El fin del ritual es doble[5]: comunicar unos significados compartidos y comunicarnos con ellos y hacerlo de modo eficaz, influyendo en nosotros, en el grupo social o en el poder divino.
El ritual, sea del tipo que sea, es un tipo de comunicación que se pretende eficaz, bien para lograr un cambio, bien para renovar una relación. Da la sensación de que, con el rito, una parte del cambio se sujeta al control.
Los ritos buscan influir en un buen número de situaciones humanas. Casi no hay esfera en la que no entren: «Unen y separan individuos, proporcionan identidad social, solucionan conflictos, provocan conflictos, marcan edades, distinguen géneros, construyen espacios y tiempos sociales, delimitan territorios, expresan valores tradicionales, promueven cambios».
Onno Van der Hart es una de las personas que más han hablado del valor terapéutico y del uso del ritual en el ámbito de la terapia familiar. Distingue en este un aspecto formal y un aspecto vivencial, que forman un todo indisoluble.
Un rito, desde el aspecto formal, prescribe un conjunto de acciones simbólicas que han de ejecutarse de un modo determinado y en cierto orden (tiempo y lugar adecuados) y que pueden o no ir acompañados de fórmulas verbales.
El componente vivencial implica la exigencia de un fuerte compromiso en su realización, sin el cual la experiencia carecería de significado privado, convirtiéndose en algo vacío[6]. Por eso, para el acompañamiento en duelo es conveniente estimular a la persona a encontrar significados que expresar, formas de hacerlo y símbolos que los recojan. En suma, merece la pena preparar bien un rito, porque es posible que su fuerza ayude a la persona a seguir avanzando.
El rito tiene la función, por una parte, de expresar una relación, un significado o un paso y, por otra, la función de lograr lo que pretende. Por eso, el modo adecuado y sano de vivir un rito es considerarlo como proceso.
En el duelo, el rito es la manifestación y el intento de buscar sentido a la pérdida. Si el duelo es un proceso, vivir el rito en el duelo expresa este proceso. Al final, lo que suele ocurrir es que nos encontramos con multitud de maneras de ritualizar la vivencia de la pérdida. Esto se da de modo espontáneo muchas veces; las personas simplemente inventamos formas de expresión. También se da de modo organizado en ritos sociales.
No sería necesario acompañar con rituales desde los grupos de mutua ayuda o desde el acompañamiento individual si la sociedad tuviera otro tratamiento y otra mirada
ante la pérdida y la muerte en general; pero dado que sí es necesaria la ayuda para elaborar el duelo, será preciso que pongamos en marcha rituales colectivos que desatasquen procesos de duelo que se complican en el contexto de dichos grupos.
Casi todo lo que se ha escrito sobre el valor terapéutico de los ritos viene del mundo de la terapia familiar. Es natural que así sea, porque la familia es un ámbito protegido donde se pueden ensayar rituales, dado que es un ámbito donde estos se dan de forma tan espontánea como nos señala Falicov[7] al hablar de los ritos de la migración. Además, la familia tiene ese carácter de testigo que requiere el rito para tener mayor fuerza, como dice Pears[8] en su estudio reciente sobre los ritos y su relación con el
counselling.
Por lo mismo, en lo que se refiere al acompañamiento en duelo, los ritos serán más eficaces y expresivos en el contexto de los grupos de ayuda mutua que en el acompañamiento individual, si bien en este último contexto también son posibles y recomendables en muchos casos.
Bárcena, Montoya y Leal[9] recogen la división de los tipos de rituales que nos va a servir para hablar de los ritos y el duelo. Siguiendo a Van der Hart, ellos hablan de los siguientes tipos de rito:
– Estos ritos, también llamados de paso, responden a un proceso que un antropólogo muy influyente, llamado Van Gennep, dividió en tres etapas. Para Van Gennep, la ley de la vida es la regeneración, y las tres etapas que definen el rito son separación, segregación e integración. Para que exista un nuevo ser, el antiguo debe morir. Hacer esto supone una elección del candidato, con una separación temporal de la comunidad. El duelo, desde este punto de vista, responde a este tipo de elaboración.
Como dice el experto en psicología de la religión, Douglas Davies[10], a quien seguimos en este punto:
«Por algún tiempo, el candidato al rito sería separado de su condición, dejando atrás familiares, compañeros y entorno familiar, tal vez encontrando una agresión real o simbólica de ser arrancados y a distancia En segundo lugar, entra en un periodo “entre”, de estar en medio, en el que carece de las marcas distintivas de la situación y las expresiones de su antigua identidad, como los nombres o la ropa. En el caso del paso a la adultez, los adolescentes juntos pueden someterse a un grado de disciplina y comparten un sentimiento mutuo de las dificultades, “la unión de estar juntos” en su periodo de abandono de lo anterior, lo que no tiene sentido en su nuevo status.
La reorientación hacia su futuro estatuto y las obligaciones de la vida comienzan con restricciones. Esto puede implicar el aprendizaje de las
tradiciones de su sociedad o de las habilidades de su profesión u oficio. Solo después de este periodo de aprendizaje se someten a la tercera fase de la reincorporación a la sociedad. Cosa que hacen con su nuevo estatus social y la identidad, tal vez con un nuevo nombre o título, o formas de vestir y el estilo de la lengua, casi con seguridad, con los nuevos patrones de comportamiento adecuados a sus nuevos deberes y responsabilidades».
Van Gennep[11] comparó la sociedad a una casa con gente que se mueve atravesando los umbrales de habitación en habitación. La palabra latina para «umbral» es
limen; por lo tanto, las tres fases históricas de los ritos de paso se llamarán preliminal,
liminal, y postliminal. Sostuvo que, dependiendo de la meta final de un ritual, el postliminal se destacaría por encima de los otros. Los ritos de paso a veces implican más de un tipo de cambio de estado. En un matrimonio, por ejemplo, no es solo que la novia y el novio pasen de ser solteros o divorciados a estar casados, sino que además sus respectivos parientes se convierten en familia política. Los padres, los hermanos y los amigos: todos pueden entrar en las nuevas relaciones.
– Ritos de continuidad. Se ejecutan repetidamente, siendo su función, mantener la normalidad dentro de cada etapa del ciclo vital. Como la normalidad es cuestión de momentos, los ritos de continuidad marcan los periodos en los que no hay cambio. Cuando se refieran a marcar el paso de lo viejo a lo nuevo, será para significar lo que cambia y lo que no cambia en la vida.
Entre los ritos de este tipo distinguimos los telécticos y los de intensificación. Los primeros significan la ruptura con lo viejo y la bienvenida a lo nuevo. Este tipo de rito puede ser semanal, mensual o anual. El ritual de intensificación sucede para potenciar símbolos, realidades o roles. Suele ser un rito colectivo. Este tipo de rito puede ser de tres tipos:
a. Celebraciones que, en el contexto colectivo, aportan una identidad cultural. Son las navidades, las uvas de Año Nuevo, el ritual de los Reyes y otros.
b. Tradiciones que son aniversarios, cumpleaños, vacaciones con ritos que los acompañan.
c. Rutinas de la vida diaria que tienen contenido simbólico, como aquellas de las que hablamos más arriba del paseo, el aperitivo, el acostarse, las comidas comunes... Ya hemos dicho antes que tales ritos forman parte de la vida tal como solemos vivirla.
Esta clasificación de los ritos nos sirve para comprender una parte importante de la elaboración de los duelos:
Los actos de despedida asociados a la pérdida son ritos de paso: los funerales u otros ritos posteriores al funeral, que marcan el final de algo, de una forma de relacionarse con el objeto perdido. Serán ritos de continuidad los memoriales y otras conmemoraciones. Además, habrá otros modos de conectar con la presencia simbólica o espiritual de un ser querido fallecido desde la puesta en marcha de rituales espontáneos nuevos o desde la conservación de antiguos ritos privados.
En el último capítulo entenderemos que todo duelo empieza por un acto de despedida de una parte (no necesariamente todo) de lo que nos une a un objeto, a una persona o a una forma de vida. Esto es lo que caracteriza la resolución de un tipo de duelo que llamamos «ambiguo» y que, en el fondo ilumina nuestra forma de contemplar el proceso de los duelos en general.
Todo ritual de despedida del duelo es, a la vez, tanto un rito de paso como un rito de continuidad. Para las personas que sufren la pérdida de modo inmediato supone un adiós; para la comunidad es un paso que hace ver que hay continuidad: «el rey ha muerto, viva el rey», era la expresión que daba lugar a una sucesión sin nombres, en la que lo importante era el rol que la persona perdida tenía en la comunidad.