PART I: STRUCTURAL HEALTH MONITORING
11.3 Static analyses
11.3.2.2 The vertical resisting elements
Voltaire y Gottfried Leibniz
¿Si hubieras diseñado el mundo lo habrías hecho como es ahora? Probablemente no. En el siglo xviii, sin embargo, algunas personas aseguraban que éste era el mejor de los mundos posibles. «Todo lo que es, está bien», declaró el poe- ta inglés Alexander Pope (1688–1744). Todas las cosas que hay en el mundo son así por alguna razón: forman parte de la obra de Dios y éste es bueno y todopoderoso. Aunque al- gunas cosas parezcan ir mal, no es así. Enfermedades, inun- daciones, terremotos, incendios forestales, sequías… todo forma parte del plan de Dios. Nuestro error es centrarnos en los detalles individuales en vez de considerarlo todo en su conjunto. Si pudiéramos observar el universo desde donde lo observa Dios, podríamos advertir su perfección, cómo las piezas encajan entre sí y todo lo que parece malvado es en realidad parte de un plan mucho más grande.
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Pope no era el único optimista. El filósofo alemán Gottfried Leibniz (1646–1716) utilizó su Principio de Ra- zón Suficiente para llegar a la misma conclusión. Presuponía que debía de haber una explicación lógica para todo. Como Dios es perfecto en todos los aspectos –forma parte de la definición misma de Dios–, debió tener excelentes razones para hacer el universo exactamente de la forma en que lo hizo. No debió dejar nada al azar. Quizá no creó un mundo absolutamente perfecto en todos los sentidos (eso habría convertido el mundo en Dios, puesto que él es lo más perfec- to que hay o puede haber), pero sí creó el más perfecto de los mundos posibles, aquél con la menor cantidad de maldad necesaria para conseguir ese resultado. No podría haber ha- bido un mejor modo de juntar las piezas que éste: ningún diseño habría producido más bondad utilizando menos maldad.
François-Marie Arouet (1694–1778), más conocido co- mo Voltaire, no lo veía así. Todas estas «pruebas» de que todo va bien no le consolaban lo más mínimo. Desconfiaba profundamente de los sistemas filosóficos y de los pensado- res que creían tener todas las respuestas. Este autor tea- tral, escritor satírico y pensador francés era muy conocido en Europa por la franqueza de sus opiniones. Una famosa escultura que lo representa, hecha por Jean-Antoine Houdon, captura a la perfección la sonrisa y las líneas de expresión de este hombre ingenioso y valiente. Defensor de la libertad de expresión y de la tolerancia religiosa, Voltaire fue una figura controvertida. Al parecer, en una ocasión declaró: «Odio lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu dere- cho a decirlo», una poderosa defensa de la idea de que inclu- so las opiniones que uno odia merecen ser oídas. En la Euro- pa del siglo xviii, sin embargo, la Iglesia Católica controlaba de forma estricta lo que podía ser publicado. Muchas de las obras de Voltaire fueron censuradas y quemadas en público y él fue incluso encarcelado en la Bastilla de París por insul- tar a un poderoso aristócrata. Nada de ello, sin embargo, impidió que siguiera desafiando los prejuicios y las preten-
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siones de aquéllos que le rodeaban. Hoy en día se le conoce sobre todo por ser el autor de Cándido (1759).
En esta breve novela filosófica, Voltaire satiriza el opti- mismo acerca de la humanidad y el universo manifesta- do por personas como Pope y Leibniz. Y lo hizo de un modo tan entretenido que el libro se convirtió en un éxito instantá- neo. Sabiamente, Voltaire no puso su nombre en la portada. De haberlo hecho, su publicación le habría llevado de nuevo a prisión por burlarse de las creencias religiosas.
Cándido es el protagonista. Su nombre sugiere inocencia y pureza. Al principio del libro es un joven sirviente que se ena- mora perdidamente de Cunegunda, la hija de su señor, pero cuando les pillan a ambos en una situación comprometida a él le echan del castillo. A partir de entonces, en un relato ágil y a veces fantasioso, Cándido viaja por países reales e imagi- narios con su maestro de filosofía, el doctor Pangloss, hasta que finalmente se reencuentra con su amor perdido, Cune- gunda (para entonces ya vieja y fea). En una serie de cómicos episodios, Cándido y Pangloss son testigos de acontecimien- tos terribles y se topan con una gran variedad de personajes, todos los cuales han sufrido terribles desgracias.
Voltaire utiliza al maestro de filosofía, Pangloss, para ex- poner una versión caricaturizada de la filosofía de Leibniz, de la que el escritor se burla. Pase lo que pase, sea un desas- tre natural, tortura, guerra, violación, persecución religiosa o esclavitud, Pangloss lo considera una nueva confirmación de que viven en el mejor de los mundos posibles. En vez de hacer que se replantee sus creencias, cada desastre no hace sino aumentar su confianza en que todo es para mejor y que así es como tienen que ser las cosas para que se dé la situa- ción más perfecta. Voltaire disfruta al revelar la incapacidad de Pangloss para ver lo que tiene delante, una clara burla del optimismo de Leibniz (aunque, para ser justos, en realidad éste no afirmaba que el mal no existiera, sino que el mal que existía era el necesario para conformar el mejor mundo po- sible). Voltaire sugiere, además, que hay tanto mal en el mundo que es improbable que Leibniz tuviera razón; éste no
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puede ser el mínimo necesario para obtener un buen resulta- do. Hay demasiado dolor y sufrimiento en el mundo para que eso pueda ser cierto.
En 1755 tuvo lugar uno de los peores desastres naturales del siglo xviii: el terremoto de Lisboa, que mató a más de veinte mil personas. Esta ciudad portuguesa quedó devasta- da no sólo por el terremoto, sino también por el tsunami que le siguió, y luego por incendios que ardieron durante días. El sufrimiento y la pérdida de vidas resquebrajaron la fe de Voltaire en Dios. El filósofo francés no podía comprender cómo un hecho como éste podía formar parte de un plan mayor. Esa escala de sufrimiento no tenía el menor sentido. ¿Por qué iba a permitir un Dios bueno que esto sucediera? Tampoco entendía por qué había sucedido en Lisboa. ¿Por qué ahí y no en otro sitio?
En un episodio clave de Cándido, Voltaire utilizó esa tra- gedia real para exponer sus argumentos en contra de los optimistas. Los viajeros naufragan cerca de Lisboa durante una tormenta que acaba con casi toda la tripulación del bar- co. El único que sobrevive es un marinero que, al parecer, ha ahogado deliberadamente a uno de sus amigos. A pesar de la obvia falta de justicia en todo esto, Pangloss sigue viendo todo lo que sucede bajo el filtro de su optimismo filosófico. Al llegar a Lisboa justo después de que el terremoto haya devastado la ciudad y haya dejado decenas de miles de muertos y moribundos a su alrededor, Pangloss sigue man- teniendo de manera absurda que todo está bien. Más ade- lante, las cosas todavía empeoran más: Pangloss es ahorca- do, diseccionado en vida, recibe una paliza y le hacen remar en una galera. Pero él sigue aferrándose a la idea de que Leib- niz estaba en lo cierto al creer en una armonía preestableci- da. No hay experiencia que haga cambiar de opinión al ter- co maestro de filosofía.
A diferencia de Pangloss, Cándido va cambiando poco a poco su forma de pensar. Aunque al principio del viaje com- parte las opiniones de su maestro, al final del libro las expe- riencias vividas le han vuelto escéptico respecto a toda filo-
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sofía y opta por una solución más práctica a los problemas de la vida.
Cándido y Cunegunda viven con Pangloss y algunos otros personajes en una pequeña granja. Uno de estos perso- najes, Martin, sugiere que el único modo de hacer soporta- ble la vida es dejar de filosofar y ponerse a trabajar. Por pri- mera vez, comienzan a cooperar y cada uno de ellos se pone a hacer aquello que se le da mejor. Cuando Pangloss empie- za a decir que todas las cosas malas que han sufrido en sus vidas han sido males necesarios para llegar a esta feliz con- clusión, Cándido le contesta que todo eso está muy bien, pero que «hemos de cultivar nuestro jardín». Éstas son las palabras finales del relato, y pretenden transmitir un mensa- je al lector. La frase es la moral del libro, el remate de esta larga broma. Por un lado, Cándido simplemente está dicien- do que tienen que seguir con el trabajo de la granja, que han de mantenerse ocupados. A un nivel más profundo, sin em- bargo, para Voltaire la idea de «cultivar nuestro jardín» es una metáfora sobre hacer algo útil para la humanidad más allá de discutir acerca de cuestiones filosóficas abstractas. Esto es lo que los personajes del libro necesitan para florecer y ser felices. Y Voltaire no se refiere únicamente a Cándido y sus amigos. Es lo que todos deberíamos hacer.
Voltaire era rico, cosa inusual entre filósofos. De joven, había encontrado un fallo en la lotería del estado y, tras for- mar una sociedad con varios conocidos, había comprado miles de billetes premiados. Luego había invertido sabia- mente el dinero y se había hecho todavía más rico. Esto le proporcionó la libertad económica para defender las causas en las que creía. Erradicar la injusticia era su pasión. Una de sus acciones más admirables fue defender la reputación de Jean Calas, que había sido torturado y ejecutado por –su- puestamente– haber asesinado a su propio hijo. Calas era claramente inocente: su hijo se había suicidado, pero el tri- bunal había ignorado las pruebas. Voltaire consiguió que revocaran la sentencia. Ya no hubo posibilidad de consuelo para el pobre Jean Calas, que había proclamado su inocen-
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cia hasta el último suspiro; pero al menos sus «cómplices» fueron liberados. Esto es lo que «cultivar nuestro jardín» significaba en la práctica para Voltaire.
Por el modo en que Voltaire se burla en Cándido de las «pruebas» de que Dios ha creado el mejor de los mundos posibles, se podría pensar que el filósofo francés era ateo. En realidad era deísta (aunque no soportaba las religiones orga- nizadas): creía que en la naturaleza se podían encontrar evi- dencias visibles del diseño y la existencia de Dios. Para él, mirar el cielo por la noche era lo único que hacía falta para demostrar la existencia de un creador. David Hume era muy escéptico ante esta idea. Sus críticas a esta forma de pensar son devastadoras.