Séneca, no llegó a sitiarla, desaprovechando así su victoria (cf. Tito Li
vio, XXII 51, 4); sí es cierto, sin embargo, que en los ánimos de los ro manos quedó para siempre grabado el terror que les produjo esta proxi midad peligrosa del general cartaginés: Hannibal ad portas! («¡Aníbal a
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co a las murallas, sino que todas ellas son emociones de es píritus que no quieren emocionarse, tampoco sentimientos, sino principios preliminares de sentimientos. Pues así la trompeta despierta los oídos de un militar ya retirado en tiempos de paz, y el chasquido de las armas pone en pie a los caballos de guerra. Afirman que Alejandro, al cantar Je- nofanto, echó mano a las armas56.
Nada de esto que sacude casualmente el espíritu debe llamarse sentimiento; eso, por así decir, el espíritu lo sufre más que lo causa. Luego el sentimiento no es emocionarse ante las impresiones que nos ofrecen los hechos, sino entre garse a ellas y prolongar esta emoción casual. En efecto, si alguien considera indicios de sentimiento y señales del áni mo la palidez y las lágrimas que caen y la irritación de los humores genitales o un profundo suspiro y unas miradas re pentinamente más penetrantes o algo similar a esto, se equi voca y no comprende que son arranques del cuerpo. Y así también con frecuencia el hombre más esforzado palidece mientras se am a, y al darse la señal de la batalla, le tiem blan un poco las rodillas al soldado más bravio, y al magní fico general le da un vuelco el corazón antes de que una con otra choquen las primeras líneas, y al orador más elocuente, mientras se dispone a hablar, se le quedan yertas las extre midades. La ira no debe sólo ponerse en marcha, sino salir corriendo, pues es un impulso; ahora bien, nunca se da un impulso sin el consentimiento de la mente y, evidentemente,
la puerta!») desde entonces fue frase hecha para indicar la cercanía de una terrible amenaza.
56 C f. Pl u t a r c o, Discurso sobre la fortuna y el valor de Alejandro Magno II 335a, según el cual el cantor se llamaba Antigénides; Séneca, en cambio, lo identifica con Jenofanto, flautista celebérrimo en su épo ca (cf. C . Ca s t i l l o (dir.), Onomasticon Senecanum, Pamplona, 1995, pág. 118).
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no puede pasar que se trate sobre venganzas y castigos sin que lo sepa el espíritu. Alguien se ha considerado ofendido, ha querido vengarse, al instante se ha apaciguado porque lo ha disuadido un motivo cualquiera; no llamo ira a esto, una emoción del espíritu que se pliega a la razón; ira es lo que sobrepasa la razón y la arrastra consigo. Luego la pri mera agitación del ánimo que nos inspira la impresión de un ultraje, no es ira más que la propia impresión del ultraje; el impulso siguiente, que no sólo acepta sino que aprueba la impresión de ultraje, es ira, una excitación del espíritu que se propone la venganza con intención y deliberación. Nunca es dudoso que el temor implica la huida, la ira, el ataque; mira pues si piensas que se puede pretender o evitar algo sin el consentimiento de la mente.
Y para que sepas de qué manera empiezan los senti mientos o crecen o se exaltan, hay una primera emoción in voluntaria, casi un preparativo y en cierto modo un aviso de sentimiento; una segunda, con una voluntad no obstinada, como si fuera natural que me vengue, puesto que he sido ofendido, o fuera natural que éste cumpla su condena, pues to que ha cometido un crimen; la tercera emoción es ya irre frenable, la que no quiere vengarse si es natural, sino en cualquier caso, la que derrota a la razón. El primer impacto del espíritu no podemos esquivarlo mediante la razón, tal como tampoco las reacciones que dijimos que les suceden a los cuerpos, que no nos provoquen los bostezos de otros, que no se nos cierren los ojos ante la repentina aproxima ción de los dedos: eso no lo puede dominar la razón, quizá el hábito y la observación constante lo atenúan. La segunda emoción, que surge deliberadamente, se suprime deliberada mente.
Aún hay que preguntarse si los que se ensañan con la gente y disfrutan con la sangre humana se aíran cuando
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matan a aquéllos de quienes ni han recibido un ultraje ni ellos mismos estiman haberlo recibido, como fueron Apolo- doro57 o Fálaris58. Esto no es ira, es salvajismo, pues no ha ce daño porque ha recibido un ultraje, sino que hasta está dispuesto, con tal de poder hacer daño, a recibirlo, y se le proponen azotes y desgarraduras no para su venganza sino para su placer. ¿Entonces, qué? El origen de esta perversión está en la ira, que, tan pronto como ha caído en el olvido de la clemencia a causa de la práctica constante y del hartazgo, y ha expulsado del espíritu todo vínculo con los hombres, se transforma finalmente en barbarie. Así pues, ríen y disfrutan y gozan con intenso placer y se alejan muchísimo del as pecto de los airados, sañudos con calma. Cuentan que Aní bal dijo, al ver un foso lleno de sangre humana: «¡Qué bello espectáculo!»59. ¡Cuánto más bello le habría parecido si hu biera colmado un río y un lago! ¿Qué hay de extraño si te sientes cautivado sobre todos por este espectáculo, nacido entre la sangre y desde niño hecho a las matanzas? Durante veinte años te acompañará la suerte favorable a tu crueldad y ofrecerá por todas partes a tus ojos un agradable espectá culo: lo verás cerca del Trasimeno y cerca de Caimas y, por
57 Tirano de Casandria (la antigua Potidea, en Macedonia), de la que