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An introduction to the ITPSL markup

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6.4 An introduction to the ITPSL markup

Si debemos estudiarnos y conocernos a nosotros mismos, debemos hacerlo como se estudia cualquier máquina compleja: hay que conocer sus piezas, la manera como engranan, la energía que las anima, y cómo esta energía pone en movimiento la maquina: hay que conocer también las condiciones de su trabajo correcto y las causas de su trabajo incorrecto.

Entre las piezas de nuestra máquina, se destacan los centros eserales o cerebros y las funciones que los expresan en la vida.

Según la manera de enfocar la estructura del hombre que hemos considerado como la más real y la más útil para nuestra investigación, la máquina humana completa está compuesta de siete formaciones de este orden. Cuatro de ellas aseguran el funcionamiento corriente, nuestra participación elemental en la vida; las otras tres, además de esta participación, constituyen más especialmente el soporte de la individualidad propiamente dicha.

Las cuatro formaciones ordinarias, aquellas que aseguran nuestra vida corriente, comprenden: 1. La intelectualidad, que tiene como función la ideación y el pensamiento.

2. La afectividad, que tiene como función las emociones y los sentimientos.

3. La motricidad, que tiene como función el movimiento en el espacio, todo el trabajo externo del organismo.

4. La instintividad, que tiene como función el mantenimiento automático de la vida orgánica: todo el trabajo interno del organismo.

Una quinta formación participa, por una parte, en nuestra vida ordinaria (es éste el único de sus aspectos habitualmente reconocido), y por la otra, en la elaboración de la individualidad verdadera. Se trata de la sexualidad, función del principio masculino o femenino, en todas sus manifestaciones cuya finalidad es la participación en la "creación": creación relativa al nivel sobre el cual funciona el sexo.

Otras dos formaciones existen además en el hombre, pero no tenemos casi ningún contacto con ellas; el hombre ordinario no las conoce; aparecen únicamente en los estados superiores de presencia, y el lenguaje ordinario no tiene palabras paradlas. Sólo son conocidas en las "escuelas":

—una es el centro (y la función) emocional superior que está ligado al estado de presencia de sí. Con esta presencia de un yo superior permanente, formando una individualidad estable dotada de las facultades correspondientes de conciencia de sí, de atención y de voluntad, aparecen los sentimientos reales: un sentimiento de sí verdadero y los sentimientos de orden superior que están asociados con él;

—la otra es el centro (y la función) intelectual superior: se manifiesta a través del pensar objetivo. Está ligado al estado de presencia eseral, universal, dotada de conciencia objetiva y de sentimientos eserales, de los cuales el hombre ordinario no tiene la menor idea.

El hombre ordinario, en efecto, no "posee" estos estados de conciencia superior y no podemos estudiarlos verdaderamente ni experimentarlos. Sabemos de su existencia de una manera indirecta, por quienes los han alcanzado. En nuestro estado ordinario, sólo tenemos, en ciertas circunstancias, vislumbres

de conciencia de sí: ellos son un contacto relámpago con nuestro centro emocional superior; pero sin un trabajo especial, no comprendemos su sentido.

Existe también, enterrado en el fondo de nosotros mismos y generalmente asfixiado por el desarrollo de la personalidad, un acercamiento intuitivo a lo que podrían ser estos dos estados, bajo la Centros y funciones forma de los impulsos de "conciencia moral" para el primero de estos estados, y lo que se puede llamar "intuición intelectual" para el segundo.

En las doctrinas y escritos religiosos o filosóficos, se encuentra múltiples estudios o alusiones concernientes a estos estados de conciencia superior y a las funciones superiores que están ligadas con ellos. Estas alusiones resultan para nosotros tanto más difíciles de comprender, puesto que no sabemos distinguir entre los dos estados. Lo que se suele llamar éxtasis, samadhi, conciencia cósmica, iluminación, etc. puede referirse ya al uno, ya al otro: unas veces a experiencias de conciencia de sí, otras a experiencias de conciencia objetiva. Paradójicamente, es sobre el estado de conciencia objetiva, el estado más elevado, del cual está totalmente desligado, que el hombre recibe generalmente mayor información. Esto se debe en parte al hecho de que el hombre se imagina conocer ya y poseer el estado intermedio, el de conciencia de sí; y pese a que el estado de conciencia objetiva no puede ser alcanzado sino a través de y con posterioridad al de conciencia de sí, el hombre se desinteresa casi siempre de este último. De esta manera, ninguna evolución le es posible: la cultura intelectual y racional, por amplia que sea, no puede por sí sola conducir al estado de conciencia objetiva ni al gran conocimiento; la evolución normal del hombre sólo es posible si pasa por el estado de conciencia de sí.

Las cuatro primeras funciones bastan para asegurar nuestra vida ordinaria, la cual se divide en tres estados: tres estados de presencia, cada uno con su nivel de conciencia por el cual se los distingue habitualmente; son los tres niveles de vida que nos son dados naturalmente: el sueño, el estado de vigilia y los vislumbres de conciencia de sí (que por cierto no constituyen todavía un estado propiamente dicho).

Cada una de nuestras cuatro funciones puede manifestarse en cada uno de nuestros tres estados, pero de manera completamente diferente. Cuando dormimos, sus manifestaciones son incoherentes, sin fundamento aparente; se manifiestan automáticamente y se nos escapan casi por completo. A lo sumo, podemos sacar de ellas informaciones fragmentarias acerca de nosotros mismos; en todo caso, nos es imposible hacerlas servir a fines útiles.

En nuestro estado de conciencia de vigilia, que es un estado de conciencia relativa, donde se establece un vínculo más o menos coherente entre el intelecto y cada una de las otras funciones, tenemos ya cierto poder sobre ellas: su funcionamiento puede ser supervisado, sus resultados pueden ser comparados, verificados, rectificados con cierta aproximación y aunque ellas pueden crear todavía en nosotros numerosas ilusiones, pueden, en cierta medida, servir para nuestra orientación. Sólo contamos con ellas y por fuerza tenemos que hacer con ellas lo que podamos. Si supiéramos la cantidad de observaciones incompletas y falsas, de falsas teorías, de falsas deducciones y conclusiones que nos aportan, dejaríamos de creer por completo en lo que ellas representan y en lo que somos por causa de ellas. Pero los hombres tal como son, no pueden ver cuan engañosas son sus observaciones, sus creencias y sus teorías. Siguen creyendo en ellas y creyendo en "sí mismos".

Es esto, precisamente, lo que les impide dar todo su sentido a los escasos momentos en los que su tercer estado de conciencia, el estado de conciencia de sí, toma, por destellos, el mando de sus funciones, lo que les deja en general una impresión de vida inolvidable.

Todo esto significa que conciencia y funciones están en relación estrecha con los estados de presencia; sin embargo, son piezas diferentes de nuestra máquina. Nuestras diversas funciones pueden manifestarse en todo momento, y la calidad de sus manifestaciones, al igual que la de sus relaciones recíprocas, cambia según los estados o niveles de presencia en los que ellas se manifiestan. En último término, las funciones pueden existir sin la presencia, y la presencia puede existir sin las funciones: ejemplos de esta primera situación pueden ser descubiertos en nosotros mismos, desde ahora, mediante una observación honesta. En cuanto a la segunda situación, un hombre no puede conocer nada mientras no se haya desarrollado previamente en él un estado suficientemente fuerte de presencia de sí mismo.

En efecto, las funciones son la expresión de los centros en la vida, su manifestación; su conjunto da su carácter propio a cada naturaleza humana. Las funciones resultan para nosotros más fácilmente accesibles que los centros, y el estudio de sí no puede comenzar sino por ellas: son nuestra manera de aparecer en la vida y por este mismo hecho podemos observarlas.

Los centros, por el contrario, son mucho más "secretos", situados al fondo mismo del ser, pertenecen a nuestra esencia, y sus rasgos particulares caracterizan nuestra individualidad propiamente dicha; pero nada es más difícil de ver: de hecho, pertenecen al dominio del inconsciente.

Cada centro en realidad impregna todo el cuerpo: penetra, por así decir, nuestro organismo entero. Y al mismo tiempo, cada centro posee su centro de gravedad. Estos centros de gravedad o cerebros, conforman en nosotros otras tantas localizaciones "eserales" distintas e independientes. Son estas localizaciones las que administran el potencial de fuerza vital, inicialmente indiferenciada, puesto a disposición de cada ser en el momento de su nacimiento, o asimilado por él en el curso de su crecimiento y su vida.

Los centros son tantos como las funciones que los manifiestan: es decir, en el hombre son siete. Pero, para un primer estudio, nos son mucho menos accesibles que nuestras funciones. No sólo permanecemos desconectados de nuestros dos centros superiores, de los cuales no podemos conocer nada de manera inmediata, sino que no conocemos casi nada del centro sexual, aparte del nivel orgánico de su funcionamiento.

Finalmente, en el hombre ordinario, los centros instintivo y motor (aquellos del trabajo interno y del trabajo externo de la máquina) están estrechamente unidos y, además, unidos al nivel orgánico del centro sexual con el cual forman un todo funcionalmente equilibrado. Así que una aproximación suficiente permite, sin desnaturalizar nada en el hombre, considerarlo como un ser que vive según tres modos: orgánico, afectivo e intelectual, y dotado de tres cerebros que en él funcionan en tres niveles diferentes.

Es esta estructura tricerebral la que, contrariamente a aquella de los seres bicerebrales o unicerebrales, abre para cada hombre la posibilidad de una relación con las tres fuerzas creadoras fundamentales del universo y, como consecuencia, la posibilidad de una evolución autónoma.

Podemos preguntarnos lo que son esas "localizaciones eserales independientes", o cerebros. Esas formaciones no son, por cierto, funcionalmente independientes, pues estando conectadas entre sí, nada de lo

que concierne a una de ellas es indiferente para las otras dos.

El cerebro que sirve de soporte principal para las transformaciones (recepción, concentración y realización) de la primera fuerza fundamental (fuerza afirmativa o positiva o activa) es el del nivel intelectual y se encuentra situado en la cabeza.

El cerebro que sirve de soporte principal para las transformaciones de la segunda fuerza fundamental (fuerza negativa o receptiva o pasiva) es el del nivel orgánico y se encuentra situado en la columna vertebral o más exactamente en el sistema nervioso central.

En cuanto al cerebro que sirve de soporte principal para las transformaciones de la tercera fuerza fundamental (fuerza conciliadora o neutralizante o fuerza de relación) está dividido en cierto número de partes cuya localización difiere según sus funcionamientos específicos, pero estrechamente conectadas entre ellas, de manera que funcionan como un todo; las más importantes forman el plexo solar y su conjunto se aproxima a lo que conocemos con el nombre de sistema neuro-vegetativo o sistema neuro-hormonal, del cual depende el estado afectivo o emocional del hombre.

La energía vital primordial, que penetra en el hombre a través de sus alimentos, se separa en él para ser asimilada en sus componentes fundamentales: activo, negativo y conciliador. Si las condiciones de vida del hombre fueran normales, estos constituyentes se repartirían entre los tres niveles correspondientes: orgánico, emocional superior e intelectual superior para constituir en él las tres fuentes de una entidad plenamente desarrollada.

Pero a consecuencia de sus condiciones de vida anormales y, en particular, debido a la ausencia de conexión directa de los centros entre sí y a la ausencia de conexión del nivel orgánico con los centros superiores, el hombre ordinario actual sólo vive, por así decir, en su nivel orgánico, con un vago reflejo de lo que podría ser su vida afectiva e intelectual verdaderas. A consecuencia de la falta de una presencia global real, sólo la parte orgánica del hombre, el cuerpo planetario (con sus niveles físico, emocional y mental) es capaz de recibir para sí y a fin de participar en la elaboración de una individualidad, la parte que le corresponde: ésta es asimilada por el centro orgánico, el centro instintivo y el nivel inferior del centro sexual. El resto, que corresponde principalmente a la fuerza afirmativa y a la fuerza conciliadora, queda perdido para el hombre mientras no efectúe un esfuerzo especial de presencia que le permita en cierta medida recibirlo y asimilarlo a fin de que entre en la elaboración de los dos cuerpos superiores, sin los cuales su individualidad no podría alcanzar el pleno desarrollo. (Esto se emparenta con la "alquimia" del primero y del segundo choque conscientes que Gurdjieff detalla en su libro y en el de Ouspensky).

La vida del hombre ordinario actual, mantenida por sus cuatro centros y funciones inferiores, continúa siendo puramente de orden planetario y no ofrece esperanza alguna de llevarlo más allá. El hombre sigue siendo de hecho un animal superior mientras sus posibilidades de otro orden permanezcan sin desarrollar: el único punto que lo hace diferente es la existencia en él de esas posibilidades y esto solamente en la medida en que el retardo de su desarrollo todavía no las haya atrofiado en cierta medida.

Los centros utilizan una energía que proviene, más o menos indirectamente, de la fuerza vital universal, y que está en relación con la calidad de "sustancia" de la cual están hechos, o también, se podría decir, de acuerdo con su frecuencia de vibración.

Pero los centros no están conectados directamente con esta fuente de energía: ella les es aportada a partir de las diferentes clases de "alimento" o de elementos que penetran en el organismo. Esas penetraciones, de sustancialidad y calidad diferentes, no son directamente utilizables, pero pueden ser absorbidas gracias a un trabajo de asimilación especial de cada una de ellas, y de este modo ' participan, en el individuo, en el mantenimiento y la construcción de las "sustancias" correspondientes; el resto atraviesa el organismo sin ser retenido por él y es así rechazado. Según las ideas aportadas por Gurdjieff, esos "alimentos" son de tres clases: los alimentos propiamente dichos, la atmósfera que respiramos (de la cual el aire no es más que el elemento más concreto) y las impresiones que recibimos. En cuanto a la parte que corresponde al nivel natural del desarrollo del hombre, la asimilación de estos elementos se hace por sí sola, según los mecanismos constitutivos del organismo; pero otra parte considerable de esos mismos elementos también se vuelve asimilable cuando los soportes sustanciales correspondientes y los modos de "nutrición" que les conciernen han sido desarrollados por el trabajo sobre sí.

Tales consideraciones pueden parecemos a primera vista sorprendentes. Sin embargo, si estamos atentos, podemos reconocer que tenemos en nosotros premoniciones que bastarían para incitarnos a un estudio más profundo sobre las fuentes de nuestra energía vital y las condiciones de refinamiento de las cualidades de nuestra vida. Por ejemplo, bien sabemos que una alimentación pesada y grosera no favorece la calidad de nuestro trabajo ni la sutileza de nuestras percepciones psíquicas; también sabemos que el ambiente en el que vivimos y la delicadeza, hasta el refinamiento del medio, son un factor importante del desarrollo, en nosotros, de las cualidades de comprensión correspondientes; finalmente, las relaciones humanas que establecemos y las influencias que aceptamos o rechazamos juegan un papel importante en las posibilidades de nuestra evolución interior. Así que el estudio de las condiciones en las cuales los diferentes alimentos pueden ser recibidos y asimilados se vuelve, para todo hombre que desee trabajar en su propia transformación, una necesidad "vital"; es una de las condiciones de su evolución.

Pero la energía específica de la cual cada uno de los centros dispone en un momento dado, por ejemplo para un trabajo que le es requerido, no es inagotable: es solamente la reserva que él ha logrado acumular. De esta reserva de energía y de la manera como ella es utilizada, Gurdjieff, según el relato de Ouspensky, nos da una imagen vivida. Según esta descripción, todo ocurre como si existieran, en la máquina humana, al lado de cada centro, dos pequeños acumuladores de la energía funcional específica que él usa. Esos pequeños acumuladores están ligados entre sí y con el centro correspondiente. Existe además en el organismo un gran acumulador de energía vital, vinculada con el ser, al cual está ligado cada uno de los pequeños acumuladores; ese gran acumulador es, por así decir, la reserva central de energía no específica, que él diferencia según las necesidades (a condición de que él mismo sea correctamente alimentado) en energías propias de cada centro.

Cuando un centro está trabajando —centro intelectual, afectivo, motor o instintivo— extrae la energía necesaria de uno de los dos pequeños acumuladores. Si ese trabajo debe prolongarse, la energía de ese acumulador termina por agotarse: el trabajo se hace más lento hasta volverse imposible. En ese momento una interrupción, un breve reposo, a veces un choque exterior, o un esfuerzo diferente permite la conexión con el segundo de los pequeños acumuladores: el trabajo recomienza con una energía y posibilidades nuevas,

y durante ese tiempo, el primer acumulador se recarga. Si el trabajo se prolonga todavía, el segundo acumulador, a su vez, se agota: una nueva pausa, o un nuevo choque exterior y se restablece la conexión con el primer acumulador.

Así que todo depende de la intensidad del trabajo y del ritmo del consumo de energía. Si éste está bien medido y adaptado al ritmo de la recarga desde el acumulador central, el trabajo recomienza con las mismas posibilidades. Si por razones diversas, la importancia y el ritmo del consumo exceden al de la recarga, la nueva conexión se hace antes de que ésta haya sido completada y la reserva de energía se agota más rápidamente. De exceso en exceso, uno y otro acumulador terminan por no suministrar más nada, y el trabajo ya no puede continuar. El hombre se siente realmente cansado y normalmente el trabajo debe detenerse.

Sin embargo, si existe una necesidad imperiosa y si el hombre se siente profundamente comprometido con tal trabajo, él puede todavía superar ese cansancio y encontrar una energía nueva: esto significa que el centro está ahora en conexión directa con el gran acumulador. La energía contenida en éste es enorme, y conectado con él un hombre es capaz de realizar esfuerzos en apariencia sobrehumanos. Sin embargo, si la demanda de energía es muy grande, más rápida y mayor que la recarga suministrada por los alimentos, el aire y las impresiones, también el gran acumulador se agota y el organismo muere. Pero esto es excepcional: para que un organismo muera de agotamiento, hacen falta condiciones especiales. Mucho antes del peligro real, el organismo reacciona y por diversos medios deja de funcionar: el hombre se desmaya o cae dormido o desarrolla una enfermedad cualquiera que lo obliga a detenerse.

Los pequeños acumuladores no tienen una reserva de energía muy grande. Son suficientes para la demanda cotidiana y el trabajo ordinario de la vida. Pero para toda empresa importante, y especialmente para el trabajo sobre sí, para el crecimiento interior y para los esfuerzos exigidos a todo hombre que emprende una vía de evolución, la energía de esos pequeños acumuladores no basta. El hombre que emprende una búsqueda de este orden debe pues aprender a tomar la energía directamente del gran acumulador y a establecer, cada vez que sea necesario, la conexión directa entre cualquiera de sus centros y este acumulador; mientras no sea capaz de ello, fracasa en estos intentos y "se duerme" antes de que sus esfuerzos hayan podido dar el menor