Se conoce como comadronas a quienes, a través de la experiencia, han sido reconocidas por su labor como mutiladoras y generalmente tienen una edad avanzada (Unión de Asociaciones Familiares, 2013: 31). A menudo, las comadronas también son parteras de confianza en las familias, ancianas,
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Somalia Egipto Gambia Etiopía Costa de Marfil Kenia
Diferencia de Prevalencia de MGF
46 curanderas y médicos que trabajan en centros de salud (Amnistía Internacional, 1998: 22). Durante el procedimiento, ordinariamente solo se permite que estén presentes mujeres y por esta razón son ellas las que se especializan en esta labor, transmitiendo sus conocimientos a través de generaciones (Amnistía Internacional, 1998: 22). Para Bai Sanday Ceesay, mediadora intercultural de Médicos del Mundo de Aragón, las comadronas necesitan recibir mayor información sobre los perjuicios de la MGF y fomentar el diálogo para eliminar la concepción que tienen las familias y las comadronas que al ejecutar este procedimiento está generando un beneficio en las niñas (Asociación La Sexología, 2013a).
Las comadronas tienen gran reputación dentro de las comunidades y reciben una remuneración por la labor que realizan (Paz y Desarrollo, 2013: 16). Este gasto por concepto de la ablación en las niñas es uno de los más representativos para las familias (Dirie, 2003: 41). Este dinero se entrega a la comadrona y constituye una inversión, ya que la niña será capaz de casarse y consecuentemente acceder a recursos económicos adicionales (Dirie, 2003: 41). Generalmente, las comunidades protegen a las comadronas por ser consideradas como sabias debido a la experiencia y conocimientos que poseen. Es por esta razón, que se dificulta la intervención legal y la recolección de información acerca de esta práctica (Amnistía Internacional, 1998: 24). El momento en el que existen complicaciones en términos de salud para la niña víctima de la ablación, la comunidad tiende a culpar a la niña o a su familia por no haber realizado los rituales solemnes previos para que el procedimiento sea exitoso, caso contrario aducen la promiscuidad de la niña (Amnistía Internacional, 1998: 24). Fátima Djarra, mediadora intercultural de Médicos del Mundo de Navarra relata: “si muere, la gente piensa que dios quiso que esa niña se muera, pero no piensa en la mal forma de cortar, cómo cortar, sangrado o infecciones que tenía la niña.
La gente no piensa en eso” (Asociación La Sexología, 2013a).
La intervención de personal médico certificado es mínimo, es decir, solamente el 18% de las mutilaciones se llevan a cabo en centros médicos, dependiendo de la situación económica de las familias (Organización Mundial de la Salud, 2012). No obstante, en el año 2000 Egipto registró que aproximadamente el 60% de las niñas se realizaron la ablación a través de profesionales de la salud (UNICEF, 2005: 15), esto quiere decir que este país ha obtenido importantes avances en este ámbito, teniendo en cuenta que en
47 ese año las niñas fueron tres veces más propensas a ser atendidas en un centro de salud, en comparación con sus madres, quienes no pudieron hacerlo en su época (Organización Panamericana de la Salud, 2014: 6). Por lo tanto, existe una tendencia en los países africanos que ejercen la mutilación genital femenina hacia una medicalización de estos procesos (UNICEF, 2004: 27). Si bien los profesionales en salud pueden utilizar anestesia e instrumentos quirúrgicos, esto no garantiza la eliminación de riesgos a corto y largo plazo (Organización Panamericana de la Salud, 2014: 7).
Un estudio realizado por la Organización Mundial de la Salud afirmó que el gasto de los gobiernos africanos en temas de salud, específicamente en tratamientos médicos para complicaciones obstétricas generadas por la mutilación genital femenina, oscila entre el 0,1% - 1% del gasto total gubernamental (Organización Panamericana de la Salud, 2014: 4). Se desconoce el dato exacto sobre la cantidad de dinero que las familias otorgan para acceder a tratamientos por complicaciones de la mutilación genital femenina, pero se estima, por medio de un análisis de la OMS en Nigeria, que es de USD$120 por niña (Organización Panamericana de la Salud, 2014: 5). De hecho, a través de una investigación de esta misma institución en Gambia, se comprobó que una de cada tres complicaciones ginecológicas era ocasionada por la ablación (Organización Panamericana de la Salud, 2014: 5).
A pesar de que la mutilación genital femenina puede provocar la muerte durante el procedimiento o posteriormente durante el alumbramiento, estas muertes no son registradas como consecuencia de esta práctica, generando información poco clara y transparente, lo que dificulta el análisis de la tasa de mortalidad causada por la ablación (UNICEF, 2004: 27). Esto se debe a que la mayoría de los casos en países africanos (82%) se realizan en la clandestinidad, utilizando medicina tradicional de cada comunidad, con instrumentos poco higiénicos como cuchillos, hojas de afeitar, tijeras, cristales rotos vidrios o piedras, sin anestesia, en lugares no esterilizados y es realizado por comadronas que no son profesionales en términos de salud (Organización Mundial de la Salud, 2012).
En el caso específico de Guinea, se han observado resultados de niñas y mujeres que han aumentado la frecuencia de sus visitas a centros de salud o realizan la ablación con recursos y personal médico, anestesia e instrumentos
48 esterilizados; por lo tanto, dentro del rango de mujeres de 15 a 19 años, el porcentaje de recurrencia a profesionales de la salud ascendió aproximadamente a un 22%, mientras que para las mujeres entre 45 y 49 años solo el 1% tenía acceso a la salud profesional (UNICEF, 2004: 27). Si bien la intervención de personal médico ayudaría a niñas y mujeres a evitar dolores extremos o riesgos durante el procedimiento, esto demostraría también que la comunidad internacional y los profesionales médicos aceptan esta práctica, sin tomar en cuenta que se trata de una violación fundamental a los derechos humanos (UNICEF, 2004: 27). Es por esta razón que la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Médica Mundial condenan esta intervención por ser un acto de violencia contra la mujer y por no generar mejoras en su situación de desigualdad, eliminando únicamente el dolor inmediato (UNICEF, 2004: 27).