Tengo dos cartas natales que me dieron algunos miembros del grupo. Antes de poner una de ellas en el proyector, ¿hay alguna pregunta o comentario? Audiencia: Me interesa lo que dijo con relación a que las defensas tienden a atraer justo aquello contra lo que nos defendemos. ¿Cómo distinguimos si el enemigo es real o no?
Liz: El enemigo es siempre real. El problema radica en descifrar si es interno, ex- terno o ambos, y a qué nivel y hasta qué grado. Este es un terreno misterioso, porque nos movemos en ese reino “psicoide” en el cual nosotros somos la reali- dad que encontramos fuera. Jung dijo que la vida de una persona es característica de ella. En la esfera individual, creo que es cierto; por eso cualquier ubicación en la carta describe tanto nuestra realidad interior como las circunstancias que po- dremos encontrar en la vida. Es el punto donde convergen la astrología psicológi- ca y la de predicción.
Hay áreas donde este punto de vista se desploma y debemos dejar que ocu- rran crisis colectivas, como guerras, plagas y revoluciones, cuando el destino indi- vidual es superado por fuerzas impersonales o transpersonales, de las que el individuo forma parte. No podemos afirmar que todos los bosnios de alguna ma-
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nera hayan conjurado la terrible devastación de la guerra por algún elemento destructivo interno. El tema de la culpabilidad colectiva es complejo y también constituye un gran misterio. Tampoco es un problema relacionado con la culpa o el fracaso personales, pero de alguna manera la sustancia de la que estamos he- chos los individuos resuena ante su igual fuera de nosotros, y tendemos a conocer a esas personas y a encontrar esas situaciones que, a su vez, nos devuelven el reflejo de nuestras almas secretas.
Siempre puede haber cosas en nuestro interior contra las cuales debamos defendernos, aunque nos hayamos analizado mucho y seamos muy conscientes de nuestros temores y conflictos internos. Es probable que exista un profundo e intrínseco conflicto de valores y que tengamos que elegir unos en desmedro de otros. O tal vez haya elementos destructivos, que existen en todos nosotros, los cuales limpiamente tengan que quedar contenidos, evitándose así que exploten y lastimen a los demás y a nosotros mismos. Pero, cuanto más conscientes seamos de nuestros propios valores, menos probabilidades habrá de que constelemos compulsivamente esos problema interiores en el mundo exterior.
El enemigo también puede estar fuera y reflejar algo dentro de nosotros. Tal vez de todos modos tengamos que defendernos contra ese enemigo, aun cuando reconozcamos nuestra secreta afinidad. Sería tonto no hacerlo. Si me estuviera muriendo de hambre, no tuviera un techo y estuviera desesperada, con tres pe- queños que cuidar, bien podría verme obligada a robar. Dado que lo reconozco, también puedo ver que sería tonto de mi parte dejar mi BMW en un callejón oscuro con las puertas sin llave. Del mismo modo, sé que si alguien amenazara mi vida o la de algún ser querido, me defendería y, si fuera necesario, de manera violenta. Por lo tanto, puedo entender, aunque no condonar, a esas personas que se tornan destructivas cuando sufren abusos durante mucho tiempo o muy a menudo.
Pero, si estuviera tan convencida de mi pureza moral y de mi iluminación es- piritual que no pudiese imaginar nada de humanidad compartida con el ladrón o con el criminal, mi arrogancia –que sería una defensa contra los aspectos más primitivos de mi horóscopo– podría misteriosamente activar algo en esa extraña red de conexiones que llamamos psique colectiva. Entonces vendría algún pluto- niano y me haría lo que yo no puedo admitir que le haría a él si estuviera in ex- tremis. Él podría no hacérmelo físicamente, en una lucha callejera. Podría hacér- melo emocionalmente, porque quizá me veo atraída hacia él compulsivamente y termino casándome con él. O, dado que la vida está tan llena de extrañas jugarre- tas, podría ser mi hijo, y aquello a lo que le temo en mi interior vendría a buscar- me bajo el disfraz de mi propia sangre. O podría aparecer como la enfermedad plutoniana que le produce dolor a mi cuerpo.
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la vida no es justa, y además estamos a merced de nuestra herencia psicológica y del grupo en el cual vivimos. Pero, aun sin garantía, al menos sabemos que esta- mos haciendo nuestro mayor esfuerzo por evitar una invocación inconsciente de lo que no podemos enfrentar en nuestro interior. Siento que, cuando juzgamos a los demás y a las cosas que hacen en su defensa –que a veces son terribles–, deberíamos recordar que eso mismo hace el resto de nosotros, a no ser por la gracia de los dioses.
La conciencia puede ayudarnos a no ser compulsivos, tanto un nuestras reacciones hacia las defensas de los demás como en nuestra defensa contra lo que experimentamos como una amenaza. Las defensas no son intrínsecamente patológicas, aunque el hecho de que sean compulsivas suele sugerir que algo está muy fuera de equilibrio. Hay una diferencia entre una Luna-Plutón dramática e intensa y una Luna-Plutón compulsivamente paranoica. La Luna-Plutón siempre es un tanto desconfiada. Está hecha así y con razón, porque, si percibimos todo lo que pasa debajo de la superficie, seremos vulnerables a la malicia y al enojo in- conscientes de los demás, de un modo en que la persona menos sensible no lo es. Para la Luna-Plutón, la rabia no expresada del otro es tan real como un golpe físico e igual de dolorosa. Pero, cuando la sospecha se torna compulsiva y la per- sona empieza a evitar las reuniones sociales porque parecería que todos están llenos de agresión, o comienza a actuar de manera agresiva ante los demás, las defensas habrán comenzado a interferir con la realidad y esa persona estará en problemas. Podemos reconocer lo compulsivo en nosotros cuando nuestras fan- tasías y reacciones están muy fuera de proporción con respecto a la situación real o cuando nos tornamos tan obsesivos por defendernos que olvidamos cómo con- fiar.
Lo mismo podría aplicarse al enojo como defensa. En general podemos reco- nocer cuándo nuestro enojo es justificado, si tenemos una relación razonable- mente objetiva con la realidad, y también podemos reconocer cuándo ese enojo está sacando a la superficie algo mucho más antiguo, como el pescador que saca del fondo del lago, junto con el pez, un montón de basura. Podemos sentir la diferencia por la cualidad compulsiva del enojo y por su enormidad en proporción a la provocación, aun cuando prefiramos disfrutar de permitirnos una conflagra- ción realmente buena. También podemos aprender a reconocer cuándo usamos las palabras como defensa. Pienso que todos sabemos cuándo decimos cualquier cosa para impresionar o porque no soportamos el silencio. Cuando es compulsivo, podemos sentirlo. Y a esa altura tenemos el poder de decirnos: “Espera un minu- to, cierra la boca y piensa por qué te estás comportando de esa manera”. Si no lo hacemos, entonces tal vez provoquemos a los demás y nos traten precisamente de la manera en que más tememos que lo hagan.
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Audiencia: No obstante, usted dice que necesitamos estas defensas y que son parte de nuestra identidad.
Liz: Sí, creo que es así. Existe una diferencia entre expresar defensas saludables y ser dominado por ellas de manera compulsiva. Si tratamos de renunciar a una defensa necesaria, nos estamos traicionando, estamos intentando vivir según un concepto de comportamiento “correcto” que puede dañarnos en lo más profun- do. Dudo que sea posible erradicar tales defensas; sólo podemos reprimirlas. Empecé la mañana diciendo que las defensas existen para proteger lo que más necesitamos y valoramos. Pienso que es cuestión de equilibrio y de conciencia, más que un tema de remodelar al ser humano.
No hubiéramos podido acercarnos a Richard Burton y decirle: Mira, viejo, ¿acaso no estás siendo un poco exagerado? ¿No te das cuenta de que ser un actor famoso es, en verdad, una defensa contra tu origen galés pobre? Abandona la defensa y quédate en las minas de carbón. Si fue bueno para tu familia, es lo suficientemente bueno para ti”. ¿Realmente creen que esto lo hubiera hecho feliz? Por supuesto que para Burton la construcción de su propio mito fue una defensa. Pero también fue una parte fundamental de su gran don, y en definitiva él intentaba defender a su alma artística de una existencia corrosivamente falta de sentido. Lo apropiado hubiera sido decir: “Mira, tus defensas están desequili- bradas; son tan compulsivas que no puedes manejar la vida mortal común y co- rriente. Igual puedes ser un actor famoso sin tener que beber hasta caer desma- yado”, pero es muy poco probable que hubiera escuchado.