Pudiera describirse, con gran exactitud, como: Una experiencia -Una experiencia de la iniciativa de Dios-Una experiencia de la Efusión
del Espíritu—Una experiencia de la realidad de la Iglesia.
Intentamos amplificar esta definición inspirándonos y siguiendo de cerca en especial a G. Blaquiere, en el artículo citado más abajo, y en su libro: Pentecote c' est aujourd' hui.1
Io Una experiencia
Se trata de una experiencia espiritual.
a) Cuando mencionamos o definimos la Renovación Carismática por este término de "experiencia", se tiene en la mente y en el corazón la repetición, el hacer "hoy" presente el acontecimiento que vivieron los apóstoles, María y cuantas personas se encontraban en el Cenáculo (unas 150; Hech. 1, 15). Ciertamente aquella fue una experiencia única e irrepetible: Se trata de la Efusión del Espíritu que oficialmente fundaba, mejor, abría las puertas del mundo públicamente a su Iglesia. Por otra parte, se trataba, principalmente, de sus apóstoles.
Jesús, por su Espíritu quería obrar en ellos singularmente, en el ámbito de la santificación personal, la curación de cuanto les había herido profundamente en la Pasión y en la Muerte de su Maestro; de equiparlos profusamente con los dones del Espíritu para su misión de evangelizar por todo el mundo y ser testigos de su Resurrección: de su vicia y actuación una vez verdaderamente resucitado de entre los muertos (Hech 1, 5). Por eso, el acontecimiento de Pentecostés fue una experiencia singular, concedida a los apóstoles.
b) Pero este hecho no agota el poder del Espíritu, ni su actuación se restringe. San Pedro, en su primer discurso, tuvo buen cuidado de afirmar esta realidad no destinada en exclusividad a ellos (Hech 2, 38-39). El primitivo Pentecostés de la Iglesia naciente es, por su naturaleza y disposición del Señor, el mundo de todo Pentecostés personal.
c) Esto es, lo que con una persuasión arraigada, se afirma y sostiene en la Renovación Carismática: que todo cristiano está destinado a recibir la Efusión del Espíritu profunda, intensa, repetidamente de modo que su vida cambie de forma radical y sea, a la vez, equipado de manera gradual por el Espíritu con sus dones, según la medida de su plan personal de salvación, para edificar la Iglesia en Cristo. Esto, precisamente constituyó la súplica ardiente ele Juan XXIII en su Constitución apostólica en la que convocaba el Concilio Vaticano II (25 de diciembre de 1961). Con posterioridad Pablo VI asume y repite de modos diversos esta súplica.2
d) Cuando se habla de experiencia, entendida como se procura vivir en la Renovación Carismática, hay que eliminar de una vez la idea de tratarse de un puro o prevalente "sentimentalismo". Nada más contrario a la realidad, aunque el sentimiento intervenga en ella. No puede menos de ser así por la misma esencia del hombre en la que los sentimientos y emociones entran a formar parte y a intervenir desde el momento en que se da un conocimiento, cualquiera que sea.
La experiencia de que se habla y se vive en la auténtica Renovación Carismática es una realidad profunda que abarca todo el ser físico, psicológico, sobrenatural.3
2o Una experiencia de la iniciativa de Dios
a) Pentecostés es, sobre todo, la experiencia de la iniciativa de Dios:
-Se han reunido por mandato encarecido de Jesús (Hech 1,4). "Él [Jesús] les mandó que no abandonaran Jerusalén sino que esperaran la promesa del Padre". Por tanto, no son los apóstoles, ni siquiera María, los que han determinado reunirse allí para suplicar la Efusión del Espíritu, tantas veces prometido por Jesús.
En la historia de la salvación, desde sus comienzos hasta el final de los tiempos, la iniciativa siempre corresponderá a Dios, a sus designios de amor para con los hombres (1 Jn 4,10).
Se trata de un plan de misericordia divina que se prodiga y se da con generosidad. De nuestra parte, la disposición interior fundamental es recibir libremente ese don, aceptar lo que el Señor quiere, en su amor, darnos y realizar en nosotros.
-Este es precisamente, el ser de la Renovación, particularmente en sus grupos de oración: un lugar especial de reunión, bajo la acción del Espíritu; una especie de "zona franca", abierta a todos, a cuantos han encontrado a Dios o quieren encontrarlo, porque en su interior actúa, quizá sin percibirlo, la fuerza del Espíritu que se les adelanta y quiere entregarlos a Cristo. Se trata de una de las maravillosas elecciones de Dios de que está jalonada la vida de todo hombre, aunque muchas de ellas no lleguen a ser correspondidas. El hombre es dueño de su libertad y puede enfrentarse a Dios y negarse a aceptar sus dones.4
b) Es la experiencia de una iniciativa cuyo objetivo central está constituido por la Efusión del Espíritu Santo:
-Los Hechos de los Apóstoles en su descripción, llena de elementos visuales y auditivos, contienen una realidad personal y comunitaria. "Todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hech 2, 1-4).
-No se trata de individuos separados que se reagrupan para formar la Iglesia. Todos están unidos al cuerpo de Cristo en virtud del Bautismo sacramental, porque el Espíritu de Jesús, a partir del Bautismo reposa sobre el cuerpo de Cristo (Mt 3, ló).
II.
Y dentro de esta realidad, cada uno recibe su plenitud y poder. El Espíritu que se les comunica es, a la vez, "infusión" y "efusión": plenitud interior y fuente que brota hacia afuera, revestimiento de los apóstoles de una santidad peculiar y equipamiento para ser testigos de Cristo.
-El Bautismo en el Espíritu Santo está íntimamente unido con el Bautismo sacramento: es desatar esa fuerza misteriosa, real del
Espíritu viva en nosotros. De otro modo: cuando en la Renovación, después de una seria preparación, de un itinerario de conversión y de
entrega, se reúnen para recibir la Efusión del Espíritu, es con esta finalidad: No para hacer algo por Dios o por los hombres, (que vendrá como una consecuencia), sino para acoger lo que Dios quiere hacer por mí. Este es el sentido ele la "espera". Es, por tanto, experiencia de esta plenitud y de esa fuente abierta en cada bautizado por el Bautismo y la Confirmación, pero con frecuencia "cegada", como un manantial colmado de arena. Es, experiencia del gozo, de la paz, de acuerdo con el plan de Dios, porque Él me ama personalmente y a través de mis hermanos. Y, al mismo tiempo, experiencia del poder que deposita en mí para colaborar en su plan de salvación (Hech 5, 29-33).
—Esta, pues, es la experiencia fundamental de la Renovación Carismática. Aprender, ante todo, a recibir el don de Dios, a escuchar lo
que Dios nos quiere decir, a esperar, a perseveraren la noche y en la fe; de otro modo, a aceptarla iniciativa de Dios. Y entre ellas, destaca
la Efusión de su Espíritu.
"La Renovación Carismática es así un lugar de Iglesia en el que puedo hacer esta experiencia en la que la Efusión del Espíritu se halla en el mismo corazón. No se trata de una experiencia epidérmica de mi sensibilidad, sino de una liberación de mi ser espiritual, de mi ser de hijo de Dios a imagen de Cristo. Yo descubro mi nombre de bautismo, el de mi eternidad. Descubro también las exigencias de la 'fraternidad' en la fe que va mucho más allá de un acompañamiento o de una convivencia".5 Una experiencia de Efusión que es para todos y que en la Iglesia, hasta el siglo vii, estuvo ligada a los sacramentos de la iniciación.
-Corremos el riesgo, y quizá con frecuencia caemos en la tentación, de encerrar a Dios en los límites de nuestros pensamientos, leyes, métodos y aun de nuestra oración.
Parecemos atar su misericordia y su poder. Quizá Dios ha suscitado la Renovación Carismática también para levantar un soplo de sana libertad que acoge lo imprevisible de Dios, sus iniciativas, a veces sorprendentes y su compasión que rebasa nuestros pobres razonamientos y la mezquindad de nuestro amor; es preciso releer el pasaje emocionante de San Pablo a los Efesíos (Ef 3, l4ss.).
Así la Renovación se convierte también en el lugar en el que espero el cumplimiento de la promesa, la efusión de su piedad sobre el mundo, de la que la efusión del Espíritu de Pentecostés es hoy la primicia. La Renovación va proclamando este advenimiento del ofrecimiento de una misericordia grande del Señor y prepara los corazones para su acogida polla conversión y entrega a Jesús el Señor, el único Salvador.
3o Una experiencia de la realidad de la Iglesia
a) La Iglesia es el pueblo de la "alabanza "(vivir y proclamar las alabanzas del Señor).
Tiene una relación íntima con lo expuesto más arriba: Si somos el pueblo de los salvados por la misericordia de Dios, en los que el Espíritu se ha derramado, hemos de ser el pueblo de los que alaban. La alabanza es, por tanto, de tocios los tiempos, porque siempre estaremos bajo la acción bendita de la misericordia de Dios, en su Espíritu.
"La oración carismática se confunde frecuentemente con la oración improvisada. No es eso. Lo propio de la oración carismática es ser sumiso al Espíritu Santo que es el maestro de obra".6
"La alabanza no es un ornato de la Iglesia sino su dinamismo fundamental: Por esto la Eucaristía es el corazón de la Iglesia, la gran acción de gracias de Jesús ofrecido, entregado y resucitado, llevando al Padre a la multitud de sus hermanos".7
No se trata de "desentenderse" de las realidades, miserias y dolores de este mundo para cantar la gloria de Dios. Nada más ajeno al pensamiento de Cristo, el modelo de todo adorador del Padre, del pensamiento de la Iglesia, compendiado y recogido en la Constitución
Gaudium et Spes, del Vaticano II, al pensamiento de los Santos, ejemplo de adoradores y comprometidos hasta el heroísmo con su mundo.
Guardémonos de contraponer ambas cosas.8Reflexionemos si no hemos estado encerrados en un secularismo que ha visto con desconfianza y eliminado el "celebrar las maravillas del Señor" por miedo a una evasión en lo espiritual. Recordemos la doctrina de San Pedro: "Sois un pueblo adquirido para anunciar las alabanzas (del Señor)..." (1 Pedr 2, 9- 10).
La Renovación Carismática pretende armonizar, mejor, extraer de la fuerza de la alabanza en el Espíritu, la exigencia insustituible de un compromiso que se irradia hasta el heroísmo.
b) La Iglesia es el cuerpo de Cristo (o la experiencia de los carismas).
-La Iglesia, pueblo de Dios, es también y a la vez, cuerpo de Cristo.9 Es, por consiguiente, una realidad organizada, no una organización. Pentecostés representa el momento en el que los discípulos reunidos por mandato del Señor (Hech 1, 4-5), se constituyen en el "cuerpo" de Cristo por el pocler del Espíritu Santo.
Este cuerpo tiene el destino inefable de crecer y madurar hasta llegar a la plenitud de Cristo (Ef. 4, 13). Aquí es donde entran de lleno los carismas. Estos le son dados para hacerla crecer, según las dimensiones del mundo, en santidad y justicia. No se trata de adornos superfluos en la Iglesia, ni algo que está bien, pero que no son ni añorables ni menos echados de menos, si no se dan en ella. Ni son tampoco poderes que se pueden repartir a voluntad. Se trata de servicios que se articulan en dependencia mutua, en beneficio de la vida y del desarrollo del cuerpo entero. Se trata de algo tan esencial que no se puede prescindir de ello so pena de empobrecer el cuerpo de la Iglesia, de debilitarlo, de frenar su desarrollo. (1 Cor 12, 7-11).
Tocios los carismas están dados por el Espíritu, en orden a la evangelización, es decir, al crecimiento del cuerpo (Hech. 4, 29-30). Todos los carismas, por grandes y apreciables que sean, no son pues, por eso, un fin en sí. Se ordenan hacia la perfección de la caridad.
II.
-En la Renovación Carismática el Señor está prodigando los carismas a los que se aprecia como dones gratuitos del Espíritu. La Renovación es hoy un lugar donde se experimentan el don y los dones por los que la Iglesia se hace un cuerpo fraternal, un cuerpo "salvador", al servicio de la evangelización del mundo. Ambos, el don, el Espíritu y sus carismas son realidades que van como de la mano. No es de maravillarse que Él los reparta y prodigue en nuestro mundo. Esto ocurriría con mayor profusión si nos abriéramos más a ellos o, si una vez concedidos, supiéramos usarlos conforme al fin para que los regalara.
No le demos, pues, una importancia absoluta, pero no disminuyamos su papel fundamental. La Renovación Carismática, si no es evangelizadora en todo el sentido amplísimo de la palabra: hacer crecer el cuerpo de Cristo, pero con el poder del Espíritu Santo que se manifiesta en sus carismas, traicionaría ese fin para el que el Señor la ha suscitado en nuestros días. El compromiso más arduo está en su misma esencia de construir el cuerpo de Cristo.
Por esto, los dones del espíritu no se pueden ejercer si no es en íntima dependencia de la fe y de la comunión fraternal. Los "milagros", las "profecías", cada uno de los carismas, grandes o pequeños, si puede emplearse esta palabra con exactitud, no son sino las "maravillas" de la fe, que desembocan en la "caridad".
"La donación de los carismas por la generosidad del Espíritu se ha de recibir con agradecimiento, su recepción confiere a cada creyente el derecho y el deber de ejercitarlos para el bien de la humanidad y edificación de la Iglesia en el seno de la propia Iglesia [...], en unión, sobre todo, con sus pastores a quienes toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio... "10
Si los dones del Espíritu son vistos en esta perspectiva, no hay por qué nadie se alarme de su florecimiento y cante de agradecimiento a la bondad del Padre manifestada con esplendor.11
c) La Lglesia es la esposa del Cordero (o la experiencia de ser amor en el corazón de la Iglesia, por el Espíritu Santo). La experiencia de Pentecostés es también la experiencia de la Iglesia, profeta de la santidad.
-Es la llamada a imitar la santidad de Aquel que es su esposo, Cristo Jesús. Esa es su misión fundamental: imitar a Jesús que se ha desposado con ella; darle gusto en todo, y el placer supremo de Jesús es que su Iglesia participe de su santidad con el testimonio de su vida, como es santa por estar unida a su cabeza, Cristo, y por haber sido hecha esposa del Cordero inmaculado, Jesús el Señor.
-La Iglesia es profeta de la santidad porque la proclama y, con la ayuda del Espíritu, se purifica en cuanto pueda desagradar a su esposo, y, día a día, trata de copiar en sí los rasgos de santidad que embellecen el rostro de Aquel a quien ama.
-Hay un admirable intercambio entre Cristo y la Iglesia, que es como la carne de Cristo, su cuerpo; el intercambio que se realiza por el Espíritu, el amor que ambos se dan y en él la comunicación de lo mejor que Cristo posee, su santidad, y la recepción de la misma por la Iglesia. Y a ella se añade otro intercambio, el de la ayuda que Jesús le presta para que la haga visible en su vida, conformándose a su ejemplo, y al esfuerzo de la Iglesia por ser en realidad la esposa digna de Aquel que le escogió y amó como a Sí mismo (Ef 5, 25).
-Esta obra, dijimos, se realiza de un modo especial en la oración, (sobre todo Eucarística). "Por esto la oración es el lugar del corazón de la Iglesia; una oración, escucha amorosa de Dios-Amor, escucha adorante de Aquel que tiene tantas cosas que darnos, cuando nos dejamos conducir al desierto para que Él pueda hablar a nuestro corazón, presencia en la fe, más lejos que la noche y el desierto.
-La Renovación ha sido llamada a ser pobre pero auténticamente testigo y profeta en la Iglesia de este tiempo. El corazón de su vocación es ser amor por el Espíritu Santo en el corazón de la Iglesia, con todos los enamorados de Dios que son nuestros hermanos en la fe y en el Espíritu. Pero un amor que estará, hasta su plena consumación, en tensión de realización y acabamiento y que lucha para no naufragar entre el iluminismo y el humanismo secularizado, siempre atenta a las imprevisibles iniciativas del Espíritu.12
Karl Rahner ha escrito que "el cristiano en la Iglesia del futuro" será un místico, es decir, un cristiano que vive "una auténtica experiencia existencial de Dios"; será un cristiano que crece en "una experiencia comunitaria del Espíritu, en una comunidad fraternal-espiritual, en una espiritualidad vivida en grupo", será un cristiano que viva "una nueva eclesialídad... en que se comparten y soportan las insuficiencias y defectos de la Iglesia".13
Por esto, es normal que la Renovación Carismática sea- signo de contradicción y que suscite críticas, no siempre injustificadas. Nos
conviene, sin vana culpabilidad, aceptar el dejarnos interrogar en verdad, aunque los cuestionamientos sean, a veces, duros. Pero también a la inversa, será traicionar el don de Dios poner bajo el "celemín" lo que constituye la gracia propia de la Renovación, por buscar agradar
con miras a ser mejor aceptados: Es normal, al menos confortable, que la existencia, el crecimiento y el testimonio de la Renovación
Carismática bajo todas sus formas, interroguen con cuestionamientos que nos es necesario continuar haciéndolos con humildad, pero con firmeza, aunque ellos no sean siempre bien recibidos.
[...] (He aquí, para terminar, algunas preguntas que en la Renovación hemos de hacernos) ¿Somos todavía carismáticos? ¿Vivimos del Espíritu? ¿Nos ponemos al servicio de las iniciativas imprevisibles o nos hemos vuelto inofensivos al Espíritu Santo por nuestra prudencia y nuestra discreción más razonable que la suya? ¿Lo utilizamos para nuestra justificación, nuestro confort o nuestras obras, aunque ellas sean de evangelización? ¿Es fuente bullente siempre renovada o slogan social?
¿Aceptamos perseverar en la fe o, una vez que nuestros entusiasmos se enfrían, recaemos en nuestros viejos hábitos y en nuestros ritualismos tranquilizantes? "No desfallezcáis por flojedad de vuestras almas. No habéis resistido aún hasta el derramamiento de sangre en esta lucha contra el pecado" (Hebr 12, 4).14
A cada uno de nosotros, a cada una de nuestras comunidades les es necesario escuchar "lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Conozco tu conducta, tus fatigas, tu constancia..., pero tengo contra ti que te has olvidado de tu amor de otras veces" (Ap 2, 4). A cada uno de nosotros nos es necesario responder con generosidad.15
II.
—Notas1 G. Blaquiere, "Qu'est-ce que le Renouveau Charismatique?", Tychique, n. 54, mars, 1985, 5; G. Blaquiere, "Pentecote c'est aujourd'hui", Pneumatheque, París, 1991.
2 Humanae Salutis, 21.
3 Cfr. Le Renouveau Charismatique, Colloque de Malines, 21, 26, mai, 1974, 36.37; Mons. V. M. Walsh, A Key to the Catholic Pentecostal Reneival, Key of David Pubíications, Philadelphia, 1985, 20ss.
4 Mons. V. M. Walsh, ob. cit., 2ss.
5 G. Blaquiere, ob. cit., 7-8; Cfr. K. McDonnell, G. Montague/ S, Carrillo "Reinflamando la llama", The Liturgical Press, Minnesota, 1991. 6 K. McDonnnelI, G. T. Montague, "Reinflamando la llama'1, The Liturgical Press, Minnesota.
J-L Moens, "Vivre du Feu de I’Esprit", II est viveint. oct.-nov., 1988, 16.
8 G. Blaquiere, ob. cit., 7-8.
9Cfr. Vandrome, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, 1988, 657.665: V Borragán, Vivir en alabanza, Eclic. Paulinas, Madrid, 1982.
10LG, 7.
11AA, 3; LG, 12.
12Mons. A. Uribe Jaramillo, Carismas, Editorial A, Salazar, Medellín, 1977; Cfr, La Renovación Espiritual Católica, Documento del
Encuentro Episcopal Latinoamericano en La Ceja (Colombia), Septiembre, 1987, n. 43- 6l; K. Maeder, "Los Carismas", Tychique, n.