5.5 DATA COLLECTION TECHNIQUES AND INSTRUMENTATION
5.5.1 Interviews
Del análisis de los hechos podemos concluir que la configuración de un Estado
integrador, en el Líbano ha chocado siempre con la presencia de intereses particulares, ya
sean éstos los de las comunidades, los de los patrones, o los de otros grupos, como
demostró el golpe de diciembre de1961, cuando el levantamiento de los militares pro-
sirios tuvo lugar en uno de los escasos periodos en los que se hizo un intento de planificar
y estructurar un modelo nacional, la presidencia Chehab.
Fuad Chehab organizó un cuerpo de tecnócratas, que buscando la modernización
intentaban al mismo tiempo poner freno al capitalismo salvaje, dando a conocer una
realidad que no se quería admitir: la gran disparidad y desigualdad entre las distintas
regiones del país. Un informe de un equipo francés de la IRFED (Instituto de
investigación y formación en vistas al desarrollo en el Líbano) puso de manifiesto el
aumento de las desigualdades en el país que lo situaban entre los primeros del mundo: un
4% de la población acaparaba el 33% de la renta nacional, mientras que la mitad de esa
población se dividía el 18%. Se denunciaba la carencia de infraestructuras -carreteras,
electricidad, agua potable, escuelas, equipamiento hospitalarios, en las regiones aisladas
de la capital, donde las familias eran particularmente pobres, destacando un Líbano sur
donde la renta de las familias era cinco veces inferior a la de Beirut, unas áreas donde el
factor confesional juega en contra porque son mayoritariamente musulmanas132.
132
Pero a nivel político, si bien el fin era establecer un proyecto unitario, un
compromiso que englobara y controlará las distintas fuerzas, lo cierto es que se trató de
un aplicación rigurosa de los principios del Pacto Nacional, permitiendo el acceso al
sistema burocrático a un importante número de miembros de las comunidades sunní y
chií, pero en ningún momento se puso en tela de juicio la distribución tradicional del
poder político. Tampoco evitó el enfrentamiento con los patronos del sistema, los grandes
electores cristianos y musulmanes como Pierre Gemayel, Camille Chamun, Raymon
Eddé, Kamel Asad, Kamal Yumblat, quienes toleraron sus reformas económicas y
sociales hasta que vieron amenazada su “democracia” por un dominio de tipo militar-
burocrático, cuyo lado negativo de control coercitivo quedaba representado por el
Segundo Buró, la policia secreta militar.
El chehabismo fue un intento de reforma que no produjo las necesarias y
profundas transformaciones políticas, porque a pesar de haber dado un cierto grado de
autonomía al Estado, acabó por reafirmar al patrón tradicional como modelo de poder y
terminó por poner, a ese mismo Estado, en las manos de la oligarquía comercial y
financiera, a la que había tratado de controlar. Acabado este periodo, el aparato del
Estado, la administración y el sistema parlamentario son minados por un desarrollo
desenfrenado del clientelismo que hizo del Presidente de la República, Suleiman
Frangieh, elegido en 1970, el mayor de los patrones, el “patrón de patrones”, triunfo sin
duda del sistema clientelístico tradicional maronita.
Dominado por la comunidad maronita, el Estado deja de representar a la unidad
nacional. Las otras comunidades, sobre todo la sunní, se revelan contra este monopolio en
nombre de la mucharaka, la “participación”. Es en esta pugna de poderes, donde hay que
entender el apoyo a la resistencia palestina (la cual, sin embargo, está formada por gentes
Tomada como ejemplo, la presidencia de Chehab constituye uno de los momentos
más próximos al establecimiento de una idea nacional, y sin embargo nos permite
establecer cómo uno de los problemas permanentes del Líbano es la incapacidad del
sistema político y de su sociedad para gestionar una forma de autoridad que unifique los
múltiples intereses en el interés nacional.
El Estado edificado sobre unas bases débiles por naturaleza, y fundamentado sobre
el comunitarismo como criterio para definir las alineaciones según solidaridades grupales,
religiosas o regionales, y casi nunca políticas, careció además de una fuerza coercitiva
realmente funcional. Todas estas ausencias hacen que sean otros poderes y autoridades
alternativas las que cumplan con las tareas que ese mismo Estado no puede realizar,
perdiendo así toda oportunidad de legitimar su soberanía.
La consecuencia es que se reproduce constantemente un enfrentamiento entre las
distintas fuentes de poder -el poder del gobierno central y el poder de los zuama-. Un
enfrentamiento que debilita al sistema político, ya que la ausencia de partidos políticos
fuertes deja libre el acceso a los puestos de decisión y autoridad a los líderes comunitarios,
pero además es un enfrentamiento que, al ser permanente, incide en la elaboración de una
cultura política que se construye y reconstruye, una y otra vez, sobre el modelo
comunitario, y por tanto se ve fragmentada en múltiples divisiones verticales que han
acabado por traducirse en intolerancia religiosa.
En unas circunstancias como éstas, las viejas formas de distribución del poder se
actualizan bajo las formas de instituciones modernizadas, que permiten entre otras cosas
que ocupen puestos de decisión hombres que, en condiciones normales de actuación de las
instituciones, nunca hubieran accedido a ellos133. El papel de lo comunitario se une al de
reagrupamientos, factores que ponen en peligro la cohesión de las comunidades más
numerosas y diversifican, por contra, un panorama político trazado mediante elementos
más o menos ficticios como la representatividad popular o el sistema de partidos.
Los zuama no tienen problemas en imponer sus intereses particulares en el seno de
un sistema tradicional de poder, en el que la lucha por el liderazgo dentro de las distintas
comunidades, o facciones, se convierte en un problema esencial de la política interior. La
sociedad que encuadra este faccionalismo es una sociedad dividida social y políticamente
en dos grandes fuerzas igualadas -cristianos y musulmanes-, que no pueden llegar a un
consenso respecto a los problemas fundamentales y que presentan en cada caso
subdivisiones sectarias, que incorporan nuevos matices y opciones políticas contrapuestas.
Es en este contexto de dispersión de fuerzas en el que es prácticamente imposible
establecer un control unitario por parte de un Estado134.
La debilidad probada del Estado para establecer un modelo de participación
político integrador, se manifiesta de nuevo frente al problema palestino. Un Estado como
el libanés, que no es capaz de ejercer el principio weberiano del monopolio de la fuerza
(tal y como lo demuestra el pobre, y a veces dudoso, papel jugado por el ejército), se ve
fuertemente frenado frente al ascenso de los y de lo palestino. La respuesta ante este
problema la dan entonces los poderes locales, que dejan ver en ello su personalidad
propia.
En un medio deformado y polarizado, el Estado se conforma sólo como una
realidad nominal, mientras que el poder real se desplaza a la calle, donde la capacidad de
los distintos protagonistas para satisfacer las necesidades sociales básicas: seguridad -
133
Es el caso del greco-católico Henri Pharaon, cuya influencia en Beirut le permite acceder a un marco político, a pesar de que en esta ciudad no existe asiento parlamentario para su comunidad.
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física, económica o cultural-, identidad y reconocimiento, son los criterios usados para
ascender en la escala jerárquica y hegemónica social. Esto hace que las alianzas políticas
en el Líbano se caractericen por un fuerte componente personalista. Y en último término,
son esos protagonistas los que fragmentarán la autoridad, y los que llevarán al país del
enfrentamiento de poderes al enfrentamiento armado.
La naturaleza de esos protagonismos es variada, junto a los notables tradicionales
se hallan líderes y formaciones surgidas a partir de las nuevas elites dirigentes, pero
también estructuras como los partidos políticos, con amplia proyección regional.
La razón de esta proliferación de fuerzas está, una vez más, en la consideración del
confesionalismo como marca identificativa del sistema político libanés. Durante la
presidencia de Chehab, vuelven a ser las comunidades las que se benefician de la
redistribución de funciones. El clientelismo permanece, ya que la ausencia de una base
política propia del régimen le obliga a usar a los patrones como fuerza intermediaria entre
el Estado y la sociedad135.