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A diferencia esencial entre el bautismo cristiano y el vudú es- triba en la calidad del agua que se emplea: agua estancada en el bautismo cristiano; agua viva, animada, en el bautismo vudú. Tal es, resumida, la opinión de nuestro guía e infor- mador. Por lo demás, en cuanto al significado y virtud oculta de la operación bautismal, no hay cambios notables. Por supuesto, el ritual es completamente dispar.

Tomaremos de Claude Planson la descrip- ción de una ceremonia de bautismo presidida por la mambo Mathilda, esposa del escritor.

Los niños que van a ser bautizados han sido confiados a iniciados; han comido solos en una mesa; después se visten con pantalones cortos azul marino y camisas naranja y se les manda a la cama a las diez de la noche. (Recordemos que la ceremonia tenía lugar en

el houmfor parisino de doña Matilde Beau- voir.) Mientras los dos niños, de siete u ocho años, dormían, la mambo dibujaba los vévés apropiados en los que se juntaban Legba, Erzilie-Fréda y Guédé. A las doce y media, empiezan a «tronar los tambores». Un cuarto de hora más tarde dos iniciados van a buscar a los niños.

Hacia la una, la mambo, los hounsi, los iniciados blancos y los niños, cubiertos con una sábana, forman una procesión. «Mathil- da, vestida con un largo vestido blanco, lleva en la mano un manojo de trigo verde atado con una cinta roja. La campanita del asson tintinea sin parar. Sientan a los niños en sillas. No hacen ni el más pequeño movimiento debajo de las sábanas que los tapan. Mathilda pone el manojo de trigo en las rodillas de los niños y después en sus cabezas. Les habla. Una de las hounsi trae un plato con un huevo de gallina, rodeado de velas encendidas. Los demás tienen en las manos largos cubiertos. Les preparan un baño con hierbas machaca- das.»

El bautismo está bajo el signo solar

Por orden de la mambo, preside la ceremo- nia la mujer de más edad; se ponen tres cirios

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encendidos sobre los vévés. Inmediatamente después, padrinos y madrinas se colocan de- trás de los niños.

«Mathilda coge dos palomas blancas y las pone un segundo sobre la cabeza de los dos niños, antes de dárselas a una de sus iniciadas. Cogiendo a la anciana de la mano, la hace atravesar el vévé y la lleva a saludar los cuatro puntos cardinales. Después hace lo mismo con cada uno de los parientes y con los testigos.

»Las dos. Hacen levantarse a los niños. Están desnudos bajo las sábanas. Hacen en- trar al primero en el baño; se queda de pie en el agua. El público agita sus ramos (en este momento hay una explosión de júbilo y ali- vio). Mathilda rocía al niño de la cabeza a los pies.»

Un cuarto de hora más tarde, el más joven de los dos se mete a su vez en el baño. Tras la aspersión, salen y los secan con toallas blan- cas.

Las dos y media de la mañana. Se borra el vévé... Los pequeños se ponen ropas blancas y la mambo los «aventa» con las palomas, sien- ta al menor en su hombro derecho y le hace dar así la vuelta al peristilo. Le pide que sostenga un momento una de las palomas; después le pide que la suelte. Hace lo mismo

con el otro. Las palomas, tras un corto vuelo por el templo, se posan las dos en el altar (exactamente en el medio).

Las tres. Las hounsi dan a cada niño una copa llena de bombones y caramelos pidién- doles que los repartan entre los asistentes. Es el final del bautismo propiamente dicho. La ceremonia vudú va a empezar.

La ceremonia vudú

Mathilda y sus hounsi se ponen delante de los tambores; los dos niños se colocan a su , lado. Mientras la mambo hace sus libaciones, las hounsi se saludan entre ellas...

Media hora más tarde, el baile yonvalon llega a su paroxismo. Una hounsi se siente «rozada» por un loa y, sacudida por gestos y movimientos involuntarios, da la impresión de estar borracha y a punto de caerse. La mambo enciende una hoguera en el suelo y, cogiendo a los niños uno a uno, los hace pasar por encima de las llamas. Aparece Erzi- lie, poseyendo a un hounsi, a quien la mambo ata un pañuelo a la cintura. Después una tercera «esposa» es «montada» a su vez; la misma mambo parece un momento como borracha, pero logra dominarse, y, tras salir

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del peristilo, vuelve totalmente dueña de sí. Abraza a una de las hounsi, acariciándola y acunándola en sus brazos. Pocos segundos después ella misma oula (escupe) ron en todas direcciones.

Una de las posesas, montada por Frére-Ti- Jean, empieza a trepar por el poste-central, mientras otra se tira al suelo, abandonada por su loa. Otra más es agarrada justo a tiempo por el hounguénikon.

«Las cuatro cuarenta y cinco. Mathilda es poseída a su vez. Se ha transformado: es Ogou, espíritu de la Guerra. Una hounsi le enciende un cigarro. El espíritu va a saludar a algunos espectadores. Se coge un poco de sudor del cuello y se lo pasa por la cara a algunos de ellos, tras lo cual busca a una señora mayor, a quien se le doblan las rodillas y se cae. Cuando la ponen de nuevo en la silla, tiene las manos crispadas.

»La mambo posesa coge a los niños y los acerca al fuego. Les frota las piernas, los brazos, la frente y los cabellos con llamas que recoge con la mano. No parece que estén asustados. El mayor tiembla un poco, pero al pequeño no se le quita la cara angelical.

»Todos se acercan al fuego para tomar el 'baño' en las manos y la frente.

Se levanta poco después. La madre de los niños 'cae' a su vez. Se arrastra por el suelo, poseída por Damballah.

»Un hounsi blanco, muy corpulento, se cae y empieza a dar vueltas sobre sí mismo, poseído por un espíritu bossal. En ese mismo momento, una iniciada africana es 'montada' por un loa muy violento.

»Las cinco y media. Las posesiones se suce- den. Los tambores se callan. La ceremonia ha terminado.»

Aunque fue celebrada fuera del contexto tradicional, esta ceremonia es igual, en lo esencial, a las que se celebran en los houmfor haitianos. Digamos solamente que allá el ba- ño se hace en un río o un torrente.

El matrimonio tradicional haitiano

Aun siendo católica, la mayoría de la po- blación haitiana sigue practicando el matri- monio tradicional llamado plagage: «El adep- to, y en general el haitiano, por costumbre se 'place'32. Casarse según la religión es para él

una importante aventura social, ritual y eco- nómica que tiene por fin un cambio de estatus

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social» (W. Apollon). Una encuesta demostró que el 75 por 100 de los hombres «colocados» eran adeptos vudús; para las mujeres, la pro- porción es del 73,4 por 100 (se trata de una encuesta parcial hecha en el Bas Boen). De hecho, hay un antagonismo real entre las costumbres matrimoniales tradicionales por un lado y los matrimonios canónico y civil por el otro. Para M-S. Louis, el «plagage», considerado el matrimonio de siempre, tanto ritual como tradicional, es «la forma de unión clásica en vigor en nuestra tierra». Este soció- logo afirma que la población haitiana piensa que cualquier ruptura con las costumbres tradicionales viene acompañada de una rup- tura con las creencias religiosas. Dicho de otro modo, casarse según las normas católi- cas, protestantes o incluso según el código civil equivale, para los hatianos, a renunciar al culto de los loas.

El «plagage» es, al contrario de lo que la palabra parece indicar, una forma de unión totalmente adaptada a las condiciones socio- económicas específicas de Haití: no debemos equivocarnos tomándolo por simples costum- bres relajadas, por una especie de legalización de la libertad sexual. Realmente, como vamos a verlo, el «plagage» acarrea una regulación del comportamiento de los esposos, que aun

siendo menos estricta que la católica, garanti- za del mismo modo el equilibrio y desarrollo armónico de la célula familiar. Como era de esperar, los enemigos del vudú no han escati- mado sus ataques al «plagage»: en su afán de denigrar el culto de los antepasados, echaron mano, entre otras cosas, de estas supuestas costumbres indecentes de los adeptos. Con el pretexto de que los esposos no hacen explíci- tamente promesa alguna de fidelidad, ayuda mutua y otras virtudes conyugales, ni ante Dios ni ante el juez, se acusó al «pla?age» de ser una forma de libre amancebamiento lega- lizada por la costumbre...

Ahora bien, todo el ritual ceremonioso del «plafage» demuestra la existencia de muy sólidos lazos entre los futuros esposos y sus respectivas familias, perfectamente adaptados en todo caso al contexto haitiano. Pero vea- mos cómo se lleva a cabo una boda tradicio-

nal. !

Un deber de honradez...

El procedimiento habitual del matrimonio tradicional exige la intercesión de un interme- diario entre las dos familias; este intermedia- rio es, en algunas regiones, un pariente del

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futuro esposo, y en otras un casamentero casi profesional. Cuando un joven a encontrado a la chica de sus sueños, se las arregla para hacér- selo saber discretamente. Pero, para hacer oficial su proyecto de vida en común con ella, debe recurrir al intermediario. Este último tiene que presentar en gran pompa una carta escrita en francés y dirigida al padre de la chica. Esta carta, firmada no sólo por el pretendiente sino también por sus padres y padrinos, «debe de estar escrita en un papel especial, calado, bordado, adornado con di- bujos de colores, y dentro de un sobre del mismo tono que el papel». El intermediario guarda el precioso mensaje en un pañuelo de seda o en un cofrecito de caoba cuidadosa- mente envuelto en una tela roja; acompaña a la epístola una cierta cantidad de dinero. Citamos a continuación esta carta, publicada por Jean Price-Mars, que da una idea del tono deliciosamente torpe de este tipo de corresp ondencia:

«Al Señor Dormeus Beralus y a la Señora Méséide Jaccaint, en la Primera Sección de la finca Sapour.

»Señor, Señora,

»Tenemos el honor de tomar la pluma para desearles los buenos días a Ustedes y su respetable familia, con el fin, Señor, Señora,

según nuestra cristiana naturaleza y parecer de buena gente, para cumplir un deber de honradez. Nos presentamos ante Ustedes con ternura, alegría, sabiduría, respeto y satisfac- ción pidiéndoles la mano de su hija, la Señori- ta Zabéla Dormeus, a quien nuestro mucha- cho, llamado José Duverna ama tiernamente y cuyos sentimientos nos ha hecho saber, queriendo formar una familia con la tuya, pues este deber es la humilde confesión de gente civilizada: Ahora, Señor y Señora, no- sotros, como es menester, testimoniamos en su favor con ahínco y les aseguramos que somos responsables de cuanto suceda, y les garantizamos que nuestro muchacho es un chico muy formal, dócil y lleno de respeto, obediente a los mayores y a los pequeños, y pretendiendo cumplir nuestra tarea con hon- radez, con fidelidad, en virtud, Señor y Seño- ra, de este gran testimonio que les propone- mos mientras pedimos a Dios que les proteja para poder realizar esta satisfacción, pidiendo la gloria, el respeto y la ciencia, la unión y la perseverancia. Esperando de Ustedes una res- puesta favorable para conocer nuestra dili- gencia.

»Y les saludan con profunda y sublime amistad.

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»Su madre: Cléodice Noël

»Su abuelo y padrino: Louis Jeune Noël »Su abuela: Señora de Louis Jeune Noël.»

La ceremonia de la boda

Algunos días después de haber recibido la carta, los padres de la chica responden del mismo modo, siempre por mediación del ca- samentero y con no menos pompa que la primera vez. Observemos de pasada que una negativa acarrearía la guerra entre las dos familias; de hecho, los rechazos son muy raros.

Lo primero que hace el futuro cabeza de familia, una vez que su petición ha sido acep- tada, es construir su casa. En general, el terreno se lo da su futuro suegro. Este edificio se añadirá a otras construcciones agrupadas en torno a un patio en cuyo fondo se levanta el templo familiar.

Por su parte, la muchacha ofrecerá un servicio vudú en honor de los loas familiares: en esta ocasión no sólo les pide permiso para casarse sino también su protección. Es sabido que estos servicios son los más arduos, pues los espíritus no parecen sentir mucha simpatía por los líos matrimoniales de los hombres...

Por fin las dos familias se ponen de acuerdo en la fecha de la boda propiamente dicha. Antes, el futuro marido paga una dote, cuya cuantía varía mucho según los estratos socia- les. El día de la boda se contará en público el dinero.

La víspera, la muchacha organiza una vela- da de despedida en la casa paterna, fiesta que puede alcanzar un lujo y pompa insospecha- dos. Al día siguiente, es costumbre —desgra- ciadamente en desuso— que el futuro marido se presente a caballo ante la puerta de su prometida.

De lo que sigue tenemos dos versiones bastante contradictorias que damos a conti- nuación: la primera es de Jean Price-Mars y la segunda de Michel-Salvador Louis.

El secuestro simbólico

«En una boda campesina •—-escribe Jean Price-Mars-—-, en lugar de desfile se hacía una magnífica cabalgata, en la que los novios tenían que llevar los mejores caballos, prece- didos p^r un portaestandarte cuya bandera debía ser también de una blancura inmacula- da.

«A la entrada de la propiedad, donde tenía lugar la recepción de los invitados, un arco de

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hojas verdes, moteado- de laureles dorados, abría acceso al patio. Una vez allí, el marido saltaba rápidamente de la silla y corría a encerrarse en la casa nupcial. Entonces, la novia, delante de todos y en medio de un completo silencio, muy humildemente llama- ba tres veces a la puerta principal, diciendo en voz alta: 'Marido mío, marido mío, ábrame la puerta.' En seguida el marido acudía a la llamada de su esposa y le daba las llaves del hogar junto con un pañuelo azul y un pan...»

La versión de Michel-Salvador Louis es algo diferente. Según él, tras haber obtenido la autorización paterna para llevarse a su futura mujer, el novio «saca las llaves de la nueva casa y llama tres veces a la puerta de la habitación donde ella se ha encerrado. Al oír la. llamada, la muchacha pregunta indiferente: «¿Quién es?»

El novio responde: «Soy yo, X, que vengo a buscarte para ir a casa.»

«Sigue una letanía de preguntas y respues- tas. Por fin ella abre la puerta y se deja coger en brazos por el marido, quien la monta en el caballo que le corresponde. Todo ello sin la menor emoción. Después el cortejo se pone en marcha en este orden: los representantes de las dos partes, las partes implicadas, los ami- gos, los convidados... Pronto se forma una

desenfrenada carrera en el camino que lleva a la nueva casa.

»Mientras, la casa se llena de parientes y amigos: todos trajinando nerviosos mientras esperan. Cuando llegan, el esposo salta ligero del caballo y coge a su esposa en brazos. La lleva al dormitorio y la deposita en la cama conyugal. Una vez dado este paso, los asisten- tes entonan himnos y cantos de alegría en su honor. Después vienen los brindis, los discur- sos, las fiestas que a veces duran una sema- na.»

Como acabamos de ver, la ceremonia nup- cial vudú es muy diferente del matrimonio cristiano o civil. En realidad, el «plagage» es concebido como una importante etapa iniciá- tica en vudú, pues la nueva pareja debe elegir entre los loas venerados en las familias respec- tivas del esposo y la esposa, loas que serán elevados al rango de deidades preferidas y protectoras del nuevo hogar. Cuando se co- noce la gran sensibilidad de los loas, rayana con la susceptibilidad, y sus amenazas de venganza, se pueden perfectamente imaginar las dificultades que produce esta capital elec- ción.

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El matrimonio místico

La práctica del matrimonio místico es casi tan antigua como la misma religión. Conoci- da por el sabio nombre de hierogamia, esta ceremonia consagra en principio los más pro- fundos e indestructibles lazos que puedan unir a un ser humano con una divinidad. Antes de pasar a describir el desarrollo del matrimonio místico vudú, nos parece interesante recordar brevemente unas prácticas parecidas en uso en Sumer tres mil años antes de Cristo.

La ceremonia nupcial mística sumeria tenía lugar siempre en Año Nuevo. El sitio era siempre el gran templo, llamado ziggourat: en la cumbre había una cámara nupcial de made- ra de cedro, lujosamente decorada con lapis- lázuli, marfil y oro; colgaban de los muros ramas y flores artísticamente colocadas; en medio de la sala había una cama enorme; un trono majestuoso separado del resto comple- taba el mobiliario.

El clero sumerio contaba siempre con una gran sacerdotisa que se suponía que represen- taba, no simbólica sino realmente, a la diosa del Amor y la Fertilidad, Inanna. Por otra parte, el rey-sacerdote de la ciudad era consi- derado como la encarnación del dios Dumuzi (que los griegos llamarán Adonis), que repre-

sentaba la Energía fecundadora de la prima- vera. Así, pues, en Año Nuevo, la gran sacer- dotisa Inanna se unía al rey-sacerdote Dumu- zi y esta unión tenía la mágica virtud de apresurar la llegada de la primavera e inaugu- rar el nuevo año con la esperanza y la prome- sa de prosperidad para todo el pueblo. Parece ser que, tras un largo período en el que el rito de la unión mística se consumaba sexualmen- te, el rito evolucionó hacia un ceremonial más simbólico, que no exigía la participación ex- clusiva de la gran sacerdotisa y del rey-sacer- dote: en otras palabras, hubo una especie de democratización de la unión mística que ase- guraba a los fieles, incluso a los más humil- des, la protección de la divinidad. Las inscrip- ciones encontradas en los yacimientos ar- queológicos mesopotámicos están de acuerdo en este punto. Algunos autores han sacado en conclusión que la divinización de los reyes mesopotámicos no tiene otro origen más que la práctica de la hierogamia.

Las esposas de los loas

La práctica del matrimonio místico que se encuentra en el vudú no es diferente de la sumeria en lo esencial. Las mismas razones

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mueven a los adeptos y esperan alcanzar los mismos objetivos.

Aunque es accesible hasta para los inciados de nivel más bajo, el matrimonio místico es más frecuente entre los houngan canzo. Como ya hemos dicho, todos los canzo tienen, a la salida del djévo, un loa mait'téte al que se