ello y a pesar de su producción propia (los Caracteres lo más conocido), siempre quedó a la sombra de su maestro (podría, tal vez, ser el verdade ro autor de algunas de las citas que Séneca atribuye a Aristóteles, cf. n. 14), aunque modernamente ha visto reconocida su originalidad (cf.
Lu s k y, Historia..., págs. 716-719).
23 Las que propugna la doctrina estoica, «austera y viril» (Helvia 12, 4; cf. también Firmeza 1 ,1 ).
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que llorarán tanto por la pérdida de sus padres como por la
5 de sus nueces. Airarse por los suyos no es propio de un es
píritu afectuoso, sino de uno inestable; hermoso y digno es salir, guiado por el propio dolor, como defensor de padres, hijos, amigos, conciudadanos, con decisión, resolución y re flexión, no con arrebato y rabia. Pues ningún sentimiento está más deseoso de vengarse que la ira, y por eso precisa mente es incapaz de vengarse. Desasosegada e insensata, como prácticamente toda ansiedad, se obstaculiza a sí mis ma en aquello que anhela. Así pues, ni en la paz ni en la guerra nunca fue para nada bueno: pues la paz la hace si milar a la guerra, en los hechos de armas ciertamente se ol vida de que Marte es de todos y cae bajo el poder de ortos en tanto no está bajo el suyo propio.
6 Además, no hay que admitir los vicios en la práctica porque a veces algo han conseguido; en efecto, también las fiebres alivian ciertas clases de indisposición y no por eso deja de ser mejor estar del todo libre de ellas: es una clase abominable de remedio el deber la salud a la enfermedad. De manera similar la ira, aunque a veces ha sido provechosa sorprendentemente, como un veneno, una caída, un naufra gio, no por eso ha de juzgarse saludable, pues a menudo han sido funestos para la salud.
13 Además, las cualidades que hay que tener, cuanto más
grandes, tanto más buenas y apetecibles son. Si la justicia es un bien, nadie dirá que ha de ser mejor si se la despoja de algo; si la fortaleza es un bien, nadie deseará que disminuya
2 en parte alguna. Luego también la ira cuanto mayor, tanto
mejor; pues ¿quién rehusará el incremento de algún bien? No obstante, es inútil que ella se acreciente; luego también que exista: no es un bien el que con su aumento se hace un mal. «Es útil», dice, «la ira porque hace más combativos a los hombres.» De esa forma, también la embriaguez, pues
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los hace descarados y atrevidos, y muchos resultaron mejo res con el hieiTo cuando estaban poco sobrios. De esta for ma di también que el frenesí y la demencia son necesarios para las fuerzas, puesto que a menudo el furor las vuelve más vigorosas. ¿Qué? ¿No ha hecho algunas veces el mié- 4
do, contradictoriamente, atrevido a uno, y el temor a la muerte ha animado al combate incluso a los más apáticos? Pero la ira, la embriaguez, el miedo y otras cosas así son in centivos vergonzosos y fugaces, y no proveen de nada al valor, que no necesita nada de los vicios, sino que en cierta forma elevan un poco el espíritu abúlico e indolente. Airán- 5
dose no se hace más esforzado nadie salvo quien sin la ira no habría sido esforzado; así, no viene en socorro del valor, sino en su lugar. ¿Qué hay de que, si la ira fuera un bien, seguiría a los más perfectos? No obstante, los más iracundos son las criaturas y los ancianos y los enfermos, y cualquier inválido es por naturaleza quejoso.
«No puede ser», dice Teofrasto, «que un hombre bueno 14
no se aíre con los malos.» De esa forma, cuanto más bueno, más iracundo será cada cual: mira si, al contrario, no será más pacífico y libre de sentimientos y de tal índole que no tenga odio a nadie. Realmente, ¿qué motivo tiene para odiar 2
a los malhechores, cuando su error los empuja a esos deli tos? Sucede que no es propio del prudente odiar a los que yerran: de otra forma se tendría odio a sí mismo. Que me dite cuántas cosas hace contra las buenas costumbres, cuán tas de las que ha realizado requieren el perdón: al momento se airará también consigo mismo. Pues tampoco un juez im parcial dicta una sentencia para su propia causa y otra para la ajena. No se descubrirá, digo, nadie que pueda absolverse 3
a sí mismo y cada cual se dice inocente mirando al testigo, no a su conciencia. ¡Cuánto más humano, mostrar a los malhechores un ánimo amable y paternal, y no perseguirlos,
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sino redimirlos! Al que yerra por los campos por no conocer la calzada es mejor acercarlo al camino bueno, no alejarlo.
1 5 Así pues, hay que corregir a quien comete una mala ac
ción por medio de advertencias y por medio de la fuerza, con blandura y con aspereza, y hay que hacerlo mejor para sí mismo y para los otros, no sin un correctivo, pero sí sin ira: pues, ¿quién se aíra con aquél al que está curando? Pero supongamos que no pueden corregirse ni se halla en ellos nada sensible ni que permita hacerse buenas esperanzas: que se eliminen del conjunto de los mortales los que van a de gradar lo que tocan y que dejen de ser malvados de la única
2 manera en que pueden, pero esto sin odio. ¿Qué motivo ten
go, pues, para odiar a ése al que hago un grandísimo favor precisamente cuando lo arrebato a él mismo? ¿Acaso al guien odia sus miembros precisamente cuando se los am puta? No es eso ira, sino una curación lamentable. Extermi namos a los perros rabiosos y al buey salvaje e indomable lo matamos, y a las reses enfermas, para que no contagien al rebaño, les clavamos el hierro; hacemos desaparecer los fe tos monstruosos, incluso a los hijos, si han nacido inválidos y malformados, los ahogamos; y no es ira sino razón separar 3 de los sanos a los inútiles24. Nada es menos apropiado que
el que se aíre quien castiga, cuando el castigo es para la en mienda tanto más provechoso si ha sido inspirado por el buen juicio. De ahí viene lo que Sócrates dijo a su esclavo: «Te pegaría si no estuviera airado.» Difirió la reprimenda del esclavo para una ocasión más prudente; en esa ocasión se reprendió a sí mismo. ¿Quién podrá, en fin, tener sosega-
24 Este despiadado racionalismo tenía su reflejo legal estipulado en el