5. Discussion
5.1. The Influential Factors
contradicción aparente:
-Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.
-¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado.
23 proyecto y al momento preguntó si alrededor de la ciudad había campos que la pudieran
abastecer con sus cosechas de trigo. Al manifestarle que no era posible el abastecimiento si no era mediante el transporte de ultramar, contestó: “Dinócrates, observo conatención la magnífica estructura de tu proyecto y me agrada. Pero advierto que si alguien fundara una colonia en ese mismo lugar, quizás su decisión sería muy criticada. Pues, así como un recién nacido sólo puede alimentarse con la leche de su nodriza y sin ella no puede desarrollarse, de igual manera una ciudad no puede crecer si no posee campos cuyos frutos le lleguen en abundancia; sin un abundante abastecimiento no puede aumentar el número de sus habitantes ni pueden sentirse seguros. Por tanto, en cuanto a tu plan pienso que merece toda clase de elogios, pero la ubicación de la ciudad debe ser desaprobada. Es mi deseo que te quedes a mi lado, pues quiero servirme de tu trabajo”. Desde este momento, Dinócrates ya no se apartó del rey y siguió sus pasos hasta Egipto. Al observar Alejandro que había allí un puerto protegido por la misma naturaleza y un extraordinario mercado, además de campos sembrados de trigo que ocupaban toda la extensión de Egipto así como las enormes ventajas que proporcionaba el impresionante río Nilo, ordenó que él fundase allí mismo una ciudad, de nombre Alejandría, en honor a su propia persona. De este modo Dinócrates, apreciado por su interesante aspecto y por su gran cotización, alcanzó la categoría de los ciudadanos distinguidos. Pero a mí, oh Emperador, la naturaleza no me ha concedido mucha estatura, la edad ha afeado mi rostro y la enfermedad ha mermado mis fuerzas. Por tanto, ya que me veo privado de tales cualidades, alcanzaré fama y la reputación, así lo espero, mediante la ayuda de la ciencia y de mis libros.27
La poderosa imagen que Vitrubio evoca en el prefacio al segundo capítulo de su De Architectura [fig. E02] no es un invento, como no lo es su tratado, aquello que no es tradición no es sino plagio28. Reproduce el icono de los
ofrentes asirios, recogido en los ortostatos, los bellos relieves votivos que aprendieran a su vez, de los hititas, destinados a cantar la grandeza imperial, y que representan a distinguidos prohombres portando espléndidas maquetas simbolizando la entrega efectiva de una ciudad enemiga al monarca victorioso. La ciudad rendida los pies del del rey-sacerdote de Assur. Dicha iconografía tendrá amplia repercusión en el cristianismo, esencialmente asociada a la fundación de monasterios, catedrales y ciudades [fig. E03]. La imagen más habitual de santa Bárbara, patrona de artilleros y mineros, pero también de constructores, la muestra sosteniendo una torre, en maqueta, aquella en la que su padre la encerró, cambiando su espacio con el tiempo y el espíritu: primero de prisión a celda y después de tumba a santuario. También aparecen maquetas, junto a planos, libros, reglas y compases, en los retratos de arquitectos29… Vitrubio nos descubre que es Alejandro, y no Dinócrates,
el creador de la ciudad, o al menos, el hábil arquitecto, vestido con sus mejores galas, incluso maquillado,
27 VITRUBIO POLION, Marco: De Architectura, Opus in libris decem, del Prefacio al Libro II en la traducción de VELASCO,
Lázaro de: Cicón Ediciones, Cáceres, 1999
28 El aforismo es de Eugenio D´Ors.
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ungido de afeites y tocado de girnaldas30, quería que Alejandro así lo pensara [fig. E04 y 05]. Pero, en el que
quizás sea el paradigma de la postmodernidad de la que somos herederos, ¿no nos recuerda a aquella otra imagen de la portada de TIME del 8 de enero de 1979 [fig. E06]? En ella, un adusto Philip Johnson, agigantado por el contrapicado de la toma, tocado con un espléndido abrigo de alpaca sobre los hombros, traje oscuro de corte impecable, como aquellos de Knizé que usara su venerado Mies, y con sus gafas redondas de pasta de
Maison Bonnet, hechas a medida, el mismo modelo que también usara Le Corbusier, de nuevo, pues, rodeado de los símbolos con los que muestra su pertenencia a una estirpe, agarra con ambas manos la maqueta del rascacielos AT&T, practicando su particular exorcismo, ¡ay, sátrapa y sicofante!, a los maestros modernos. No es casualidad que el arquitecto quiera representarse a sí mismo, pues la arquitectura no quiere sino representar (atrapar, encontrar, construir, solidificar…, verbos que enuncian acciones en una lista tan larga como aquella de Serra31) algo que no existe, aquello que imaginamos, intuimos o una vez sentimos, una
vibración, una conmoción…, una atmósfera32[fig. E07]. Aunque el propio Serra parodia la ausencia de libertad
del arquitecto frente al escultor: no importa la libertad morfológica con la que un arquitecto acometa el proyecto de una casa, la lectura de sus espacios, aquellos en los que las personas pasan sus días, se realizará siempre con referencia a toda la historia de la casa, (…) la diferencia entre la arquitectura y la escultura en el paisaje es:
una casa es una casa es una casa es una casa…33, Pigmalión, el rey-escultor-arquitecto, encontrará el calor de
Galatea en el frío mármol en el que estaba esculpida, tal vida parecía que tenía que la cobra34, por la
intercesión de Afrodita-Minerva. Su mito nos persigue, aunque inverso, ausentes hoy de deidades tan generosas… Pero el viaje continúa.
Aquella noche, de regreso en mi casa de Tíbur, sentí mi corazón cansado pero sereno en el momento de recibir de manos de Diótimo el vino y el incienso del sacrificio cotidiano a mi Genio. Simple particular, había empezado a comprar y a reunir aquellas tierras tendidas al pie de los contrafuertes del Soracto, al borde de las fuentes, con el paciente encarnizamiento de un campesino que completa su viñedo. Entre dos jiras imperiales, había sentado mis reales en los bosquecillos entregados ya a los albañiles y arquitectos, y cuya conservación me pedía piadosamente un adolescente imbuido de todas las supersticiones asiáticas. Al volver de mi largo viaje por el Oriente, había tratado de completar casi frenéticamente aquel inmenso decorado de una obra terminada ya en sus tres cuartas partes. Ahora retornaba a él para acabar allí mis días de la manera más decorosa posible. Todo estaba ordenado para facilitar tanto el trabajo como el placer: la cancillería, las salas de audiencias, el tribunal donde juzgaba
30 CORNEILLE, Jean-Baptiste: Dinocrate présente à Alexandre son projet pour le Mont Athos (Dinocrates presenta a Alejandro
Magno su proyecto para el Monte Athos), óleo sobre lienzo, 3,00 x 3,10 m, datado en la segunda mitad del siglo XVII.
31 SERRA, Richard: Verb list compilation: Actions to relate to oneself, 1967-1968 32 ZUMTHOR, Peter: Atmósferas, Gustavo Gili, Barcelona, 2006
33 SERRA, Richard: Notes from Sight Point Road. Perspecta, The MIT Press, Nueva York, 1982, p. 180
34 OVIDIO: Metamorphoseon, año 8 d. C., según el texto en castellano, Las metamorfosis, con traducción de Ana Pérez Vega,
25 en última instancia los procesos difíciles, me evitaban los fatigosos viajes entre Tíbur y Roma.
Aquellos edificios tenían nombres que evocaban a Grecia: el Pecilo, la Academia, el Pritaneo. Sabía de sobra que el pequeño valle plantado de olivos no era el de Tempe, pero llegaba a la edad en que cada lugar hermoso nos recuerda otro aún más bello, donde cada delicia se carga con el recuerdo de las delicias pasadas. Aceptaba entregarme a esa nostalgia que llamamos melancolía del deseo. Había llegado a llamar Estigia a un rincón del parque especialmente sombrío, y Campos Elíseos a una pradera sembrada de anémonas; me preparaba así a ese otro mundo cuyos tormentos se parecen a los del nuestro, pero cuyas nebulosas alegrías no pueden compararse con las de la tierra. Lo que es más, había hecho construir en lo hondo de aquel retiro un refugio aún más aislado, un islote de mármol en medio de un estanque rodeado de columnatas, una cámara secreta que comunicaba con la orilla —o más bien se aislaba de ella— gracias a un liviano puentecillo giratorio que me basta tocar con una mano para que se deslice en sus ranuras. Mandé llevar a ese pabellón dos o tres estatuas amadas, y la pequeña imagen de Augusto niño que Suetonio me había regalado en los días de nuestra amistad. Iba allí a la hora de la siesta para dormir, soñar y leer. Tendido en el umbral, mi perro estiraba sus patas rígidas; un reflejo jugaba en el mármol; Diótimo apoyaba la mejilla en el liso flanco de un tazón de fuente para refrescarse.(...) En las horas de insomnio andaba por los corredores de la Villa, errando de sala en sala, turbando a veces a un artesano que trabajaba para colocar un mosaico en su sitio. Estudiaba al pasar un sátiro de Praxiteles, y me detenía ante las efigies del muerto. Cada habitación tenía la suya, así como cada pórtico. Con la mano protegía la llama de mi lámpara, mientras rozaba con un dedo aquel pecho de piedra. Las confrontaciones complicaban la tarea de la memoria; desechaba, como quien aparta una cortina, la blancura del mármol de Paros o del Penélico, remontando lo mejor posible de los contornos inmovilizados a la forma viviente, de la piedra dura a la carne. Continuaba luego mi ronda; la estatua interrogada volvía a sumirse en la noche, mientras mi lámpara me mostraba una nueva imagen a pocos pasos; aquellas grandes figuras blancas no diferían en nada de los fantasmas. Pensaba amargamente en los pases con los cuales los sacerdotes egipcios habían atraído el alma del muerto al interior de los simulacros de madera que emplean para su culto. Yo había hecho como ellos, hechizando piedras que a su vez me habían hechizado. Nunca más escaparía a ese silencio, a esa frialdad más próxima a mí desde entonces que el calor y la voz de los vivos; contemplaba rencorosamente aquel rostro peligroso, de huyente sonrisa. Y sin embargo, horas después, mientras yacía tendido en mi lecho, decidía ordenar una nueva estatua a Pappas de Afrodisia; le exigiría un modelo más exacto de las mejillas. Allí donde se ahondan apenas bajo la sien, una inclinación más suave del cuello hacia el hombro; a las coronas de pámpanos o a los nudos de piedras preciosas, sucedería el esplendor de los rizos desnudos. Jamás dejaba de hacer ahuecar aquellos bajorrelieves o aquellos bustos para rebajar su peso y facilitar su transporte. Los que guardaban mayor semejanza me han acompañado por doquier; ya ni siquiera me importa que sean hermosas o no.35
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¿Cuál es esa búsqueda?, la ronda de Adriano, la conmoción de Le Corbusier, el temperar de Zumthor… Quizás no importe tanto qué busca la arquitectura, qué la hace estar siempre en oscilación, no sea que si lo encontramos todo se detenga, empeñada la historia en contar siempre qué detalle distingue cada momento y si cambia tal o cual cosa en cada movimiento. Tal vez sí importe cuáles son los invariantes, los tesoros, que en el camino desde la hégira neolítica y la primera construcción trascendente, más allá del simple refugio de oportunidad o la higiénica tumba, hasta este momento y el siguiente, la arquitectura ha encontrado, a veces por azar y otras por tesón, casualidades controladas, y ha guardado para sí. [fig. E08]
Pocos, me temo, ante tantas tentativas y tan pocas emociones puras.
Si se sigue un sendero entre matorrales a lo largo de la vía férrea, al este de la estación de Roquebrune, llegas a un café y hotel construido de madera y techo ondulado. En muchos aspectos es una barraca, como cientos de otros edificios a lo largo de las playas de la Côte d’Azur –un cruce entre casa de botes y escenario de pacotilla. Pero este fue construido de acuerdo con los consejos de Le Corbusier, porque el patrón era viejo amigo. Algunas de las proporciones y el esquema de colores son manifiestamente suyos. Y en el muro de madera del exterior, frente al mar, pintó su emblema del hombre de seis pies de alto, que hace de módulo y mide toda su arquitectura. Nos sentamos en la terraza, de suelo de tablas de madera, y tomamos café. Mirando al mar, abajo, me pareció por un momento que las olas, apenas visibles, que semejaban temblores rizados, eran el último signo del cuerpo que se había hundido ahí, una semana antes. Me pareció por un momento como si el mar pudiera darle mejor reconocimiento que la arquitectura de diques y rompeolas. Una patética ilusión.36
Una vez Charles Eames, pionero de la actualidad que tenía muy claro que detrás de la era de la información
está la era de las oportunidades, dijo:
Eventually, everything connects – people, ideas, objects. The quality of the connections is the key to quality per se.
Recorramos, pues, el sendero…
Edhasa, Madrid, 2006
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: Recorrido
…vais pela estrada que é de terra amarela e quase sem nenhuma sombra. As cigarras cantarão o silêncio de bronze. À tua direita irá primeiro um muro caiado que desenha a curva da estrada. Depois encontrarás as figueiras transparentes e enroladas; mas os seus ramos não dão nenhuma sombra. E assim irás sempre em frente com a pesada mão do Sol pousada nos teus ombros, mas conduzida por uma luz levíssima e fresca. Até chegares às muralhas antigas da cidade que estão em ruínas. Passa debaixo da porta e vai pelas pequenas ruas estreitas, direitas e brancas, até encontrares em frente do mar uma grande praça quadrada e clara que tem no centro uma estátua. Segue entre as casas e o mar até ao mercado que fica depois de uma alta parede amarela. Aí deves parar e olhar um instante para o largo pois ali o visível se vê até ao fim. E olha bem o branco, o puro branco, o branco de cal onde a luz cai a direito. Também ali entre a cidade e a água não encontrarás nenhuma sombra; abriga-te por isso no sopro corrido e fresco do mar. Entra no mercado e vira à tua direita e ao terceiro homem que encontrares em frente da terceira banca de pedra compra peixes. Os peixes são azuis e brilhantes e escuros com malhas pretas. E o homem há-de pedir-te que vejas como as suas guelras são encarnadas e que vejas bem como o seu azul é pro-fundo e como eles cheiram realmente, realmente a mar. Depois verás peixes pretos e vermelhos e cor-de-rosa e cor de prata. E verás os polvos cor de pedra e as conchas, os búzios e as espadas do mar. E a luz se tornará líquida e o próprio ar salgado e um caranguejo irá correndo sobre uma mesa de pedra. À tua direita então verás uma escada: sobe depressa mas sem tocar no velho cego que desce devagar. E ao cimo da escada está uma mulher de meia idade com rugas finas e leves na cara. E tem ao pescoço uma medalha de ouro com o retrato do filho que morreu. Pede-lhe que te dê um ramo de louro, um ramo de orégãos, um ramo de salsa e um ramo de hortelã. Mais adiante compra figos pretos: mas os figos não são pretos mas azuis e dentro são cor-de-rosa e de todos eles corre uma lágrima de mel. Depois vai de vendedor em vendedor e enche os teus cestos de frutos, hortaliças, ervas, orvalhos e limões. Depois desce a escada, sai do mercado e caminha para o centro da cidade. Agora aí verás que ao longo das paredes nasceu uma serpente de sombra azul, estreita e comprida. Caminha rente às casas. Num dos teus ombros pousará a mão da sombra, no outro a mão do Sol. Caminha até encontrares uma igreja alta e quadrada. Lá dentro ficarás ajoelhada na penumbra olhando o branco das paredes e o brilho azul dos azulejos. Aí escutarás o silêncio. Aí se levantará como um canto o teu amor pelas coisas visíveis que é a tua oração em frente do grande Deus invisível.37
37 DE MELLO BREYNER ANDRESEN, Sophia: O Caminho da Manhã, en O Livro Sexto, E. da A., 1962; 6ª edición, Edições
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Pacific Palisades, Los Angeles, California (34° 2′ 53.02″ N, 118° 31′ 32.02″ W). Antípodas:
1333 Boxwood Hill-Ongerup Rd, Toompup, Australia (34° 2′ 53.02″ S, 118° 31′ 32.02″ E) Su Yu Qu, Suqian, Jiangsu, República Popular China (34° 2′ 53.02″ N, 118° 31′ 32.02″ E)
Océano Pacífico, frente a la costa chilena, a unos 5.000 km de Santiago mar adentro (34° 2′ 53.02″ S, 118° 31′ 32.02″ E)
31 El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles sobre El Río Porciúncula, ahora Los Angeles (34°1′10″ N,
118°24′40″ O) se extiende desde el Historic Core hasta el Pacífico, absorbiendo Downey, Compton y Carson hasta Long Beach y Culver City e Inglewood hasta Santa Mónica. La impenitente retícula que construye la ciudad se estrella al noroeste con el San Vicente Boulevard. Esta vía, prolongación desde la avenida Federal del Wilshire Boulevard, que nace en el One Wilshire38, en pleno downtown, bordea las colinas de Hollywood,
Holmby y Beverly dejando a su derecha, en dirección al océano, los pintorescos barrios de Brentwood, Bel Air y Pacific Palisades [fig. R01 y R02].
La comunidad de Pacific Palisades se asienta en los altos que jalonan la Autopista del Pacífico entre las ciudades de Santa Mónica y Malibú. En la parte superior de los acantilados, algunas mesetas, llamadas localmente mesas, se recortan entre los cañones que corren perpendiculares al mar desde el interior. El ancho cañón de Santa Mónica separa Pacific Palisades del borde urbano de la ciudad de Santa Mónica [fig. R03 y R04]. Toda California y en especial el área de Los Ángeles presenta una cota baja en relación al nivel del mar. Pacific Palisades, ubicada justo en una península en la costa del Océano Pacífico, sitúa su punto más alto apenas a 100 metros sobre el nivel del Pacífico. Sin embargo, la ciudad está custodiada por montañas al norte, abarcando un área de protección de hasta 4000 m de altitud [fig. R05 y R06].
La zona se habitó inicialmente por nativos americanos que ocuparon la costa hasta la llegada de los europeos, quedando como una tierra de nadie hasta bien entrado el siglo XIX. Precisamente en 1839, los 6.656 acres (26,94 km²) de agrestes cañones, mesetas boscosas y valles bajos que componen el área sur de los Ángeles fueron cedidos por el gobernador de la Alta California, Juan Bautista Alvarado39, cesión ratificada tras litigio una
década después por el último Gobernador mexicano de California, Pío Pico40, a Francisco Márquez y Reyes
Ysidro para establecer el Rancho Boca de Santa Mónica41[fig. R07]. El nombre de Pacific Palisades se lo da el
38 La dirección del feo One Wilshire es en realidad 624 South Grand Avenue, aunque de su fachada oeste arranca la avenida
que le da nombre.
39 Juan Bautista Alvarado fue gobernador de la Alta california entre 1836 y 1842.
40 Pío de Jesús Pico fue el último gobernador mexicano de la Alta California. Nació en la Misión de San Gabriel, California, el 5
de mayo de 1801. Murió el 11 de septiembre de 1894 en Los Ángeles, en casa de su hija Joaquina Pico Moreno. Tuvo 3 nacionalidades, ya que al nacer criollo fue súbdito de la Corona Española (del territorio de Nueva España), posteriormente ciudadano mexicano y, una vez finalizada la guerra entre México y Estados Unidos, en la que México perdió la mitad de su