La tradición menciona como primer filósofo a Tales de Mileto, otro de los siete sabios de Grecia, quien en largos viajes aprendió mucho y reunió abundante material para reflexionar. Estuvo en Egipto7 y debió enseñar en Sardes los fundamentos de la sabiduría
babilónica, pues, con gran sorpresa de sus conciudadanos, predijo un eclipse de sol que tuvo lugar en 585 antes de Cristo.
En filosofía, como en otros estudios, los griegos demostraron un talento admirable para asimilar los conocimientos de otros pueblos y reelaborarlos de manera personal y fecunda. Como dice Nietzsche, comprendieron el arte "de tomar la jabalina en el punto en que otros pueblos la dejaron y lanzarla más lejos".
Respecto al problema sobre el elemento original, Tales llegó a la conclusión que "el agua es el origen de todo”. Según Aristóteles, basaba tal hipótesis en el hecho que las plantas y los animales necesitan humedad: el calor de la vida tenía que nacer, pues, de aquélla.
Es posible sacar de esta máxima de Tales más conclusiones que las que puede creerse a primera vista. Ver una unidad en la diversidad e inestabilidad del mundo suponía por entonces un gran progreso. En filosofía pura, Tales llegó a esta teoría: todo lo visible, cuando se contempla más de cerca, toma un aspecto diferente del que manifiesta a los ojos del profano, fundamentando así la metafísica, ciencia de la causa de todos los fenómenos de la Tierra en cuanto "todos".
Con los griegos aparece por primera vez en la historia de la humanidad la necesidad de explicar el mundo y sus fenómenos por la razón. Para los pueblos orientales, el pensador—"el que sabe"—era un hombre iniciado en los misterios divinos: sacerdote y profeta, adivino y 7Según se ha dicho, enseñó a sus maestros a medir la altura de las pirámides valiéndose de la sombra que proyectaban. En efecto, hizo observar a los egipcios que cuando la sombra de un hombre es tan larga como éste, la sombra de una pirámide es también de igual longitud que la pirámide.
exorcista. Ver en el "pensador" un hombre cuyo poder reside sólo en la propia capacidad intelectual era conducir a la humanidad por nuevos derroteros.
Tales de Mileto.
Tales hacía del agua el elemento original. En cambio, otro filósofo jónico, Anaxímenes, veía en el aire el origen de todo cuanto existe. Cuando éste se concentra, se forman nubes de donde cae la lluvia. Concluía, pues, afirmando que, al concentrarse más, nacen las materias sólidas, como la tierra y las piedras. Por un proceso reflexivo, llegó a la conclusión que toda materia puede aumentar o disminuir y presentarse en forma sólida, líquida o gaseosa; es decir, que puede cambiar de modo de agregación, como diría la ciencia actual. Pero podemos preguntarnos: cuando Anaxímenes emplea el vocablo que nosotros traducimos por aire, ¿no pensaría en algo más abstracto? Quizás entendía con ello un "alma del mundo" que lo penetra y da vida a todo. Por otra parte, dice que "nuestra alma es también aire". Parece, pues, que confundió alma con aliento, el aire expirado y aspirado, y concibió el aire como el aliento del mundo. Los pueblos de la Antigüedad no distinguían tan categóricamente como nosotros, lo corporal de lo espiritual.
Las teorías de otro conciudadano, discípulo y amigo de Tales, Anaximandro, son aún más notables y es muy difícil interpretar las escasas máximas que de él se han conservado. Anaximandro llega más lejos que su maestro en la búsqueda del elemento original y no le satisface considerar el agua como origen de todo el universo, pues para convertir el agua del estado sólido al líquido, es preciso calentarla, lo mismo que para pasarla del estado líquido al gaseoso. Había, pues, dos principios fundamentales: frío y calor. Anaximandro hacía surgir a ambos de la "separación" de una materia original existente en los diferentes tipos de materia, y expresaba ese algo original con una palabra que sólo puede ser traducida por infinito o lo sin forma ni límites. De ahí nacen las cosas por un proceso de división y todas ellas retornan al elemento primario para desaparecer en él. La desaparición de las cosas es su castigo por estar separadas del "todo". En su transformación y desaparición, y en el círculo sin fin del nacimiento y de la muerte, Anaximandro veía la obra de una ley más poderosa que la naturaleza. Al mismo tiempo, esa ley le parecía un orden que sé extiende a todo y castiga al individuo por su hybris, por el orgullo que expresa el mismo hecho de su individualidad. "Todo cuanto existe merece desaparecer", podría haber dicho con el Mefistófeles de Fausto. Sólo una existencia no diferenciada en este elemento primero, infinito, donde radica toda la fuerza, merecía, según Anaximandro, ser llamada "divina". Desde el punto de vista científico, la doctrina de Anaximandro resulta interesante, pues algunas de sus ideas recuerdan la moderna teoría de la evolución; sin embargo, los detalles de su exposición llegan a desconcertarnos.
Anaximandro de Mileto.
Otra figura notable entre los antiguos fue Heráclito de Éfeso, a quien deberíamos conocer mejor que a otros filósofos jónicos por haberse conservado una parte considerable de su obra filosófica. Pero su pensamiento es tan profundo y su estilo tan hermético, a menudo paradójico, que en la Antigüedad ya se le llamaba "el oscuro”. Diógenes Laercio, el biógrafo de los filósofos griegos, cuenta que se expresaba dibujando fórmulas enigmáticas para que sólo los iniciados pudiesen comprenderle y despreciaba profundamente a la multitud. Comparaba el ideal de ésta al de los bueyes y afirmaba que individuos tan bajos no pueden comprender en realidad nada. "Para el hombre con alma de bárbaro, los ojos y los oídos sólo son meros instrumentos."
El desprecio de Heráclito hacia su prójimo nacía de experiencias personales. Ello se comprende cuando juzgaba a sus conciudadanos: "Lo mejor que podrían hacer los adultos de
Éfeso es ahorcarse y dejar el gobierno a los jóvenes". ¿Por qué este despectivo consejo? Los efesios habían expulsado a un amigo de Heráclito, razonando que "entre nosotros, nadie debe ser mejor que los demás. Si existe alguno, que vaya a vivir a otro lugar y entre otros hombres". Heráclito, a quien se le ofreció la realeza, no quiso reinar sobre un pueblo así, cedió el trono a su hermano menor y fue a curar su herido orgullo a la soledad de la naturaleza, "en las montañas, donde se alimentó de hierbas y plantas"; así nos lo refiere la tradición. Murió después de redactar su doctrina en un rollo de papiro que depositó en el templo efesio de Artemisa, al comienzo de las guerras médicas.
En algún aspecto de sus teorías, Heráclito se acerca a Anaximandro. Ambos se preocuparon de la mutación de lo terrestre y de la desaparición de las cosas. Todo pasa, reza el axioma de Heráclito. Nada permanece sobre la Tierra, sólo lo inestable y mudable.
Para Heráclito, el símbolo del cambio eterno de las cosas era el fuego, el más mudable de los elementos y más inconstante que el agua y el aire, el elemento que nunca reposa. El fuego da vida a todas las cosas y el calor corporal es la expresión del alma, como para Anaxímenes lo era el aliento. Pero el fuego que da la vida es también el elemento que consume todas las cosas. "Todo —decía Heráclito— se cambia en fuego y el fuego se cambia en todo, como el oro se trueca por la mercancía y la mercancía por el oro."
Heráclito descubrió en las incesantes variaciones del mundo leyes prefijadas, una de ellas constante: la oposición de contrarios. Sin oposición, ninguna vida es posible. "Sin hambre no hay saciedad; sin fatiga, no hay reposo; sin enfermedad, no hay curación. Si no hubiera injusticia, no habría justicia." Y resumía así la significación de esta lucha continua entre contrarios: "La guerra es el padre de todo, el rey de todas las cosas".
Todo cambia y todo es relativo. "Comparado con un hombre, es feo el mono más hermoso. Pero el hombre más hermoso y más sabio, comparado con Dios, parece un mono." Heráclito atribuía las leyes que rigen los diversos fenómenos al hecho que el fuego, alma del mundo, es también "una inteligencia eterna y ordenadora". Anaximandro expresaba igual pensamiento al hablar de una ley natural, omnipotente, una ley que lo abarca todo y también castiga al individuo por haberse separado del conjunto.
Heráclito, aristócrata e intelectual, despreciaba a los dioses tal como los representaba el pueblo. El creador de aquella mitología, Homero, "merecería ser proscrito de las bibliotecas y ser apaleado", decía: "Rogar a los ídolos es como hablar a la pared".
Heráclito de Éfeso.