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CHAPTER II: CLIMATE POLICY MAKING A COMPLEX PROBLEM

2.3 Climate policy making and evaluation

2.3.3 Local climate action planning

„La Argentina es uno de los países del continente americano donde más se ha desarrollado la ficción policial“, así comienza David Lagmanovich su estudio reciente acerca del género (2007: 6). Ya a finales del siglo XIX se escribieron cuentos policiales, según el modelo de Poe. Lagmanovich hace mención de Groussac, Holmberg y Quiroga (ibíd.: 8-16). La primera novela se identificó hasta ahora normalmente con El enigma

de la calle Arcos (1933), de „Sauli Lostal“ (aparentemente se trata de un pseudónimo),

pero Lagmanovich halló una novela anterior, El crimen de la mosca azul (1919) de Ricardo Lavalle, que se denominó „romance científico-policial“. Para los años cuarenta y cincuenta Lagmanovich habla de un apogeo del género. Se refiere a la producción de Borges, principalmente a los Seis problemas para don Isidro Parodi (1942) que escribió en colaboración con Bioy Casares bajo el pseudónimo de H. Bustos Domecq, al clérigo Leonardo Castellani, que, siguiendo el ejemplo de Chesterton inventó al padre Metri en

Las nueve muertes del padre Metri (1942), a Roberto Arlt, quién entre 1937 y 1940

publicó 8 cuentos policiales y a las Variaciones en rojo (1953) de Rodolfo Walsh (ibíd.: 21-30). En 1943 y 1953 respectivamente, se publicaron las dos primeras antologías del cuento policial. La primera, Los mejores cuentos policiales, editado por Borges y Bioy Casares, reúne en su mayoría, obras de autores extranjeros, aunque también se consideraron autores argentinos como Manuel Peyrou, Silvina Ocampo, Pérez Zelaschi y Bustos Domeqc. La segunda, Diez cuentos policiales argentinos de Rodolfo Walsh, contiene cuentos de Peyrou, Bustos Domeqc, Abel Mateo, Pérez Zelaschi y Walsh mismo (ibíd.: 30-39). Lagmanovich menciona otros textos que aparecieron durante los años cuarenta y que consolidaron la ficción policial, como La espada dormida (1944) de Manuel Peyrou, o El perjurio de la nieve (1946) de Bioy Casares (ibíd.: 40-54). Afirmaciones de la crítica y el periodismo confirman la documentación de

Lagmanovich. Ya durante los años cuarenta, la novela policial empezó a recibir mayor atención, lo que se nota en un primer momento por algunas reseñas que se publicaron en el suplemento dominical de La Nación. Allí se menciona que el género estaba muy en boga, hasta que ya en 1943 se habla del „auge de la novela policial“ (Selva 1943). Juicios semejantes se repiten hasta mediados de los años cincuenta. En 1955 incluso se lee en una reseña que el género está „hoy tal vez demasiado en boga“45. De todas

formas, obviamente esa moda no fue tan omnipresente, porque en 1942, Borges con El

jardín de senderos que se bifurcan, que sí contiene cuentos que se pueden clasificar

como policiales, no ganó el Premio Nacional de Literatura, decisión que irritó bastante a la élite cultural cercana a la revista Sur46.

Ya en 1941 había un interés teórico por ese tipo de novelas. Entre marzo y mayo de ese año La Nación publicó tres artículos de Roger Caillois, titulados „Evolución“, „Juego“ y „Drama“ (Caillois 1941a, b y c), que fueron parte de su libro Le roman policier editado el mismo año en Buenos Aires en lengua francesa y reseñado por Borges en Sur (1942). En los artículos publicados, además de dar un panorama de la evolución y de diferentes tipos y procedimientos de la novela policial, Caillois sostiene principalmente que ésta se distingue de la novela „a secas“, por no interesarle tanto el elemento humano, sino más bien la lógica.

El valor de una novela policial se define bastante bien por el carácter escandaloso, para la razón y la experiencia, de su punto de partida, y por la manera más o menos completa y plausible con que se encuentran satisfechas al llegar a la meta. En el fondo, el descubrimiento de un culpable tiene menos importancia que la reducción de lo imposible a lo posible, de lo inexplicable a lo explicado y de lo sobrenatural a lo natural. (Caillois 1942b)

Allí se refiere a las novelas policiales de índole clásica en las que un detective, empleando la razón y su sentido común, tiene que descubrir lo que en realidad pasó. Otra característica que distingue el género de la novela „normal“, sería el orden. Al investigador, quien es el representante del orden, lo describe de la forma siguiente:

enemigo nato de las pasiones, de la acción y hasta de la vida, el perfecto cultor de la lógica que con elementos dispares forma un mundo ordenado y que jamás se lanza a la 45 „Reseña de Stanley Ellin: El crimen de la calle Nicholas“, La Nación, 2 de enero de 1955, secc. 2, p. 4.

Cfr. también : „Reseña de Juan Agustín Correa: Un tiro a medianoche“, en La Nación, 11 de noviembre de 1945, secc. 2, p. 4 ; „Reseña de María A. Bosco: La muerte baja en el ascensor“, La Nación, 12 de junio 1955.

agitación plena de los dramas y de los misterios que contempla y se encarga de dilucidar (Caillois 1942c).

En este sentido, la trama se puede describir como una lucha entre los representantes del orden y del desorden, la ley y su infractor ( cfr. Caillois 1942c). Además, en la novela policial se inventan reglas siempre más estrictas en cuanto a la estructuración de la trama, así que el género en sí ya se puede describir como ordenado (Caillois 1942a). Al contrario, la novela que no sea policial es el género que más licencias, más desorden se permite. Una novela supuestamente policial que no se atiene a esas reglas, ya no la percibe como tal.

La reseña de Borges critica principalmente el hecho de que Caillois le atribuya la génesis de la novela policial a un hecho histórico, es decir, al sistema de espías anónimos que Joseph Fouché introdujo en los métodos de trabajo de la policía en Francia, bajo Napoleón. Además, Caillois señala a Émile Gaboriau como precursor, cuyas novelas, en parte, se orientan por los principios de la novela naturalista. Según Borges, debemos la novela policial únicamente a la mentalidad y fantasía de Edgar Allan Poe. En cuanto a la elaboración de la estructura, Borges apoya a Caillois en su opinión (cfr. Borges 1942).

Ernesto Sábato en su artículo „Geometrización de la novela“ (1945), sostiene la misma opinión que Caillois, aunque distingue entre diferentes líneas del relato policial, del más psicológico, cuya culminación sería Crímen y Castigo de Dostoievski, al más lógico y matemático, culminado en „La muerte y la brújula“ de Borges. Allí, hasta la locura y la irracionalidad sirven a la lógica específica que estructura el universo del relato.

El mismo Borges subraya esa distinción entre los dos tipos de novelas policiales, de índole psicológica o „de caracteres“ y el cuento breve, de „carácter problemático, estricto“ (Borges 1935: 127). En este mismo artículo propone reglas para la redacción de un cuento policial, sea la limitación del número de personajes y de los medios, o la transparencia acerca de los hechos, es decir, que el lector sepa tanto como el detective acerca del crimen, o sea, una solución necesaria y en su necesidad maravillosa. Finalmente propone la renuncia a demasiada sangre en la „narración policial, cuyas musas glaciales son la higiene, la falacia y el orden“ ( ibíd.: 129).

El orden también lo considera importante en una reseña ya mencionada del libro de Caillois: „Mediocre o pésimo, el relato policial no prescinde nunca de un principio, de

una trama y de un desenlace. Interjecciones y opiniones, incoherencias y confidencias, agotan la literatura de nuestro tiempo; el relato policial representa un orden y la obligación de inventar“ (Borges 1942: 56-7). En el prólogo a La invención de Morel, en 1940, Borges destaca características semejantes en la novela de aventuras. Subraya que no tiene la intención de transcribir la realidad y que por eso „es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada“ (Borges 2001: 8), es decir una trama lógica y motivada. Borges diferencia esos dos géneros de la „novela psicológica“ y además „realista“, que en su opinión no tiene mucho interés y que, además, relaciona claramente con el nombre de Marcel Proust. En otro lugar repite esta opinión acerca del género policial, diciendo hasta que demasiada verosimilitud o realismo lo perjudican. Llama la atención que en los años cincuenta se publican muchas novelas policiales, muchas traducciones del inglés y algunas pocas argentinas. La editorial Emecé publicó una serie de novelas policiales, „El séptimo círculo“, cuya selección estuvo a cargo de Borges, y que también otorgó un premio. En esa serie de todas formas se publicaron principalmente traducciones. Entre 1945 y 1956, de 139 novelas publicadas solamente cuatro fueron escritas por autores rioplatenses: la primera fue El asesino desvelado, del uruguayo Enrique Amorim en 1945, le siguió Los que aman, odian, de Bioy y Silvina Ocampo en 1946, después El estruendo de las rosas de Manuel Peyrou en 1948 y en 1955 La muerte baja en el ascensor de María Angélica Bosco, que recibió el premio de la editorial.47 También en otras editoriales se establecieron series policiales (como la

Serie Naranja de Hachette o Rastros de Acmé Agency, cfr. Lagmanovich 2007: 31).

En 1951, se publicó otra contribución crítica, de Luis de Elizalde y Renato Ghiotto, quienes en Sur en forma epistolar dieron sus opiniones acerca del género. Elizalde rechazaba la común equiparación de la novela policial con el juego. Según él, ésta fue siempre novela y la lógica no tenía tanta importancia como la parte humana consistente en la identificación del lector con un personaje que se ve expuesto a peligros (Ghiotto / Elizalde 1951: 83). En realidad, ya Caillois – a pesar del resto de su teoría – había agregado que era muy importante que se trataba de un homicidio que iba a ser castigado con la pena de muerte, admitiendo que por eso no se trataba de un puro ejercicio de la razón, porque entonces el contenido no tendría importancia (Caillois 1942c).

47 Cfr. „Reseña de María A. Bosco: La muerte baja en el ascensor“, La Nación, 12 de junio de 1955,

Ya en 1948, Manuel Peyrou incluyó en su novela policial El estruendo de las rosas un capítulo de un tratado teórico escrito por el protagonista de la misma novela. Se intitula: „Hamlet y la novela policial“ y propone lo siguiente:

El género policial, pues, se enriquece por medio de estos avances y conquistas dentro de la novela psicológica o del teatro clásico. En compensación sería plausible que los novelistas psicológicos o realistas se dedicaran a la novela policial. Muchos de ellos probarían, sin duda, su dominio de las difíciles leyes que rigen la intriga, el engaño, el suspenso y el desenlace lógico. Esperaríamos con un interés indudablemente insólito un relato policial de André Maurois, o un crimen perfecto de Ernest Hemingway (Peyrou 2001: 22-3).

Esta cita confirma la distinción ya hecha por Borges, entre la novela psicológica o realista y la policial. Además, destaca el grado de reflexividad del género que incluye en sus páginas pensamientos teóricos.

A partir de los años cincuenta, la crítica consideró algunas novelas como una mezcla entre las dos formas, por ejemplo Rosaura a las diez, de Marco Denevi, que fue juzgada una novela que vincula los procedimientos de las novelas policial y la psicológica48.