-El peligro de cerrarse sobre sí o sobre los grupos amenaza a los carismáticos como amenaza a los cristianos que buscan sinceramente al Señor.
Hay, pues, que insistir discretamente para evitarlo y para abrirse al mundo en que se vive y que necesita ser evangelizado y ayudado de innumerables maneras.
La comunión en la alabanza y acción de gracias, la apertura al Espíritu, deben conducir normalmente a una toma de conciencia nueva sobre la responsabilidad que incumbe a todo cristiano de colaborar en el plan de Dios sobre el mundo en que vivimos.
-Precisamente este debe ser uno de los efectos primordiales de la acción del Espíritu. Si en sus comienzos la Renovación Carismática, providencialmente quizá, estuvo replegada sobre sí misma como etapa de preparación, ahora, la experiencia muestra que las cosas son muy distintas. Quizás no haya campo donde sus integrantes no se encuentren comprometidos, y la fuerte orientación actual es, no sólo evangelizar, sino atender a todos y especialmente a los más necesitados económica, física, psíquica y espiritualmente. Cuanto vamos conociendo en este inmenso campo abierto a la abnegación cristiana, es sumamente alentador. El Espíritu Santo sopla en la Renovación fuertemente hacia estas perspectivas que extiende a la generosidad de los "carismáticos".
-Nuestro mundo necesita una transformación a fondo, y está reclamando un compromiso integral de los miembros de la Renovación, bajo la guía de los Obispos, sacerdotes y equipos dirigentes de la Renovación. Nada se excluye, aunque cada uno y cada grupo, tenga su actividad determinada.
Aun el mundo de lo económico, de lo político,... no debe ser extraño, al contrario, al compromiso de quienes se hallan integrados en la Renovación.
La gran necesidad existente, es un modo fuerte de hablarnos que el Espíritu usa con discreción.
Y este compromiso, cuando se asume por Dios y por los hermanos, no descentra de la oración de alabanza, de adoración de acción de gracias... muy al contrario, de ellas se sacan fuerzas espirituales y motivaciones y a ellas deben llevar, como un estímulo nuevo, poderoso para la gloria de Dios y el bien de los demás (Cfr. LG. 33-36; GS. c., III-IV).
Este es también un fruto precioso de la Efusión del Espíritu que se manifiesta y profundiza progresivamente. Y esto también tenemos derecho a esperarlo en nuestras vidas puestas bajo la acción del Espíritu Santo.16
I. La experiencia de una liberación
-Con frecuencia, la "Efusión" del Espíritu Santo regala a quienes la reciben, la experiencia de una liberación que se produce en la persona por la acción transformadora del Espíritu.
Se dan ciertas formas de esclavitud que viven y se han arraigado en el interior o exterior de ella: vicios determinados que se han profundizado y constituido un hábito; la sexualidad descontrolada, la violencia, la drogadicción, el alcoholismo, una dependencia incontrolable del tabaco, etc.
II.
A veces se trata de bloqueos psicológicos: ansiedades, angustias, temores infundados, timideces que han degenerado en profundas inhibiciones, compulsiones de suicidio, complejos de culpabilidad, dificultades fuertes en el mundo de las interrelaciones, escrúpulos que martirizan y obsesionan, etc.
-La obra del Espíritu toca lo íntimo del ser humano y aun su realidad corporal como constitutivo de la persona que es. Esta acción del Espíritu reestructura, armoniza y equilibra la personalidad. Toda ella está bajo el influjo del toque del amor divino, en la acción del Espíritu que reordena las tendencias y cura los traumas, aun los más ocultos y reacios. A la vez, infiltra una corriente de paz, de gozo, de amor que abraza todo el ser y refuerza la acción liberadora del Espíritu.
Es una experiencia frecuente, más o menos profunda, que se da como efecto de la Efusión y se continúa en un proceso sucesivo, si la persona coopera a esta acción admirable del Espíritu.
Podemos, pues, esperar de su obra esta gracia de liberación iniciada, al menos. Y la esperanza de una continuación, aunque suponga de nuestra parte, una ascesis a veces doloro- sa y un recurso a los medios humanos.
—Notas
1 Cardenal L-J. Suenens, Unpbenomene controversé. Le repos dans l'Esprit, Desclée de Brouwer, París, 1986, 16.
2Cardenal L-J. Suenens, ob. cit. 13-14.
3La realidad subyacente al vocabulario "Renovación pentecostal" propuesto por el cardenal Suenens para designar la Renovación,
dirige la atención a lo esencial ¿cuál es el ser de una renovación espiritual en la prolongación de la gracia específica del Pentecostés? El Pentecostés original y constitutivo de la Iglesia ha sido vivido por los primeros discípulos como una gracia de conversión, como una gracia de descubrimiento de Cristo vivo y como una gracia de apertura al Espíritu Santo, a sus dones, a su poder.
"[...] Engloba toda la amplitud de la acción del Espíritu Santo vivificador de la Iglesia en todos sus aspectos; este término orienta de este modo hacia la acogida del Espíritu en su finalidad dinámica 'Os enviaré mi Espíritu,., y seréis mis testigos' (Hech 1.8). Invita a prolongar en la historia de hoy los Hechos de los Apóstoles. Se sabe que Juan XXIII pidió a los obispos releer los Hechos como preparación al concilio".
El Vaticano II fue una gracia de Pentecostés a nivel de los obispos del mundo. Creo, por mi parte, que la Renovación Pentecostal se inscribe en la prolongación espiritual de este Concilio, y que se ofrece a cada cristiano como una gracia de revitalización espiritual, en la línea de Pentecostés. Y es así como lo entendió el Papa Pablo VI cuando acogió en San Pedro de Roma la peregrinación de unos diez mil "carismáticos" Su discurso continúa siendo la carta de la Renovación que calificó como "una oportunidad para la Iglesia". Pertenece al discernimiento final de los Obispos enviados por el Señor, reconocer los signos de Dios actuando a través de la debilidad o de la falta de inteligencia de los hombres. Una "oportunidad a aprovechar"; esto significa también una oportunidad que no hay que comprometer por la introducción de carismas no autentificados.
Cardenal L-J. Suenens, Koinonía, n. 6l, sept-oct. 1986, 12.
4P. Philippe, Afín que vous portiez beaucoup de Fruits, Pneumatheque, París, 1982, 1, 26: Cfr. F. Martin, "Baptism in the Holy Spirit", Franciscan University Press, Steuenville, 1986, 47.
5J. Van den Eynde, M. Bouillot, "Qu'est la Grace de le Renouveau?", Priere et Renouveau, Maison Notre-Dame du Travail,
Fayt-Iez-Manage, Belgique, 1981; 56.57.
6V M Walsh, A Key to the Catholic Pentecostal Renewal, Key o David Publications, Philadelphia, 1985, 33ss.
; Cfr. J-C. Caillaux, Un surire de Dieu, Pneumatheque, París, 1975, 41-52.
7Cardenal L-J. Suenens, ob. cit. 15. 8J. Van den Eynde, J. Bouillot, ob. cit. 55.
9 Cfr. Ch. Massabki, Qui est l'EspritSaint? Prieuré Saint Benoit, 1977, 235-245.
10Cardenal L-J. Suenens, citado por Ch. Massabki. ob. cit. 240. 11Ch. Massabki, ob. cit.235.
12Paulo VI, Evangelii Nuntiandi, 1975, 63-65. 13Ch, Massabki, ob. cit. 241,
14LG. 8.
15Cfr. J.Van den Eynde, M Bouillot, ob. cit. 14-18, 55ss.
II.
XV. QUÉ PRETENDE LA RENOVACIÓN CRISTIANA EN EL ESPÍRITU SANTO
La pregunta exacta debería ser ¿Qué pretende el Espíritu Santo con la Renovación Carismática? Porque es Él quien la ha suscitado en la Iglesia.
La respuesta a esta pregunta surge como una consecuencia manifiesta de todo lo dicho con anterioridad. Del ser íntimo, ele la esencia de la Renovación Carismática, nace su objetivo, su finalidad.
Lo expresamos, pues, con brevedad, por hallarse ya incluido en todo lo tratado antes.
Parece indudable que la afirmación tan frecuente y persuasiva expresada por el cardenal Suenens y confirmada por las que ha hecho el episcopado francés, debe ser tenida muy en consideración. Está en lo justo cuando dice que la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo, por más que tenga ciertas estructuras, es una corriente de gracia, una moción o soplo del Espíritu Santo válido para tocio cristiano, sea cual sea el movimiento al que pertenezca; ya sea laico, religioso, sacerdote u obispo.1
El hecho de que se le considere como un movimiento al lado de otros, más que como una gracia clel tipo del Pentecostés de la Iglesia, ofrecido a ésta como tal y a todos los movimientos en la Iglesia, ofrece el serio peligro de que la Renovación quede reducida a grupos de oración, al margen del conjunto, o a comunidades aisladas.2
Su finalidad y dinamismo sobrepasa la categoría de movimiento religioso, por más excelente que sea para situarse en el plano de un nuevo Pentecostés en nuestros tiempos, tal como fue suplicado por Juan XXIII, al convocar el Concilio Vaticano II en la Constitución Apostólica Humanae salutis?