4.5 Further analysis
4.5.3 Inter-task operation
La identidad feminista se sitúa bajo la lógica de las identidades sociales puesto que parte de la conciencia de pertenecer y sentirse parte de una categoría social que responde al movimiento del colectivo feminista. Este componente social nos indica que las personas con identidad feminista comparten ideales, valores y comportamientos/acciones con el resto de personas identificadas como tal, y buscan el reconocimiento de las demás personas también identificadas con este colectivo. Esta identidad colectiva feminista se construye, se mantiene y se retroalimenta, primero, por tener una conciencia de reconocerse bajo los marcos interpretativos de ese colectivo; segundo, por conocer los límites del propio colectivo y reconocer la alteridad (qué supone no ser feminista); y tercero, por compartir lazos solidarios e interaccionar con otras personas del mismo grupo. Asimismo, trata de politizar la cotidianeidad a partir de los símbolos y propias acciones que permitirán conectar con las personas del mismo grupo y sus propias vidas (Taylor & Whittier, 1992).
La identidad feminista se lleva a cabo por un proceso muy complejo en el que entran en acción diversos factores que, como es de esperar, afectarán de forma diferente a cada persona. El entramado para llegar a considerarse feminista parece un camino de obstáculos difíciles de superar si no se dispone de un apoyo externo o de una creencia de que el feminismo es algo más de lo que se nos hace creer y por lo que valdría la pena luchar.
Curiosamente he aquí una idea desarrollada por Tajfel (1982) que nos sirve perfectamente para comprender la relación que se establece entre feminismo e identidad. Según el autor, se supone que las personas tienden a escoger y permanecer como miembros de un grupo que contribuya a reforzar positivamente su identidad y autoconcepto. Como nos afirma Deaux, et al. (1995) quizá la primera función de la identidad social es el refuerzo de la autoestima, pues según las teorías de la identidad social, a través de la comparación entre miembros de un
grupo y de otro, se favorece la construcción de la autoestima. Como hemos comentado anteriormente, el feminismo es un colectivo estigmatizado con lo que esta primera premisa propuesta por Tajfel (el escoger grupos que refuercen nuestra autoestima) no bastaría para explicar la identidad social. Pero el autor también tiene una explicación para estas excepciones. Según él, lo más común es que si un grupo no favorece el autoconcepto de una persona, ésta tenderá a abandonar el grupo, siempre que no se cumplan otros requisitos: en primer lugar que este abandono resultase imposible objetivamente. En segundo lugar, porque este abandono entrase en conflicto con aspectos importantes del sistema de valores de la persona que en sí son aspectos que aportan elementos positivos para la identidad de la persona. En estos casos Tajfel presenta dos posibles soluciones:
cambiar la interpretación que uno hace de los atributos del grupo de forma que sus características desagradables (por ej. el status bajo) o bien se justifiquen o bien se hagan aceptables a través de la reinterpretación, o aceptar la situación tal como es y comprometerse en una acción social que cambiaría la situación en el sentido deseado (1982, p. 293),
y añade además “las características de un grupo […] alcanzan su mayor significación cuando se las relaciona con las diferencias que se perciben respecto de otros grupos y con las connotaciones de valor de esas diferencias” (Tajfel, 1982, p. 295). Es decir, esta comparación constante entre las categorizaciones sociales que dividen el ambiente social son las que definirán la significación emocional y valorativa y la conducta social que, en consecuencia, concebirán la pertenencia a ciertos grupos, es decir, la identidad social de la persona.
Cuando una persona se define a si mismo/a en términos de una categoría o grupo de gente similar, la persona utiliza significados compartidos de esa categoría que implica la etiqueta, así como asumiendo elementos de la agenda común para el cambio (Deaux et al., 1999, citado en Zucker, 2004, p. 423).
El hecho de captar estas diferencias de valor que se establecen en las categorizaciones sociales entre los diversos grupos sociales y que desembocan en estos dos mecanismos (reinterpretación y acción social) son indudablemente estrategias que los y las integrantes del movimiento feminista han puesto en marcha desde sus inicios. Los planteamientos de Tajfel (1982) nos permiten comprender por qué las personas con identidad feminista tienden a aceptar la etiqueta pese a estar impregnada de estigmas que irían en contra de afectar positivamente el autoconcepto (función intrínseca de la identidad). Las personas con identidad feminista se comprometen con esta etiqueta porque los ideales que la acompañan son demasiado importantes para el sistema de valores de la personas que muestra la voluntad de adquirir esta identidad. Otro aspecto que aprendemos gracias a Tajfel es que cuando una identidad colectiva está estigmatizada, sus integrantes tienden a organizarse y comprometerse en una acción colectiva que permita modificar la imagen estigmatizada de la identidad que comparten. Según estos preceptos, para el feminismo la acción colectiva no sólo es necesaria para la transformación de la sociedad patriarcal en una más justa, sino que el activismo se entiende como una herramienta para deconstruir el estigma del feminismo en el imaginario colectivo.
Angela McRobbie (2004) señala que en pocos años ha habido un cambio en la relación que establecía la juventud femenina con la identidad feminista. Mientras que en los años noventa el feminismo se observaba a una distancia prudencial (era algo ajeno y desconocido), hoy en día la juventud muestra explícitamente un rechazo hacia el feminismo, pero juega en ello una doble moral. A pesar de que el movimiento se rechaza de forma tácita, existe una clara defensa de la igualdad de género por la juventud (Scharff, 2009). Esta “paradoja” (Ídem, 2009, p. 22) es la que toman como referencia los ya comentados discursos que contienen la frase “no soy feminista pero…”.
También se afirma que un aspecto fundamental en la identificación como feminista sería la generación en la que se ha nacido (Cacace, 2006; Duncan, 2010). Según Duncan (2010)
mientras que las personas nacidas entre 1943 y 1960 se identificaron más fácilmente con el feminismo, las personas nacidas entre 1961 y 1975 no mostraron apertura a asumir la etiqueta feminista pero sí participaron del activismo feminista. El entorno y momento histórico, cultural, económico y social, parece marcar el peso del desarrollo de la identificación feminista. Recientemente publicada, la investigación de Susan Marine y Ruth Lewis (2014) reafirmó la importancia del entorno próximo de la juventud (y la presencia de personas feministas) y su peso en la identificación feminista. Asimismo destacaron cómo el hecho de participar en cursos o eventos de contenido feminista, aumentaba las posibilidades de desarrollar este tipo de identificaciones. Experimentar discriminaciones o presenciarlas es otro elemento que facilita la identificación con el movimiento feminista.
Otro aspecto que dificulta tremendamente la identificación feminista (y que se relaciona directamente con el punto anterior) es el desconocimiento de la no-necesidad de la
incorporación de los códigos simbólico-culturales del feminismo. Según Pollini (1990, citado
en Giménez, 2000) la consecución de la identidad social de un colectivo se basa en dos requisitos. El primero es el sentimiento de lealtad con los valores compartidos por el colectivo16 de pertenencia, el segundo requisito es más importante que el primero (según Pollini), se basa en la "apropiación e interiorización al menos parcial del complejo simbólico- cultural que funge como emblema de la colectividad” (Ídem, p. 50). Este segundo paso, en la identificación como feminista, no tiene por qué darse. Es más, el feminismo, como movimiento no-normativo no impone símbolos ni códigos culturales (algunos de sus principios son hasta contradictorios según en qué perspectiva feminista nos basemos). El creer que es imprescindible incorporar estos símbolos (que como hemos comentado líneas más arriba, están tremendamente estereotipados y están alejados de las realidades de muchas y muchos jóvenes) hace que se haga realmente difícil aceptar la etiqueta feminista. Poniendo un ejemplo, encontraríamos el caso de mujeres jóvenes que estando a favor de los ideales y valores del feminismo (que sería el primer estadio descrito por Pollini), no se sentirían confortables al tener que incorporar en su identidad los atributos estereotipados que creen que el feminismo conlleva. Es decir, quizá no quieran que se las identifique como lesbianas, quizá no quieran tener que comportarse de forma agresiva, quizá no quieran tener que rechazar a los hombres, no quieran dejar de llevar tacones o maquillarse, para poder ser feministas. El feminismo tiene serias dificultades para que la ciudadanía lo llegue a entender como un movimiento que rechaza las etiquetas y las imposiciones. Si el mensaje emancipador del feminismo se conociese, seguramente sería un movimiento mucho más multitudinario. De forma similar encontramos cómo las feministas jóvenes se auto-reprochan no ser “suficientemente buenas feministas” (Marine & Lewis, 2014, p. 20) como si existiese un termómetro feminista que marcase constantemente qué atributos y comportamientos definen una buena feminista. Este hecho se circunscribe como un elemento de presión para la parte de la juventud que acepta la etiqueta, haciendo vivir el feminismo desde una perspectiva no tan abierta y liberadora como se supondría. Las diferentes formas de integrar el feminismo en las propias vidas y vivirlo es un debate que se ha llevado a cabo en diferentes escenarios y despiertan las alarmas de la falsa existencia de este “feministómetro” (Proyecto Kahlo, 2015)17
16 Diferenciamos grupo de colectivo. Mientras el grupo es “un conjunto de individuos en interacción según reglas establecidas” […] “las colectividad serían conjuntos de individuos que, aún en ausencia de toda interacción y contacto próximo, experimentan cierto sentimiento de solidaridad “porque comparten ciertos valores y porque un sentimiento de obligación moral los impulsan a responder como es debida a las expectativas ligadas a ciertos roles sociales” (Merton, 1965, citado en Giménez, 1997, p. 50).
17 La publicación consiste en una entrada de marzo 2015 en el blog: http://www.proyecto-
que marca quién puede o no llamarse feminista. Bajo esta mirada Giménez (2000) defiende que, a pesar de que las identidades colectivas se basen en la similitud de los agentes individuales que conforman un mismo espacio social, en realidad la identidad colectiva – en este caso, la feminista – no debería despersonalizar e uniformizar a todas las personas que lo componen. Él mismo prosigue con sus proposiciones axiomáticas de los movimientos colectivos señalando que identificarse en base a una identidad colectiva no presupone tener una vinculación con un grupo organizado, no siempre requiere una acción colectiva y no debe presuponerse la integración de las representaciones sociales que conforman dicha identidad colectiva (es decir, en el caso del feminismo la asunción de toda la lista de estereotipos que hemos enumerado con anterioridad). La identidad feminista podría entenderse bajo criterios mucho más amplios que aceptasen que el feminismo es un movimiento no-normativo y totalmente diverso en su significado y sus expresiones, pero en el que sus miembros comparten un núcleo de ideales y valores por los que se comprometen a luchar (de diferentes formas).