Chapter VI: Summary of the report It reflects on the objectives achievements, contributions and future work.
IMPLEMENTATION
5.4 Other issues
Las huellas y testimonios del pasado impactan en el presente fomentando una alianza donde el ayer y el hoy se pueden comprender a través de la Historia. En este emocionante viaje, nuestro intelecto, unas veces nos asegurará el hallazgo de “nuevos” hechos de otros tiempos y otras, intuirá o imaginará lo que pudo ser. En esta conexión, los aprendices de la disciplina histórica podrán reconocer, citando a Arteaga y Camargo (2014), el carácter augurado del presente, en el sentido de no ser algo accidental o casual, sino la secuela de historias que tienen su origen en el pasado. Alcanzar a entender estos cambios espacio-temporales con su implicación en el futuro requiere de un esfuerzo y compromiso de aprehensión de procesos y operaciones mentales, que tienen mucho que ver con los meta-conceptos y con ejercicios de abstracción en estrecha conexión con los contenidos históricos sustantivos. Las actividades meta- cognitivas y los procedimientos metodológicos que competen a la educación histórica han sido investigados ampliamente en los últimos años, principalmente en el marco de los estudios del pensamiento histórico que reconocen la Historia, en gran parte, a través
de estos procesos cognitivos, permaneciendo en un segundo plano los resultados provisionales que produce (Éthier, Demers, & Lefrançois, 2010).
Sin embargo, esta manera de proceder para comprender el pasado está muy alejada de la visión que el marco de investigación de Piaget (1974) brindó al estudio de la Historia en las aulas de Educación Primaria. De acuerdo con su teoría del desarrollo cognitivo, los niños tendrán dificultades para entender ciertos conceptos hasta que hayan alcanzado la etapa apropiada. En el caso de los estudios de Historia, las limitaciones con los conceptos abstractos e hipotéticos en la etapa de las operaciones concretas (entre los 7 y 11 años) hicieron que muchos profesores defendieran la esterilidad de su enseñanza. Planteaban esperar a los 11 años para que, según la etapa formal descrita por el psicólogo suizo, los niños experimentaran un aumento en la lógica, en la capacidad de utilizar el razonamiento deductivo y una comprensión de las ideas abstractas que les facilitara el distinguir múltiples soluciones para un problema y un pensamiento crítico sobre el mundo que les rodea. Características estas, propias del razonar histórico.
Pero olvidaban, que también Piaget apuntaba que en esta etapa los infantes son capaces de pensar, sentir y ponerse en el lugar de otros personajes desarrollando, en definitiva, su empatía. Y es esta última orientación la que siguen las propuestas provenientes del mundo anglosajón sobre aprendizajes activos. Propuestas que se hacen eco de la preocupación de docentes e investigadores al reconocer en habilidades de la inteligencia, como la empatía, instrumentos de gran potencial para la comprensión del pasado. A los maestros que tienen que enseñar Historia les corresponde aprender la manera de proceder propia de esta disciplina, orientada al desarrollo del pensamiento histórico; deben potenciar el hábito de ponerse en el lugar de las gentes del pasado, entender sus puntos de vista y comprender cómo pensaban y sentían. Esto es, trabajar y desarrollar la empatía histórica.
Adoptar otra perspectiva supone para el docente descubrir sus habilidades de empatía y ponerlas en conexión con hechos, pensamientos y sentimientos de agentes históricos. Si bien es cierto que en las clases de Historia los procedimientos propios de esta disciplina comprometen al proceso de aprendizaje con el estudio de fuentes y su contextualización, se considera que las habilidades cognitivas y afectivo-emocionales de los profesores contribuyen a enriquecer las explicaciones acerca de los procesos del pasado y las intenciones de los agentes históricos. ¿Pero, están preparados los
profesores para esta tarea?, ¿qué niveles empáticos poseen los futuros profesores para abordar el tratamiento contextualizado del pasado y transmitirlo a sus estudiantes? Y es que, como afirma Trepat (1995), “para educar en empatía, naturalmente, es necesario de entrada que los profesores y profesoras que la vayan a enseñar, la hayan ejercitado anteriormente y posean ya esta capacidad” (p.303).
Efectivamente, la empatía es una capacidad que tienen aquellas personas que saben ponerse en el lugar de otros, que algunos poseen desde su nacimiento y que sin embargo hay quien tiende a desarrollarla en otros momentos de su vida. De cualquier forma, esta habilidad de la inteligencia emocional no resulta fácil para muchas personas, ya que entender los sentimientos, pensamientos y emociones de quienes nos rodean no es una tarea sencilla. Tampoco resultaba fácil para los psicólogos y psicómetras, que hasta hace unas décadas clasificaban a las personas con los test de inteligencia valorando fundamentalmente su cociente intelectual (C.I.). En la actualidad, los investigadores, psicólogos y educadores, con una mejor formación y con más creatividad, están invirtiendo sus esfuerzos en descubrir el enorme potencial del ser humano, que no solo se encuentra en un pequeño grupo con un C.I. elevado.
En el caso concreto de la ciencia histórica, los historiadores reconocen que la empatía es una de las capacidades intelectuales absolutamente imprescindible para la comprensión del pasado en su contexto. Esta habilidad ayuda al estudioso a desvincularse de su presente, a manejar las fuentes de información de manera más objetiva y a aparcar los valores actuales en la interpretación de los procesos del pasado. Por ello, consideramos que, entre otros factores, desarrollar la empatía debe ser determinante en los cursos de primaria y secundaria para comprender el pasado, ponernos en el lugar de los agentes históricos, y adquirir una imagen lo más acercada posible de la identidad de un personaje (empatía individual), pueblo o sociedad (empatía histórica). Estas imágenes seguramente permanecerán durante el resto de nuestra existencia, proporcionando aprendizajes significativos fuertemente anclados en las estructuras cognitivas y, por tanto, muy duraderos.
No obstante, en el ámbito educativo se presta escasa atención al desarrollo de esta habilidad. Son pocos los profesores de Historia que desarrollan en sus clases actividades empáticas como las simulaciones, los juegos de rol, el visionado de películas históricas o actividades del estilo de “si tú fueras…” “qué habría pasado si…”. Incluso cuando se hacen, pocas veces forman parte de la evaluación. Más bien, son
entendidas como actividades complementarias encaminadas a hacer más amenas las clases de Historia. Por tanto,se desaprovecha una magnifica herramienta para favorecer el pensamiento histórico y mejorar el rendimiento académico de los estudiantes.
Es por ello que, en este trabajo, hemos centrado nuestro interés en el estudio de la relación entre la empatía, como una capacidad meramente psicológica, y su aportación en el desarrollo de la empatía histórica, como parte imprescindible del pensamiento histórico.