económica internacional, sea producción, reparto de bienes, consumo, etc o reconocidos por grupos locales como fenómenos económicos, aunque para la economía internacional no lo sean. Un ejemplo de ello es el estudio de la llamada economía informal y su importancia en el ámbito doméstico, que ha pasado a ser parte de estudios regulares en la economía académica cuando ya hace muchas décadas era parte de los estudios antropológicos. Hablamos entonces que la antropología económica es una mezcla de conceptos y modelos (teoría) por parte de la economía, y de la antropología que aporta la praxis o estudio de campo de pueblos y culturas (etnografía), que tiene por objeto el análisis teórico comparado de los diferentes sistemas económicos reales y posibles (Godelier, 1967).
Si bien todo lo económico ha sido definido desde Platón hasta A. Smith como la riqueza material de las sociedades, hablar de actividad económica meramente desde el sentido de la
producción, la distribución, y el consumo es como amputarla, pues entre las tres ya mencionadas actividades, además de intercambio de bienes también existe intercambio de servicios. Por tanto, como señaló M. Godelier, si la producción de servicios es económica entonces todo lo económico absorbe y explica toda la vida social, la familia, la política, la religión, el conocimiento. Un ejemplo destacado para comprender este hecho es el de un recital de música. El artista en sus inicios no cantaba por dinero, cantaba por gusto, porque le apasionaba. Realiza una presentación frente a una multitud que quiere gozar de un buen concierto entre amigos y familiares, pero ¿qué hay de económico en todo esto?, no es el placer que genera ver al artista, no es su excelente interpretación o capacidad vocal sino el simple hecho de pagar un puesto allí, pago que va a generar que el artista
reciba cierto porcentaje y así pueda adquirir bienes y servicios para él y su familia. Lo económico se compone de una serie de actividades que no pertenecen justamente a ese dominio, sin embargo, su funcionamiento implica el uso e intercambio de medios materiales (Godelier, 1967).
En las sociedades mercantiles capitalistas incrementar al máximo el beneficio económico individual aparece como la forma social característica de la lógica económica, su sentido común es la acumulación de riqueza, que les permite jugar un potencial papel en las estructuras políticas, culturales y sociales, que a su vez se convierte en poder, poder de función que pasa a ser poder de explotación. Y es allí donde las relaciones se ven afectadas, siendo estas relaciones entre los individuos el aspecto más significativo de la economía para los antropólogos, pues son percibidas como intercambio de valores sociales, a los cuales se les atribuye el acto de intercambio como cualquier otra utilidad y por consiguiente debe ser maximizada. En este sentido, se proponen los dos enfoques principales de esta interdisciplina. Los formalistas, a quienes les atribuyeron dicho calificativo por concentrarse en hechos abstractos de la actividad económica, tomando importancia sobre todo en el contenido de la economía. Mientras por su parte, gracias a le célebre obra “la economía como actividad institucionalizada” (1976) de K. Polanyi, se les reconocería como substantivistas a él y sus seguidores (Narotzky, 2004).
El enfoque Formalista, representado por autores como E. Burling, E. Leclair, M. Herskovitz, Salisbury, entre otros, estudia el comportamiento humano y la relación entre fines y medios escasos con usos alternativos, por tanto, sólo es válido en una sociedad donde el mecanismo de mercado se establece como el medio dominante para asignar bienes, trabajo, tierra, etc. En segundo, tenemos el enfoque Substantivista, el cual debería tener sentido en cualquier sociedad ya que crea una relación institucionalizada entre el ser humano y su entorno como lo advierte Polanyi
(1976), nace de la patente dependencia del hombre con la naturaleza y sus semejantes para lograr su sustento. Con esto, se presentan aspectos de interés en el debate substantivista, uno de ellos es el énfasis en necesidades y medios materiales, seguido de la idea de la economía como proceso que sustenta la continuidad social y que todo ello se realiza de modo institucionalizado, es decir, como habito, de manera natural. Por último, en cuanto a las sociedades tradicionales -no integradas por el mercado- la economía se encuentra incrustada (embedded) en otras instituciones sociales y no puede ser considerada como ámbito separado (Narotzky, 2004).
El Materialismo, es un brazo que les nace a las orientaciones ya mencionadas y lo genera uno de los fundadores de la antropología económica francesa, psicólogo y profesor de filosofía Maurice Godelier, quien toma los supuestos substantivistas y los ubica sobre bases Marxistas. Su investigación se direcciona hacia el estudio de estructuras sociales pre capitalistas, donde define la economía como una serie de relaciones sociales en un ámbito de actividades específicas (producción, distribución, consumo) pero también, como se mencionó anteriormente, como un aspecto especifico de la actividad humana que no corresponde a dicho ámbito, más su funcionamiento constituye intercambio de bienes materiales. Retomando las sociedades precapitalstas, sobresalta la preocupación por parte de otros antropólogos Marxistas del impacto de las economías capitalistas en las sociedades no capitalistas, más que nada en el sentido de autonomía. Con el fin de saber si los diferentes modos de producción conservan un proceso claro para organizar su continuidad, es decir, la reproducción social, entendida como un movimiento mediante el cual se establecen condiciones de continuidad y transformaciones dentro de un límite racional (Narotzky, 2004).
Si volvemos la vista atrás y buscamos un poco en los orígenes de la antropología, se encuentra que muestra interés por el análisis de lo económico como objeto de estudio, cuando surge la atracción por la organización económica en la vida de los pueblos primitivos. Así pues, la antropología económica se considera como una extensión del campo de la economía hacia las sociedades, y sus dominios son esenciales para comprender apreciaciones que hacen referencia, por ejemplo, a la pluralidad de los modos de producción de sociedades como la de cazadores- recolectores del desierto de Kalahari, las tribus de horticultores de los altiplanos de Nueva Guinea, las tribus agrícolas productoras de Opio del sudeste-asiático, las castas de la India, reinos y estados Africanos e Indonesios, los desaparecidos imperios Precolombinos -que la etnografía y arqueología tratan de interpretar-, las comunidades campesinas de México, Turquía y Macedonia. Esta diversidad de comunidades que analiza la Antropología surgen como producto del desarrollo histórico de los sistemas económicos y sociales, distintos cada uno en su ritmo de evolución, donde se han ido liquidando casi por completo los antiguos procesos de producción para ser reemplazados por otros más dinámicos e invasores, donde se destaca el sistema capitalista como el más devastador (Godelier, S.f.).
Y es donde de alguna manera la perspectiva formalista desacierta, ya que no es capaz de formular explicaciones validas al momento de incorporar en ella factores no medibles como la ideología, la solidaridad, la amistad; factores que las sociedades ‘sin mercado’ tienen arraigadas en sus procesos económicos y no económicos, y es como cae en una triste tautología. De hecho, lo económico deja de ser un factor diferenciado de la realidad social para convertirse en un aspecto del todo social, y aquí es conveniente resaltar la mención de Dalton (1976), quien señala que el intento de traducir los procesos económicos primitivos en nuestros equivalentes funcionales,
inevitablemente, oscurece justamente aquellos rasgos de su economía que la distinguen de la nuestra. Economía que está cargada de tradición, de creencias y de relaciones materiales que no pueden separarse de sus expresiones culturales que, a su vez, son producidas y toman cuerpo materialmente (Palenzuela, 2002).
David M. Guss en una de sus obras, cantar y tejer (1990), nos narra la vida en comunidad, las relaciones económicas al interior de la misma y cada detalle de la sociedad que reitera la naturaleza dual de la realidad del pueblo Yekuana. Experto en Antropología Urbana y Simbólica; Desempeño Cultural; Cultura Popular, Mito y Ritual, Guss nos adentra en el mundo de los Yekuana ubicados en Sudamérica, principalmente en asentamientos ribereños dispersos en territorios de Venezuela y el amazonas Brasilero. Su relato comienza con una afirmación contundente de M. Sahlins, quien manifiesta que en las economías tribales la satisfacción doméstica y la subsistencia tiene un valor superior al de la maximización de la producción, entendido esto en el contexto Yekuana como una mezcla alegre que hacen, pues después de periodos de gran trabajo colectivo siempre vienen periodos de relajación y dispersión, sin importar que tanto se avanza en sus labores (Guss, 1994).
Su actividad económica se encuentra estrictamente dividida según el sexo, de modo que los miembros de la tribu realizan sus labores diarias en compañía casi exclusiva de los de su mismo sexo. La mujer Yekuana se encarga de cultivar alimentos en los conucos o huertas. Siembran banano, piña, auyama, batata, tabaco, caña de azúcar y principalmente la yuca amarga, de la cual se derivan la harina de mandioca y el pan de casabe. Este último es el alimento base de la dieta del pueblo indígena, aparte de ser utilizado como vajilla para comer, también es utilizado para hacer bebidas fermentadas y no alcohólicas. Los hombres se ocupan de la caza y la pesca, aunque esta
segunda se puede realizar entre marido y mujer ya que generalmente sirve de pretexto para otras actividades de tipo sexual. La actividad de pesca se ejecuta más allá de los encuentros amorosos y pasa a ser cooperativa cuando se trata de realizar la actividad con barbasco. Una técnica que han desarrollado desde tiempo atrás y consiste en lanzar variedad de bejucos al rio con el fin de quitarle –temporalmente- el oxígeno a los peces, cuando esto sucede, las distintas especies suben a la superficie en busca de oxígeno y es allí donde los encargados de la pesca vuelven a casa con un gran banquete (Guss, 1994).
Se suma a las labores masculinas la construcción del atta o casa de cada poblado, donde cada elemento arquitectónico corresponde a un aspecto diferente del cosmos, creando una visión unificada del mundo o, como Víctor Turner (1967) subrayó en otro contexto, el patrón simbólico de todo el sistema de creencias y valores. Además, elaboran remos, armas, prensas, chozas de trabajo para las mujeres y curiosamente desarrollan la tejeduría. El hombre crea cestas como forma de meditación y expresión cultural, dice mucho del hombre que sabe tejer pues está preparado para emprender una vida marital y a los ojos de su comunidad ha alcanzado madurez. En una sociedad que no tiene parámetros para definir una obra de arte, finalmente no existe objeto que no lo sea, así, cada cesta y canasto se convierten en una de ellas, las cuales guardan diseños que simbolizan aspectos personales y cósmicos de mayor alcance. Para el pueblo Yekuana la tradición artesanal abraza una relación directa con sus vivencias, ya que en cada objeto plasman su diario vivir, los valores que impregnan su sociedad, la relación con su entorno y con lo económico (Guss, 1994).
Se dice que con lo económico porque gracias también a su experiencia como navegantes y comerciantes, sus elaboraciones artesanales sirven para cargar, trasladar y movilizar lo que deseen mercadear, de manera que toda actividad socioeconómica termina siendo una consigna de identidad
tribal, y es como la antropología económica irrumpe y nos permite comprender de qué manera se organizan las personas en la producción y reproducción de relaciones -con el medio y sus semejantes- que hacen la vida posible. Lo económico no se da de forma diferenciada, por el contrario, hace parte de instituciones como la misma religión, el parentesco, y es delito desligarlo del contexto cultural, particularmente cuando se habla de pueblos indígenas.
Es curioso cuando en estos pueblos indígenas sus productos a la hora de comercializarlos son apreciados como simples mercancías. Si bien la producción de mercancías también es un proceso cultural, existen grandes dilemas ya que un producto puede concebirse como mercancía en un momento mientras en otro no, o para una persona la misma cosa puede ser vista como una mercancía y al mismo tiempo algo distinto para otra. Estos cambios, de cuándo y cómo una cosa se convierte en mercancía dejan en evidencia la economía moral que hay detrás de la economía objetiva de las transacciones visibles. A estas alturas todo es mercantilizado, sus inicios se remontan a la Edad Antigua y a la Roma clásica cuando existían personas bajo propiedad de otros o lo mejor conocido como esclavitud, donde la persona esclavizada poseía una identidad social y status que lo convertía en mercancía real y potencial. Cuando esto sucedía y era intercambiado, el esclavo era insertado en un nuevo grupo, dentro del cual se resocializaba y se le otorgaba una nueva identidad social, conocido como des mercantilización. Proceso en el que se aleja al esclavo del estatus de mercancía y lo acerca al de individuo singular que ocupa una posición social (Kopytoff, 1991).
El intercambio es un rasgo innegable que nos acompaña desde siglos atrás, es un rasgo universal de la vida social humana. En donde se pueden diferenciar las sociedades es en el modo en el que la mercantilización, como manifestación de intercambio, se estructura y relaciona con el
sistema social, con los factores que la impulsan y las premisas culturales e ideológicas que subyacen a su funcionamiento. El propósito básico de la transacción es obtener valor de la contraparte, esa transacción o intercambio involucra tanto mercancías ordinarias como obsequios que se usan como mercancía, sea comida, servicios, lujos, entre otros. Conocido esto último como relaciones de reciprocidad, donde se regala un obsequio con el fin de recibir otro a cambio, el cual a su vez producirá un compromiso similar. Es conveniente resaltar el hecho de que las mercancías se encuentran divididas en objetos intercambiables, vendibles, que sugieren un significado común, característicos en sociedades monetizadas; y objetos incomparables, singulares, únicos, que tienden a no ser intercambiables, propios de sociedades tradicionales (Kopytoff, 1991).
Esta división de mercancías es rescatable ya que al momento de realizar intercambios se organizan en esferas mercantiles, que funcionan en agrupamientos de alimentos, herramientas, animales, ropa, oficios rituales, artesanías, etc., que cumplirán con una estructura mercantil dentro de una sociedad determinada. Es más complicado realizar intercambios con los objetos singulares por su naturaleza y diversas clases de valor. Pueden volvérseles similares cuando se les reúne dentro de una categoría, el problema viene cuando se encuentran en categorías distintas, pues brillaran justamente por su particularidad, volviéndolos difícil de intercambiar y convirtiéndose en una mercancía inapreciable en el sentido más completo de la palabra, ya que va desde lo extraordinariamente apreciable hasta lo carente de valor. Un buen ejemplo de mercancías singulares son los objetos de colección, los cuales tienen gran carga social, cultural, política, espiritual, cualquiera que sea el objeto y de donde provenga. Artículos como las latas de cerveza, las tiras cómicas, los mismos automóviles, pasan al estatus de coleccionables, y de ser carentes de valor se convierten en objetos costosos (Kopytoff, 1991).
Muchos de estos objetos de colección entran en una gran paradoja porque pasan de ser artículos singulares a formar parte de un compilado especial que ha sido selección de algún grupo social, lo cuales se convierten en valiosos artículos y al serlos adquieren un precio, precio que los convierte inmediatamente en mercancía y su singularidad queda desterrada. No obstante, el no ser una mercancía no es una particularidad que asegure por sí misma una alta estimación, dado que existen un sin número de cosas singulares que pueden valer muy poco. La naturaleza y la estructura de las esferas de intercambio varía entre sociedades, es así como encontramos marcada diferencia entre lo que conocemos como sociedades capitalistas (occidente) y las sociedades tradicionales; como señaló Mauss (1963), los sistemas culturales de clasificación reflejan la estructura y los recursos culturales de las sociedades en cuestión (Kopytoff, 1991).
Podemos decir entonces que la mercantilización vuelve homogéneo al valor, en el sentido que todo se hace transferible e intercambiable, todo puede tener un lugar en el mercado (sociedades complejas). Contrario a la cultura y su tendencia a la discriminación y clasificación, la cual asegura que algunas cosas permanezcan indiscutiblemente singulares y evita la mercantilización de otras (sociedades a pequeña escala). Finalmente, el impulso de intercambiar la mayor cantidad de productos trajo consigo la aceptación universal del dinero en sociedades tradicionales, como es el caso de los Tiv, del norte de Nigeria. Que, si bien genera una nueva dinámica en el desarrollo de su actividad, también genera un sentimiento de infelicidad en su comunidad pues permea valores que hacen parte de su identidad cultural. En resumen, tomando en cuenta la noción Durkheimiana, la sociedad ordena el mundo de las cosas de acuerdo con la estructura dominante en el mundo social de sus miembros (Kopytoff, 1991).
En cuanto a las mercancías explicadas como objetos económicos, encontramos aportaciones como las de Georg Simmel (1978), quien afirma que el valor no es una propiedad inherente de los objetos, sino un juicio sobre ellos que son delimitados por los sujetos. De acuerdo con Simmel los objetos no son difíciles de adquirir porque sean valiosos, se denominan como valiosos a aquellos objetos que se oponen a nuestro deseo de obtenerlos, por lo tanto, se llaman objetos particulares ya que comprenden el deseo puro y el disfrute de estos, se hace referencia al deseo de un objeto que se alcanza por medio del sacrificio de algún otro objeto que puede ser el deseo de otro individuo. Designado de esta manera el intercambio de sacrificios, que se conforma por la vida económica y la economía social, que no solo consiste en valores intercambiables, sino en intercambio de valores (Appadurai, 1991).
Es así como el objeto no tiene un valor absoluto generado de su demanda, sino basado en un intercambio real o imaginario, dotando al objeto de valor. Este intercambio contiene parámetros de utilidad y escasez representado en la fuente de vida. Las mercancías y las cosas son intereses independientes, son la sustancia cultural material que se ubica como un dote u obsequio en la antropología social y la teoría del intercambio. Marx puntualiza sobre sociabilidad de las mercancías de la forma más tradicional, como un producto que esta netamente destinado al intercambio, especificado por las condiciones institucionales, psicológicas y económicas del capitalismo. Definiciones menos académicas determinan que las mercancías son bienes dirigidos al intercambio y que son independientes de las formas que se obtengan, además contienen potencial social y se pueden distinguir entre productos, objetos, bienes, artefactos y otro tipo de cosas existentes en diferentes sociedades (Appadurai, 1991).
Actualmente los conceptos de mercancía adjudicados por los neo-clásicos definen bienes y mercancías refiriéndose a una subclase de bienes primarios sin desarrollar un papel analítico central, contrastando el enfoque de Marx en economía y sociología. Las mercancías en su mayoría son de uso contemporáneo, lo que las hace ser bienes manufacturados, se asocian únicamente a la