Chapter 4 Discussion of the Mathews stability method application at Olympic
4.2 Limitations of the Mathews stability method use at Olympic Dam
En la primera señal Moisés recibió órdenes de mirar a la vara que tenía en su mano. Era simplemente el bastón normal de un pastor. Debía echarlo al suelo cuando lo ordenara Dios, entonces se convirtió en serpiente, de la que Moisés escapó aterrorizado. De nuevo Dios ordena y cuando Moisés toma la serpiente por la cola, una vez más «se volvió vara en su mano». El significado era sencillo. En adelante Moisés debía esgrimir el cayado. Cuando Dios lo ordenase tenía que arrojarlo; su llamamiento tenía que ser cambiado, y debería encontrarse con «la serpiente»; no solo el antiguo enemigo, sino también el poder de Faraón, del cual la serpiente era el emblema público y famoso.16 «La serpiente era el símbolo del poder real y divino de la corona de cada Faraón»17; el emblema de la tierra, su religión y gobierno. A continuación, por orden de Dios, Moisés agarró esta serpiente, la cual se convirtió de nuevo en una vara con la que guiaba a su rebaño; con la diferencia que ahora el rebaño era Israel, y la vara de pastor la «vara de Dios»18 que hacía maravillas. En resumen, el humilde pastor, que hubiese escapado de Faraón, debía, por la fuerza divina, derrotar todo el poder de Egipto.
La segunda señal mostrada a Moisés se refería directamente a Israel. La mano que tuvo que meter en su seno se cubrió de lepra; pero la misma mano, cuando fue introducida de nuevo, fue totalmente restablecida. Este maravilloso poder de infligir y sacar una plaga, aceptado por todos como proveniente de Dios, mostraba que Moisés podía infligir o sacar los más severos juicios de Dios. Pero dijo otras «palabras» al pueblo. Israel, de quien Dios dijera a Moisés, «llévalo en tu seno»,19 era la mano leprosa. Pero con la misma certeza y velocidad con la que fue restaurada al ser introducida de nuevo en el seno de Moisés, Dios les sacaría de la miseria y la desolación de su estado en Egipto, y los restablecería en su propia tierra.
15
Éxodo 4:1.
16
La Escritura a menudo usa la serpiente como símbolo de poder hostil al reino de Dios y aplica esa figura no sólo a Egipto (como en Sal. 74:13; Is. 51:9), sino también a Babilonia (Is. 27:1).
17
Speaker’s Commentary, vol. I, p. 265.
18
Éxodo 4:20.
19
«No cabe duda que, como hijo adoptivo de la princesa, Moisés debía recibir la formación más elevada. La Escritura nos dice que, en consecuencia, era “poderoso en palabras y obras”, y podemos tomar la afirmación en su toda su sencillez, sin introducirnos en las muchas leyendas judías y egipcias que loan su sabiduría y sus logros militares. Así pasaron los primeros cuarenta años de la vida de Moisés. Sin lugar a dudas, con su disposición, una labor incluso más elevada que la de José podía abrirse delante de él. Pero, antes de entrar en ella, tenía que tomar una decisión sobre esa cuestión preliminar: ¿con quién iba a ser su parte? ¿Con Israel o con Egipto? ¿Con el mundo o con las promesas? En las circunstancias de persecución de los hebreos resultaba imposible “ser llamado el hijo de la hija de Faraón” al mismo tiempo que formar parte del “pueblo de Dios”, como uno de ellos».
Compañía de lanceros egipcios. Cada compañía estaba compuesta por 40 hombres en filas de 10. Los egipcios iban armados con lanzas provistas de anchas puntas de bronce y escudos. (Imperio Medio XI Dinastía. El Cairo, Museo Egipcio)
La tercera señal dada a Moisés, por la cual el agua del Nilo se convertía en sangre cuando era derramada sobre el suelo, no sólo era persuasiva para los israelitas, sino que hacía referencia especial a la tierra de Egipto. El Nilo, del cual dependía toda su fertilidad, y que los egipcios adoraban como divino, tenía que convertirse en sangre. Egipto y sus dioses tenían que ser humillados ante el poder absoluto que Dios iba a manifestar.
Estas «señales», que no podían ser contradecidas, seguramente eran suficientes. Y no obstante Moisés dudaba. ¿Era él el representante adecuado para dicho trabajo? No poseía la elocuencia cuyo fuego enciende el entusiasmo de una nación y cuya fuerza barre todos los obstáculos que se le ponen por delante. Y cuando esta objeción también fue respondida con la indicación que era necesario depender directamente de aquel que podía soltar la lengua y abrir ojos y oídos, se manifestó el rechazo velado pidiendo directamente que alguna otra persona fuese empleada para tal misión. Entonces fue cuando «se encendió la ira de Dios contra Moisés». No obstante, por su tierna misericordia, sintió pena por la debilidad de la fe de su siervo y le ayudó. Con esta doble finalidad anunció Dios que incluso entonces Aarón ya estaba de camino para unirse a él, y que tomaría la parte del trabajo para la cual Moisés no se sentía apto. Aarón iba a ser el compañero y, por así decirlo, «el profeta» de Moisés.20 Aarón iba a declarar el mensaje divino encargado a Moisés, del mismo modo que un profeta entrega la palabra recibida. «ASÍ SE FUE MOISÉS.»21
A estas alturas, nos encontramos con dos detalles que necesitan una breve explicación. Porque, primero, parecería que la primera petición que Moisés había recibido para comunicar a Faraón era de ir «camino de tres días por el desierto», mientras que la intención era que Israel se fuera de Egipto para siempre. Segundo, se había dado una promesa divina que Israel no se iría «con las manos vacías», sino que Dios daría al pueblo gracia ante los ojos de los egipcios, y que toda mujer «pidiera prestado de su vecina», de modo que
«despojaran a los egipcios».
Al principio, observamos el modo altamente formal con el cual Israel debía dirigirse a Faraón, según las instrucciones recibidas. En términos absolutos Faraón no tenía ningún derecho para detener al pueblo en Egipto. Sus padres habían venido con la condición de no quedarse, sino para «morar» temporalmente, y bajo estas condiciones habían sido recibidos. Y ahora no sólo estaban siendo oprimidos erróneamente, sino que se veían detenidos injustamente. Pero, a pesar de ello, no tenían que escapar a hurtadillas, ni alzarse en
20
Éxodo 7:1.
21
rebelión. El poder divino con el que estaba armado Moisés tampoco podía ser usado para vengar las
maldades pasadas ni para asegurar su libertad. Por el contrario, debían solicitar a Faraón el permiso incluso para realizar una expedición tan inofensiva de tres días de peregrinación en el desierto para hacer sacrificios a Dios; una solicitud muy razonable, si consideramos que los sacrificios de Israel eran, desde un punto de vista religioso, «una abominación» para los egipcios,22 y podían producir problemas. El mismo exceso de consideración por Faraón provocó una petición tan moderada al inicio. Fue una concesión infinita a la debilidad de Faraón, por parte de Dios, no insistir pidiendo una salida total e inmediata de Israel. No se podía pedir menos a Faraón, ni la obediencia podía ser planteada de un modo más fácil. Sólo la
determinación más tiránica para aplastar los derechos y las creencias del pueblo, y el desafío más osado a Jehová, podían haberle impulsado a rechazar dicha petición, y ello ante todas las señales y maravillas que respaldaban la misión de Moisés. Así, al principio, su sumisión iba a ser puesta a prueba donde era más fácil hacerlo y la desobediencia sería «inexcusable».
Podía haber existido alguna razón por parte de Faraón para rechazar de inmediato la idea de dejar ir totalmente a los que habían sido sus siervos durante tanto tiempo; pero no existía ninguna en absoluto para resistirse a una petición tan moderada y respaldada por una autoridad tan impresionante. Ciertamente un hombre así estaba en el tiempo adecuado para el juicio del endurecimiento; del mismo modo que, por el contrario, si hubiese sido obediente a la voluntad divina desde el principio, sin lugar a dudas hubiese sido preparado para recibir una mayor revelación de la voluntad de Dios, y la gracia necesaria para someterse a la misma. Así es como Dios siempre trata con el hombre usando su misericordia. «El que es fiel en lo muy poco, también es fiel en lo mucho; y el que es injusto en lo muy poco, también es injusto en lo mucho». Lo que Dios nos pide es para poner a prueba lo que hay en nosotros. Así fue en el caso de la obediencia de Adán, del sacrificio de Abraham, y ahora de Faraón; con la diferencia que en el último caso, como con la promesa de salvar Sodoma si se hallaban diez hombres justos entre sus malvados habitantes, la paciencia divina llegó a las máximas concesiones. El mismo principio de gobierno también aparece en el Nuevo Testamento, y explica cómo el Señor a menudo hablaba de «cosas terrenales», a fin de que la incredulidad para con las mismas convenciera a los hombres de su incapacidad para escuchar «las cosas celestiales». Así el joven legislador23 que pensaba estar deseoso de heredar la vida eterna, y el escriba que profesaba
disposición para seguir a Cristo,24 a pesar de recibir solo una prueba de «cosas terrenales», sucumbieron ante ella. Esto nos enseña una lección aplicable a nuestro propio caso; porque «sólo entonces sabremos si
continuamos para conocer al Señor».
La segunda dificultad acerca de las instrucciones recibidas por Israel para que «pidan prestado25 alhajas de plata, alhajas de oro y vestidos», y así «despojar a los egipcios»,26 se basa en una sencilla comprensión errónea del texto. Incluso el sentido común indicaría que, dadas las circunstancias finales bajo las cuales Israel dejó la tierra, ningún egipcio pensaría en la posibilidad de prestar temporalmente joyas, para ser devueltas al cabo de poco tiempo. Sino que, de hecho, la palabra traducida por «pedirá», no significa en préstamo, y no se emplea con dicho significado en todo el Antiguo Testamento. Siempre significa
únicamente «pedir» o «requerir». Esta «petición» o «demanda» (según la llamaremos al tener en cuenta la justicia del caso) fue satisfecha con mucho gusto por los egipcios. El terror de Israel había caído sobre ellos, y en lugar de escapar como fugitivos, salieron como un ejército triunfante, llevándose «los despojos» de los enemigos conquistados divinamente.
22
Éxodo 8:32.
23
Mateo 19:16; Marcos 10:16; Lucas 18:18.
24
Mateo 8:19, 20; Lucas 9:57, 58.
25
Nota del traductor: Según traduce la Authorised Version en inglés. Traducimos estos párrafos para mantener la obra en su estado original y a fin de dejar este punto claro, aunque la mayoría de versiones españolas traducen simplemente:«pedir».
26
Es más importante comentar otro detalle. Moisés fue el primero en llevar una comisión divina a otros. También fue el primero en realizar milagros. Los milagros nos presentan la unión de lo humano y lo divino. Todos los milagros apuntaban hacia el mayor milagro de todos, «el misterio de la piedad, el cual los ángeles desean ver»; la unión de lo divino con lo humano, en su aparición más completa en la persona del Dios- Hombre. Así en estos dos aspectos de su servicio, como también en su misión de redimir a Israel de la esclavitud y santificarlos para con el Señor, Moisés fue una eminente figura de Cristo. «Por tanto» «consideremos al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús; el cual fue fiel al que le designó, como también lo fue Moisés en toda la casa… como un criado, para testimonio de lo que había de anunciarse después; pero Cristo como hijo sobre su casa, cuya casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gozo de nuestra esperanza».27
Capítulo 5
(Éxodo 4:17–31)
La historia de la Escritura está llena de aparentes contrastes. Parece ininteligible al observador
superficial, pero el corazón del creyente se regocija en analizar, paso a paso, la diferencia entre lo que parece al ojo humano y lo que realmente es ante Dios; y luego entre el poder de Dios y la humildad de los medios y las circunstancias que él escoge para manifestarlo. El objeto de lo uno es hacer surgir nuestra fe y animarla en las circunstancias que parecen menos prometedoras de éxito; mientras que lo otro es para dar toda la gloria a Dios, e incluso para hacer levantar nuestra vista de la tierra al cielo. Éste era el estado de cosas cuando, en los días de su carne, ni Israel ni los gentiles reconocieron la dignidad real de Cristo en la persona que entró en Jerusalén, «manso, y sentado sobre un asna y un pollino de asna».