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A partir del estudio del esquema narrativo de 31 funciones propuesto por Vladimir Propp en el examen de un corpus de relatos orales rusos, Greimas y Courtés plantean que “existen formas universales de organización narrativa” que podrían resumirse en la organización secuencial de 3 «funciones» o «pruebas» a diferencia de las 31 propuestas por Propp, cuyo reconocimiento

permitiría articular e interpretar diferentes tipos de actividades, tanto cognoscitivas como pragmáticas:

[…] es la iteración de las tres pruebas —calificante, decisiva y glorificante— la que aparece como la regularidad que, situada en el eje sintagmático, revela la existencia de un esquema narrativo canónico: la prueba podría ser, entonces, considerada como un sintagma recurrente, formalmente reconocible, en el que sólo el vertimiento semántico inscrito en la consecuencia permite distinguir unas pruebas de otras. (Greimas y Courtés, 1982: 275)

La sistematización y generalización que alcanza este desarrollo teórico ha posibilitado la utilización de este modelo en el análisis de textos y situaciones diversas y conlleva a su vez, como se observa en el aparte citado, la importancia de dos nociones: «secuencia» y «consecuencia». De importancia fundamental en la explicitación del sentido de los recorridos de los personajes y/o actores de un relato, pone en evidencia un sistema axiológico que subyace a la direccionalidad de sus acciones:

[…] la sucesión misma de las pruebas, interpretada como un orden de presuposición lógica invertida (del final hacia el comienzo del relato), [parece] regida por una intencionalidad reconocible a posteriori y comparable a la que sirve para explicar, en genética, el desarrollo de un organismo. (Greimas y Courtés, 1982: 275)

Las diferencias entre el sentido o carácter de una y otra prueba, conllevan su organización secuencial con una intencionalidad subyacente, como el “motor” que pone en movimiento y articula las acciones, siendo reconocible en el relato a posteriori. Es justamente la consecuencia (su resultado) de la acción, lo que posibilita reconocer su sentido o carácter en el marco general del relato y a través de ello el del «ser» y «hacer» del sujeto ejecutante de la misma (el actor o personaje):

Si, en la actualidad, las pruebas parecen, más bien, ornamentaciones figurativas de operaciones lógicas más profundas, su emplazamiento, sin embargo, las inscribe en los tres recorridos narrativos que constituyen la trama de un esquema sintagmático de amplia generalidad. En efecto, el esquema narrativo constituye una especie de marco formal en el que se inscribe el «sentido de la vida» con sus tres instancias esenciales: la calificación del sujeto que lo introduce en la vida, su «realización» por algo que «hace» y, finalmente, la «sanción» —retribución y a la vez, reconocimiento— que garantiza el sentido de sus actos y lo instaura como sujeto según el ser. (Greimas y Courtés, 1982: 275)

La noción de valor y axiología determina el sentido de este «esquema narrativo» expresándose en la estructura contractual que relaciona a los actantes de la narración:

Las tres pruebas del sujeto se encuadran, por así decirlo, en un nivel jerárquicamente superior merced a una estructura contractual: una vez establecido el contrato entre el Destinador y el Destinatario-sujeto, éste pasa por una serie de pruebas para cumplir los compromisos asumidos y se encuentra, al final, retribuido por el propio Destinador que, de este modo, aporta también su contribución contractual. Mirando más de cerca, se observa, no obstante, que este establecimiento del contrato sucede tras una ruptura del orden establecido (es decir, de un contrato social implícito que acaba de ser transgredido): el esquema narrativo se presenta, entonces, como una serie de establecimientos, de rupturas, etc., de obligaciones contractuales. (Greimas y Courtés, 1982: 276)

El rol del Destinador, con la función de «comunicar» al Destinatario los valores y «hacer» que éste adhiera a ellos y los valide mediante sus acciones, es un actante que puede ser figurativizado de diferentes maneras o asumido por diferentes actores (o personajes): la sociedad, el padre, la madre, el amigo, etc., el mismo personaje, pueden asumir el rol de Destinador-manipulador y en tal caso, trasmitir al Destinatario los valores que van a determinar su búsqueda. Al asumirlos, éste se constituye en «sujeto», estableciéndose así la estructura contractual según la cual habrá de realizar unas determinadas acciones cuyo resultado será «sancionado» positiva o negativamente por el Destinador-juez o evaluador:

El recorrido narrativo del sujeto, que parece constituir el núcleo del esquema narrativo, está enmarcado, a ambos lados, por una instancia trascendente en la que se asienta el Destinador encargado de manipular y sancionar al sujeto del nivel inmanente, considerado como Destinatario. (Greimas y Courtés, 1982: 277)

La denominación de «manipulación» al proceso realizado por el Destinador para instaurar el Destinatario como Sujeto, está desprovista aquí de cualquier acepción moral negativa, con la significación específica de «hacer-hacer», y corresponde tanto a la «motivación» como a la «competencia» del sujeto, estructuras modales que posibilitan el desarrollo de su acción, su

configuración como «sujeto del querer» y como «sujeto competente» (del poder- hacer), es decir, sujeto de búsqueda de un determinado objeto de valor:

Dr (Destinador)

D- S (Destinatario-Sujeto)

Ov (objeto de valor)

Ahora bien, esta estructura contractual enmarca el esquema narrativo en el que se inscribe el recorrido del sujeto. Esto significa que el esquema narrativo como tal, articula varios recorridos, por ejemplo, el del Destinador- manipulador, el del Destinador-juez (o evaluador del recorrido del sujeto), el del sujeto, o, en la medida en que estas posiciones pueden oponerse en el esquema, los recorridos de los anti-Destinadores y anti-sujeto.

La relación de presuposición que se establece entre cada una de las etapas, puede visualizarse en el siguiente gráfico:

Sobre el cual es necesario precisar:

 Las flechas indican el sentido de la presuposición: la sanción presupone una acción y ambas una manipulación: se sanciona la acción con base en unos códigos de valores (axiología) constitutivos a la manipulación.

 La manipulación equivale a un «contrato» entre el Destinador y el Destinatario, el cual, al asumirlo, se convierte en sujeto con miras a la realización de la acción; en este sentido se habla de una relación contractual por medio de la cual se fija un objetivo o «meta», que equivale a la razón de las acciones del sujeto. El establecimiento de la meta como

acción

sanción manipulación

meta para el sujeto va unido a la configuración de su capacidad de realizarla, la instauración del poder y saber hacer del sujeto, sentido en el cual la manipulación constituye en sí, dos procesos:

Es en este marco que puede hablarse de historias cuya meta se constituye o bien la instauración del deseo y/o deber en el sujeto, o bien la configuración de su capacidad de actuar, de hacer.

 La acción como tal también está articulada en dos partes, competencia y performance: para que el sujeto pueda realizar la acción, es necesario que sea competente. La performance es en sí la realización del programa narrativo:

 No todos los relatos refieren obligatoriamente todos los pasos del esquema; por consiguiente este es un modelo de organización de carácter lógico y cronológico, pudiendo los relatos desarrollar en mayor o menor medida alguno de dichos aspectos o todos, lo que puede permitir el estudio de los géneros o tipologías según las etapas representadas, sobre todos o sobre algún recorrido particular del mismo.

manipulación competencia

PODER y SABER DESEO y/o DEBER

performance competencia

En el contexto del análisis de esta novela desde la perspectiva planteada, el «esquema narrativo canónico» nos proporciona elementos teóricos y metodológicos pertinentes para la organización e interpretación del material. Al hacer la lectura del recorrido de María del Carmen a la luz de estas nociones, y observando en particular la intencionalidad subyacente a las acciones que después recibirán una sanción positiva o negativa y que define lo que puede caracterizarse como una “lógica en reversa” (Courtés, 1991) desde la cual puede hacerse la reconstrucción de la organización subyacente, pueden concebirse los desplazamientos y estaciones como un «recorrido narrativo» articulado a un «esquema narrativo» subyacente, conformado por programas narrativos de base (PN principal) y programas narrativos de uso (PNu1, PNu2, PNu3…) inscritos en la direccionalidad de la búsqueda planteada inicialmente y que, re-interpretada sucesivamente, genera las búsquedas siguientes y la obtención de la situación final.

Sobre estos postulados, abordaremos a continuación, en el capítulo siguiente, los aspectos fundamentales de la organización textual en que se inscribe el motivo del viaje.