Todos los "Estados urbanos" de Grecia experimentaron la misma evolución: pasaron de la monarquía a la aristocracia y, a través de la tiranía, alcanzaron al fin una democracia cada vez más radical. El paso por estas distintas etapas fue casi obligatorio. Los reyes y los tiranos fueron excelentes administradores, pero las oleadas revolucionarias se sucedían con tanta precisión que hacían pensar en un ciclo natural. El embate de las revoluciones y de las reformas va del este al oeste y surge de las colonias jónicas; no obstante, sabemos muy poco de los efectos que produjo en la misma Jonia.
Los investigadores se sorprendieron con agrado cuando en la isla de Quío, al oeste de Esmirna, fue descubierta una piedra con algunos fragmentos de leyes de la isla que datan, sin duda, del año 600 antes de Cristo. Esta piedra había sido utilizada para la construcción de un muro a lo largo de una carretera real. Faltaba, por desgracia, parte de la cara inferior, pero pudo interpretarse que la inscripción concernía a las "leyes del pueblo". El texto habla del derecho de apelar ante el Consejo del pueblo, formado por cincuenta personas de cada tribu o distrito electoral y habilitado para zanjar los litigios jurídicos. Este consejo se parecía al Consejo de los Cuatrocientos, elegidos por el pueblo, que Solón había instituido en Atenas y que desempeñó progresivamente el papel del antiguo Areópago. Este descubrimiento nos permite, pues, seguir el movimiento popular democrático en esa colonia jónica.
El movimiento democrático quedó limitado a los países del mundo griego, en donde la civilización era más avanzada; sobre todo en las regiones que mantenían un comercio marítimo muy activo, como Ática, Corinto, otras ciudades portuarias y las colonias del Asia Menor y Sicilia. En los Estados donde el auge del comercio y de la industria había creado una clase media próspera, compuesta de artesanos, industriales y mercaderes, el descontento social ofreció a los tiranos el poder que ostentaba la nobleza y, bajo la dirección de esa clase media, el pueblo emprendió la lucha contra la aristocracia.
Los extravíos de la aristocracia proporcionaron un arma a los descontentos. Cuando una clase social, cualquiera que sea, detenta el poder, coloca sus interese económicos y sociales por encima del interés general. Todas las clases sociales muestran siempre el mismo egoísmo. La nobleza de la Hélade era una excepción a la regla. Cometía los más flagrantes abusos de autoridad en el terreno de la justicia, detentada por la nobleza y ejercida por el Consejo; la arbitrariedad y la corrupción eran moneda corriente. La nobleza minaba de esa forma sus propias posiciones. La nueva clase media sacó provecho del descontento de las masas y, ya en un Estado, ya en otro, el pueblo (demos, en griego) supo, mediante la rebelión o con amenazas de rebelión, arrancar el poder a la nobleza para transformar el país en una república de- mocrática.
La revolución podo evitarse algunas veces, aunque provisionalmente, con reformas sociales como las que los atenienses pidieron a Solón. Pero en general, el camino de la democracia pasó por la tiranía. El tirano respetaba, en lo posible, las formas republicanas,
contentándose con nombrar a sus familiares y partidarios para los cargos más importantes, trataba de ganarse las simpatías populares con grandes obras públicas, sobre todo con la construcción de teatros, y llevando a cabo acciones bélicas gloriosas para él y para el país.
La tiranía tuvo una indudable influencia, a menudo saludable, en el desenvolvimiento económico e intelectual de Grecia. Hizo desaparecer las viejas concepciones sociales, liberó a los humildes de la secular opresión y otorgó a todos los ciudadanos igualdad de derechos ante la ley. El Estado consideraba entonces como deber suyo, no sólo proteger a los ciudadanos, sino también velar por su bienestar material. Se construyeron caminos, canales y acueductos; los grandes autócratas echaron las; bases de la grandeza futura de Atenas, Corinto y Siracusa, por no citar más que los ejemplos más salientes. Los artistas y poetas fueron siempre bien recibidos en las cortes de los tiranos.
Periandro de Corinto, tirano de Corinto y uno de los 7 sabios de Grecia. Roma, Museo Vaticano
La voz tirano ha sido tornada del griego y se le ha ido dando un sentido cada vez más peyorativo, sentido que el término griego no tenía en verdad. El tirano griego podía ser un jefe excelente, como acabamos de ver; sin embargo, la tradición nos recuerda también a tiranos que no desmintieron la acepción actual del término. Así por ejemplo, Polícrates, que
conquistó el poder en la isla de Samos hacia 530, fue después hecho prisionero por un sátrapa persa y murió crucificado. Afirmaba que se daba más satisfacción a los amigos devolviéndoles lo que se les había robado, que respetándoles sus bienes. A mediados del siglo VI vivió en Acragas (Agrigento) en la costa meridional de Sicilia, un gobernante llamado Falaris que para mantener su autoridad se valía sólo de la violencia. Solía quemar vivos a todos sus adversarios en una estatua de bronce en forma de toro. Incluso uno tan simpático como Periandro de Corinto que se contaba entre los siete sabios de Grecia, llegó a ser, al final, mezquino y déspota. Cuando el tirano de Mileto le preguntó cuál era la mejor manera de reinar, Periandro condujo al embajador milesio a un campo de trigo; no dijo palabra, pero tuvo un gesto muy elocuente: cogió el bastón y golpeó cada espiga que levantaba la cabeza por encima de las demás. Dionisio de Siracusa contribuyó mucho al desarrollo de su ciudad, pero cometió una violencia tras otra. Un día, a un cortesano llamado Damocles que loaba el poder y la felicidad del gobernante le respondió: "¡Vas a experimentar por ti mismo lo agradable que es ser tirano!" Mandó vestir a Damocles con vestidos lujosísimos y le sentó a su lado ante un espléndido festín, pero colgó encima de la cabeza de Damocles una afiladísima espada que pendía de una crin de caballo.
Los tiranos contribuyeron a la evolución de Grecia, pusieron fin a las luchas sociales y el pueblo pudo dedicar todas sus energías a una existencia mejor. Así, se mejoró la posición económica de los estratos inferiores y la situación social en general. Pero la tiranía nunca logró ser una estructura política perdurable, porque sólo los hombres eminentes y superdotados pueden ejercer un poder tan amplio. Y tales hombres la naturaleza no las prodiga, ni siquiera en Grecia.
Lógicamente, la aristocracia era la más favorecida con la caída de los tiranos. Pero borrar las huellas de su paso y retornar a las antiguas estructuras aristocráticas le fue imposible. En general, el derrocamiento de los tiranos instituyó y reforzó la democracia. Ése fue el caso de Atenas, por ejemplo. Así se consolidó, en las regiones vitales del mundo helenístico, este régimen político, considerado por los contemporáneos y los historiadores futuros ya como el mayor bien, ya como el mayor mal de la sociedad. Pero una cosa es cierta: sólo con la democracia el ciudadano se convierte en el centro de la sociedad.
Estas ideas de igualdad social fueron en parte las que incitaron a la mayoría de los griegos a luchar contra los persas. Lucha que debía decidir si la evolución futura de Europa iba a colocarse bajo el signo de la esclavitud oriental o de la libertad griega. Porque eran dos mundos los que se enfrentaban con mentalidad muy distinta, por no decir opuesta: la pasividad masiva de los pueblos de Oriente, con su resignación fatalista, abrumados por una religiosidad implacable y empujados como una grey sin idealismo a la conquista de remotos territorios para mayor honor y gloria de sus autocráticos soberanos; por otra parte, las polis o pequeños estados helénicos, integrados por hombres libres, de acción individual o colectiva estimulante, henchidos de patriotismo —local, aunque capaz de colaboración común—, que luchaban por sus hogares y amaban la acción creadora. Enamorados de su cultura y de su modo de ser y de vivir, con un concepto deportivo de la existencia y un afán estético que les hacía embellecer la vida y la muerte.
Ésta fue la espectacular y decisiva confrontación entre Asia y Europa, la primera importante de la historia y de incalculables consecuencias. No fue una guerra más en la interminable lista de conflictos armados que nos ofrece la narración de la aventura humana en la Tierra, sino una lucha única y especial, que adquiere la categoría de símbolo.
La comarca ateniense, por su situación excéntrica y la pobreza de su suelo rocoso, quedó libre, en sus orígenes, de invasiones y codicias extranjeras, y por ello sus habitantes se tenían por autóctonos. Se le daba el nombre de "Akté" (península). Naturalmente fortificados en la Acrópolis, pudieron, con el tiempo, imponer su dominio a todo el Ática.
Destruida en 480 antes de Cristo por los persas de Jerjes, fue reconstruida y embellecida poco después por Temístocles y Pericles. El primitivo puerto de El Pireo fue luego ampliado y completado. Temístocles hizo construir desde la ciudad a sus puertos los "muros largos", triple muralla defensiva no sólo contra otra posible invasión persa, sino también temiendo una probable y futura ofensiva espartana, que al fin se produjo. La primera medida adoptada por los espartanos al ocupar la ciudad, fue destruir estas murallas.
Durante la administración de Pericles, el Acrópolis —corazón y cerebro de Atenas— vivió su mejor época. Los edificios del Partenón, los Propileos, la Pinacoteca, el teatro de Dionisos al pie de los muros de Cimón, y otros monumentos, han constituido inmortales maravillas de arte clásico, admiradas por igual en tiempos antiguos y modernos.