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ITPSL process execution statements

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6.7 ITPSL process execution statements

Kircher editó en Roma, entre 1650 y 1654, un estudio en cuatro volúmenes en el que proponía unas traducciones de los jeroglíficos; su ingenio y sus intuiciones, a menudo muy agudas, no le permitieron, sin embargo, descifrar ni un solo signo de manera correcta. El punto de partida del trabajo de Champollion fue la piedra conocida bajo el nombre de piedra de Roseta, cubierta con tres tipos de escritura: catorce líneas de jeroglíficos egipcios, treinta y dos líneas de escritura demótica y cincuenta y cuatro líneas de escritura griega. A Champollion no sólo se le ocurrió comparar la escritura comprensible (la griega) con la que no lo era(la egipcia) sino que trató, además, de encontrar un eje seguro de correspondencia entre ambos textos: el eje fueron los nombres propios de Ptolemaus y de Cleopatra que se podían distinguir en el texto jeroglífico ya que estaban aislados en forma de tarjetas.

Ptolomaus Cleopatra

Este método le permitió establecer las primeras correspondencias entre los signos egipcios y los fonemas. Tras un largo trabajo de desciframiento de los textos escritos sobre los monumentos de Denderah, de Tebas, de Esne, de Edfrón, de Ambas y de Filae, Champollion pudo establecer la complejidad del sistema escritirral egipcio, el cual no era sólo fonético. En su libro Precis du système

hiéroglyphique des anciens Egyptiens (1824), Champollion distingue tres tipos de escritura: la escritura jeroglífica; la escritura hierática, «verdadera taquigrafía, escribe el autor, de los jeroglíficos que es la de los papiros no jeroglíficos encontrados sobre las momias»; y, por fin, la escritura demótica o epistolográfica que es «la de la inscripción intermediaria de Roseta», diferente de la verdadera escritura jeroglífica.

Según Champollion, el alfabeto de los caracteres fonéticos es «la clave de la escritura jeroglífica»; «ese alfabeto es el resultado de una serie de nombres propios fonéticos, grabados sobre los monumentos de Egipto durante un intervalo de cerca de cinco siglos, y en diversos lugares de la zona... Por lo que la escritura fonética se estuvo usando en todas las clases de la nación egipcia y, durante mucho tiempo, lo emplearon como auxiliar obligado de los tres métodos jeroglíficos».

Los antiguos egipcios distinguían los sonidos y se encaminaban hacia una escritura fonética. No obstante, sus «signos» no llegaron a constituir un alfabeto. Se utilizaban de tres maneras diferentes:

1. El signo designa la palabra y el concepto al mismo tiempo: se le llama entonces «signo-palabra» o logograma.

2. El signo es sólo vehículo de los sonidos; se le llama, pues,

fonograma y sirve para escribir no sólo el nombre de su modelo, sino también las consonantes que forman aquel nombre. De este modo, pĕrí significa «casa» en antiguo egipcio. Como fonograma, el signo de casa sirve para transcribir todas las palabras cuyas consonantes son p, r e i.

3. Finalmente, la imagen puede evocar una noción sin relacionarse con una palabra concreta y sin ser pronunciable; se le llama un

determinativo. En tanto que determinativo, el signo «casa» no se pronuncia, pero sí se añade a las palabras que designan edificios. El

determinativo desempeña un papel distintivo: evita la confusión entre palabras que tengan las mismas consonantes, relacionándolas con unas clases concretas.

Como imágenes, esos signos son estilizados: reproducen el contorno general o un detalle esencial. Por otra parte, al ser parte de un dibujo mural o sepulcral, tales imágenes corresponden al ángulo de enfoque del dibujante —algunos están hechos de frente, otros de perfil, vistos desde arriba o de lado.

Aun siendo relativamente estable, la escritura egipcia ha sufrido unas modificaciones, sobre todo durante la época grecorromana, simplificándose y diversificándose. Por lo general se observa una fonetización de los signos antiguos que adquieren un valor fonético, básicamente el valor de la primera consonante que anteriormente notificaban.

Todas estas observaciones se refieren a la jeroglífica, escritura monumental que Champollion distinguía ya de la cursiva cuya más antigua muestra es la escritura hierática. Esta interviene cuando los escribas trasladan la escritura monumental al papel, esquematizando los signos y reduciendo los detalles. Las modificaciones principales son el alargamiento y la reducción del signo-palabra, la introducción de elementos diacríticos exteriores a los signos, la aparición de ligaduras. Se obtiene de esta manera un trazado rápido, casi ininterrumpido, que se efectúa siempre de derechas a izquierdas.

Hacia el siglo VII antes de nuestra era, aparece una segunda variante

de escritura cursiva: la demótica, destinada en principio a la administración; recibió el nombre de escritura «popular», demótica. Se

convirtió rápidamente en una escritura de uso común pues varios textos literarios o religiosos fueron escritos en demótico (el Libro de los

Muertos, por ejemplo).

¿Cómo pudieron desaparecer todas estas escrituras egipcias, tan elaboradas y tan apropiadas a las diversas necesidades sociales? La pregunta suscita numerosos comentarios e hipótesis. La sustitución de la religión egipcia por el cristianismo podría ser una de las razones del declive de la casta de los escribas-sacerdotes y, por consiguiente, de su discurso y de su escritura jeroglífica. Razones directamente relacionadas con el desarrollo y las reglas mismas de esta escritura tuvieron, sin duda, un papel no menos importante en cuanto a su desaparición. La escritura demótica se conserva hasta el siglo V antes

de nuestra era. Puesto que estaba reservada a la administración, las razones de su eliminación no fueron, pues, de orden religioso. Hoy suponemos que la fonetización de esta escritura la hizo demasiado difícil e ineficiente, comparada con el alfabeto griego cuya sencillez seducía ya a los egipcios.

La escritura egipcia, hoy en día, sigue siendo el monumento que hay que descifrar, para quien quiera conocer al antiguo Egipto. Lleva consigo el testimonio de una concepción de la lengua en la que el concepto y el sonido, el significante y el significado, hacían cuerpo, al estar como fundidos con la inscripción-reproducción estilizada de lo real. En ese funcionamiento de los logogramas, la unidad lingüística no se distinguía de la unidad conceptual y parecía objetivar un único cuerpo. Por otra parte, los fonogramas egipcios prueban que, como lo escribe R. Weil, «la noción de sílaba está completamente ausente». La vocal no se transcribe: el egipcio marca sólo el «esqueleto» de las palabras, el «esqueleto consonantico» según Cohen, como si la red vocálica de una palabra fuera tan estilizada como su dibujo, reducida a su armazón, a sus elementos diferenciales más marcados: las consonantes. Dentro de su vocalismo, el egipcio sigue escribiendo, es decir, eligiendo y sistematizando. Por último, el uso de determinativos que no se pronuncian indica un proceso de sistematización lógica de los signos lingüísticos en distintas categorías, un esbozo de razonamiento gramatical.

El papel de la voz parece reducido en la escritura egipcia, pues la voz cuenta menos que las relaciones trazadas y lógicas. De ello se puede deducir que tal escritura se constituía más como una reflexión sobre los modos de significar que como un sistema de transcripción del vocalismo (como lo será la escritura fonética). Por todo lo cual, la

escritura era, en Egipcio, en un sentido, distinta del verbo, del intercambio vocal, y entonces social, por lo que tenía que desaparecer de forma obligatoria en cuanto cambiaran las condiciones económicas: en cuanto el intercambio (la sociedad comercial) se instaló como principio dominante, junto con la civilización griega, invadiendo la cuenca mediterránea.

3.

La civilización mesopotámica: Sumerios y

acadios

La civilización mesopotámica elaboró la escritura llamada

cuneiforme en base a la cual podemos reconstruir, hoy en día, algunos aspectos de su concepción del funcionamiento del lenguaje. Los sumerios y los acadios, pobladores del antiguo Oriente Próximo, recurrían a una escritura que representa a grupos de cuñas. Estaba grabada en tabletas de barro cuya materia tuvo, sin duda, influencia sobre la forma de los signos. Se contaban unos 550 signos de los que se empleaban de 250 a 300 de manera corriente. Algunos de estos signos funcionaban como unos logogramas; otros tenían un valor fonético que representaba bien una vocal (a, e, i, u), bien una sílaba bilítera (ab,

ur, ba, ru), bien una sílaba trilítera (sul, dir).

De ahí se explica la existencia de varios polífonos (ya que cada signo tenía algunos valores fonéticos: el mismo signo marca «agua» y «brazo») y de varios homófonos (se cuenta 17 signos que se leen si). Para paliar tal confusión, se añadía unos signos mudos que desempeñaban el papel de determinativos (clasificaban los signos en categorías para romper la ambigüedad) y de complementos fonéticos (que señalaban el principio y el final de la palabra). El sistema sufrió una honda evolución que le hizo pasar de la ideografía al alfabetismo. En una primera fase, los signos eran meramente ideográficos; más tarde, varias nociones (o palabras) se representaron con el mismo signo-logograma: empezó la homofonía; finalmente, se introdujo unos signos gramaticales que representaban un sufijo o un infijo. De este modo, el signo de pluralidad o de dualidad se unió al logograma para indicar el plural o el dual, sin ser pronunciado.

El sumerio era una lengua viva del IVº al IIº milenio antes de nuestra era. Persistió como lengua secreta de los acadios. Ello originó un bilingüismo sumero-acadio que conllevó un verdadero estudio

científico del sumerio. Se hicieron, a tal efecto, unos silabarios y léxicos que dan fe de los fundamentos de una sistematización del lenguaje. Existieron varios libros de esta clase, parecidos a los diccionarios actuales. Es así como, desde 2600 antes de nuestra era, se encuentran semejantes repertorios lexicográficos llamados «ciencia de las listas» —gráficos-diagramas de sueldos, de repartos, etc.—, que son al mismo tiempo unas enumeraciones y clasificaciones de los signos

polisemánticos (el signo de la «boca», por ejemplo, es idéntico al de «diente», «palabra», «hablar», «gritar») y de las representaciones

complejas (un huevo junto a un pájaro significa «parir»). Los signos están clasificados en función del número de sus rasgos: signos con 1, 2, 3n rasgos horizontales, con 1, 2, 3n rasgos verticales, con 1, 2, 3n rasgos oblicuos. Es interesante señalar que estos catálogos constituyen unas clases en las que están agrupadas, por ejemplo, todas las palabras que contienen el mismo sema (rasgo mínimo de significación): kus (de cuero), za (de piedra), bur (jarrones); o bien todas las palabras derivadas de un mismo signo: rata, pez, etc. Tales clasificaciones se refieren únicamente a los substantivos y no recogen adjetivos o verbos. En base a este principio se hicieron diccionarios bilingües y se ha encontrado incluso un léxico cuadrilingüe en la biblioteca de Rap’anu.

La escritura y la ciencia lingüística (filología y lexicografía) mesopotámicas se desarrollaban de manera conjunta: la praxis de la escritura requería, para los escribientes, una verdadera ciencia. No solamente suponía un perfecto conocimiento de los procedimientos de inscripción, sino también una sistematización de la lengua en categorías semánticas, a su vez categorías de todo el cosmos y de todo el universo social: catalogar la lengua equivalía a catalogar lo real. Pero el uso de la escritura tenía igualmente una aplicación mágica y religiosa; ahora bien, lejos de ser útil únicamente a los sacerdotes, la escritura desempeñaba un papel económico y social perfectamente laico. No disminuyó por ello el respeto y la veneración en quienes se mantenía la escritura y para con los que la manejaban: «Quien se destaque en la ciencia de la escritura, brillará como el sol», escribió un escribiente. El escribiente era sumamente apreciado en la sociedad sumeria; algunos escribientes se convertían en altos dignatarios del gobierno. Cual Anam, rey de Uruc, quien fue primero archivero y que acababa su nombre con el título híbrido de «escritor-perador». Los acadios compartían esta estima hacia la escritura que ellos atribuían a las ciencias más secretas: «He aprendido —dice Asurbanipal— lo que el sabio Adapa ha aportado a los hombres, los valiosos conocimientos

ocultos de toda la ciencia escrita; he sido iniciado a los [libros de] presagios del cielo y de la tierra a los cuales me he entregado en compañía de los sabios; soy capaz de hablar de lecomancia; resuelvo las liosas divisiones y multiplicaciones que detienen al entendimiento. He conseguido leer el ingenioso sumerio y el oscuro acadio, difícil de comprender. Soy capaz de descifrar, palabra por palabra, unas piedras inscritas antes del diluvio que son herméticas, sordas y embrolladas».

Se inventó esta tan loada escritura hacia 3500 antes de nuestra era y su procedimiento fue utilizado hasta la era cristiana, convirtiéndose en un grafismo internacional que emplearon todos los pueblos del Asia Menor; se la adoptó para transcribir lenguas tales como el hitita, el hurita, el uratreo, el persa, el elamita, etc.

La escritura cuneiforme procede del pictograma. Los primeros signos reproducen sobre unos monumentos los objetos en la vertical y se leían en columnas de derechas a izquierdas. Cuando se comenzó a escribir sobre unas paletas de barro, la escritura —observa Cohen en

La Grande Invention de l’écriture (1958)— se volvió parcialmente horizontal y se leía de izquierdas a derechas. «Los objetos representados ya no están en su posición natural (por ejemplo: pierna, tarro, vegetal tumbados): se debe a que, a partir de entonces, ya no se trataba de signos-cosas, sino de signos-palabras o incluso de fonogramas (signos-palabras trasladados o signos-partes de palabras).»

La evolución de este sistema hacia lo fonético durante el período acadio prueba que estaba empezando a formarse la conciencia de una alfabetización del lenguaje: de una distinción de fonemas en la cadena hablada. Al contrario de la escritura egipcia, la escritura cuneiforme marcaba las vocales a, e, i, u aunque también sistematizaba las sílabas:

mu, ma. mi; ku, ka, ki; ur, ar, ir. Por lo cual, ya existía una distinción entre vocales y consonantes. Antes, incluso, de la contribución acadia que algunos consideran como un hecho decisivo para la fonetización de la escritura cuneiforme, la escritura sumeria antigua era fonográfica en cierta medida, según Cohen, puesto que empleaba «el jeroglífico de transferencia». Así gi(n), «ser estable» se escribe con el signo del «junco» que se lee gi. Cuando los acadios hallaron una escritura que no correspondía a su lengua, la utilizaron para que indicara ya no unas entidades-palabras, nociones, objetos, etcétera, sino unos sonidos. Para los sumerios «agua» se escribe y se lee a. El acadio toma el signo como a sin relacionarlo ya con «agua» ya que «agua» se dice mu en acadio. El valor del signo se ha desprendido de su materialidad: de lo

real que él marca y del grafismo que lo marca. Se separó al significante del significado y tal separación conllevó a su vez una separación significante/grafismo: el signo sumerio «agua» —a fue sustituido en acadio por en cuneiforme que se lee a pero cuyo sentido ya no tiene nada que ver con el agua. Esta hipótesis explica el paso a una escritura fonética y, en parte, alfabética, debido a un proceso de mentalización y de rotura de la íntima relación referente-significante- significado, propio del pictograma y del ideograma.

No obstante, la escritura cuneiforme compleja no se convirtió nunca en una escritura alfabética y, a pesar de su aparente pesadez, no se la dejó nunca de lado para aprovechar unos sistemas escritúrales alfabéticos que las poblaciones de las provincias acadias conocían, tales como el alfabeto de los cananeos (siglo XIV antes de nuestra era).

El conocimiento del funcionamiento de la lengua que hallamos en los diccionarios mesopotámicos, por una parte, y en la escritura cuneiforme, por otra, se encamina ya hacia una abstracción que extrae la cadena significante de su arraigo en una cosmogonía real y la articula como un objeto autónomo de dependencias internas (tales como los mareajes de los diferentes fonemas de la escritura o las clasificaciones lexicográficas de los diccionarios), si bien esto queda implícito en las praxis escritúrales y filológicas. De manera explícita, la teoría del lenguaje de los acadios es mítica y religiosa: la escritura, de la misma forma que la ciencia, las artes, la construcción de ciudades y de templos, la enseña un hombre-anfibio, Oannés o Oés, quien, antes de volver al agua, dejó un libro acerca del origen del mundo y de la civilización. Un texto de Sardanápalo atribuye el origen de la escritura al dios Nabón, hijo del gran dios Marduk y de la diosa Tasmetu.

4.

China: la escritura como ciencia

El funcionamiento de la lengua china está tan estrechamente ligado a la escritura china y, a su vez, el habla es tan distinta de ésta que, aunque la lingüística moderna insista en separar el habla de la escritura, se podría difícilmente comprender lo uno sin lo otro. Se trata, en efecto, de un ejemplo único en la historia en que, por lo general, fonetismo y escritura forman dos registros independientes, surgiendo la lengua en el cruce de ambos. De tal manera que el conocimiento del lenguaje en China es un conocimiento de la escritura:

casi no hay una lingüística china en cuanto que reflexión acerca del habla; existen teorías sobre los emblemas gráficos y clasificaciones de esos emblemas.

El sistema fónico chino tiene una complejidad muy peculiar. En el chino actual, cada sílaba puede ser pronunciada con cuatro tonos (ocho tonos en la lengua arcaica) que modifican su valor. La lengua es monosilábica y, en ella, abundan los homófonos: por ejemplo, shi pronunciado con el segundo tono puede significar diez, tiempo,

alimento, eclipse, quitar, piedra, etc. Además es aisladora, es decir no aglutinadora. Volvemos a encontrar la polivalencia fonética en el nivel morfológico y sintáctico: la palabra china puede ser empleada como nombre, verbo, adjetivo, sin que cambie su forma. Sólo el contexto —la función de la palabra en el conjunto del discurso— atribuye un valor concreto en la ocurrencia concreta de la palabra en cuestión. Demiéville observa efectivamente esta particularidad de la lengua china:

«En chino, las partes del discurso no existen desde el punto de vista semántico: la palabra china no señala siempre y de modo imprescindible una cosa, un proceso o una cualidad. Tampoco existen, con algunas reservas, desde el punto de vista morfológico. Existen sólo desde el punto de vista funcional. Si podemos decir que, en tal o cual contexto sintáctico, se emplea tal o cual palabra china como substantivo aquí, como verbo o adjetivo allí, entonces y sólo en este sentido funcionará como sujeto, atributo o régimen, como predicado o como determinante. Esto parece muy sencillo pero, en la realidad, nos cuesta lo indecible abstraemos del punto de vista semántico. El que una sola y misma palabra pueda significar bajo una sola y misma forma, aquí un estado del ser o una modalidad del devenir, allá una cualidad, una circunstancia y lo demás, se choca con nuestras atávicas convicciones heredadas de Aristóteles y de los retores grecolatinos a lo largo de los siglos de la escolástica y que, es un decir, nos tienen cogidos por el estómago. Para nosotros, hay en ello algo de escándalo, algo que subleva; por todo lo cual, una vez despojados de prejuicios, vemos las partes del discurso entrando constantemente por alguna que otra puerta camuflada, trátese de los autores occidentales, incluidos los más recientes, o de los especialistas chinos contemporáneos, ya que estos últimos han iniciado el estudio gramatical de su idioma por un impulso que partió de Occidente, y