TABLE 2.3 ALLOCATION OF WALLABIES FOR HRP EXPERIMENTS
3.1 INTRODUCTION
La teoría clásica de la moneda y de los precios se elaboró a través de experiencias históricas muy bien conocidas. Por lo pronto, se trata de la gran crisis de los signos monetarios que se inició sobre todo en Europa en el siglo XVII; ¿acaso es necesario ver una primera crisis de conciencia, todavía marginal y alusiva, en la afirmación de Colbert de que la masa metálica es estable en Europa y pueden pasarse por alto los aportes americanos? En todo caso, a fines del siglo se tiene la experiencia de que el metal amonedado es muy raro: regresión del comercio, baja de los precios, dificultades para pagar las deudas, las rentas y los impuestos, desvalorización de la tierra. De allí, la gran serie de devaluaciones que tienen lugar en Francia durante los quince primeros años del siglo XVIII a fin de multiplicar el numerario; las once "disminuciones" (revaluaciones) que se escalonan del primero de diciembre de 1713 al primero de septiembre de 1715 y que esta- ban destinadas —aunque fue un fracaso— a volver a poner en circu- lación el metal que se oculta; toda una serie de medidas que dismi- nuyen la tasa de las rentas al reducir su capital nominal; la aparición de billetes de moneda en 1701, bien pronto remplazados por las
LA PRENDA Y EL PRECIO 179 rentas del Estado. Entre muchas otras consecuencias, la experiencia de Law permitió la reaparición de los metales, el aumento de los precios, la revaluación de la tierra, la recuperación del comercio. Los edictos de enero y de mayo de 1726 instauraron, para todo el siglo XVIII, una moneda metálica estable: ordenan la fabricación de un luis de oro que vale y que valdrá hasta la Revolución veinticuatro libras tomesas.
Se acostumbra ver en estas experiencias, en su contexto teórico, en las discusiones a las que dieron lugar, el enfrentamiento de los partidarios de una moneda-signo y los partidarios de una moneda- mercancía. De un lado está Law, desde luego, con Terrasson,29 Dutot,30 Montesquieu,31 el caballero de Jaucourt;32 frente a ellos se alinean, entre otros, Paris-Duvemey,33 el canciller d'Aguesseau,34 Con- dillac, Destutt; entre los dos grupos y siguiendo una línea media, habría que poner a Melón 35 y a Graslin.36 Es verdad que sería inte- resante el hacer el recuento exacto de las opiniones y determinar cómo se distribuyen en los diferentes grupos sociales. Pero si se interroga al saber que ha hecho posibles unas y otras a la vez, nos damos cuenta de que la oposición es superficial; y de que, si es nece- saria, es a partir de una disposición única que sólo procura, en un panto determinado, la bifurcación de una elección indispensable.
Esta disposición única es la que define la moneda como una prenda. Definición que se encuentra en Locke y, un poco antes de él, en Vaughan;37 después en Melón —"el oro y la plata son, por convención general, la prenda, el equivalente o como la medida común de todo lo que sirve al uso de los hombres"—,38 en Dutot —"las riquezas de confianza o de opinión no son más que representa- tivas, como el oro, la plata, el bronce, el cobre"—,39 en Fortbonnais —"el punto importante" en las riquezas de convención consiste "en
29 Terrasson, Trois lettres sur le nouveau systéme des finances, París, 1720. 30
Dutot, Reflexions sur le commerce et les finances, París, 1738.
31
Montesquieu, L'Esprit des lois, libro XXII, cap. II. 32 Encyclopédie, artículo "Monnaie".
33 Paris-Duverney, Examen des reflexions politiques sur les finances, La Haya, 1740.
34 D'Aguesseau, Considérations sur la monnaie, 1718; Oeuvres, París, 1777, t. x.
35
Melon, Essai politíque sur le commerce, París, 1734.
36
Graslin, Essai analytique sur les richesses, Londres, 1767.
37 Vaughan, A discourse of coin and coinage, Londres, 1675, p. 1. Locke, "Considérations of the lowering of interests", Works, Londres, 1801, t. v, pp. 21-3.
38 Melon, Essai politique sur le commerce, en Daire, Economistes et finan- ciers du XVIIIe siécle, p. 761.
39
la seguridad que tienen los propietarios de la plata y las mercaderías de cambiarlas cuando quieran... sobre la base establecida por el uso".40 Decir que la moneda es una prenda es decir que no es más que una ficha que se recibe por consentimiento común —en conse- cuencia, ficción pura; pero también es decir que vale exactamente aquello por lo cual se la ha cambiado, ya que a su vez podrá ser cambiada por esa misma cantidad de mercancía o su equivalente. La moneda puede siempre devolver a las manos de su propietario lo que acaba de cambiarse por ella, así como, en la representación, un signo debe poder remitir al pensamiento que representa. La mo- neda es una memoria sólida, una representación que se desdobla, un cambio diferido. Como dice Le Trosne, el comercio que se sirve de la moneda es un perfeccionamiento en la medida misma en que es "un comercio imperfecto",41 un acto al que falta, durante un tiempo, lo que lo compensa, una media operación que promete y espera el cambio inverso por el cual la prenda se convertirá de nuevo en su contenido efectivo.
Pero ¿cómo puede dar esta seguridad la prenda monetaria? ¿Cómo puede escapar al dilema del signo sin valor o de la mercancía análoga a todas las demás? He allí el lugar donde radica la herejía para el análisis clásico de la moneda —la elección que opone a los partida- rios de Law y a sus adversarios. En efecto, es posible concebir que la operación que da la moneda en prenda está asegurada por el valor de compra de la materia de la que está hecha; o, al contrario, por otra mercancía, exterior a ella pero que le estaría ligada por el con- sentimiento colectivo o la voluntad del príncipe. Law eligió esta segunda solución a causa de la rareza del metal y de las oscilaciones de su valor de compra. Piensa que se puede hacer circular una mo- neda de papel que sería prenda de la propiedad territorial: no se trata pues más que de emitir "billetes hipotéticos sobre las tierras y que deben extinguirse por pagos anuales... estos billetes circularán como la plata amonedada por el valor que expresen".42 Sabemos que Law fue obligado a renunciar a esta técnica durante su experiencia fran- cesa y que hizo asegurar la prenda de la moneda por una compañía de comercio. El fracaso de la empresa no empañó para nada la teo- ría de la moneda-prenda que había hecho posible y que haría igual- mente posible toda reflexión sobre la moneda, aun la opuesta a las concepciones de Law. Y al instaurarse una moneda metálica estable
40
Vé ron d e Fort bo n nai s, El ement s de c o mmerce, t. II , p . 9 1. Cf. t a mbié n
Recherches et considé rations sur les richesses de la france, II, p. 582.
41
Le Tr osne, De l'int eré t social, en Dair e, Les Ph ysi ocrates, p. 908.
42 Law, M on e y a nd T ra d e, E di mb ur go, 17 05 ; má s conoci d a en l a tr ad. francesa, Con sidé rations su r le nu mé raire, en Daire, E co no mista dufin anci ers du XVIIIe sié cle, p. 519.
LA PRENDA Y EL PRECIO 181
en 1726, se exigió la prenda a la sustancia misma de la especie. Lo que asegura la intercambiabilidad de la moneda es el valor de com- pra del metal presente en ella; y Turgot criticará a Law el haber creído que "la moneda no es más que una riqueza de signo cuyo crédito se funda en la marca del príncipe. Esta marca aparece allí para certificar el peso y el título... Así, pues, la plata es, como mer- cancía y no como signo, la medida común de las otras mercancías... El oro obtiene su precio de su rareza y, lejos de ser un mal el que sea empleado al mismo tiempo como mercancía y como medida, estos dos empleos sostienen su precio".43 Law, con sus partidarios, no se opone a su siglo como el precursor genial —o imprudente— de las monedas fiduciarias. Del mismo modo que sus adversarios, define la moneda como prenda. Pero considera que su fundamento estará más asegurado (a la vez más abundante y estable) por una mercan- cía exterior a la especie monetaria misma; sus adversarios, en cam- bio, piensan que estará mejor asegurado (más cierto y menos sometido a las especulaciones) por la sustancia metálica que constituye la rea- lidad material de la moneda. Entre Law y quienes lo critican, la oposición sólo concierne a la distancia entre lo que se da en prenda y lo emprendado. En un caso, la moneda, aligerada en sí misma de todo valor de compra, pero asegurada por un valor que le es exte- rior, es aquello "por lo que" se cambian las mercancías;44 en el otro caso, la moneda, que tiene en sí un precio, es a la vez aquello "por lo que" y aquello "por qué" se cambian las riquezas. Pero tanto en un caso como en el otro, la moneda permite fijar el precio de las cosas gracias a una cierta relación de proporción con las riquezas y un cierto poder de hacerlas circular.
En cuanto prenda, la moneda designa una cierta riqueza (real o no): establece su precio. Pero la relación entre la moneda y las mercancías, en consecuencia el sistema de precios, se modifica desde que, en un cierto punto del tiempo, se alteran la cantidad de moneda o la cantidad de mercancía. Si la moneda es una cantidad pequeña, en relación con los bienes, tendrá un gran valor y los precios serán bajos; si su cantidad aumenta a tal punto que sea abundante frente a las riquezas, tendrá poco valor y los precios serán altos. El poder de representación y de análisis de la moneda varía con la cantidad de especies, por una parte, y la cantidad de riquezas, por la otra: sólo sería constante si las dos cantidades fueran estables o variaran juntas en una misma proporción.
La "ley cuantitativa" no fue "inventada" por Locke. Ya Bodino
43
Turgot, Seconde lettre a l'abbé de Cice, 1749; Oeuvres, ed. Schelle, t. i, pp. 146-7.
44
y Davanzatti sabían muy bien en el siglo XVI que el aumento de las masas metálicas en circulación hacía aumentar el precio de las mer- cancías; pero este mecanismo aparecía ligado a una desvalorización intrínseca del metal. A fines del siglo XVII, este mismo mecanismo fue definido a partir de la función representativa de la moneda, "pues la cantidad de la moneda está en proporción con todo el comercio". Más metal y de golpe toda mercancía que exista en el mundo podrá disponer de un poco más de elementos representativos; más mercan- cías y cada unidad metálica será un poco más emprendada. Basta con tomar una mercadería cualquiera como punto estable de refe- rencia para que el fenómeno de la variación aparezca con toda clari- dad. "Si tomamos —dice Locke— el trigo como medida fija, encon- traremos que la plata ha sufrido en su valor las mismas variaciones que las otras mercancías. . . La razón es muy clara. Desde el descu- brimiento de las Indias, hay en el mundo diez veces más plata que la que había antes; vale también 9/10 menos, es decir, es necesario dar diez veces más de lo que se daba hace 200 años para comprar la misma cantidad de mercancías." 45 La baja del valor del metal que aquí se invoca no concierne a una cierta cualidad preciosa que le per- tenecería de suyo, sino a su poder general de representación. Es necesario considerar las monedas y las riquezas como dos masas geme- las que se corresponden necesariamente: "Como el total de la una es con respecto al total de la otra, será la parte de una con respecto a la parte de la otra... Si no hubiera más que una mercancía divi- sible como el oro, la mitad de esta mercancía correspondería a la mitad del total del otro lado".46 Si suponemos que no hay más que un bien en el mundo, todo el oro de la tierra serviría para represen- tarlo; y a la inversa, si todos los hombres no dispusieran más que de una sola pieza monetaria, todas las riquezas que nacen de la natura- leza o que surgen de sus manos, deberían participar de sus subdivi- siones. A partir de esta situación-límite, si la plata empieza a fluir —y las mercaderías permanecen iguales— "el valor de cada parte de la especie disminuirá otro tanto"; a la inversa, "si la industria, las artes y la ciencia introducen nuevos objetos en el círculo de los cam- bios ... será necesario aplicar al nuevo valor de estas nuevas produc- ciones una porción de los signos representativos de los valores; esta porción, tomada de la masa de los signos, disminuirá su cantidad relativa y aumentará su valor representativo otro tanto para enfren- tarse a más valores, pues su función es representarlos todos, en las proporciones que le convienen".47
45
Locke, Considerations of lowering of interests, p. 73. 46 Montesquieu, L'Esprít des lois, libro XXII, cap. VII. 47 Graslin, Essai analytique sur les rechesses, pp. 54-5.
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Así, pues, no hay precio justo: no hay nada en una mercancía cualquiera que indique por algún carácter intrínseco la cantidad de moneda que habría que retribuir por ella. La baratura no es ni más ni menos exacta que la carestía. Sin embargo, existen reglas de como- didad que permiten fijar la cantidad de moneda por la cual conviene representar las riquezas. En último extremo, toda cosa intercambia- ble debería tener su equivalente —"su designación"— en especies; lo que no tendría inconveniente en el caso de que la moneda utilizada hiera de papel (se la fabricaría o destruiría, de acuerdo con la idea de Law, según las necesidades del cambio); pero todo esto sería estor- boso o aun imposible si la moneda es metálica. Ahora bien, una sola y la misma unidad monetaria adquiere, al circular, el poder de repre- sentar muchas cosas; al cambiar de manos, es tanto el pago de un objeto al empresario, como el de un salario al obrero, el de una mer- cadería al comerciante, el de un producto al granjero o aun el de la renta al propietario. Una sola masa metálica puede, con el correr del tiempo, y según los individuos que la reciben, representar muchas cosas equivalentes (un objeto, un trabajo, una medida de trigo, una parte de ganancia), lo mismo que un nombre común tiene el poder de representar muchas cosas o un carácter taxinómico el de represen- tar muchos individuos, muchas especies, muchos géneros, etc. Pero, en tanto que el carácter no cubre una generalidad mayor sino hacién- dose más simple, la moneda no representa más riquezas sino circu- lando más aprisa. La extensión del carácter se define por el número de especies que agrupa (así, pues, por el espacio que ocupa en el cuadro); la rapidez de circulación por el número de manos por el que pasa durante el tiempo que se toma para volver a su punto de partida (por ello, se elige como origen el pago por los productos de su cosecha al agricultor, porque allí se tienen ciclos anuales perfectamente segu- ros). Se ve, pues, que a la extensión taxinómica del carácter en la especie simultánea del cuadro corresponde la rapidez del movimiento- monetario durante un tiempo definido.
Esta rapidez tiene dos límites: una rapidez infinitamente veloz que sería la de un cambio inmediato en el que la moneda no tendría papel alguno que desempeñar, y una rapidez infinitamente lenta en la que cada elemento de riqueza tendría su doble monetario. Entre estos dos extremos hay rapideces variables a las que corresponden las cantidades de monedas que las hacen posibles. Ahora bien, los ciclos de la circulación son ordenados por la anualidad de las cosechas: es, pues, posible, a partir de éstas y teniendo en cuenta el número de individuos que pueblan un Estado, definir la cantidad de moneda necesaria y suficiente para que pase por todas las manos y represente, cuando menos, la subsistencia de cada uno. Se comprende así cómo
están ligados, durante el siglo XVIII, los análisis de la circulación a partir de las rentas agrícolas, el problema del desarrollo de la pobla- ción y el cálculo de la cantidad óptima de especies amonedadas. Cuestión triple que se plantea bajo una forma normativa: pues el problema no consiste en saber por qué mecanismos circula o se es- tanca el dinero, cómo se gasta o se acumula (tales cuestiones sólo son posibles en una economía que se planteara los problemas de la pro- ducción y del capital), sino cuál es la cantidad necesaria de moneda para que en un país dado la circulación se haga más rápida al pasar por un número mayor de manos. Entonces los precios no sólo serán intrínsecamente "justos", sino exactamente ajustados: las divisiones de la masa monetaria analizarán las riquezas de acuerdo con una articulación que no será ni muy floja ni muy cerrada. El "cuadro" estará bien hecho.
Esta proporción óptima no es la misma si se considera un país aislado o el juego de su comercio exterior. Suponiendo que hubiera un Estado capaz de vivir por sí solo, la cantidad de moneda que tendría que poner en circulación depende de muchas variables: la cantidad de mercancías que entra en el sistema de cambios; la parte de estas mercancías que, al no ser distribuida ni retribuida por el sis- tema de trueque, debe estar representada, en un momento cualquiera de su curso, por la moneda; la cantidad de metal que puede ser susti- tuida por el papel escrito; por último, el ritmo al que deben efec- tuarse los pagos: no es indiferente, como señaló Cantillon,*8 que los obreros sean pagados por semana o por jornada, que las rentas se paguen al término de un año o, más bien, según es costumbre, al fin de cada trimestre. Una vez definidos los valores de estas cuatro variables con respecto a un país dado, se puede definir la cantidad óptima de especies metálicas. Para hacer un cálculo de este tipo, Cantillon parte de la producción de la tierra, de la que surgen directa o indirectamente todas las riquezas de la tierra. Esta producción se divide en tres rentas en las manos del campesino: la renta que se paga al propietario; la que se utiliza para el mantenimiento del campesino, de sus hombres y sus caballos; y por último "una tercera que debe quedar a fin de hacer productiva su empresa".49 Ahora bien, sólo la primera renta y más o menos la mitad de la tercera deben pagarse en especies; las otras pueden pagarse en la forma de cambios direc tos. Si se tiene en cuenta el hecho de que la mitad de la población reside en ciudades y tiene gastos de mantenimiento más elevados que los de los campesinos, se ve que la masa monetaria en circulación
48
Cantillon, Essai sur la nature du commerce en general, edición de 1952,