4.3 Development and validation of data collection techniques
4.3.2 Lesion scoring
LA FILOSOFÍA del siglo XVII es la filosofía de las ideas y de los grandes problemas del
pensamiento. Es el siglo de las ideas del orden y de las ideas matemáticas. Los hombres del siglo XVIII, en Inglaterra, aspiran a dar aplicaciones prácticas a esas ideas; fuera del problema
del conocimiento, que es específicamente filosófico, los filósofos del siglo XVII se dedican a
problemas religiosos y sobre todo morales. Hay, en este periodo, pocos estéticos en el sentido propio de la palabra.
A) BACON
Bacon (1561-1626), en su De dignitate et augmentis scientiarum, divide el entendimiento en tres partes, a las que hace corresponder tres especies de ciencias: la memoria a la historia, la imaginación a la poesía y la razón a la filosofía. En el campo de la poesía, Bacon parece dar libre curso a la imaginación y a la invención. Califica a la poesía como dream of learning, ve en ella algo de “divino”. En su escrito sobre “la belleza”, Bacon considera que las mejores proporciones no deben ser conformistas, y critica a Durero, que reduce la belleza a proporciones matemáticas. Bacon distingue tres clases de poesía: la narrativa, la dramática y la parabólica. Esta última, que se sirve de alegorías y de símbolos, es para el pensador inglés la mejor de las tres. Esta concepción de la poesía responde, en realidad, a las ideas de la verdad y al ideal moral del siglo XVII clásico.B) HOBBES
Hobbes (1588-1679) es ante todo pedagogo. Nos ha legado escritos de crítica literaria en un prefacio a su propia traducción de las obras de Homero. En su concepción del mundo, Hobbes pretende que no existe nada aparte de la materia y el movimiento. El movimiento afecta los objetos exteriores. Este movimiento se transmite al cerebro y después al corazón. De aquí se produce un movimiento en sentido inverso que, a su vez, genera la sensación. Los movimientos dentro de nosotros pueden reunirse, sustraerse, multiplicarse, dividirse. Estos movimientos en serie forman, al reunirse, el pensamiento y la imaginación. Y de aquí llega Hobbes a decir que el espíritu no es otra cosa sino la materia en movimiento. Más todavía que Bacon concede Hobbes un amplio campo a la imaginación, que él entiende en un sentido muy extenso. Incluye en ella las pasiones, la memoria, el don e incluso la filosofía y el juicio. Pero en la poesía, de la especie que sea, y por necesarios que sean en ella el juicio y la imaginación, lo más importante es esta última, en opinión de Hobbes: “La imaginación debe ser lo más
importante”.1 Hobbes piensa que, en los casos en que la filosofía ya ha ordenado las ideas en un sistema, la imaginación encuentra el terreno preparado y ya únicamente tiene que proporcionar el movimiento, make a swift motion over, para que la obra quede lista para el canto, la danza, etcétera. Para él, la imaginación no aporta sólo la diversidad, sino, como la filosofía, clasifica y ordena. La poesía hasta debe remplazar a la filosofía moral que, según Hobbes, está por completo ausente. El hombre no busca en la sociedad más que lo que le parece bueno, y permanece tan poco sociable como un animal salvaje: homo hominis lupus, el hombre es un lobo para el hombre. A su concepción de la sociedad se conecta su teoría de la risa, fundada en el orgullo humano: la risa, dice, es una especie de gloria de sentirse en un nivel elevado en comparación a los otros; o bien los hombres ríen de sus tonterías pasadas cuando se acuerdan de repente de ellas, salvo si está ligada a alguna de ellas una determinada deshonra.
C) LOCKE
El pensamiento filosófico del siglo XVII se vio dominado por las ideas de Locke (1632-1704).
Para él, todas las manifestaciones del espíritu se reducen a sensaciones: sensaciones simples del mundo exterior e interior, y síntesis de estas sensaciones simples que constituyen las ideas complejas. Es la concepción atomística del conocimiento.
D) BERKELEY
Berkeley (1684-1753)2 no ha formulado realmente una teoría estética, pero nos ha legado sus ideas acerca de lo bello en su Diario de viaje, en ciertos artículos del periódico The
Guardian, en que habla de los placeres naturales y de los placeres artificiales, en los diálogos
del Alcifrón (nombre despectivo que designa a los librepensadores que Berkeley detesta y cuyas doctrinas se pone a refutar): en el tercer diálogo aparece una crítica al esteticismo moral de Shaftesbury; y en la segunda parte de Siris estudia la actividad del espíritu y su participación en la unidad divina. Berkeley se muestra conmovido ante el espectáculo de la naturaleza, en especial de Irlanda, su país natal, y de Italia: cuanto más hermoso se le aparece el espectáculo, tanto más real lo considera.3 Ama la naturaleza y su pintoresquismo: es la belleza como representación. Su sentido por la belleza natural se alía a su gusto por las ciencias. Tenemos una percepción en el orden de la finalidad cuando nos dice, por ejemplo: “¡Qué previsión la que hay en el cuerpo del vegetal y del animal!”4 A su concepción de lo bello en la naturaleza se añade su concepción de lo bello en el arte. La actividad artística es prolongación de la actividad divina: el espíritu creador constituye la garantía de la autenticidad de lo real en la armonía. La Biblia es una colaboración de Dios con el hombre en el arte y en la verdad. El sentido de la actualidad de la naturaleza corresponde al sentido de la verdad en el arte, y el de la perfección que no existe sino en la naturaleza corresponde a las cualidades técnicas de la obra.
La concepción de Berkeley se opone al moralismo: hay, según él, una proporción en la virtud. Su doctrina del “entusiasmo” es, en realidad, un cierto gusto o sentido moral más eficaz que la razón.5
La razón y el juicio son los únicos capaces de mostrar la conformidad de los actos con los designios de Dios. Berkeley condena la casualidad6 y la fuerza ciega: los fines deben ser sensatos y buenos. Lo bello no es aquello que place, sino la simetría y la proporción, la perfección y la fitness. Es “la aptitud y la subordinación que producen toda la belleza”. La noción de lo bello es una elaboración racional, un conocimiento nocional: no es algo percibido, sino algo concebido. La naturaleza es la norma de todas las cosas: en la contemplación del universo, por doquiera que hay belleza hay también unidad, y la unidad se encuentra en todo el universo. El sentido de la naturaleza de Berkeley está impregnado de convicciones metafísicas. Las cosas bellas pertenecen a la imaginación en cuanto cosas, mas el principio de su belleza es un principio activo que no forma ya parte del dominio de la representación, sino del dominio de lo suprasensible. Proviene del intelecto puro; es, en consecuencia, metafísico y se remonta a Dios, fuente de toda unidad. En la contemplación de la escala natural, la armonía y la correspondencia exacta del conjunto nos dan la idea de la belleza. La belleza prototípica de la naturaleza es, según Berkeley, “la unidad de una cadena de oro”. Pero piensa que hay mayor perfección en la creación que en la eternidad, ya que belleza equivale a vida. No hay una unidad estática: las leyes de la evolución tienden hacia la unidad; y la propia naturaleza humana revela cierta unidad. Pero el intelecto puro alcanza por sí solo las relaciones y la categoría de la unidad que él mismo ha recibido de un principio superior. Es la acción divina la que engendra la unidad del universo. En las ideas divinas, arquetipos de las cosas, reside el principio de su unidad: un perpetuo decreto de Dios hace corresponder nuestras sensaciones. El objeto está compenetrado de racionalidad, pero es el sujeto de su acción espiritual el que le confiere su significación. Las leyes de la naturaleza, en cuanto manifestaciones de las causas que existen en el mundo inteligible, son un lenguaje en que Dios le habla al hombre. La ciencia interpreta los mensajes de la omnipotencia; mas sólo el intelecto puro puede tener una intuición reveladora, fuente de unidad y armonía. La belleza, milagro en que Dios nos advierte su presencia, es la revelación de la unidad y armonía en que el espíritu humano efectúa su contemplación estética.
1 Hobbes, Leviatán, I, VIII. Versión española, FCE, México, 1940. 2 A propósito situamos a Berkeley en el siglo XVII; de hecho se encuentra en las postrimerías del siglo XVII e inicios del XVIII, pero publicó sus escritos siendo muy joven todavía. 3 Cf. Filonoo. 4 Cf. Alcifrón. 5 Recuérdese la doctrina del entusiasmo en Platón. 6 Cf. Alcifrón.