero los soldados, considerando mejor el consejo del rey que el del compañero y prefiriendo la primera exhortación a la segunda, vaciaron con ardor de las cajas las ri­ quezas que cada uno tenía. También liberan de sus pesos a los potros cargados con diversos enseres; vaciadas de este modo las bolsas, echan mano de las armas con ma­ yor comodidad. A l continuar éstos su marcha, los britanos, al llegar, se lanzan sobre el bolín por doquier esparcido. Su rey, viéndolos ocupados en recoger ávidamente el botín, les ordena que procuren no fatigar con el peso de las riquezas las manos desti­ nadas al combate, y que tengan en cuenta que antes hay que obtener el triunfo que ce­ lebrarlo. Que por eso, despreciando el oro, persigan a los dueños de éste, y que te­ niendo presente el fulgor, no del dinero, sino de la victoria, intenten hacerse con el trofeo antes que con el botín. Y que es mejor el valor que el preciado metal si se consideran razonadamente las características de ambos. Pues éste sólo sirrve de ador­ no exterior, pero aquél orna la apariencia externa e interna. Y que. por tanto, man­ tengan los ojos apartados de la contemplación de las joyas y que se entreguen a las fatigas de la guerra con el ánimo vacío de avaricia. Y que además han de saber que el botín había sido abandonado astutamente por los enemigos y que el oro había sido diseminado más para su daño que para su provecho. Y que el inofensivo brillo de la plata suele ir envuelto en el engaño de un anzuelo oculto. Y que no era fácil creer que habían huido los que pusieron antes en fuga al valeroso pueblo de los britanos. Y que, además, no hay más indigno que capturar al ladrón mientras parece que se es­ tán enriqueciendo. Que ciertamente los daneses, que parecían haberse desprendido de sus bienes, pensaban castigarlos con el hierro y la muerte. Si toman lo esparcido, parecerán con ello favorecer al enemigo. Y que si se dejan seducir por la hermosura del oro colocado ante sus ojos, serán despojados no sólo de ése, sino también del propio, si es que alguno les quedaba. Y ¿de qué les iba a servir cogerlo si al punto se verían obligados a dejarlo? Pero si renunciaban al dinero por tierra esparcido, no ha­ bía duda de que harían morder el polvo a los enemigos. Y que era mejor vivir orgu­ llosos de su valor que avergonzados por su codicia, y que había que tener las mentes puestas en la gloria y no los ánimos abocados a la avaricia; y que había que lucha^ con las armas y no con el oro.

Al finalizar el rey su discurso, un caballero británico, mostrando a lodos su rega­ zo cargado de oro, dijo: "Se deducen, oh rey. de tu discurso dos sentimientos geme­ los, uno de temor y otro, testigo de malevolencia, pues prohibiéndonos disfrutar de las riquezas por causas del enemigo, crees que no lucharemos, siendo ricos, a tus ór­

-94-

denes, igual que cuando éramos pobres. ¿Qué hay más deshonroso que este pensa­ miento? ¿Qué más estúpido que esta exhortación? Hemos reconocido aquí nuestros bienes personales: y, reconocidos, ¿dudaremos llevárnoslos? Lo que intentábamos re­ cuperar con las armas, lo que pretendíamos recuperar con sangre, ¿vamos a rechazarlo ya restituido? ¿Vacilaremos en reivindicar lo propio ? ¿Quién es más cobarde, el que esparce lo robado o el que teme recoger lo dispersado? He aquí que lo que quitó la ne­ cesidad lo devuelve el azar. Estos despojos no son de los enemigos, sino nuestros; el danés no trajo el oro a Britania, sino que se lo quitó. Lo que vencidos y derrotados perdimos, ¿lo rechazaremos devuelto gratuitamente? Es ilícito despreciar de manera indigna tanto beneficio de la fortuna. ¿Qué hay. pues, más loco que desdeñar las ri­ quezas expuestas al aire libre e intentar conseguir las ocultas y prohibidas? ¿Trataremos con desdén lo colocado ante nuestros ojos para buscar algo fugitivo? ¿Nos abstendremos de lo que se presenta a nuestro alcance y desearemos conseguir lo lejano y extraño? ¿Cuándo obtendremos botín extranjero si rehusamos tomar lo pro­ pio? Nunca tentaré a dioses tan hostiles que me hagan vaciar la bolsa, llena del dine­ ro de los padres y de los abuelos, de tan justa carga. Conozco la avaricia de los dane­ ses; nunca abandonarían jarras llenas de vino si el temor no los obligara a huir. Abandonarían más fácilmente la vida que el vino“ . Este afecto es común a nosotros, somos iguales a ellos en este aspecto. Sea, habrán fingido la huida; pero atacarán a los escoceses antes de hallarse en situación de poder regresar. Nunca, abandonado para los cerdos o para las bestias, se ensuciará este oro de tierra, servirá mejor para uso humano. Además, si tomamos los despojos del ejército por el que luimos venci­ dos, redundará sobre nosotros mismos la fortuna del vencedor. ¿No puede considerar­ se como un presagio de victoria cierta el hecho de que el botín preceda a la lucha y que se tome el campamento, desierto de enemigos, antes del combate? Es preferible haber vencido con el miedo más que con el hierro.”

Apenas habló el caballero y he aquí que todas las manos, lanzándose por el botín, empiezan a recoger el oro que se hallaba por todas partes. Se asombraría uno de la índole de la vil codicia que allí se vio, se podría sorprender uno de las inmoderadas muestras de avidez. Se vería el oro ser cogido al mismo tiempo que la hierba, nacer intensa discordia, a los ciudadanos, olvidados de los enemigos, echar mano de la es pada, infringir los derechos de familiaridad y el respeto a la alianza; se podría con templar la avaricia de todos y la amistad de ninguno.

Entretanto Frotón, dando un gran rodeo por el bosque que separa Escocia y Ht M•• nia. manda que los soldados tomen las armas. Al ver los escoceses sus lilas, < mim

* En el Libro V se hace de nuevo referencia a la afición de los daneses a la bebida

llevaban lanzas (an ligeras y vieron a los daneses pertrechados con nolable género de armaduras, se adelantan a la lucha con su huida. Siguiendo a éstos a una distancia prudencial por temor a un encuentro británico, se topó con Escoto, el marido de Ul- vilda. al frente de un gran ejército que había conducido desde los más lejanos lugares de Escocia con el deseo de prestar auxilio a los daneses. Abandonada por éste la per­ secución de los escoceses, mandó dirigirse de nuevo a Britania y recuperó sagazmente el bolín que había abandonado con astucia. De modo que, las riquezas que había deja­ do atrás con sangre fría las recobró con facilidad. Se arrepintieron entonces de su car­ ga los britanos. que expiaron con su sangre su mezquindad. Les costó caro haber ex­ tendido sus brazos de insaciable avidez. Se avergonzaron no tanto por la exhortación del rey como de su propia codicia.

Después de esto se dirige a Lundonia’7, la más famosa fortaleza de la isla. Al im­ pedir la firmeza de sus muros cualquier posibilidad de asalto, hecha simulación de su muerte, cambió la fuerza por la astucia. Y Dalemano’*, prefecto de Lundonia, ha­ biendo recibido la lalsa noticia de su muerte y tras acoger en capitulación incondicio­ nal a los daneses, les ofrece un jefe de entre sus paisanos. Para que lo eligieran de una gran concurrencia les permitió la entrada en la fortaleza. Simulando éstos d ili­ gencia en la elección, es muerto al ser atacado en emboscada nocturna.

Hechas estas cosas, un tal Escalón celebró un banquete en honor del rey que re­ gresaba a la patria, para unir placeres desenfrenados a las fatigas de la guerra. En casa de aquél, mientras se hallaba reclinado sobre almohadones cubiertos de oro según la costumbre real y provocado a luchar por un tal Hundingo -aunque había estado di­ strayendo su ánimo con las alegrías del festín- concluyó, deleitado más por la proxi­ midad de la lucha que por la presencia de manjares, la cena con un duelo, y el duelo, con victoria. Y aunque recibió en él una herida de dudosa curación, desafiado de nue­ vo por el púgil Haquino, satisfizo con la muerte del que lo provocó la venganza de su turbado reposo. Hundió también en el mar a dos ayudas de cámara públicamente convictos de conspiración, castigando el gravísimo crimen de su espíritu con una mole unida a sus cuerpos. Dicen algunos que Ulvilda le dio entonces un atuendo in­ quebrantable de hierro con el que estando ceñido no podía dañarle punta alguna de dardo. Y no hay que pasar por alto que Frotón solía espolvorear los alimentos con fragmentos de oro machacados y molidos para protegerse con ellos de los intentos /

” Londres.

Herrmann (op. cil. pág. 131) piensa que se puede tratar de D alem arr. quien en la Saga de los des­

cendientes de Canuto, aparece al frente de la fortaleza de Jasniund en la isla de Kügen. conquistada

por los daneses en 1169.

-96-

familiares de los envenenadores-'. Provocó a Regnero, rey de Suecia, acusado falsa­ mente de traición, a la guerra y murió, no por la fuerza de los dardos, sino por el peso de las armas y ahogado por la congestión de su cuerpo; dejó tres hijos: Halda- no, Roe y Escalo.

De éstos, iguales en valor, se apoderó una misma ansia de reinar. Cada uno tuvo la preocupación del imperio, pero a ninguno aló el respeto fraterno. Ninguno sintió respeto hacia lo suyo, y mucho menos hacia lo ajeno; pues no puede uno velar amistosamente por los demás cuando se comporta de forma ambiciosa consigo mis­ mo. E l mayor de éstos, Haldano. muertos sus hermanos Roe y Escato, deshonró su linaje con el crimen y para no omitir ninguna demostración de su crueldad, castigó primero a los partidarios de aquéllos con cadenas y luego los mató en la horca. Pero a consecuencia de esto fue extraordinariamente admirable por su fortuna, pues murió de viejo y no por la espada"'.

Sus hijos fueron Roe y Helgón. Por Roe se dice que fue fundada Rosquildia", la cual aumentó poco más larde en número de ciudadanos, y la amplió en su asenta­ miento Suenón, conocido por el sobrenombre de Barba de Horca’ . Era aquél de cuer­ po pequeño y enjuto. Helgón tuvo un aspecto más distinguido. Este, repartiéndose con su hermano el reino y tocándole en suerte el dominio del mar, aplastó a Escalco, rey de Eslavia, con sus fuerzas marítimas. Tras volver a esta provincia recorría con errante género de navegación los diversos reflujos del mar. Aunque era de muy feroz carácter, igualaba su crueldad a su lujuria. Fue lan aficionado a Venus que sería de di­ fícil consideración si se apasionaba más por la tiranía que por el placer. Obligada la doncella Tora a soportar sus vejaciones en la isla de Toro", engendró de ella una hija

■' Reflejo, según Davidson (op. cil. pág. 42. n. 27) de la creencia de que el oro era una eficaz, protec­ ción contra el veneno. En el capítulo L ll de "E l Lenguaje del Arte Escáldico" de la Edda de Snorri (op. cil. págs. 140 y ss.) se llama al oro la harina de Erodi (Frotón). pues éste encargó a las gigantas Fenja y Menja que molieran oro y paz en el Gròtti, molino que producía cuanto su dueño le ordenaba. Las gigantas molieron un ejército contra Fròdi y éste fue muerto por un tal M vsing. que se apoderó de gran bolín y puso fin a la llamada l’az de Frodi. Esta leyenda, según Herrmann (op. cil. pág 140). es resto de la creencia en una remota edad de oro. presente entre los pueblos del norte y en muchas otras culturas.

I" Según Sven Aegesen (op. cil. págs. 49-50) Esquioldo deja como herederos de su reino a sus hijos Haldano y Froti. Estos, poseídos por la ambición de reinar, luchan entre sí por un mando único. Halda- no resulta vencedor y le sucede su hijo Helgi. En la Saga de H ró lJ Kraki Hálldan (Haldano) es herma­ no de Fròdi y éste lo mala para hacerse con el poder. En el HeowulJ. (op. cil. v. 57 y ss.) leemos que Healfdene (Haldano) tuvo tres hijos: Hcorogar. Hrodgar y Haiga, y una hija cuyo nombre no se men­ ciona.

” F.n danés. Roskildc. Saxo puede considerar que significa "la fuente ( k ilile ) de Ro". Está situada a orillas del Iseljord. muy cerca de Lejre. la Hleidra de la "Saga de los Ynglingos" y la Letra de Saxo.

Sven Barba de Horca es mencionado en la Crónica de Hoskilde Reinó de 986 a 1014 y en 1013 con quistó Inglaterra. Sus hijos fueron Gorm y Knud el Severo. Podría ser también el Sven del que habla una de las inscripciones rúnicas de Haithabu. en Schleswig (vid. L. Jacobsen-E. Mollke. Danmarks

Runeindskrifter. Copenhague. Munksgaards Forlag. 1942. págs. 1-2).

” Al sur de Fionia (Fyn).

a la que después puso el nombre de Ursau. A Hundingo, hijo de Sirico, rey de Sajo­ rna, lo venció en un cómbale en las cercanías de la fortaleza de Estadio1', y él mis­ mo, tras ser retado, lo mató en duelo. Llamado por esto Matador de Hundingo“1. uti­ lizó como sobrenombre el honor de la victoria. Encargó a los jefes Hesca. Eyr y Ler la legislación y administración de Jucia, ganada a los sajones. En Sajonia estableció que la muerte de un noble y de un liberto fuesen pagadas con igual suma, pues quería asegurarse de tener a todas las familias de los teutones bajo la misma relación de su­ misión y de que la libertad perdida de todas ellas transpirase una ignominia de igual categoría.

Habiendo vuelto a llevar su escuadra pirata a la isla de Toro. Tora, sin olvidar en ningún momento su aflicción por la virginidad perdida, planeó con torpe maquina­ ción la abominable venganza de su estupro. Pues ordenó a su hija de edad nubil, acercada arteramente a la costa, que deshonrase a su padre con el concúbito. No es de creer que éste, aunque entregó su cuerpo a los halagos del insidioso placer, conserva­ se la integridad de su ánimo cuando alegó como facilísima disculpa de su error la ex­ cusa de su desconocimiento. ¡A y, qué estúpida madre la que permitió desterrar la honra de su hija para vengar la propia y no se preocupó de la castidad de su linaje con tal de convertir en reo de incesto a aquel por cuya causa había perdido ella misma el celibato! ¡Qué mente tan atroz la de la mujer que hizo expiar la culpa de su co­ rruptor con una segunda corrupción suya, pareciéndole mejor aumentar con ello la ofensa que disminuirla! Pues acrecentó su culpa con lo que creyó conseguir vengan­ za. e intentando mitigar el daño sumó una impiedad al actuar como madrastra de su propia descendencia, a la cual no ahorró la vergüenza con tal de borrar su propia infa­ mia. Y no cabe duda de que llenó de deshonra el ánimo en el que tanto exceso de pu­ dor había que no se avergonzó de buscar consuelo a su ofensa con el incesto de su hija. Gran crimen, pero expiable en uno solo, porque el mal del concúbito lo hizo desaparecer una fausta prole, y no fue de más triste reputación como de más alegre fruto. Nacido de Ursa, redimió Rolvón la infamia de su nacimiento con notables obras de probidad, cuyo eximio fulgor celebra la memoria de los siglos con hermoso pregón de alabanzas. Pues sucede, en efecto, que el lulo pone fin a las alegrías y que

Related documents