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Relations between thalamus and cortex in the visual system In this section the major interest is on the

1 2 THE VISUAL, AUDITORY AND SENSORIMOTOR SYSTEM IN METATHERIAN MAMMALS

1.2.5 Relations between thalamus and cortex in the visual system In this section the major interest is on the

En el siglo XVI, el pensamiento económico está limitado, o casi limi- tado, al problema de los precios y al de la sustancia monetaria. La cuestión de los precios concierne al carácter absoluto o relativo del encarecimiento de las mercancías y al efecto que pueden tener sobre tos precios las devaluaciones sucesivas o la afluencia de los metales americanos. El problema de la sustancia monetaria es el de la natu- raleza del patrón, de la relación de precio entre los diferentes me- tales utilizados, de la distorsión entre el peso de las monedas y sus valores nominales. Pero estas dos series de problemas estaban liga-

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das, ya que el metal no aparecería como signo, y como signo medi- dor de las riquezas, sino por ser él mismo una riqueza. Si podía significar, es porque era una marca real. Y de la misma manera que las palabras tenían la misma realidad que lo que decían, así como las marcas de los seres vivos estaban inscritas en sus cuerpos a la ma- nera de marcas visibles y positivas, así los signos que indicaban las riquezas y las medían debían llevar en sí mismos la marca real. Para poder decir el precio, era necesario que fueran preciosos. Era nece- sario que fueran raros, útiles, deseables. Y también era necesario que todas estas cualidades fueran estables para que la marca que ellos imponían fuera una verdadera signatura, umversalmente legible. De allí esta correlación entre el problema de los precios y la naturaleza de la moneda, que constituye el objeto privilegiado de toda reflexión sobre las riquezas desde Copérnico hasta Bodino y Davanzatti.

En la realidad material de la moneda se fundan sus dos funciones de medida común de las mercancías y de sustituto en el mecanismo de cambio. Una medida es estable, reconocida por todos y valiosa en cualquier lugar, si tiene por patrón una realidad asignable que se pueda comparar con la diversidad de las cosas que se quiere medir: así, dice Copérnico, la toesa y el celemín, cuyo largo y volumen materiales sirven de unidad.1 En consecuencia, la moneda sólo mide en verdad si su unidad es una realidad que existe realmente y a la cual puede referirse cualquier mercancía. En este sentido, el siglo XVI vuelve a la teoría admitida cuando menos durante una parte de la Edad Media y que permitía al príncipe o aun al consenso popular el derecho de fijar el valor impositus de la moneda, modificar las tasas, desmonetizar una categoría de piezas o todo el metal que se quiera. Es necesario que el valor de la moneda esté regulado por la masa metálica que contiene, es decir, que vuelva a lo que antes fue, cuando los príncipes no habían impreso aún su imagen ni su sello sobre los fragmentos me- tálicos; en aquel momento "ni el cobre, ni el oro, ni la plata eran monedas, sino que sólo se los estimaba según su peso";2 no se daba valor de marcas reales a los signos arbitrarios; la moneda era una justa medida ya que no significaba más que su poder de medir las riquezas a partir de su propia realidad material de riqueza.

Sobre este fondo epistemológico se operan las reformas en el si- glo XVI y toman sus dimensiones propias los debates. Se trata de remi- tir los signos monetarios a su exactitud de medida: es necesario que los valores nominales que llevan las piezas estén de acuerdo con la

1 Copérnico, De arte monetae cudendae, 1526; trad. francesa, Discours sur

la frappe des monnaies (en ). Y. Le Branchu, Écrits notables sur la monnaie, París, 1934, i, p. 15).

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Anónimo, Compendieux cu bref examen de quelques plaintes (en J. Y. Le Branchu, op. cit., II, p. 117).

cantidad de metal que se ha elegido como patrón y que se encuentra incorporado en ellas; así, pues, la moneda no significaría más que su valor medidor. En este sentido el anónimo autor del Compendious pide que "toda la moneda actualmente corriente deje de serlo a partir de cierta fecha", ya que los "encarecimientos" del valor nominal han alterado, desde hace mucho tiempo, las funciones de medida; es nece- sario que las piezas ya amonedadas no se acepten sino "después de estimar el metal que contienen"; en cuanto a la nueva moneda tendrá por valor nominal su propio peso: "a partir de ese momento sólo serán corrientes la antigua y la nueva moneda, según un mismo valor, un mismo peso, una misma denominación y así se restablecerá la mo- neda en su antigua tasa y su antigua bondad".3 No se sabe si el texto del Compendious, que no se publicó antes de 1581, pero que en ver- dad existe y circula en manuscrito una treintena de años antes, ins- piró la política monetaria del reinado de Isabel. Una cosa es cierta, a saber, que después de una serie de "encarecimientos" (de devaluacio- nes) entre 1544 y 1559, la proclamación de marzo de 1561 "abate" el valor nominal de la moneda y lo remite a la cantidad de metal que contiene. Del mismo modo, en Francia, los Estados generales de 1575 piden y obtienen la supresión de las unidades de cuenta (que introdu- cían una tercera definición de la moneda, puramente aritmética, que se añadía a la definición del peso y a la del valor nominal: esta rela- ción complementaria ocultaba a los ojos de quienes estaban mal ins- truidos al respecto el sentido de las manipulaciones sobre la moneda); el edicto de septiembre de 1577 establece el escudo de oro a la vez como pieza real y como unidad de cuenta, decreta la subordinación de todos los otros metales al oro —en particular de la plata, que guarda su valor liberatorio pero pierde su inmutabilidad de derecho. Así, las monedas se revalúan a partir de su peso metálico. El signo que llevan —el valor impositus— no es más que la marca exacta y transparente de la medida que constituyen.

Pero, al mismo tiempo que esta vuelta es exigida y a veces lograda salen a luz cierto número de fenómenos propios de la moneda-signo y comprometen, quizá definitivamente, su papel de medida. Primero el hecho de que una moneda circule tanto más rápidamente cuando menos buena es, en tanto que las piezas con un alto índice de metal se encuentran escondidas y no figuran en el comercio: es la ley lla- mada de Gresham,4 que Copérnico5 y el autor del Compendious6 co- nocían ya. Después, y sobre todo, la relación entre los hechos mone-

3 Id., ibid., p. 155.

4 Gresham, Avis de Sir Th. Gresham (en J. Y. Le Branchu, op. cit., II, PP 7 y 11).

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Copémico, De arte monetae cudendae, trad. francesa cit., i, p. 12. 6 Compendieux, loc. cit., II, p. 156.

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taños y el movimiento de los precios: por ello, aparece la moneda como una mercancía entre otras —no como un patrón absoluto de todas las equivalencias, sino como mercadería cuya capacidad de cam- bio y, en consecuencia, su valor de sustituto en los cambios se modi- fican según su frecuencia o su rareza: la moneda también tiene su precio. Malestroit7 había señalado que, a pesar de la apariencia, no había habido aumento de precios durante el curso del siglo XVI: ya que las mercancías son siempre lo que son y la moneda, en su natu- raleza propia, es un patrón constante, el encarecimiento de las merca- derías sólo puede deberse al aumento de los valores nominales que lleva una misma masa metálica: pero, por una misma cantidad de trigo, se da siempre el mismo peso de oro y de plata. Así, pues, "nada ha encarecido": como el escudo de oro valía en moneda de cuenta veinte sueldos torneses bajo Felipe VI y ahora vale cincuenta, es necesario que una vara de terciopelo que entonces costaba cuatro libras valga diez ahora. "El encarecimiento de todas las cosas no proviene de entregar más, sino de recibir menos en cantidad de oro y de plata de lo que se había acostumbrado." Pero a partir de esta identificación del papel de la moneda con la masa de metal que hace circular, se concibe muy bien que esté sometida a las mismas variaciones que todas las otras mercancías. Y si Malestroit admite implícitamente que la cantidad y el valor mercantil de los metales permanecen estables, Bodino, muy pocos años después,8 verifica un aumento de la masa metálica importada del Nuevo Mundo y, en consecuencia, un encarecimiento real de las mercancías, ya que los príncipes, que poseen o reciben de los particulares lingotes en mayor cantidad, han acuñado piezas más numerosas y de mejor aleación; así, pues, por una misma mercancía se da una cantidad mayor de metal. El aumento de los precios tiene, pues, una "causa principal, que es casi la única que nadie ha tocado hasta ahora": "la abun- dancia de oro y plata", "la abundancia de lo que da estimación y precio a las cosas".

El patrón mismo de las equivalencias está preso en el sistema de los cambios y el poder de compra de la moneda no significa más que el valor mercantil del metal. La marca que distingue la mo- neda, la determina, la hace cierta y aceptable para todos es, pues, reversible, y se la puede leer en dos sentidos: remilc a una cantidad de metal que es una medida constante (así la descifra Malestroit); pero remite también a esas mercancías variables en cantidad y en precio que son los metales (es la lectura de Bodino). Se tiene allí una disposición análoga a la que caracteriza el régimen general de

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Malestroit, Le Paradoxe sur le fait des monnaies. París, 1566. 8 Bodino, La Reponse aux paradoxes de M. de Malestroit, 1568.

los signos en el siglo XVI; los signos, recordémoslo, estaban consti- tuidos por semejanzas que, a su vez, para ser reconocidas, necesi- taban signos. Aquí, el signo monetario no puede definir su valor de cambio, no puede fundamentarse como marca sino a partir de una masa metálica que, a su vez, define su valor dentro del orden de las otras mercancías. Si se admite que el cambio, dentro del sistema de necesidades, corresponde a la similitud dentro del de los conoci- mientos, se ve que una misma e idéntica configuración de la episteme

controló, durante el Renacimiento, el saber de la naturaleza y la reflexión o las prácticas concernientes a la moneda.

Y así como la relación entre el microcosmos y el macrocosmos era indispensable para detener la oscilación indefinida de la seme- janza y el signo, así, ha sido necesario poner una cierta relación en- tre el metal y la mercancía que, en el extremo, permitía fijar el valor mercantil total de los metales preciosos y, en consecuencia, valorar de una manera cierta y definitiva el precio de todas las mercaderías. Esta relación es la que ya había sido establecida por la Providencia cuando hundió en la tierra las minas de oro y de plata y las hizo crecer lentamente, como sobre la tierra se desarrollan las plantas y se multiplican los animales. Entre todas las cosas que el hombre puede necesitar o desear y las vetas centelleantes, ocultas, en las que crecen oscuramente los metales, hay una correspondencia absoluta. "La naturaleza.—dice Davanzatti— ha hecho buenas todas las cosas terrenas; la suma de éstas en virtud del acuerdo establecido entre los hombres vale todo el oro que se trabaja; así, pues, todos los hombres desean todo para adquirir todas las cosas... Para verificar todos los días la regla y las proporciones matemáticas que las cosas guardan entre sí y con el oro, se requeriría que, desde lo alto del cielo o de algún observatorio muy elevado, se pudiera contemplar las cosas que existen y que se hacen en la tierra o, más bien, sus imágenes reproducidas y reflejadas en el cielo como en un espejo fiel. Abandonaríamos entonces todos nuestros cálculos y diríamos: hay sobre la tierra tanto oro, tantas cosas, tantos hombres, tantas necesidades; en la medida en que cada cosa satisface necesidades, su valor será de tantas cosas o de tanto oro."9Este cálculo celeste y exhaustivo no puede hacerlo nadie más que Dios: corresponde a ese otro cálculo que establece una relación entre cada elemento del microcosmos y un elemento del macrocosmos —con esta única dife- rencia, que éste une lo terrestre con lo celeste y va de las cosas, de los animales y el hombre hasta las estrellas, en tanto que el segundo une la tierra con las cavernas y las minas; hace corresponder las cosas

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Davanzatti, Lezione della moneta, trad, francesa, Leçon sur les monnaies (en J. Y. Le Branchu, op. cit., pp. 230-1).

EL MERCANTILISMO 171 que nacen entre las manos del hombre con los tesoros desaparecidos desde la creación del mundo. Las marcas de la similitud, por guiar el conocimiento, se dirigen a la perfección del cielo; los signos del cambio, por satisfacer el deseo, se apoyan en el centelleo negro, peli- groso y maldito del metal. Centelleo equívoco, ya que reproduce en el fondo de la tierra el que canta en el extremo de la noche: reside allí como una promesa de felicidad invertida y, dado que el metal se asemeja a los astros, el saber acerca de todos estos tesoros peligrosos es, al mismo tiempo, el saber acerca del mundo. La refle- xión sobre las riquezas oscila así en la gran especulación sobre el cosmos, tal como, a la inversa, el profundo conocimiento del orden del mundo debe conducir al secreto de los metales y a la posesión de las riquezas. Vemos, pues, qué red tan cerrada de necesidad liga, en el siglo XVI, los elementos del saber: cómo la cosmología de los signos duplica y fundamenta, en última instancia, la reflexión sobre los precios y la moneda, cómo autoriza también una especulación teórica y práctica sobre los metales, cómo hace que se comuniquen las promesas del deseo y las del conocimiento, de la misma manera que se responden y se relacionan, por afinidades secretas, los metales y los astros. En los confines del saber, allí donde llega a ser todo- poderoso y casi divino, se reúnen tres grandes funciones —las de Basi- leus, Philosophos y Metallicos. Pero así como este saber no se da sino por fragmentos y en el relámpago atento de la divinatio, así, por lo que respecta a las relaciones singulares y parciales entre las cosas y el metal, el deseo y los precios, el conocimiento divino o el que se puede adquirir "desde algún observatorio muy elevado" no se da al nombre. A no ser por momentos y como por azar a los espíritus que saben acechar, es decir, a los mercaderes. Lo que los adivinos eran en el juego indefinido de las semejanzas y de los signos, lo son los mercaderes en el juego, siempre abierto también, de los cam- bios y de las monedas. "Desde aquí abajo descubrimos apenas las cosas que nos rodean y les damos un precio según que veamos que tienen mayor o menor demanda en cada lugar y en cada tiempo. Los mercaderes advierten pronto y bien esto y, por ello, conocen admirablemente el precio de las cosas."10

3. EL MERCANTILISMO

A fin de que el dominio de las riquezas se constituya como objeto de reflexión en el pensamiento clásico ha sido necesario que la con- figuración establecida en el siglo XVI se desatase Entre los "econo-

mistas" del Renacimiento, hasta llegar al propio Davanzatti, la capa- cidad de la moneda para medir las mercancías y su intercambiabilidad reposa en su valor intrínseco: se sabía muy bien que los metales pre- ciosos tenían poca utilidad fuera de la acuñación; pero si habían sido elegidos como patrón, si fueron utilizados en el cambio y, en con- secuencia, alcanzaban un precio elevado, esto se debe a que en el orden natural y, en sí mismos, tenían un precio absoluto, funda- mental, más elevado que cualquier otro al que pudiera referirse el valor de cada mercancía.11 El metal precioso era, de suyo, la marca de la riqueza; su resplandor oculto indicaba a la vez que era presencia oculta y signatura visible de todas las riquezas del mundo. Por esta razón, tiene un precio; por esta razón también, mide todos los pre- cios; y, por último, por esta razón, se le puede cambiar por cualquier cosa que tenga un precio. Era lo precioso por excelencia. En el siglo XVII, se atribuyen siempre estas tres propiedades a la moneda, pero se las hace descansar a las tres no ya sobre la primera (tener precio), sino sobre la última (sustituir a lo que tiene precio). En tanto que el Renacimiento fundaba las dos funciones del metal amo- nedado (medida y sustituto) sobre la reduplicación de su carácter

intrínseco (el hecho de ser precioso), el siglo XVII hace oscilar el aná- lisis: lo que sirve de fundamento a los otros dos caracteres (la capa- cidad de medir y la capacidad de recibir un precio aparecen pues como cualidades que se derivan de esta función) es la función de cambio.

Esta inversión es fruto de un conjunto de reflexiones y prácticas que se distribuyen todo a lo largo del siglo XVII (desde Scipion de Grammont hasta Nicolás Barbón) y que se agrupan bajo el término, algo aproximativo, de "mercantilismo". Con cierto apresuramiento, se acostumbra caracterizarlo por un "monetarismo" absoluto, es decir, por una confusión sistemática (u obstinada) entre las riquezas y las especies monetarias. De hecho, lo que el "mercantilismo" instaura no es una identidad más o menos confusa entre unas y otras, sino una articulación reflexionada que hace de la moneda el instrumento de representación y análisis de las riquezas y, a la inversa, de las riquezas el contenido representado por la moneda. Así como la vieja configuración circular de las similitudes y las marcas se desató para desplegarse según las dos capas correlativas de la representación y de los signos, así el círculo de lo "precioso" se deshace en la época del mercantilismo, las riquezas se despliegan como objetos de las nece- sidades y de los deseos; se dividen y se sustituyen unas a otras por ei

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Cf. aún a principios del siglo XVII esta proposición de Antoine de La Pierre: "El va lor es encia l de las especies de mon edas de 0 :0 y p lata se funda en la materia preciosa que contienen" (De la nécessité du pesement).

EL MERCANTILISMO 173

juego de las especies amonedadas que las significan; y las relaciones recíprocas entre la moneda y la riqueza se establecen bajo la forma de la circulación y de los cambios. Si ha sido posible creer que el mercantilismo confundía la riqueza y la moneda, esto se debe sin duda a que la moneda tiene para él el poder de representar toda riqueza posible, ya que es el instrumento universal del análisis y de la representación de ella, porque recubre, sin residuos, el conjunto de su dominio. Toda riqueza es amonedable; así es como entra en circu- lación. De la misma manera, todo ser natural era caracterizable y podía entrar en una taxinomia; todo individuo era nombrable y podía entrar en un lenguaje articulado; toda representación era significable y podía entrar, para ser conocida, en un sistema de identidades y de diferencias.

Pero esto exige un examen más detallado. Entre todas las cosas que existen en el mundo ¿a cuáles va a poder llamar "riquezas" el