Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Es una de las más difíciles de definir. Un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos de futuro. Participación natural, esto es, inducida automáticamente por el lugar, el nacimiento, la profesión, el entorno. El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en los medios de que forma parte naturalmente.
Los intercambios de influencias entre diferentes medios son tan indispensables como el arraigo en el entorno natural. Ahora bien, un medio determinado no debe recibir la influencia externa como una aportación, sino como un estímulo que haga más intensa su propia vida. No debe alimentarse de las aportaciones externas más que después de haberlas digerido, y los individuos que lo componen sólo deben recibirlas a través de él. Cuando un pintor de auténtica valía entra en un museo queda confirmada su originalidad. Lo mismo ha de ser para las diversas poblaciones del globo terrestre y para los diferentes medios sociales.
Hay desarraigo siempre que tiene lugar una conquista militar; en este sentido, la conquista constituye casi siempre un mal. El desarraigo es mínimo cuando los conquistadores son inmigrantes que se instalan en el país, se mezclan con la población y echan raíces. Tal fue el caso de los helenos en Grecia, de los celtas en la Galla, de los árabes en España. Pero cuando el conquistador sigue siendo extranjero en el territorio que ha pasado a ser suyo, entonces el desarraigo es una enfermedad casi mortal para las poblaciones sometidas. Que alcanza su mayor intensidad cuando se producen deportaciones masivas, como en la Europa ocupada por Alemania, en la curva del Níger, o siempre que se da una supresión brutal de todas las tradiciones locales, como en las posesiones francesas de Oceanía (si hay que creer a Gauguin y a Alain Gerbault).
Aun sin conquista militar, el poder del dinero y la dominación económica pueden imponer una influencia extraña hasta el punto de llegar a provocar la enfermedad del desarraigo.
Por último, las relaciones sociales en el interior de un mismo país pueden ser factores de desarraigo muy peligrosos. En nuestro ámbito, en nuestros días, aparte de la conquista, hay dos venenos que propagan esta enfermedad. Uno es el dinero. El dinero destruye las raíces por doquier, reemplazando los demás móviles por el deseo de ganancia. Vence sin dificultad a cualquier otro móvil porque exige un esfuerzo de atención mucho menor. Nada tan claro y simple como una cifra.
Una condición social entera y perpetuamente subordinada al dinero es la de asalariado, sobre todo a partir del momento en que el salario a destajo obliga a cada obrero a fijar en todo momento su atención en la cuenta de lo que gana. En esta condición es donde la enfermedad del desarraigo es más aguda. Bernanos[*] ha escrito que al menos nuestros obreros no son inmigrados como los de Ford[*]. La principal dificultad social de nuestra época procede del hecho de que en cierto sentido sí lo son. Aunque no se hayan movido geográficamente, se les ha desarraigado moralmente, se les ha exiliado y admitido de nuevo, como por tolerancia, a título de carne de trabajo. El paro es, de seguro, un desarraigo a la segunda potencia. Pues los desempleados no se sienten en casa en las fábricas ni en sus viviendas, ni tampoco en los partidos y sindicatos que se dicen hechos para ellos, ni en los lugares de placer, ni en la cultura intelectual cuando se proponen asimilarla. El segundo factor de desarraigo es la instrucción tal como se la concibe hoy. El Renacimiento provocó en todas partes una escisión entre las gentes cultivadas y la masa; pero, aunque separó cultura y tradición nacional, al menos sumergió a la cultura en la tradición griega. Más tarde, sin haberse renovado los lazos con las respectivas tradiciones nacionales, también Grecia fue olvidada. De ello resultó una cultura desarrollada en un ámbito muy restringido, separado del mundo, en una atmósfera cerrada; una cultura considerablemente orientada a la técnica e influida por ella, muy teñida de pragmatismo, extremadamente fragmentada por la especialización y del todo privada de contacto con este universo de aquí abajo y de apertura al otro mundo.
En nuestros días un hombre puede pertenecer a los medios llamados cultivados sin tener, por un lado, idea alguna relativa al destino humano, y sin saber, por otro, por ejemplo, que no todas las constelaciones pueden verse en cualquier estación. Se suele creer que un pequeño campesino de hoy, alumno de la escuela primaria, sabe más que Pitágoras porque recita dócilmente que la tierra gira alrededor del sol. Pero, de hecho, ya no contempla las estrellas. El sol del que se le habla en clase no tiene para él ninguna relación con el que ve. Se le arranca del universo que le circunda de la misma forma que se arranca a los pequeños polinesios de su pasado obligándoles a repetir: «Nuestros antepasados los galos tenían el cabello rubio».
Lo que hoy llamamos instrucción de masas consiste en tomar esta cultura moderna elaborada en un ámbito así de cerrado, de viciado, de indiferente a la verdad, quitarle cuanto aún pueda contener de oro puro, operación denominada vulgarización, y hornear el residuo tal cual en la memoria de los desgraciados que desean aprender, a la manera que se da alpiste a los pájaros.
De otro lado, el deseo de aprender por aprender se ha vuelto muy raro. El prestigio de la cultura se ha vuelto casi exclusivamente social, tanto en el campesino que sueña con tener un hijo maestro o el maestro un hijo universitario cuanto en las gentes adineradas que adulan a los científicos y a los escritores famosos.
el dinero sobre los obreros que trabajan a destajo. Un sistema social está profundamente enfermo cuando un campesino trabaja la tierra con la idea de que es campesino porque no es lo bastante inteligente para llegar a ser maestro.
La mezcla de ideas confusas y más o menos falsas conocida bajo el nombre de marxismo, mezcla en la que desde Marx no han participado prácticamente más que intelectuales burgueses mediocres, constituye asimismo para los obreros un aporte completamente extraño inasimilable, y, por otro lado, despojado de valor nutritivo, pues se le ha vaciado de casi toda la verdad contenida en los escritos de Marx. A veces se le añade una vulgarización científica de calidad aun inferior. La suma de todo ello sólo lleva el desarraigo de los obreros a su culminación.
El desarraigo constituye con mucho la enfermedad más peligrosa de las sociedades humanas, pues se multiplica por sí misma. Los seres desarraigados tienen sólo dos comportamientos posibles: o caen en una inercia del alma casi equivalente a la muerte, como la mayoría de los esclavos en tiempos del Imperio romano, o se lanzan a una actividad tendente siempre a desarraigar, a menudo por los métodos más violentos, a quienes aún no lo están o sólo lo están en parte.
Los romanos eran un puñado de fugitivos aglomerados artificialmente en una ciudad; hasta tal punto privaron a los pueblos mediterráneos de su vida propia, de su patria, de sus tradiciones y de su pasado que la posteridad los ha tomado, según sus propios testimonios, por los fundadores de la civilización en esos territorios. Los hebreos eran esclavos evadidos que exterminaron o redujeron a servidumbre a todos los pueblos de Palestina. Los alemanes, en el momento en que Hitler se adueñó de ellos, no eran más, como repetía Hitler sin cesar, que una nación de proletarios, esto es, de desarraigados; la humillación de 1918, la inflación, la industrialización a ultranza y sobre todo la extrema gravedad de la crisis de desempleo habían llevado en ellos la enfermedad moral al grado de agudeza que entraña la más absoluta irresponsabilidad. Los españoles e ingleses que a partir del siglo XVI masacraron o
sojuzgaron a los pueblos de color eran aventureros sin apenas contacto con la vida profunda de su país. Lo mismo ocurre con una parte del imperio francés, constituido por otra parte en un período en que la vitalidad de la tradición francesa estaba debilitada. Quien está desarraigado desarraiga. Quien está arraigado no desarraiga.
Bajo el nombre único de revolución, y a menudo bajo consignas y temas de propaganda idénticos, se ocultan dos concepciones absolutamente opuestas. Una consiste en transformar la sociedad para que los obreros puedan echar raíces; la otra, en extender a toda la sociedad la enfermedad del desarraigo infligida a los obreros. Ni que decir tiene que la segunda operación jamás puede ser un preludio de la primera. Son direcciones opuestas, sin convergencia posible.
La segunda concepción es hoy mucho más frecuente que la primera, tanto entre los militantes como entre la masa de los obreros. Y tiende a serlo cada vez más, a medida que el desarraigo se extiende y sus estragos aumentan. Es fácil comprender que un día u otro el mal pueda llegar a ser irreparable.
Del lado de los conservadores se produce un equívoco análogo. Unos pocos de ellos desean realmente que los obreros vuelvan a echar raíces; sólo que ese deseo va acompañado de imágenes que en su mayor parte, en vez de referirse al futuro, están tomadas de un pasado por otro lado parcialmente ficticio. Los demás desean pura y simplemente mantener o agravar la condición de material humano a que se ha reducido al proletariado.
Así pues, quienes desean realmente el bien, además de ser pocos, se debilitan aún más al dividirse en dos campos hostiles que nada tienen en común.
El hundimiento de Francia, que ha sorprendido a todo el mundo, sólo ha mostrado hasta qué punto estaba desarraigado el país. Un árbol cuyas raíces casi están podridas del todo cae al primer golpe. Si Francia ha dado un espectáculo más penoso que cualquier otro país de Europa es porque la civilización moderna, con sus venenos, se había instalado en Francia mucho antes que en otros lugares, salvo Alemania. Pero en Alemania el desarraigo adoptó una forma agresiva, mientras que en Francia ha tomado la del letargo y el estupor. La diferencia depende de causas más o menos ocultas, algunas de las cuales podría determinarlas una investigación. Inversamente, el país que ha resistido mejor ante la primera oleada de terror alemán es de lejos aquel cuya tradición es la más viva y la mejor preservada: Inglaterra.
En Francia, el desarraigo de la condición proletaria redujo a una gran parte de los obreros a un estado de estupor inerte y arrojó a otra parte de ellos a una actitud de guerra hacia la sociedad. El mismo dinero que había cortado brutalmente las raíces en los medios obreros las había podrido en los ambientes burgueses, pues la riqueza es cosmopolita; el poco afecto al país que podía quedar intacto en ellos se vio superado, sobre todo a partir de 1936, por el miedo y el odio a los obreros. También los campesinos estaban casi desarraigados desde la guerra de 1914, desmoralizados por su papel de carne de cañón, por el dinero, que tenía en sus vidas un papel cada vez mayor, y por los contactos excesivamente frecuentes con la corrupción de las ciudades. La inteligencia, por su parte, estaba casi apagada.
Esta enfermedad general del país adoptó la forma de una especie de sueño que fue lo único que impidió la guerra civil. Francia ha odiado la guerra que amenazaba con impedirle dormir. Medio apaleada por el terrible golpe de mayo y junio de 1940, se arrojó en brazos de Pétain para poder seguir durmiendo en una seguridad ficticia. Después, la opresión enemiga transformó este sueño en una pesadilla tan dolorosa que ahora se agita y espera angustiosamente los auxilios exteriores que la despierten.
Por efecto de la guerra la enfermedad del desarraigo ha alcanzado en toda Europa una intensidad tal que se puede estar legítimamente horrorizado. El único indicador que da alguna esperanza es que el sufrimiento ha devuelto cierta vida a recuerdos casi muertos hasta hace poco, como los de 1789 en Francia.
En cuanto a los países de Oriente —que desde hace siglos, pero sobre todo desde los cincuenta últimos años, padecen la enfermedad del desarraigo que han llevado los blancos—, Japón muestra suficientemente la agudeza que toma en ellos la forma
activa de la enfermedad. Indochina es un ejemplo de la forma pasiva. La India, con una tradición aún viva, está lo bastante contaminada para que los mismos que defienden públicamente la tradición sueñen con establecer en su territorio una nación de tipo occidental y moderno. China es muy misteriosa. Rusia, medio europea y medio oriental, también lo es; pues no se sabe si la energía que la llena de gloria procede, como en el caso de los alemanes, de un desarraigo de tipo activo —cosa que sugeriría la historia de los últimos veinticinco años—, o por el contrario se trata de la vida profunda del pueblo surgida del fondo de los tiempos y mantenida subterráneamente casi intacta.
En cuanto al continente americano, y puesto que su poblamiento está fundado desde hace varios siglos en la inmigración, la influencia dominante que de seguro ejercerá agrava extraordinariamente el peligro.
En esta situación ciertamente desesperada sólo se puede encontrar auxilio en los islotes de pasado conservados vivos sobre la Tierra. No es que haya que aprobar que Mussolini se adorne con el imperio romano e intentar hacer lo mismo con Luis XIV. Las conquistas territoriales no son vida: son muerte desde el momento mismo en que se producen. Lo que hay que preservar con celo en todas partes son las gotas de pasado vivo, indistintamente en París o en Tahití, pues no hay mucho en todo el globo.
Sería vano apartarse del pasado y no pensar más que en el futuro. Es una ilusión peligrosa incluso creer que hay en ello una posibilidad. La oposición entre pasado y futuro es absurda. El futuro no nos aporta nada, no nos da nada; somos nosotros quienes, para construirlo, hemos de dárselo todo, darle nuestra propia vida. Ahora bien: para dar es necesario poseer, y nosotros no tenemos otra vida, otra savia, que los tesoros heredados del pasado y digeridos, asimilados, recreados por nosotros mismos. De todas las necesidades del alma humana, ninguna más vital que el pasado.
El amor por el pasado nada tiene que ver con una orientación política reaccionaria. La revolución, como cualquier actividad humana, toma todo su vigor de una tradición. Marx así lo comprendió cuando, al hacer de la lucha de clases el único principio de explicación histórica, hundió esa tradición en los tiempos más lejanos. A principios de este siglo pocas cosas en Europa estaban más cerca de la Edad Media que el sindicalismo francés, único reflejo entre nosotros del espíritu de los gremios. Los débiles restos de este sindicalismo son las chispas que con más urgencia hay que avivar. Desde hace varios siglos los hombres de raza blanca han destruido el pasado por doquier, estúpida y ciegamente, dentro y fuera de sus países. Si a pesar de ello ha habido en cierto sentido progreso verdadero durante este período no ha sido a causa de tales estragos, sino a pesar de ellos, bajo el impulso del poco pasado conservado vivo.
El pasado destruido no se recupera jamás. La destrucción del pasado quizá sea el mayor de los crímenes. Hoy la conservación de lo poco que queda debería convertirse
casi en una idea fija. Es preciso detener el desarraigo terrible que provocan siempre los métodos coloniales de los europeos, incluso en sus formas menos crueles. Habría que abstenerse, tras la victoria, de castigar al enemigo vencido desarraigándolo aún más; desde el momento en que no es posible ni deseable exterminarlo, agravar su locura sería estar más loco que él. También hay que tener en perspectiva, ante todo, en cualquier innovación política, jurídica o técnica susceptible de repercutir socialmente, un acuerdo que permitiera a los seres humanos recuperar sus raíces.
Ello no supone confinar a los seres humanos. Por el contrario, nunca ha resultado más indispensable la aireación. El arraigo y la multiplicación de los contactos son complementarios. Por ejemplo, si, allí donde la técnica lo permitiera —y con un poco de esfuerzo en esa dirección lo permitiría ampliamente—, los obreros vivieran dispersos y fuese cada uno propietario de una casa, de una parcela de tierra y de una máquina; y si además se resucitara para los jóvenes la Vuelta a Francia[*] de antes, incluso a escala internacional si fuera preciso; si los obreros pudiesen pasar frecuentemente temporadas en el taller de montaje donde las piezas que fabrican ellos se combinan con las de los demás o ayudando a formar a los aprendices; junto con una protección eficaz de los salarios, lo desdichado de la condición proletaria desaparecería.
No se acabará con la condición proletaria a través de medidas jurídicas, sean éstas la nacionalización de las industrias clave, la supresión de la propiedad privada, el reconocimiento de poderes a los sindicatos para la conclusión de convenios colectivos, o con delegados de taller o el control del empleo. Todas las medidas que se propongan, ya lleven la etiqueta revolucionaria o la reformista, son puramente jurídicas, y no es en el plano jurídico donde se sitúan la desdicha de los obreros y el remedio a tal desdicha. Marx lo habría comprendido perfectamente si hubiese tenido la probidad suficiente respecto de su propio pensamiento, pues es una evidencia que se manifiesta en las mejores páginas de El Capital.
No se puede buscar en las reivindicaciones de los obreros el remedio a su desgracia. Pues con el cuerpo y el alma —incluida la imaginación— hundidos en la desdicha, ¿cómo pueden imaginar algo que no lleve inscrita su marca? Si hacen un violento esfuerzo por distanciarse, caen en sueños apocalípticos o buscan compensación en un imperialismo obrero no más encomiable que el imperialismo nacional.
Lo que puede hallarse en sus reivindicaciones es el signo de sus sufrimientos. Ahora bien, todas o casi todas sus reivindicaciones re flejan el dolor del desarraigo. Si reclaman el control del empleo y la nacionalización es porque están obsesionados por el miedo al desarraigo total: el paro. Si desean abolir la propiedad privada es porque están hartos de que se les admita a un puesto de trabajo como inmigrantes a quienes se permite entrar de favor. Ése es también el resorte psicológico de las ocupaciones de fábricas de junio de 1936. Durante varios días experimentaron la alegría pura de sentirse en ellas como en casa; una alegría de niño que no quiere
pensar en el mañana. Y es que nadie podía creer razonablemente que el mañana fuera