• No results found

List of text boxes

Chapter 3 Methodological Framing

3.5 Analytical methods

3.5.1 Institutional analysis

A pesar de la destrucción seguida a las invasiones que hem os citado, co­ nocem os la existencia, au n q u e en fe­ chas posteriores al m enos un siglo de 1200 a.C., de u n a serie de estados de poca entid ad territorial que m an tie­ n en la tradició n hitita, tanto en sus nom bres com o en su escritura jeroglí­ fica au nque en idiom a luvita-hitita. Lo m ism o podem os decir en cuanto a sus expresiones artísticas. Estos p e­ queños estados estaban situados gro­ sso modo en Siria septentrional y en el sureste de Asia M enor. E ntre ellos podem os citar K arkem ish, H atm ath, Z incirli, quizás tam bién K itzuw atna. A p a rtir del siglo IX nos encontram os

bastantes alusiones a hititas en los re­ latos asirios, no exentos de pom p osi­ d ad cuan d o titu lan a algunos reyes neohititas com o «rey del gran país de H atti». Serán los asirios los que so­ m etan en d eterm inad as ocasiones a estos hititas que, con todo, alc a n z a ­ ron en el siglo IX b astan te po der a ju zg ar p o r los tributos que ten ían que pag ar a los asirios y p o r las ayudas prestadas a las tribus hebreas. Otros enem igos constantes de estos estados neohititas serán los aram eos que apro­ vechando los sucesos de los Pueblos del M ar se h a b ía n extendido p o r M e­ sopotam ia y tam bién p o r Siria-Pales- tina, creando num erosas dinastías lo­ cales intercaladas entre los distintos reinos hititas. Pero fue la tradición ju ­ día la que nos inform ó d u ra n te siglos de la existencia de los hititas puesto que a p artir de fines del siglo VIH a.C. y con la definitiva sum isión de la zona al Im perio Asirio, las fuentes antiguas no volverán a n o m b ra r a los hititas.

Puerta monumental de las esfinges de Alaca Hiiyuk.

II. El E stado

34 Aka! Historia d e l M undo Antiguo

1. La realeza

En relación con el rey, y com o hem os puesto de m anifiesto en páginas an te­ riores, h ab ría que d istinguir dos eta­ pas que su p onen la estabilización del sistema. La prim era ab arcaría de los orígenes del m undo hitita h asta la re­ gulación de la sucesión im puesta por Telepinu, es decir, el Antiguo Reino. La segunda, la que corresponde a la etapa posterior a Telepinu o Im perio, con un sistem a de sucesión ya perfec­ tam ente regulado, que se m antiene hasta la época de H attusil III.

Teniendo en cuenta esto, los p o d e­ res del rey en la p rim era etapa corren paralelos a sus problem as p ara esta­ bilizarse en el poder. Así ya desde La- b arn a I, que h ab ía sido designado su­ cesor p o r su padre, nos encontram os frecuentes alusiones a revueltas y re­ beliones p rotagonizadas p o r los p a ­ rientes del rey ayudados p o r faccio­ nes de la nobleza. Es esta nobleza la que coarta en gran m edida los p o d e­ res reales a pesar, com o verem os, de ser un cuerpo ya establecido jerá rq u i­ cam ente desde fechas m uy antiguas. Estos hechos p arecen in d icar que el sistem a de acceso a la c o ro n a era electivo, al igual que conocem os en diversos p u eblos germ ánicos, entre ellos los visigodos, y que h a sido otro de los argum entos usados p ara h a ­

b la r de un «feudalism o hitita» p or c o m p aració n a la E d ad M edia eu ­ ropea. P ero so b re ello volverem os m ás ad e la n te. La o p in ió n c o m ú n ­ m ente seguida es que el rey debía pre­ sen tar ante la asam blea n obiliaria el can d id ato a sucesor en el caso que fuese su prim ogénito, p ara que ésta procediese o no a su ratificación. Sin em bargo parece que asistim os en to­ do m om ento a u n rechazo p o r parte de la m o n arq u ía a reconocer esos vie­ jos derechos nobiliarios, com o parece deducirse del único texto que conoce- , mos de «designación» real en el dis­

curso de H attusil I. Esta pugna cons­ tante entre el rey y la nobleza fue en gran m edida la cau sante de bastantes crisis periódicas, con m uchos in ten ­ tos de derrocam iento a lo largo del A ntiguo Reino.

Esta situación va a cam b iar a p artir de Telepinu, cuyo rescripto m arca u n a nueva época en cuan to a asentam ien ­ to de la realeza. La sucesión real se reg uló de tal form a: « D e ja d a un príncipe, el hijo de una m ujer de p ri­ m er rango, ser rey. Si no hubiera n in ­ gún príncipe de prim er rango dejad a un o que es hijo de un segundo rango ser rey. Si todavía no h u b iera ningún p rín cip e dejadles to m ar u n m arido para u n a hija de p rim er rango y de­ ja d le c o n v e rtirse en rey». A u n q u e otros aspectos del rescripto parece que

cayeron pronto en desuso {infra) no ocurrió así con este sistem a de suce­ sión al trono, de tal form a que se m antuvo unos doscientos años, hasta que H attusil III dé un golpe de estado que derroque a U rhi-Teshub, no sin antes establecerlo en el trono según la norm a dictada p o r Telepinu, puesto que U rhi-Teshub era hijo de u na con ­ cu b in a accediendo al trono p o r no existir un príncipe de prim er rango.

E n cuan to a la titulatura real, los reyes del Antiguo R eino se autodeno- m in aro n « G ra n Rey T abarna». Sin duda se titulan « G ran Rey» para des­ tacarse sobre el resto de m onarquías m enores, situándose entre los gran­ des poderes de su tiem po. «Tabarna» parece reivindicar el nom bre del p ri­ m er rey Labarna como forma de unión con los com ienzos de la m onarquía, b uscando carism a con ello. A p artir del Im perio N uevo este título es gene­ ralm ente reem plazado p or otro que significa «M i sol», título que parece h a b e r sido tom ado p o r la influencia de Egipto e incluso de M itanni. Es en esta etapa cu an d o la influencia o rien ­ tal se detecta m ejor en la m o narq uía hitita posiblem ente porque las rela­ ciones in ternacio nales son m ás flui­ das. De esta form a el rey aparece ca­ da vez m ás con poderes so b reh u m a­ n o s d a d o s p o r la d iv in id a d . S in em bargo no en c o n tra m o s n in g u n a referencia a deificación en vida com o ocurre en otros estados co n tem porá­ neos sin o q u e es d iv in iz a d o a su muerte.

C on un carism a parecido al de los m onarcas de su época, el rey se sitúa duran te el Im perio p o r encim a de los m ortales, d esem peñando sus funcio­ nes con un p oder cada vez m ás abso­ luto. C om o representante de la divi­ nidad, sus obligaciones com o sum o sacerdote o cup an u n lugar destacado. De ellas d ep en d ían el bienestar y la prosperidad del país, de tal form a que las visitas a los g randes santuarios era ritual tan obligado que en no p o ­ cas ocasiones tuvieron que a b a n d o ­

n a r cam pañas m ilitares p ara atender cuestiones de culto. E n este aspecto, es m uy significativo que la peste que se desata en el H atti en época de Su­ pilulium a fuese ac h acad a p o r su su­ cesor M ursil II a la dejadez de este rey de sus obligaciones religiosas de­ bido a las constantes cam p añ as m ili­ tares. Es precisam ente desem p eñ an ­ do sus obligaciones religiosas cuando m ás frecuentem ente encontram os re­ presentaciones del rey hitita.

Al m ism o tiem po el rey tam bién era el co m an d an te suprem o del ejér­ cito y la suprem a au to rid ad judicial. Es quizás esta segunda faceta la que m ás generalm ente delega en subalter­ nos, siendo su p o der m ilitar m ediati­ zado únicam ente po r sus obligacio­ nes religiosas. P or últim o era tam bién el rey el m áxim o responsable de la política exterior, no sólo m ilitar sino tam bién diplom ática, siendo él m is­ mo en persona el que firm aba los tra­ tados concluidos con otros estados, fuese cual fuese la condición en la que se redactaba el tratado.

M erece tam b ién especial atención el papel desem peñad o p o r la reina en la m o n arq u ía hitita. Su título tawa- n a n n a tam bién deriva de la prim era reina de la que su tradición tiene co­ nocim iento, esposa de L abarn a. La reina no era necesariam ente la espo­ sa del rey puesto que a la m uerte de éste, com o viuda, seguía siendo la rei­ na hasta su m uerte. Su participación en asuntos públicos la tenem os b as­ tante atestiguada, p o r ejem plo en el caso de la viuda de S upilulium a, que planteó b astan tes problem as a M ursil II, o en el tratad o entre H attusil III y Ram sés II d on de ocupa u n lugar des­ tacado la reina P u d u khepa, al igual que en b astan tes deberes religiosos. Pero la reina no era la única m ujer del rey. Tras ella conocem os u n a es­ posa que llam am os de segundo gra­ do, cuyos hijos ten ían tam bién posi­ bilidad al tron o tras la reglam enta­ ció n de la su ce sió n p o r T elepinu. Adem ás h ab ía otras dos clases de es-

Vista de conjunto de un bajorrelieve hitita.

38 Aka! Historia d e l M undo Antiguo

posas de inferior categoría cuyos hijos no tenían ningún derecho a la corona.

2. El gobierno

Parece que a excepción de las g ra n ­ des ciudades de culto, d onde el p oder religioso estaba ín tim am en te u n id o al civil, la form a tradicional de orga­ nización era del tipo que O.R. G u r­ ney llam a «p arroquial». Se trataría de pequeñas co m u nidades con tro la­ das p o r u n consejo local form ado p or los «ancianos». El segundo nivel de ad m in istració n estaba rep resentado por la provincia donde desde el p rin ­ cipio encontram os a los hijos de los reyes d esem p eñan do el papel de go­ bernadores, com o u na form a de pre­ paración p ara su acceso a la corona. Este m ism o cargo será ocupado en otras ocasiones p o r generales perte­ necientes a la fam ilia real. En cual­ quier caso no parece que obedeciese a unas norm as bien establecidas. E n ­ tre sus obligaciones estaba la ad m i­ n istra c ió n de la ju stic ia , las c o n s­ trucciones públicas y de tem plos, los nom bram ientos de los sacerdotes, el ejército p ara defensa de la provincia, recaudación de im puestos, etc.

Este sistem a se tuvo forzosam ente que alterar a p a rtir de la expansión territorial del m u n d o hitita. En ello quizás encontram os u n a de sus ca­ racterísticas con m ás m arcada perso­ n a lid a d . La a d m in is tra c ió n de los nuevos territorios podem os esquem a­ tizarla de la siguiente m anera:

a) Reinos p ara la fam ilia real: Se trataba de regiones que tenían especial im p o rtan cia b ie n desde el punto de vista político o estratégico. En este caso se convertían en reinos para m iem bros de la fam ilia real. E n ­ tre otros podem os citar los reinos de Alepo y K arkem ish, donde reinaron dos hijo s de S u p ilu liu m a , o el de H akpissa p ara el que sería más tarde H attussil III. A u nque su relación con el gran reino hitita estaba regulada por tratados d onde encontram os las

cláusulas de lealtad p o r parte de los pequeños reyes y la garantía de suce­ sión dinástica y defensa de su territo­ rio p o r el gran rey, no encontram os m ás d etalles en estos tratad o s. N o ocurre lo m ism o con otros que vere­ mos. La explicación que se da es que en realidad no era necesario en tra r en detalles ya que estos reinos form aban parte del gran reino.

b) Los reinos protegidos:

D entro de la concepción hitita del m u n d o exterior, la conclusión de tra ­ tados p ara establecer relaciones o cu­ p ab a u n lug ar de prim erísim a im po r­ tancia. Tanto es así que se conside­ raba enem igo no sólo al que atacaba al país hitita sino al que no había fir­ m ado un tratado con él. Estos tra ta ­ dos a b a rc a ría n incluso aspectos de su bordinació n en el m ism o territorio n a c io n a l en relació n, p o r ejem plo, con la garan tía a los m iem bros de la nobleza de la posesión de sus d om i­ nios. U no de estos tipos de tratados es p recisam en te el que corresp o n d e a u n a serie de reinos im portantes com o A rzaw a, M itan n i o K itzuw atna. En este caso se establecía el tratad o sobre la base de cierta igualdad de derechos au n q u e la form a de dep endencia se m anifestaba en la renovación anual de la cerem on ia de obediencia. La política in terior de estos « protectora­ dos» estaba p rácticam ente en sus m a­ nos a diferencia de la política exterior que era c o n tro la d a to talm e n te p o r H attusas. En política exterior se in ­ cluían las posibles negociaciones con otros países, la obligación de partici­ p ar en el ejército hitita, incluso el in ­ tercam bio de regalos con otros reinos, así com o la devolución de exiliados hititas. A cam bio de ello se le garan ti­ zaba la defensa del territorio y la su­ cesión dinástica.

c) Los reinos vasallos:

Se trata en estos casos de tratados hechos en régim en de prepotencia de H attusas con relación a otros estados com o p u ed e ser el caso de U garit, A m urru, etc. Se trata de reinos de po-

ca entidad territorial y m ilitar. El rey vasallo era un g o bernador en su terri­ torio au n que tenía totalm ente p ro h i­ bido el contacto p o r su cuenta con otros reinos. D ebían sum inistrar co n ­ tingentes m ilitares a H attusas, devol­ ver los exiliados y pag ar un tributo. A cam bio el rey hitita se com prom etía a defender la línea d inastica y la inte­ gridad territorial del reino. La cere­ m onia de som etim iento debía reali­ zarse anualm ente, ac o m p a ñ ad a del pago de tributo.

Este com plejo sistem a de ad m in is­ tración del reino está claro que des­ can sab a en la au to ridad del rey hitita. Al m enor asom o de flaqueza la re­ vuelta o secesión de estos som etidos era segura. De aquí las num erosas ca m p añ as a que hem os hecho a lu ­ sión en páginas anteriores. P recisa­ m ente en orden a evitarlas tam bién se recurrió en n u m ero sas ocasiones a una política de m atrim onios dip lo ­ m áticos que fijasen en lo posible las alianzas. Por otra parte, nos encon­ tram os num erosas referencias a los dioses de los dos firm antes del trata­ do, en u n deseo de d a r participación a la divinidad com o testigos y defen­ sores de lo pactado. C on todo, el siste­ m a fracasó en num erosas ocasiones, de tal forma que a cualquier problem a surgido en u n a zona o p o r u na suce­ sión dinástica, las revueltas se genera­ lizaban en todas las fronteras del reino,

d) Política exterior:

El m ism o sistem a de tratados que hem os citado anteriorm ente regía la política exterior hitita. Sin em bargo en este caso no se trata b a de relacio­ nes de m ayor a m en o r sino de igua­ les. A ello sólo p o dían asp irar estados fuertes cuyos soberanos tuviesen la categoría de «gran rey» a ojos de los hititas. Tras la caída de M itan n i com o tal tras las cam p añ as de Supilulium a, este trato estuvo reservado exclusiva­ m ente a las relaciones con B abilonia y con Egipto, ya que con la ascenden­ te A siría de la ú ltim a época hitita nunca fueron buenas. El único ejem ­

plo de tratado de este tipo supervi­ viente es el firm ado entre H attusil III y Ram sés II al que ya hem os aludido. Sin em bargo sabem os que existieron al m enos dos m ás, al igual que con B abilonia. La idea que preside este ti­ po de tratados es la de herm an d ad entre los reyes y bu ena prueba de ello, al m argen del tratado citado, es la ac­ titud de H attusil III con A dad-nirari de Siria cuan do el segundo le pro p o ­ ne relaciones de igual a igual al p ri­ mero. H attusil le contesta: «¿Por qué te h ab laría yo de fraternidad? ¿Acaso tú y yo hem os nacido de la m isma madre?». A p artir de esta relación de fraternidad se establecía la im posibi­ lidad de u n a guerra entre ellos así co­ mo u n a alian za p ara la defensa. Al igual que en los tratados con vasallos, se establece que las dos partes apoya­ rán la ascensión al trono del príncipe hered ero , d e n tro de la co ncep ció n propia de la época de la identifica­ ción D inastía = Estado. En estos tra­ tados no se establecía la claúsula de exclusividad puesto que pod ían esta­ blecer acuerdos con terceros siem pre que no afectasen al tratado en cuestión.

3. La sociedad

La sociedad hitita constituye uno de los aspectos m enos conocidos de su historia. A ún nos m ovem os en m u ­ chos casos sobre hipótesis que sólo la aparición de nuevos datos por m edio de nuevas tablillas pueden confirm ar.

Si nos atenem os a estos pocos d a­ tos con que contam os para el Antiguo Reino, los parientes del rey, llam ados «la G ra n Fam ilia» son los que disfru­ tan de ciertos privilegios especiales con títulos bastante ligados a la ad ­ m inistración del palacio, lo que p are­ ce in d icar que la vida cortesana esta­ ba ya bastante desarrollada. C on un esquem a de fun cio nam iento m uy rí­ gido, casi m ilitar, com ponen posible­ m ente la élite de esta sociedad. En el rescripto de Telepinu todo este grupo parece co m po ner el p a n k u , que en es­

40 Akat Historia d e l M undo Antiguo

te contexto sería algo así com o la co­ m u n id a d entera. Lo m ism o parece deducirse de otro texto, éste de H attu- sil I cuando h ab la de «los hom bres aguerridos del pa n ku y los d ig n ata­ rios», que p arecen constituir la com u ­ nidad entera, p o r supuesto en lo que significa p articipación en los asuntos estatales. En base a esto O.R. G urney cree que la m ayor p arte de la p o b la ­ ción del país fue co nsiderada com o ajena a esa com u n id ad y p o r tan to el Estado hitita h ab ría sido la creación de u n a casta exclusiva sobrepuesta a la población indígena del país. Esta

es que el paso de una m o n arq u ía de poca entidad a un gran im perio haría b astante poco operativo el panku. Al m ism o tiem po, la equ ip aración de la m o n arq u ía hitita con sus con tem po ­ ráneas babilo nias, h urritas o egipcias, tendió a la creación de u na m onarquía a b s o lu tista que ya g o b e rn a ría p o r m edio de oficiales n o m b rad o s p o r el rey. N o sabem os si fueron recluta- dos e x c lu siv a m e n te de la n o b le z a au n q u e sí que ésta se m antuvo com o clase aparte siem pre. De ella d epen ­ día en gran m edida la m ism a existen­ cia de la co ro n a d eb id o a las pres-

im pronta de un sello del rey Mursil III. Hallada en Bagozküy. (P rim e ra m itad del

sig lo XIII a.C.) A nkara, M useo A rq u e o ló g ic o .

h ab ría sido originalm ente org an iza­ da librem ente en u n núm ero de dis­ tritos independientes, cada u n o go­ bernado p o r un consejo de ancianos, al que hacíam os alusión en el cap ítu ­