Fuera de la Suma de santo Tomás se ha descubierto un tratado intitulado De pulchro et de
bono, atribuido primero a este gran escolástico, pero después, con mayor certeza, a Alberto
Magno.4 Las investigaciones contemporáneas5 llevaron a Eugéne Anitchkoff a señalar que la teoría y la definición de lo bello, tal como se exponen en este tratado y que a primera vista parecen tomistas, no presentan un acuerdo muy preciso con la teoría de lo bello en santo Tomás.6
desagradan. Este gusto o disgusto causado por determinados objetos se explica por el ejercitamiento de ciertas facultades nuestras. Hay en nosotros cuatro formas sensitivas internas
(vires interiores sensitivae). Las formas sensibles de las cosas son percibidas por nosotros
gracias a lo que los escolásticos llaman el sentido común, según el principio “sensus
communis est radix et principium exteriorum sensuum”. Pero las formas de las cosas
exteriores que nuestro sentido común reúne, no se conservan sino mediante la memoria y la imaginación. Una vez que estas sensaciones han penetrado en nosotros y recibida una primera vida por la imaginación, las juzgamos con una determinada fuerza: vis estimativa.7 Así pues, el instrumento estético por excelencia es, igual que en Kant, el juicio, aquello que nos conviene o que no nos conviene.
Los objetos nos gustan o nos disgustan gracias a una sensación visual que actúa de intermediario: la vista es el sentido estético por excelencia, mientras que el gusto, el olfato y el tacto están excluidos. Por lo que respecta al oído, es un sentido más bien sospechoso durante la Edad Media. San Agustín teme su influencia carnal y santo Tomás lo cita.8 La vista y el oído pueden producir impresiones estéticas.9 Pulchra dicuntur quae visu placent. Según esta afirmación de santo Tomás, son las sensaciones de la vista las que explican la impresión estética del objeto, con lo cual nos encontramos en pleno hedonismo estético: es el agrado, el placer. Pero sigamos un poco más adelante. Decir que un objeto nos gusta es un juicio. Por otra parte, hay dos especies de vis estimativa: la vis estimativa naturalis y la vis estimativa
cogitativa, que corresponden al juicio natural y al juicio racional. Mientras que el primero se
puede percibir ya en los animales, el segundo es exclusivamente humano. El placer que se siente frente a un objeto bello no es, pues, corpóreo, sino intelectual. En un paisaje que nos agrada hay diversos elementos físicos, pero estos elementos deben suprimirse en la medida de lo posible: pulchrum respicit vim cogitativam. Lo bello concierne únicamente a la facultad del juicio racional. Y así, la estética de santo Tomás comienza por ser una estética sensualista y empírica con el hedonismo de la vista y se desplaza después, como la de Kant, a una estética del juicio para establecer la preeminencia del juicio racional. Lo que añade y confirma el carácter racional de la estética de santo Tomás es que para él toda belleza es formal. En su opinión, todo conocimiento se dirige a las formas de las cosas, no a su contenido. Y estas formas nos proporcionan un conocimiento adecuado del objeto, ya que emanan de Dios. Dios ha creado las formas, pero una vez creadas se han multiplicado por sí mismas: es la vis creativa conferida por Dios a las formas, son las fuerzas de la naturaleza ordenadas y puestas en acción por la voluntad divina; pero actúan sin la constante intervención de Dios. Lo que constituye la belleza de lo real no es la apariencia sensible de las cosas, sino la forma inherente a ellas; en este punto nos acercamos a las formas aristotélicas. Las potencias latentes de la naturaleza que han comenzado, por su cuenta, a crear: he aquí el dominio de la estética; omnis cognitio pertinet ad formam quae est determinans materiae
potentiarum multitudine.
Ahora bien, ¿cuáles son las relaciones entre lo bello y el bien, puesto que la cogitatio puede tener nexos tanto con uno como con otro? El bien, según santo Tomás, es aquello que todos los hombres y toda la creación (omnia) desean.10 El deseo, la apetencia, es una inclinación natural de un ser por otro ser que le conviene. Mas para discernir lo que, de entre
las diferentes cosas deseables, nos conviene o no se requiere el juicio. En consecuencia, el dominio de la apetencia y el dominio de lo bello se hallan sometidos, a fin de cuentas, al juicio racional.
Santo Tomás, al preguntarse si es posible experimentar un goce sin deseo por y gracias a la mera apreciación, responde afirmativamente. Justo el dominio de lo bello es un dominio que nos proporciona un placer sin que haya deseo de por medio; comienza en el momento en que, después de aprobar las formas que tenemos enfrente, gozamos sin deseo. Además, los objetos penetran a nuestro interior exclusivamente por la mirada, y de todos nuestros sentidos es la vista la más desinteresada, ya que goza meramente de la superficie de todas las cosas. No consumimos el objeto, diría Kant. Lo que distingue lo bello del bien es que el bien es siempre interesado, mientras que lo bello es enteramente desinteresado.
Santo Tomás distingue tres especies de bien: el bien útil, el bien deleitable y el bien honesto. De estas tres especies, el bien útil está excluido de lo bello, por ser éste desinteresado. El bien deleitable no se identifica con lo bello; halaga nuestros sentidos y corre el riesgo de llevarnos a cometer el pecado de la lujuria. Sólo queda el bien honesto, cuya cualidad esencial es ser desinteresado y que posee, además, al igual que lo bello, cierto carácter espiritual; lo bello supremo es la belleza del alma: spiritualis pulchritudo. Si aceptamos que el bien honesto emana del alma, resulta que en esta especie de bien se confunden el bien y lo bello, separados hasta este instante por el deseo: In virtute consistit
spiritualis pulchritudo; virtus autem est species honesti.
Y si es cierto que lo bello y el bien se confunden en sus manifestaciones supremas, ¿resulta que pueden suplirse uno al otro, o existe alguna diferencia entre ambos? Éste es el gran problema que la estética antigua no supo resolver, puesto que no reconocía una auténtica diferencia. En santo Tomás observamos una vacilación. Y Alberto Magno ha intentado encontrar el carácter específico de lo bello en su obra De pulchro et de bono.
Santo Tomás nos ofrece en su obra diferentes definiciones de lo bello. Para que haya belleza se requieren tres características esenciales: la integridad o perfección, la proporción justa o armonía, y la claridad.11 Las primeras dos cualidades provienen de Aristóteles.
Integritas significa que todas las propiedades pertenecientes al objeto deben encontrarse
efectivamente en el objeto. Todas esas cualidades múltiples deben concordar, es decir, formar un nexo armonioso exigido por el concepto y por la finalidad del objeto. La claritas significa que estas cualidades del objeto deben ser apercibidas por nuestra razón. Las tres características son intelectuales, y debe existir un nexo legítimo entre ellas. De este modo llega santo Tomás nuevamente a la cuestión planteada más arriba: las relaciones entre lo bello y el bien.
Todo objeto, toda criatura pueden ser examinadas por nosotros de dos modos: desde el punto de vista de la sucesión de las causas, o desde el punto de vista de los efectos producidos por este objeto sobre el hombre. Si nos atenemos al primero, encontramos causas eficientes, materiales, formales y finales. Es necesario que la causa eficiente se convierta en causa final, se realice de modo que cumpla y realice el fin. Y es el bien el que conduce la causa eficiente hacia la causa final. El efecto que las diversas causas producen en el hombre no siempre es el mismo. Cuando estudiamos un objeto, una “criatura”, lo que en primer lugar asombra al
espíritu no es su materia, ni la causa que la ha hecho nacer, ni el fin a que apunta: es su forma, o sea la producción de un efecto semejante a sí mismo o, para decirlo de otro modo, la perfección de la causa eficiente. Una vez que hayamos investigado la causa eficiente del objeto, cuya perfección consiste en la repetición de sí misma, descubriremos que, en última instancia, es el bien el que explica esta perfección. Así pues, el bien y lo bello son idénticos en lo que respecta a su nexo con el sujeto. Pero si el bien y lo bello son idénticos en su relación con nosotros, existe sin embargo una diferencia en nuestra manera de enfrentarnos a ellos. Lo bello no suscita deseo, mientras que el bien lo despierta siempre. Respicit
appetitum, incluso si este apetito consiste en la beatitud suprema. Lo bello no se dirige más
que a nuestra facultad de conocer: respicit vim cognoscitivam.
Veamos a continuación otra definición que nos da santo Tomás de lo bello: la proporción justa. Aquí no se encuentra aún incluida la palabra claritas; no será sino hasta más adelante cuando la añadirá santo Tomás. Claritas es tanto como color nitidus, es la vista en su sentido intelectual por excelencia, que elimina toda sensibilidad para representar únicamente la inteligencia. No obstante, en su comparación con el color centelleante, incluye un elemento afectivo en esta definición tan intelectual.
En el pequeño tratado De pulchro et de bono de Alberto Magno hallamos una definición de lo bello en que aparecen nuevos principios: ratio pulchri consistit in resplendentia formae
super partes materiae proportionales vel super diversas vires vel actiones. En esta
definición queda sobrentendida la coordinación. La forma, que desempeña en la estética un papel tan considerable, es mencionada aquí. Mientras santo Tomás no se ocupa sino de la proporción de los objetos, aquí se presenta una posibilidad de belleza formal en las acciones. La perfección, pues, no es suficiente; se requiere el resplandor, el esplendor de la forma; hace falta que alguna cosa se añada a la proporción debida: nos las habemos aquí ya con una investigación moderna, prekantiana, donde aparte de lo intelectual se trasluce un “no sé qué”. Lo pulchrum, con sus nuevas cualidades, no solamente no es idéntico, sino que es superior a lo honesto: es la resplendentia. Lo honesto es el grado supremo del bien, pero lo bello es superior a lo honesto. A juicio de Alberto Magno en De pulchro, la forma es todo aquello creado por la causa formal. Todas las formas son buenas y perfectas, pero no todo lo que es formal es bello: le hace falta el centelleo, y es la gracia divina la que hace descender esta aureola sobre las cosas.