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PART I: STRUCTURAL HEALTH MONITORING

9.2 Literature review: Structural Analyses Methods

Baruch Spinoza

La mayoría de las religiones enseñan que Dios existe en al- gún lugar fuera del mundo, quizá en el cielo. Baruch Spi- noza (1632–1677) creía, en cambio, que Dios es el mundo. Para exponer su argumento, este pensador escribía acerca de «Dios o la Naturaleza», utilizando ambas palabras para referirse a la misma cosa. Dios y la naturaleza son dos for- mas de describir una única cosa. Dios es la naturaleza y la naturaleza es Dios. Esto viene a ser una forma de panteísmo: la creencia de que todo es Dios. En su momento, fue una idea radical que metió a su autor en muchos problemas.

Spinoza nació en Ámsterdam, en el seno de una familia de judíos portugueses. En aquella época, Ámsterdam era un lugar popular entre quienes huían de alguna persecución. Pero incluso ahí había límites a las opiniones que uno podía expresar. Aunque había sido criado en la religión judía, Spi-

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noza fue excomulgado y condenado por los rabinos de su sinagoga en 1656, cuando contaba con 24 años, probable- mente porque sus opiniones sobre Dios eran poco orto- doxas. Entonces dejó Ámsterdam y se instaló en La Haya. A partir de ese momento sería más conocido como Benedic- to de Spinoza que por Baruch, su nombre judío.

Muchos filósofos se han sentido atraídos por la geome- tría. Las famosas pruebas de varias hipótesis geométricas del griego de la Antigüedad Euclides pasaron de unos pocos axiomas o suposiciones sencillas a conclusiones como que la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos ángulos rectos. Lo que los filósofos suelen admirar de la geo- metría es cómo, desde un punto de partida determinado y mediante cuidadosos pasos lógicos, llega a conclusiones sor- prendentes. Si los axiomas son ciertos, las conclusiones tam- bién deben serlo. Este tipo de razonamiento geométrico ins- piró tanto a René Descartes como a Thomas Hobbes.

Spinoza no sólo admiraba la geometría; escribió filosofía como si fuera geometría. Las «pruebas» que ofrece en su li- bro Ética parecen pruebas geométricas e incluyen axiomas y definiciones. Poseen, pues, la misma lógica implacable que la geometría, pero en vez de abordar temas como los ángu- los de los triángulos y la circunferencia de los círculos, tra- tan acerca de Dios, la naturaleza, la libertad y la emoción. Spinoza sentía que estos temas podían ser analizados y razo- nados del mismo modo que los triángulos, los círculos y los cuadrados. Incluso termina las secciones con «QED», abre- viación de quod erat demonstrandum, frase latina que signi- fica «lo que se quería demostrar» y que aparece en los libros de texto de geometría. Hay, creía él, una estructura lógica subyacente al mundo y nuestro lugar en él que la razón pue- de revelar. Nada sucede por azar, todo tiene un propósito y un principio. Todas las cosas forman parte de un gran siste- ma y el mejor modo de comprenderlo es mediante el poder del pensamiento. A este planteamiento filosófico que sitúa la razón por encima de la experimentación y la observación se le suele llamar racionalismo.

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A Spinoza le gustaba estar solo. En soledad disponía del tiempo y de la paz mental para dedicarse a sus estudios. Pro- bablemente, teniendo en cuenta sus opiniones sobre Dios, también era más seguro no formar parte de ninguna institu- ción pública. Por esta razón, su libro más famoso, Ética, no sería publicado hasta después de su muerte. Aun así, su re- putación como pensador sumamente original se comenzó a propagar mientras vivía e incluso rechazó una oferta para enseñar en la Universidad de Heidelberg. No tenía inconve- niente, sin embargo, en discutir sus ideas con algunos de los pensadores que venían a visitarle. El filósofo y matemático Gottfried Leibniz fue uno de ellos.

Spinoza vivía con gran sencillez. En vez de comprarse una casa propia, se alojaba en una habitación alquilada. No necesitaba demasiado dinero y podía vivir con lo que gana- ba como pulidor de lentes, más algunos pequeños donativos de gente que admiraba su trabajo filosófico. Las lentes que hacía se utilizaban en instrumentos científicos como telesco- pios y microscopios. Esto le permitía ser independiente y trabajar desde casa. Por desgracia, lo más probable es que también contribuyera a su temprana muerte a los 44 años a causa de una infección de pecho. Debido a su trabajo, dia- riamente debía de aspirar demasiado polvo de cristal y, casi con toda seguridad, esto terminó dañando sus pulmones.

Si Dios es infinito, razonó Spinoza, no puede haber nada que no sea Dios. Si descubres algo en el universo que no es Dios, éste no podría ser infinito, puesto que, en principio, Dios podría haber sido ésa o cualquier otra cosa. Todo for- ma parte de él, incluídas las piedras, las hormigas, las briz- nas de hierba y las ventanas. Todas las cosas conforman una totalidad increíblemente compleja, pero en última instancia todo lo que existe es parte de una única cosa: Dios.

Los creyentes religiosos tradicionales predican que Dios ama a la humanidad y responde a sus oraciones personales. Esto no deja de ser una forma de antropomorfismo: proyectar cualidades humanas, como la compasión, sobre un ser no hu- mano, Dios. La forma más extrema es imaginar a un hombre

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bondadoso con una gran barba y una dulce sonrisa. El Dios de Spinoza no tenía nada que ver con esto. Él –o, quizá mejor dicho, «ello»– es completamente impersonal y no le preocupa nada ni nadie. Según Spinoza, puedes y deberías amar a Dios, pero no esperes nada a cambio. De hecho, el Dios que descri- be es tan absolutamente indiferente a los seres humanos y sus quehaceres que muchos pensaban que Spinoza no creía para nada en Dios y que su panteísmo tan sólo era una tapadera. Creían que se trataba de un ateo totalmente contrario a la religión. ¿Cómo iba a ser otra cosa alguien que creía que a Dios no le importaba la humanidad? Desde la perspectiva de Spinoza, sin embargo, él sentía un amor intelectual por Dios, un amor basado en una profunda comprensión a la que había llegado mediante la razón. Esto no se parecía demasiado a ninguna religión convencional. Probablemente, la sinagoga había hecho bien en excomulgarle.

Las opiniones de Spinoza sobre el libre albedrío también eran controvertidas. Era un determinista. Esto significa que creía que toda acción humana era resultado de una causa anterior. Si una piedra lanzada al aire se pudiera volver consciente como un ser humano, creería que se mueve gra- cias a su fuerza de voluntad a pesar de no ser así. Lo que realmente la mueve es la fuerza del lanzamiento y el efecto de la gravedad. La piedra, sin embargo, sentiría que es ella y no la gravedad quien controla su trayectoria. Lo mismo su- cede con los seres humanos: nos parece que escogemos con libertad lo que hacemos y creemos tener control sobre nues- tras vidas, pero eso se debe a que no comprendemos de dón- de surgen nuestras elecciones y acciones. El libre albedrío es una ilusión. No existe ninguna acción libre y espontánea.

A pesar de ser un determinista, Spinoza creía que cierta libertad humana muy limitada era posible y deseable. El peor modo de existir era en lo que él llamaba esclavitud: a merced por completo de nuestras emociones. Cuando te su- cede algo malo –alguien, por ejemplo, es maleducado conti- go– y pierdes los estribos, estás actuando de un modo pasi- vo. Te limitas a reaccionar ante los acontecimientos. Hechos

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externos provocan tu enojo. No tienes el control. El modo de evitarlo es conocer mejor los elementos que determinan tu comportamiento y las cosas que provocan que te enfades. Para Spinoza, lo máximo que podemos lograr es que nues- tras emociones surjan de nuestras propias elecciones en vez de estar provocadas por acontecimientos externos. Si bien estas elecciones nunca podrán ser completamente libres, es mejor ser activo que pasivo.

Spinoza fue un filósofo típico. Estaba dispuesto a ser controvertido, a proponer ideas que nadie quería escuchar, y a defender sus puntos de vista con argumentos. A traves de sus escritos, sigue influyendo a quienes leen su obra, incluso cuando están en total desacuerdo con sus ideas. Su creencia de que Dios es la naturaleza no fue muy popular en su épo- ca, pero desde su muerte ha ido adquiriendo unos cuantos admiradores eminentes, entre los cuales la novelista victo- riana George Eliot, que tradujo su Ética, o el físico del si- glo xx Albert Einstein, quien, si bien se veía incapaz de creer en un Dios personal, reveló en una carta que sí creía en el Dios de Spinoza.

Como hemos visto, el Dios de Spinoza es impersonal y sin características humanas, así que no castigaría a nadie por sus pecados. La postura de John Locke, nacido el mismo año que Spinoza, era muy distinta. Su teoría sobre la natura- leza del ser humano estaba parcialmente influenciada por su preocupación acerca de lo que podía pasar el día del Juicio Final.

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