La familia no se preocupaba, y estaba lejos de saber cuáles eran los motivos de aquella milagrosa visi- ta que les estaba cambiando la vida. Pero el abuelo, que era el más interesado por los asuntos políticos del país, no alcanzaba a entender cómo era que los Estados Unidos estaban cambiando sus formas de operar en el continente después de tantos años de maltrato. El abuelo recordaba con desconfianza los esfuerzos de Eisenhower y sentía en ellos una pes- te a mentira. No hacía mucho habían planteado la doctrina del “Buen Vecino”, que hablaba de estre- char los lazos y tener una relación de hermandad entre los pueblos, pero como siempre, esto solo había beneficiado a los Estados Unidos, porque aquí todos seguían siendo igual de pobres. Muchos de los amigos de mi abuelo habían incluso perdido la vida en la caza de comunistas que promovía el gobierno de derecha en ese momento, en alianza con los yan- quis. Así que el abuelo no tenía ni una sola razón para confiar en nada que viniera de los Estados Uni- dos ni de los conservadores, a quienes odió profun- damente toda su vida. Pero le era muy difícil tener la misma sensación con los Kennedy ahora que le estaban dando la posibilidad de tener un hogar. De todas formas el abuelo no era ningún arrodillado y aunque estaba agradecido, no dejaba de pensar qué
conspiración había debajo de tan sospechosa entra- da de los Estados Unidos a los países pobres. Siendo liberal y viéndose tentando por lo que es- taba pasando en el campo, el abuelo sabía que el comunismo había llegado hacía un buen tiempo a Latinoamérica, pero sabía también que al menos Colombia, siendo un país tan godo, no iba a sucum- bir frente a la amenaza comunista. Aun así, en sus partidas de domino y sus largas jornadas de trabajo siempre encontraba un tiempito para hablar con los amigos del panorama nacional, de los Chulavitas que no le daban tregua al país y de los recientes aconte- cimientos mundiales, como la caída de Arbenz (que parecía tan buen presidente), de la revolución Cu- bana y, bien bajito y por dejado de la mesa, sobre comunismo. Sin embargo, había que tener cuidado con lo que se hablaba, más ahora que en el Frente Nacional conservadores y liberales se tiraban la pelota en el gobierno, lo que no permitía saber con exactitud la postura política del país.
El presidente Lleras Camargo, primer presidente del Frente Nacional, era conocido por ser un acérrimo anticomunista y por sus excelentes relaciones inter- nacionales. Desde el inicio de su gobierno se esforzó por generar relaciones con los países vecinos y tam- bién con los que no lo eran tanto. Lleras Camargo creía fielmente en el propósito de erradicar el co-
munismo de América (por ello fue una gran figura para los Estados Unidos), y advirtiendo el peligro que quedaba tras la Revolución Cubana, vio como la salida más eficaz para realizar su objetivo alimentar el crecimiento económico y social, para impedir de esta forma un levantamiento en armas generalizado en el continente Latinoamericano. Por ello apoyó la propuesta del presidente de Brasil Juscelino Ku- bitschek con su “Operación Panamericana”, la cual contemplaba la cooperación económica continen- tal, buscando apoyo económico en Washington para su realización. Desde ese entonces, Lleras Camargo, mantuvo relaciones muy cercanas con el gobierno de los Estados Unidos y fue recibido con gran en- tusiasmo en la Casa Blanca en repetidas ocasiones. Así que él fue el primero en dar la bienvenida con regocijo a la “Alianza para el Progreso”.
Los Kennedy no solo habían convencido a mi abue- lo, que era un rancio y un desconfiado, sino que habían convencido al mundo entero. Su imagen era la representación del progreso mismo, de la familia americana, que abrió las puertas de la Casa Blanca y que aun antes de llegar al poder ya estaban dando de qué hablar. Jackie y John F. Kennedy se casaron mientras este se encontraba en campaña así que, desde el primer momento de su unión, fueron una imagen pública que representaba los valores ameri- canos. Jackie era una mujer culta, siempre dispues-
ta a servir a su esposo y a sus propósitos de llegar a la presidencia, y Kennedy era un mujeriego, sin ningún interés en su hogar que, protegido por su mujer, daba la impresión de ser un buen esposo. Asistían sin falta a la misa dominical y aún en los peores momentos de su relación y del país, nunca faltaron a esa cita.
Su llegada a la Casa Blanca no pasó desapercibi- da, pues desde el primer momento Jackie se en- tregó a la labor de que los americanos sintieran la casa del gobierno como su propio hogar, y en reit- eradas ocasiones habló de la Casa Blanca como la Casa del pueblo. Incluso, el 14 de febrero de 1962, con la casa renovada, la primera dama de los Es- tados Unidos hizo un recorrido que permitió, por primera vez, dar a conocer a las personas del común, las instalaciones del lugar que había en- cubado la historia de sus presidentes y que aho- ra dejaba de ser un misterio. Por fin los america- nos sabían cómo vivía un primer mandatario. Mientras tanto su esposo, aquel hombre alto, de ojos claros y pelo castaño, que conquisto el corazón de los americanos, llegó a la Casa Blanca con la firme con- vicción de mejorar las condiciones de su país y las relaciones con Latinoamérica. Para lograr este obje- tivo el programa “Nueva Frontera” fue su bandera. Dicho programa buscaba la recuperación económi-
ca de su país y nuevas alianzas con los países del tercer mundo que permitieran, no solo mejorar su relación con los Estados Unidos y generar un pro- grama integral de desarrollo en esta región, sino mantener su país a salvo del comunismo.
El 13 de Marzo de 1961 el discurso de Kennedy, que sería replicado en todos los países del continente latinoamericano salvo en Cuba, fue expuesto en la Casa Blanca ante funcionarios y miembros del con- greso de los Estados Unidos y el cuerpo diplomático de Latinoamérica. Los pueblos de América Latina era uno de los puntos más importantes en su agen- da; su libertad y el reconocimiento de sus esfuer- zos fueron temas que quiso resaltar, a diferencia de las administraciones que lo habían precedido. . Su discurso era una invitación a la solidaridad, a unir esfuerzos para lograr objetivos comunes en el crec- imiento económico y social de estos países, y había un fuerte énfasis en la importancia de derrotar unidos, y como la gran América que había soñado Bolívar, al enemigo común: el comunismo, e invitó a Cuba a volver a los senderos de los hombres li- bres, quienes la recibirían con los brazos abiertos. Kennedy planteaba la posibilidad de terminar con la pobreza, con la ignorancia y el desempleo, y a la vez, satisfacer las necesidades de tierras, salud, edu- cación y techo. Detener el descontento que estaba creciendo, y que ponía sobre la mesa la posibilidad
de un levantamiento de los países latinoamericanos en contra de su país, era uno de sus principales ob- jetivos. Así se presentó la Alianza para el Progreso, como la profecía del desarrollo y la estabilidad de los países latinoamericanos, que a cambio de ello solo debían cumplir con una condición: desterrar el comunismo de su casa y olvidar que Cuba pert- enecía a su región.
El proyecto estaba planteado para realizarse en un lapso de diez años, durante este tiempo los Es- tados Unidos se encargarían de los recursos para alcanzar las metas planteadas. Cada país debía for- mular un Plan de Desarrollo de largo alcance con las prioridades, metas y necesidades de cada país. Para asegurarse de que dichos planes fueran via- bles y tener un control directo sobre ellos, se con- tó con la intervención del Consejo Interamerica- no Económico y Social, la Comisión Económica para la América Latina y el Banco Interamerica- no de Desarrollo, que reunirían a los principales economistas y expertos del hemisferio. La Alianza para el Progreso estaba en marcha y al igual que los Kennedy, parecía la respuesta a las carencias que había tenido el mundo antes de su llegada.
La familia Kennedy era una postal, la imagen idílica que responde al porqué del sueño americano, pero además de ello eran una posibilidad: por primera vez en mucho tiempo las personas sentían que las necesidades de los americanos eran las necesidades de toda la esfera terrestre. Estados Unidos abría las puertas a los marginados y les hacía sentir par- te de su gran familia. Ya no se trataba de América y América Latina, sino de la Gran América como casa de todos. Su figura permitió reforzar, de mane- ra indirecta, el imaginario de Norteamérica como el padre de los pueblos, siempre dispuesto a entregarse para ver al continente crecer.
El legado de los Kennedy en los países latinoamer- icanos se vio en la inversión en la cultura y en la economía. Pero yo me atrevería a decir que si por algo son recordados, es por haberles dado la posibi- lidad a las clases populares de tener una casa propia para construir en ella un hogar, tal como los recu- erdan los habitantes de la localidad de Kennedy. Es cierto que las casas que se construyeron con la ban- dera de la Alianza para el Progreso fueron pensadas para reproducir el modo de vida americano, pero no contaban con la mano de la gente. Estas personas iban a revertir el ideal yanqui de volver a las casas una masa gris de estructuras exactamente iguales (en donde viven familias nucleares y perfectas, que cenan a la misma hora al calor de la televisión),
por un colorido popurrí de imaginería popular en donde la gente trabaja de sol a sol y nada es en lo absoluto perfecto. En efecto, nuestras familias nun- ca fueron, y probablemente nunca serán como los Kennedy, quienes habitaron por un breve periodo la Casa Blanca, sin llegar nunca a tenerla como ho- gar. Jackie Kennedy sabía que para tener una gran casa esta debía contener una historia, y trató de que esa historia hablara de la grandeza del pueblo americano y de la corta gestión de su marido, pero no pudo hacer que esa casa, donde se condensaba la tradición del poder político de su país, fuera su hogar.
El 22 de diciembre de 1963 el presidente Kennedy fue asesinado, y con él las esperanzas de que la Alianza para el Progreso fuera una realidad palpable en su totalidad. A los pocos días de su muerte, el barrio Ciudad Techo cambió su nombre en homenaje al que sus pobladores consideraban un gran presiden- te. Fue así cómo desde entonces el gran proyecto de vivienda popular, construido a pulso por la comu- nidad, empezaría a ser conocido como la localidad de Kennedy. Muchos lamentaron la muerte de John F. Kennedy y lloraron al recordar aquel día en que le pudieron ver de lejos, algunos incluso pudieron tocarle la mano. El hombre alto y de ojos claros que venía del otro lado del mundo, acompañado por una mujer solemne, que un español pueril y un tan-
to enredado, saludaron al pueblo latinoamericano haciéndoles sentir que las puertas de un mundo que hasta ese momento les había sido vedado, estaban abiertas, se despedían como una promesa que se quedaba a la mitad.