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iendo como es una auténtica reli- gión, el vudú está organizado co- mo tal, para satisfacer las necesidades espiri- tuales y temporales de sus fieles. Dispone de templos, los houmfor, repartidos por todo el territorio de Haití, y de un clero numeroso —excesivo, según algunos— y perfectamente adaptado a la tarea que se espera de él. Antes de estudiar la estructura de este clero, veamos primero el lugar del culto, el houmfor. «La estructura de este espacio no ha de buscarse en las creencias fon, ibo u otra cualquiera, ni en evolución alguna de la mentalidad negra.» Willy Apollon, autor de esta afirmación, in- siste con justicia en el carácter engañoso del recurso a los orígenes africanos para explicar la organización del lugar del culto vudú. Es- tos recursos, así como la búsqueda de influen- cias egipcias, israelitas, indias, etc., como «to-

dos los análisis de la esencia del «alma negra», acaban objetivamente por ocultar la historia que ha hecho posible el vudú en Haití». En efecto, las condiciones políticas, históricas, geográficas, económicas, culturales, han teni- do enorme importancia en la formación, no sólo de la ideología, sino de las prácticas culturales vudús.

Al hablar de los houmfor, nuestro informa- dor hizo esta sorprendente afirmación: «El houmfor puede compararse, por sus funcio- nes únicamente, a lo que era el castillo de Montségur para los cátaros»15. Es decir, que

el houmfor juega un papel mucho más com- plejo que el de un simple templo religioso tradicional: es el centro de la actividad políti- ca, social, cultural e incluso militar durante las guerras de independencia.

Un templo modesto

El viajero que llegue a Haití se sorprenderá al no ver esa clase de edificios que, por su apariencia exterior, su arquitectura religiosa, llaman la atención inmediatamente. ¡Habrá

15 Cátaros: otra denominación de los seguidores de la herejía

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turistas que pasen meses en la isla sin ver un solo houmfor! Ello es un síntoma de la perse- cución sufrida durante mucho tiempo por el culto vudú: para escapar a la persecución del clero católico y la policía, los houngan y las mambo prefirieron celebrar sus ritos en luga- res anónimos, en todo semejantes a las casas de los alrededores. No hay nada parecido a las grandes construcciones religiosas de otros países: catedrales, mezquitas, sinagogas, tem- plos budistas, etc.

No hay apenas diferencias entre las «casas de los dioses» y las de los hombres. Así es el arquetipo de houmfor: una sala que da a una especie de patio cubierto llamado peristilo; a menudo son varias las salas," llamadas kaye-

misté, las que dan a este peristilo.

Mientras que a las salas no pueden entrar más que los miembros del clero, en el peristilo puede entrar cualquiera. Allí se celebran las ceremonias religiosas, a las que el público puede asistir; en algunas ocasiones hasta se monta una pista de baile; los días de diario, y cuando no hay ceremonias, el peristilo es un lugar donde se desarrolla una intensa activi- dad comunitaria: allí están los enfermos trata- dos por el houngan o la mambo, a veces echados en un rincón; los forasteros que vie- nen de lejos encuentran asilo en él, así como

cualquiera que tenga que ser hospedado. Allí también recibía el sacerdote a sus clientes o amigos. Durante la guerra de independencia, los peristilos de los houmfor sirvieron de salas de entrenamiento militar, de depósitos de ar- mas, municiones, víveres, de hospitales de sangre, y sobre todo de lugar de reunión donde la propaganda política nacionalista se hacía oír libremente.

El «poteau-mitan»16, eje del universo vudú En el centro del peristilo se yergue un poste que no sólo soporta el techo: es el poste-

central, que juega un papel de polo en toda la

vida del houmfor. En efecto, las ceremonias religiosas están centradas en este pilar, en torno al cual se llevan a cabo los bailes rituales. Los vuduistas piensan que los loas «bajan» por él que, como un cordón umbili- cal, sirve para unir desde ese momento el mundo de los hombres con el de los dioses: la analogía con el templo-montaña sumerio es evidente, el ziggourat, que servía también de «ascensor-descensor» a los dioses mesopotá-

16 «Poteau-mitan»: término medio francés medio criollo que

podemos traducir por «poste-del-medio», «poste-medianero» o «poste-central». (N. del T.)

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micos. Sin embargo, hay una diferencia fun- damental entre ambos cultos: en el vudú, el ámbito de los loas está superpuesto al de los hombres, lo que no ocurría en las creencias mesopotámicas.

El poste-central descansa en una base, o, mejor dicho, está encajado en una peana de cemento de forma troncocónica: esta peana sirve de mesa durante las ceremonias; en ella se depositan las cosas del culto y, por ello, es una réplica del pé que se encuentra en el interior de la caye-misté. La peana tiene un nicho triangular cuyo valor simbólico y mági- co no está muy claro.

Milo Rigaud ve en el poste-central una unión simbólica entre el cielo y los abismos cósmicos: le dan más firmeza a esta unión las pinturas del poste que representan a la cule- bra de Damballah. Nuestro informador cree, por su parte, que habría que interpretar el poste como un símbolo fálico. «Su papel es demasiado importante para que no tenga vir- tudes fecundantes.»

La «caye-misté» o «bagui»

Mientras el peristilo es un espacio abierto y para todos •—-sacerdotes, adeptos o simples

curiosos—, las partes ocultas del houmfor están totalmente prohibidas a los no-inicia- dos. La primera sala misteriosa que da al patio se llama la caye-misté o begui. Es lo que podríamos llamar el santuario vudú. El bagui es una sala en general rectangular con uno o varios altares de ladrillo al fondo llamados pé. En estos altares se colocan innumerables obje- tos del culto de las que hablaremos más adelante; unas lamparitas de aceite mantienen un ambiente misterioso al difuminar los con- tornos de las cosas y producir reflejos extra- ños. Allí se dejan sobre todo las célebres piedras sagradas, que pueden ser hachas ame- rindias —especie de homenaje a los antiguos habitantes de Haití exterminados por los blancos— o piedras caídas del cielo, o simple- mente piedras de formas extrañas. Nuestro informador nos reveló que algunas de ellas eran la morada de ciertos loas, no lo bastante conocidos como para merecer culto; estos loas serían de alguna manera los espíritus personales del houngan o la mambo.

Al lado del pé hay siempre un estanque lleno de agua, o un recipiente de grandes dimensiones, dedicado a las deidades acuáti- cas y sobre todo a la mayor, Damballah: el dios-culebra que, según parece, baja a él. Por esto el recipiente es objeto de meticulosos

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cuidados por parte del houngan y sus acólitos

( hounsi).

Los houmfor más importantes tienen va- rios bagui o caye-misté: son altares especiales reservados al culto de los mayores loas, o a veces guardados para ritos diferentes (pétro, ibo, nago, congo...).

El «djévo» o sala de iniciación

Si no todos los hounfor tienen varias caye- misté, la mayoría tienen una sala especial siempre cerrada: el djévo. Este oscuro lugar sirve de sala de pruebas para los candidatos a la iniciación: llegado el momento, se les encie- rra durante algún tiempo y nadie puede en- trar, salvo el houngan o la mambo excepcio- nalmente. «Es el lugar, escribe Willy Apollon, donde el hombre debe morir y nacer de nuevo convertido en algo diferente. Es, pues, una tumba y un lugar de encuentros con la 'voces' (loas). Allí, el iniciado deberá dejar su 'cabe- za' y convertirse en caballo de las 'voces'. Pues así se llama a quien es montado por un loa: es su 'caballo'. El djévo es, pues, el reino de los invisibles. Las almas de todos los iniciados ligados a ese houmfor por su inicia- ción se encuentran allí. Pero también los loas

a los que estos iniciados han reservado su cuerpo y su servicio. Para el houngan o la mambo que posee, dirige y domina ese houm- for, el djévo es su terreno, el sitio de las voces unidas a su universo, y también el conjunto de almas de iniciados que viven en él para servir de cuerpos a las voces. Pero es también el ámbito espiritual de una clientela, una pobla- ción humana entera que frecuente habitual- mente ese houmfor y está unida a esos hounsi (iniciados) y a esas voces de una manera u otra, por sus cuerpos trabajados por los loas. El djévo es la esencia del houmfor. Y, por ello, atraviesa al bagui. Geométricamente, es- tá al lado o detrás de éste, pero de hecho, en el nivel imaginario en que vive el adepto, está contenido en el espacio del bagui, atravesado él también, como el pé en el centro del bagui, por el poste-central, eje de la tierra, sobre el cual se determinan las direcciones, los cuatro puntos cardinales, todas las regiones del espa- cio cósmico.»

Una búsqueda integral de lo absoluto

Hay a menudo, cerca del houmfor y a veces en su mismo patio, unos árboles dedicados a los loas, llamados árboles-apoyos. Esta aso-

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ciación de lo vegetal a lo mineral (el mismo houmfor y los objetos del culto) así como a lo animal (animales del sacrificio, cerdos, ma- chos cabríos, aves...) y a lo humano da testi- monio de una búsqueda espiritual total, inte- gral, con el fin de reunir a todos los elementos que constituyen el Universo.

Hacemos nuestra la definición del lugar del culto haitiano propuesta por Claude Planson: «El houmfor es en primer lugar la casa de los hombres, y, si Dios está sin duda presente, está tanto allí como en los bosques, los cam- pos y el mar. Por otra parte, para los vuduis- tas, la frontera entre lo sagrado y lo profano es imperceptible, o, mejor dicho, no existe. El houmfor habrá de resppnder, pues, a todas sus necesidades, incluso a las más humildes. Lugar de encuentros donde todos pueden venir a discutir libremente sus problemas, el templo vudú es el mismo tiempo un restau- rante comunitario, un techo para los que no saben dónde dormir, una universidad parale- la, una academia de baile, de canto, de labo- res del hogar, una guardería, un taller de costura, un hospital, una sala de baile, un teatro y un santuario. Toda la vida del barrio o de la comuna está concentrada allí, las generaciones se encuentran, la sexualidad se aprende muy naturalmente. El houmfor no

sólo libera al hombre de su aislamiento, sino que permite al grupo entrar en contacto con el mundo exterior, y especialmente estar in- formado».

Houngan o mambo, grandes maestros del Yudú

Al frente de cada houmfor se encuentra, como ya hemos visto, un gran maestro llama- do houngan o mambo (según sea hombre o mujer). Dada la importancia, no sólo religio- sa, sino política, económica, social, cultural de los houmfor, los houngan y mambo tienen amplias funciones que colaboran al manteni- miento del equilibrio de la sociedad haitiana entera.

«El sacerdote vudú —escribe Milo Ri- gaud-—• es confesor, médico, mago, consejero privado del individuo y la familia, consejero político e incluso financiero tanto de las altas personalidades como de los más humildes, adivino. De tal modo que nada, en la comuni- dad vudú de la que es el eje, se hace sin consultarle. En el houmfor, dirige todo lo que se hace. Allí su autoridad es absoluta.» Por su parte, Alfred Métraux subraya que «un buen houmfor es al mismo tiempo sacerdote, cu-

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randero, adivino, exorcista, animador, direc- tor de coro. Sus funciones superan con mucho el ámbito de lo sagrado. Es un consejero político muy influyente, un agente electoral cuya colaboración compran generosamente diputados y senadores». Nuestro informador va aún más lejos: «Los grandes maestros del vudú son los verdaderos dirigentes de Haití.» Es verdad que Milo Rigaud consideraba a los houngan como a «papas»...

El más importante de los excepcionales poderes atribuidos a los houngan y mambo es, para los fieles, la adivinación. Por adivina- ción se ha de entender algo muy distinto de la vulgar predicción del porvenir. La facultad de adivinación es, en el vudú, la prueba material de que un sacerdote está realmente en relación con los dioses, y que tiene confianza con ellos, ya que le abren las puertas de un terreno incalcanzable para los simples mortales.

Un clero «disperso»

Como dijimos anteriormente, no existe una iglesia vudú centralizada capaz de otorgar la legitimidad sacerdotal. El vudú tiene un clero «disperso». La legitimidad, la consagración y confirmación de un houngan o de una mam-

bo no dependen de ninguna autoridad ecle- siástica. Sin duda, los houngan y las mambo mantienen entre ellos estrechas y frecuentes relaciones; por sus conocimientos, poderes reconocidos o prestigio personal, algunos go- zan de un estatuto privilegiado que los hace «superiores». En este caso, sus colegas no dudan en anunciar públicamente su sumisión, en pedirles consejo, e incluso solicitan de ellos una especie de consagración espiritual de sus funciones. Pero éstas son circunstancias ex- cepcionales unidas a iniciativas espontáneas y totalmente individuales. No hay ninguna ley escrita u oral que obligue a un houngan a admitir la autoridad de otro. Esta ausencia de jerarquía, explicable por las condiciones his-

tóricas de implantación del vudú en Haití, tiene repercusiones fundamentales en la orga- nización social, económica y política del país.

El houngan o la mambo no están, en prin- cipio, subordinados a ninguna autoridad su- perior y su poder es casi ilimitado. Sin embar- go, las condiciones de su formación les obli- gan moralmente a reconocer una especie de soberanía al houngan o a la mambo que dirigió su iniciación y les acompañó hasta la toma del asson (sonajero ritual, símbolo del más alto grado en la iniciación vudú). Pero estas relaciones son puramente de maestro a

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discípulos, lo que, por consiguiente, no afecta más que a un pequeño número de individuos, los iniciados salidos de un mismo hounfor.

¿Cómo se llega a ser servidor de los loas?

Al contrario de lo que se hace en la mayo- ría de las otras religiones, en las que la voca- ción sacerdotal es un asunto humano, la elec- ción de la «carrera de houngan» no depende, en el vudú, de la iniciativa humana: son los dioses, los loas, quienes deciden. Los espíritus dan a conocer su decisión al escogido, sea en el transcurso de una ceremonia de posesión, sea por un sueño o por cualquier otro medio. Pero alguien llamado por los dioses no puede escapar a su misión sin correr grandes peli- gros. Nuestro informador nos citó varios ca- sos de hombres y mujeres elegidos para servir a los dioses que intentaron eludir su suerte: uno de ellos ha muerto; otro perdió la razón y dos mujeres decidieron finalmente someterse a la iniciación. Hay que admitir, sin embargo, que los loas no escatiman esfuerzos para facilitar la tarea de sus servidores. Se conocen casos de hombres y mujeres que vivían en la miseria y se enriquecieron repentina y miste- riosamente tras su entrada al servicio de un

«houmfor», nos precisó nuestro informador. La elección de los loas no sigue ningún criterio conocido: los «elegidos» pueden ser tanto gente preparada para recibir el asson como neófitos que desconocen las tradiciones (éste fue el caso de muchos campesinos anal- fabetos e incluso de algunos blancos llegados a Haití con ideas contrarias al vudú).

Una vez que la voluntad de los loas se ha manifestado, el futuro servidor cabalgado por un dios se pone bajo la autoridad de un houngan o una mambo para recibir la ense- ñanza e iniciación. En algunos casos excepcio- nales, el elegido recibe directamente la inicia- ción de su o sus loas protectores sin seguir el camino tradicional. Hagamos constar que la trampa es muy difícil, pues no se hace houn- gan quien quiere: para dirigir las ceremonias hacen falta unos conocimientos muy precisos que no se pueden inventar. Ser capaz de identificar a los loas en sus manifestaciones supone conocer sus atributos, sus signos, sus gustos, y, por encima de todo, la manera de entablar contacto con ellos o de llamarlos. «La autoridad del houngan o de la mambo, escribe Milo Rigaud, es tanto más grande y más segura cuanto que todo lo que hace emana directamente de las potencias de lo Invisible: de los loas vudús, de los misterios

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vudús. Sus órdenes o sus consejos son los de los loas, de los misterios, y, por ende, de las almas de los antepasados, de los manes, ya que el vudú es la religión de los manes. Ahora bien, dado que el proceso que permite al alma adquirir todo su poder de aprendizaje es as- trológico en vudú, la ciencia de los gangan (otro nombre de los houngan) está centrada en los astros —por lo que no fallará a menos que un houngan o una mambo no sepan consultar a lo Invisible o no puedan por una u otra razón, entrar en contacto con él.»

Pero lo más frecuente es que la formación se desarrolle según la tradición: tras un largo aprendizaje, que puede durar varios años, se llega al grado de houngan o mambo. Mien- tras, se habrán subido todos los peldaños de la jerarquía del houmfor. Por ello, el candida- to houngan ha sido iniciado no sólo espiri- tualmente, sino que su largo frecuentar el santuario le habrá preparado para enfrentarse con problemas de gestión muy complejos y le habrá hecho conocer a los habituales del templo, sus futuros clientes. Volveremos a hablar más tarde, en la segunda parte, de esta iniciación y enseñanza. Sea como fuere, el houngan debe dominar perfectamente todas las técnicas mágicas y por supuesto el ritual ordinario. «Los misterios vudús •—-subraya

Rigaud— exigen una ciencia y una seriedad por parte de los houngan y las mambo tanto más grande cuanto que toda la colectividad haitiana está •—según la tradición de los mis- mos loas— bajo la jurisdicción de los sacer- dotes del vudú: la menor debilidad sacerdotal causa un verdadero perjuicio no sólo a los fieles de la jurisdicción de que se trate, sino a los mismos misterios, ya que el vulgo y los enemigos del culto están siempre alerta para encontrar falsas pruebas de su incompetencia e incluso de su satanismo.»

Los acólitos del houngan o la mambo

Para hacer funcionar esa gran empresa que es a veces un houmfor, el houngan es ayuda- do por un personal especializado y numeroso, conocido por el nombre genérico de hounsi. Este personal benévolo y voluntario debe obediencia ciega al dueño del lugar; éste, en compensación, le garantiza protección, aloja- miento, comida, y sobre todo iniciación y enseñanza.

Los hounsi —palabra que literalmente sig- nifica esposa del dios, tanto si se trata de un hombre como de una mujer— forman una