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CHAPTER 4. TRUST AND SELF-TRUST IN STORIES ON LEADERSHIP IDENTITY

4.7 Trust and self-trust as built-in method

4.7.2 Locus of control

Para conseguir una teoría psicológica que dijera algo sobre la relación e n t r e teoría y evidencia necesitamos, cuando m e n o s , u n a teoría q u e reproduzca «internamente» la habitual justificación «pú- blica» de las afirmaciones mediante circunstancias y otras afirmacio- nes. N e c e s i t a m o s , en otras palabras, realidades mentales q u e puedan tener con las afirmaciones públicas y entre sí las mismas relaciones que tienen las premisas y conclusiones en el habla, q u e los testi- monios de los testigos de la acusación en los tribunales, e t c . Pero siempre q u e se propone una teoría psicológica que responda a esta necesidad, es probable que se oiga la voz de «regreso infinito». Así, Malcolm d i c e :

Si decimos que una persona sabe que algo que tiene delante de él es un perro viendo que la criatura «encaja» en su Idea de lo que es un perro, entonces debemos preguntar: «¿Cómo sabe que esto constituye un ejemplo de encajar?» ¿Qué es lo que orienta su juicio en esto? ¿No necesita una Idea de segundo orden que le haga ver qué es eso de encajar con una Idea? Es decir, ¿no necesitará un modelo de encajar?... Se ha producido un regreso hacia el infinito y no se ha explicado nada ".

La dificultad, dada a conocer p o r Ryle, es que si no nos con- formamos con considerar «Él lo ve» como justificación suficiente del conocimiento por parte del h o m b r e de que hay un perro ante él, no p o d r e m o s aceptar como justificación ninguna o t r a cosa. En la medida en que una explicación mentalista proporciona m e r a m e n t e una explicación causal del reconocimiento por la vista, parece que no responde a la pregunta « ¿ C ó m o lo sabe?». No n o s dice nada sobre la evidencia de este h o m b r e en favor de su o p i n i ó n , sino únicamente de cómo ha llegado a adquirirla. P o r o t r a p a r t e , en la

19 Malcolm, «Myth of Cognitive Processes», pág. 391. Compárense Ryle,

The Concept of Mind (Nueva York, 1949), capítulo 7, y Wittgenstein, Philo- sophical Investigations, pigs. 213-215. Véase también John Passmore, Philo- sophical Reasoning (Londres, 1961), capítulo 2 («The Infinite Regress Argu-

ment»), d o n d e examina el uso que hace Ryle del argumento. Yo he compa- rado el empleo anticartesiano que Wittgenstein y Peirce hacen de este ar- gumento, en «Pragmatism, Categories, and Language», Philosophical Review, 49 (1961), 197-223.

medida en q u e ofrece u n a justificación de la pretensión de cono- cimiento público y original, constituye una ocasión para seguir bus- cando una nueva justificación.

Fodor critica la afirmación de Ryle de que no hay nada «para- mecánico» que pueda mejorar nuestra comprensión del reconocimien- to perceptivo, y c o m e n t a que «la atrayente simplicidad de la p o s t u r a de Ryle se consigue haciendo una petición de principio y dando por solucionadas precisamente aquellas preguntas q u e las teorías de la percepción y el aprendizaje han intentado responder tradicionalmen- t e2 0. Luego trata de d e m o s t r a r que es inútil intentar responder a

estas preguntas con «alguna historia simple sobre las asociaciones aprendidas»:

Pero si lo que tienen en común las distintas formas de inter- pretar «Lillibulero» es algo abstracto, parece desprenderse que el sistema de expectaciones que constituye la receta propia para oír ¡a canción ha de ser abstracto en ese mismo sentido...

...Las expectaciones relevantes han de ser complicadas y abstractas, pues las identidades perceptivas son sorprendente- mente independientes de las uniformidades físicas entre los es- tímulos. Como es precisamente esta «constancia» perceptual lo que los psicólogos y epistemólogos han supuesto tradicional- mente que necesitará inferencias inconscientes y otras transac- ciones para-mecánicas para su explicación, parece relevante ha- cer notar que el tratamiento de Ryle da por respondidas todas las cuestiones que plantea la constancia (págs. 377-378). P o d e m o s estar de acuerdo con Fodor en q u e si hay «cuestiones q u e plantea la constancia», Ryle ha incurrido en una petición de principio. Pero Ryle podría replicar fácilmente que es la idea de «expectaciones complicadas y abstractas» (por ejemplo, un conjunto de inferencias inconscientes que implican hacer referencia a unas reglas o a unos paradigmas abstractos) lo que hace que se p l a n t e e n cuestiones. Quizá lo único q u e nos haga preguntar « ¿ C ó m o se h a c e ? » sea la imagen de un hombrecillo d e n t r o de la mente, que aplica reglas formuladas en t é r m i n o s no verbales p e r o a pesar de ello «abs- tractos». SÍ no nos hubieran impuesto esta imagen, podría decir Ryle, responderíamos con algo parecido a «Sólo es posible p o r el hecho de tener un sistema nervioso complicado — i n d u d a b l e m e n t e , algún día un fisiólogo nos dirá cómo funciona». En otras palabras,

M Fodor, «Could There Be a Theory of Perception?», Journal of Philo-

la idea de «modelos» no fisiológicos no surgiría si no tuviéramos ya a m a n o todo el c ú m u l o de trucos cartesianos.

Es posible reformular esta respuesta con algo más de precisión. Supongamos que estamos de acuerdo con F o d o r en que el recono- cimiento de la semejanza e n t r e diferencias potencialmnte infinitas es el reconocimiento de algo «abstracto» — l a Lillibulereidad, p o r ejemplo. ¿ Q u é significa q u e «la receta propia para oír la canción ha de ser abstracta en ese m i s m o sentido»? P r o b a b l e m e n t e , que ha de ser capaz de distinguir la semejanza entre diferencias potencialmente infinitas. P e r o entonces no sirve de nada la idea de «receta no- abstracta», pues cualquier receta debe ser capaz de realizar esto. T a m b i é n son potencialmente infinitas Jas posibles variaciones cua- litativas entre los ingredientes de un lote de galletas de chocolate. Así pues, sí queremos hablar de «conjuntos complicados de expecta- ciones» (o «programas» o «sistemas de reglas»), estaremos hablando siempre de algo «abstracto» —igual de a b s t r a c t o , de hecho, que la característica cuyo reconocimiento (o la tarea cuya ejecución) de- seamos explicar. Pero entonces nos encontramos ante un dilema: o bien la adquisición de estos conjuntos de expectaciones o reglas requiere la postulación de nuevos conjuntos de expectación o reglas, o no son adquiridas. Si o p t a m o s por la p r i m e r a opción, el regreso hacia el infinito de Malcolm será producido en este caso por el principio de Fodor de que el conocimiento de lo abstracto requiere el u s o de lo abstracto, pues lo que es válido respecto al recono- c i m i e n t o debe serlo también para la adquisición. Si nos inclinamos p o r la segunda posibilidad, parece que volvemos a Ryle: decir que las personas tienen una capacidad no adquirida de reconocer la se- mejanza e n t r e diferencias infinitas difícilmente p u e d e considerarse c o m o algo explicativo sobre «las cuestiones q u e plantea la cons- tancia».

P o r eso, puede concluir Ryle, estas cuestiones o son de carácter «conceptual» y tratan de las condiciones suficientes para la aplica- ción normal de términos c o m o «reconocer», o se refieren a los me- canismos fisiológicos. Este último tipo de cuestión no implica pro- blemas sobre retrocesos, pues nadie piensa q u e la «constancia» exija p o s t u l a r mecanismos «abstractos» en las células fotoeléctricas o dia- p a s o n e s . Sin embargo, ¿hay alguna diferencia e n t r e el do medio y la «Lillibulereidad», salvo que al primero lo h e m o s apodado «cuali- d a d acústica concreta» y a la segunda «semejanza abstracta»? Po- dríamos especificar mil rasgos accidentales ( t i m b r e , volumen, pre- sencia de luz, color del objeto que emite el sonido) q u e ignora el diapasón, lo mismo que o c u r r e con el reconocedor-de-Lillibulero. 2 1 6

Como la distinción abstracto-concreto es tan relativa a una determi- nada base de datos como la distinción complejo-simple, parece c o m o si, al decir q u e la explicación psicológica requiere u n a referencia a entidades abstractas, estemos afirmando simplemente que para ex- plicar el tipo de cosas que hacen los mamíferos hace falta referirse a tipos de cosas diferentes —categóricamente d i f e r e n t e s — de ex- plicar qué p u e d e n hacer las amebas, los diapasones, los átomos de cesio y las estrellas. Pero, ¿cómo sabemos eso? Y ¿ q u é significa a q u í «categóricamente»? Una vez más, Ryle puede decir q u e sí no tu- viéramos ya la imagen cartesiana (de un Ojo I n t e r i o r q u e contempla las reglas escritas en los muros del escenario m e n t a l ) , no sabríamos qué hacer con la afirmación.

Y basta ya por lo que se refiere a la fuerza del argumento del retroceso infinito. Consideremos ahora el tipo de réplica al m i s m o que haría alguien como D o d w e l l , que afirma que la construcción de modelos de carácter no-fisiológico no es, a priori, ni buena ni mala, y que deja justificarse por sus frutos. Dodwell está impresionado por la analogía e n t r e cerebros y computadoras: «La m a y o r influencia sobre las ideas de los psicólogos sobre los procesos cognítivos es en la actualidad el nexo de conceptos que se ha e l a b o r a d o p a r a la programación p o r computadora» '". Sin embargo, a d m i t e lo siguiente:

Podría argumentarse que la analogía con la computadora es superficial, pues un programa se limita a codificar un conjunto de operaciones que son parecidas a las operaciones cognitivas, pero no explica el pensamiento más de lo que pueda hacerlo escribir un conjunto de reglas para resolver problemas aritmé- ticos... Decir que un programa de computadora puede «expli- car» el pensamiento tendría aproximadamente la misma fuerza que decir que un conjunto de fórmulas lógicas «explica» las leyes de la argumentación deductiva correcta (págs. 371-372).

A este a r g u m e n t o responde q u e la analogía computacJonal sólo tiene fuerza u n a vez que se distinguen niveles:

... las explicaciones de lo que ocurre en la resolución de pro- blemas por una computadora pueden hacerse en distintos ni- veles... La aplicación de un programa debe explicarse en tér- minos del hardware de la computadora, lo mismo que la apli- cación del pensamiento ha de explicarse, en cierto sentido, por procesos que ocurren realmente en el sistema nervioso central.

21 Dodwell, «Is a Theory of Conceptual Development Necessary?», pági- na 370.

Las subrutinas por las que se hacen las computadoras particu- lares se pueden explicar haciendo referencia al «lenguaje de máquina» y a los algoritmos paso-por-paso mediante los cuales se encuentran las soluciones.-. El principio de la operación de la subrutina no se debe entender y explicar limitándose a exa- minar el hardware, de la misma manera que no se podrían entender las tablas de multiplicar examinando el cerebro. De forma semejante, la comprensión de cómo funcionan las mismas subrutinas no explica el principio de resolución de problemas en términos de una secuencia de pasos... Para eso, hay que considerar el proceso ejecutivo, que en la máquina encarna la organización general y el objetivo del programa, y en el ser humano una «orientación hacia un objetivo» que no se en- tiende con tanta claridad (pág. 372).

La importancia de los niveles queda ilustrada, por ejemplo, por el hecho de q u e la experimentación puede darnos razones para decir que reconocemos las formas visuales por un proceso de empare- jamiento de plantillas más que por un proceso de extracción de ras- gos (pág. 3 7 9 ) . Decir esto no es hacer una observación ni «concep- tual» (sobre «el proceso ejecutivo») ni «fisiológica» (sobre el «hard- ware»), p e r o , sin embargo, puede ser verdaderamente explicativa. La idea de « s u b r u t i n a » parece ofrecernos precisamente lo q u e ne- cesita !a psicología — u n a explicación de para qué podría servir el terreno i n t e r m e d i o entre el sentido común y la fisiología.

P e r o , ¿ c ó m o nos ayuda esta idea en el argumento del retroceso infinito? P r o b a b l e m e n t e , Malcolm y Ryle insistirían en q u e las «plan tillas» o ideas abstractas de los rasgos extraídos (según el modelo que se elija) producen los mismos problemas que la «constancia» que se supone d e b e n explicar. Pero D o d w e l l puede responder que sólo lo harían si se suponía que eran respuestas a preguntas generales del tipo ««¿Cómo es posible la abstracción (reconocimiento, constan- cia)?». Para estas preguntas, puede decir él. no hay ninguna respues- ta, como no sea la observación sin sentido de que la naturaleza ha elaborado el h a r d w a r e adecuado para que se realice la tarea. Efec- tivamente, cualquiera de los modelos de Dodwell será verdadera- mente antropomórfico, en el sentido de pensar en un p e q u e ñ o infe- ridor d e n t r o del cerebro que comprueba sus plantillas o marca con una señal los rasgos. La capacidad de abstracción o reconocimento de este inferídor serán tan problemáticas como la de su anfitrión, v no lo serán menos si decimos que es una maquínita en vez de un hombrecillo ÍB. En este punto los modelos antropomórfícos del pro-

n Algunos psicólogos pondrían esto en duda. Gregory, citando en sentido

grarnador cuando dice «la máquina no entenderá el problema si utiliza los signos polacos, pues lo único que s a b e . . . » Quejarse de que las «plantillas» — c o m o las «ideas» de L o c k e — son una redu- plicación del ' e x p l a n a n d u m ' es como afirmar a u e las partículas q u e componen el á t o m o de B o h r son una reduplicación de las bolas de billar cuya conducta ayudan a explicar. Resulta provechoso p o s t u l a r pequeñas bolas de billar d e n t r o de las grandes, así que ¿por q u é no postular personas pequeñas dentro de las grandes (o ratas p e q u e ñ a s d e n t r o de las ratas grandes)? Cada uno de estos «modelos» va acompañado, como dice Sellars, de un «comentario» que e n u m e r a los rasgos de la realidad modelada «abstraídos de» en el modelo3*.

Parece razonable señalar q u e el comentario implícito en t o d o s los modelos antropomórficos de la psicología va más o menos por estas líneas:

Mientras nos mantengamos en el nivel de las subrutinas, ten- dremos libertad para hablar antropomórficamente sobre las in- ferencias y otras operaciones realizadas «inconscientemente» por la persona, o realizadas (ni «conscientemente» ni «inconsciente- aprobativo la idea de «inferencias inconscientes», áe Helmboltz, implicadas en ]a percepción, dice que

debemos tener claro que no hay ningún «hombrecillo interior» que baga el argumento, pues esto lleva a dificultades filosóficas inadmi- sibles. Helmholtz no pensaba en esto, ciertamente, pero su expre- sión «inferencias inconscientes» y su descripción de las percepciones como «conclusiones inconscientes» quizá hizo pensar, entonces, a personas no familiarizadas con los computadores, en algo tan ina- ceptable. Pero nuestro conocimiento de los cornpuladores debería eliminar toda tentación de confusiones de este tipo. Ya no pensa- mos que la inferencia sea una actividad exclusivamente humana q u e implique conciencia. (The Intelligent Eye [Nueva York, 1970], pá- gina 30).

Considero un error decir que el hombrecillo lleve a «dificultades filosóficas inadmisibles», pues no creo que las maquinitas sean menos «conscientes» que los hombrecillos. Adoptar lo que Dennett llama «actitud intencional» hacia las series de transistores o neuronas es hablar de ellos como hablamos de los seres conscientes, y el añadir «pero, por supuesto, no son realmente cons- cientes» parece que es decir meramente que no tenemos ninguna responsa- bilidad moral hacia ellos. No podemos ni investigar cuáles de estas series están, en frase de Quine, «impregnadas de conciencia» ni descubrir que pue- dan hacer inferencias seres que no estén impregnados en esa forma. La fa- miliaridad con los computadores no produce tal descubrimiento; sólo hace más corriente y casual la atribución de la postura intencional.

23 Véase Wilfrid Sellars, Science, Perception and Reality (Londres y Nue- va York, 1963), pág. 182. d o n d e habla de los «comentarios» y las págs. 192 y ss., donde trata de las impresiones sensoriales rojas.

mente») por los centros del cerebro u otros órganos de los que se habla como si fueran personas. El uso de estas expresiones no nos obliga a atribuir a los centros cerebrales intelecto ni carácter, ío mismo que el hablar de la «impresión sensorial roja» como factor común en varias ilusiones no nos obliga a admitir la existencia de algo que sea a la vez «interior» y rojo. Pero una vez que abandonamos el nivel de la «subrutina» y pasamos al nivel del hardware, el antropomorfismo está fuera de lugar.

P a r a ver la fuerza de este comentario, supongamos que hubiera una clase especial de corriente nerviosa que recorriera el nervio óp- tico c u a n d o , y sólo cuando, la teoría psicológica previera la ocurren- cia de u n a impresión sensorial roja (y lo mismo en todas las demás situaciones perceptivas). Si supiéramos este hecho, dejaríamos sin más la explicación de la «subrutina» para pasar directamente al h a r d w a r e . La idea de «impresión sensorial» ya no tendría un papel q u e desempeñar (a no ser que hubiera otras entidades teóricas pos- tuladas p o r la teoría psicológica y que requirieran esta noción para su explicación). Si las cosas resultaran así de sencillas, entonces la ana- logía de la «computadora» ya no parecería especialmente relevante — l o mismo que no lo parece en el caso de los animales unicelulares, d o n d e el paso de la conducta a la fisiología es demasiado p e q u e ñ o p a r a q u e parezca tener s e n t i d o la idea de «niveles».

E s t o equivale a decir que si la fisiología fuera más simple y más obvia de ío que es, nadie habría sentido la necesidad de la psicología. Esta conclusión puede parecer extraña, especialmente a la luz de la observación de D o d w e l l (citada más arriba) de q u e «el p r i n c i p i o de la operación de la subrutina no se d e b e entender y explicar limitándose a examinar el hardware, de la misma manera q u e no se podrían e n t e n d e r las tablas de multiplicar examinando el c e r e b r o » u. Pero esta observación es gravemente engañosa. Repre- senta u n a confusión e n t r e lo evidente:

Si no supiéramos lo que era la multiplicación, el mirar al cerebro no nos lo diría nunca

y lo d u d o s o :

* Fodor ha apuntado también que la distinción en psicología entre aná- lisis «funcional» (o del «programa») y análisis «mecánico» (o del «hardware») es irreductible y no sólo cuestión de conveniencia. Véase sus «Explanations in Psychology», en Philosophy in America, ed. M. Black (Ithaca, 1965), pá- gina 177. He escrito contra esta idea en «Functionalism, Machines, and In- corrigibility», Journal of Philosophy, 69 (1972), 203-220.

220

Si supiéramos qué era la multiplicación, no podríamos «•fact que alguien estaba haciendo una determinada operación de multiplicar con sólo mirar su cerebro.

E s t o último es dudoso porque no sabemos precisamente si hay o no hay p a r á m e t r o s neurofisiológicos muy simples asociados con ciertas operaciones mentales. Es sumamente improbable q u e los haya, pero no hay ninguna razón a priori p a r a que una adecuada explora- ción-del-cerebro-cum-microscopio no haga ver algo de q u e el obser- vador adiestrado pueda informar con estas palabras: « A h , estás mul- tiplicando cuarenta y siete por veinticinco» (y acertar en todas ias ocasiones). M á s en general, la cuestión de qué se explica mejor en términos de h a r d w a r e y qué en términos de programa depende to- talmente de lo adecuado que resulte ser el hardware y de c ó m o esté diseñado- La adecuación y la calidad del diseño se refieren a la elección de vocabulario y nivel de abstracción — p e r o también hace eso la misma distinción hardware-software2 5. Dada la clase ade-

cuada de h a r d w a r e y los parámetros adecuados, es ciertamente po- sible «entender y explicar el principio de la subrutina con sólo exa- minar el h a r d w a r e » . En realidad, podemos imaginar máquinas en las que sería más fácil averiguar qué es capaz de hacer la m á q u i n a abriéndola y mirando que leyendo el programa.

Como el cerebro no es, casi con toda seguridad, esta máquina, estamos ante una cuestión de principio, pero un principio que tiene importancia filosófica. Demuestra que la distinción e n t r e psicología no es una distinción entre dos objetos materiales distintos en un sentido más fuerte que pueda serlo, por ejemplo, la distinción e n t r e química y física. Podría haber resultado que los fenómenos quími- cos del tipo de la formación de compuestos no hubiera tenido nada que ver con la estructura submicroscópica de los elementos en cues- tión. Pero de h e c h o tienen q u e ver, y por eso ahora el que utili- cemos términos físicos o químicos para explicar u n a reacción es cuestión de comodidad o pedagogía. Si resulta que la fisiología tiene tanto que ver con el multiplicador como los electrones con las explo- siones, la distinción psicología-fisiología será igualmente pragmática. Por eso se p u e d e reafirmar la paradójica conclusión presentada ante- riormente — q u e si la fisiología hubiera sido más obvia no habría

25 Sobre esta clase de relatividad, véase William Kalke, «What Is Wrong with Fodor and Putnam's Functionalism», Nous, 3 (1969), 83-94. Véase la crítica al artículo de Kalke y a! mío paralelo (citado en la nota 24) en B J. Nelson, «Functionalism and the Identity Theory», Journal of Philoso-

phy, 73 (1976), 379 y ss.

aparecido la psicología. En realidad, podemos reforzarla y decir que si hubiera sido más fácil entender el cuerpo, nadie habría pensado que teníamos una mente5*.

Es ya hora de resumir esta forma de hacer frente al argumento del retroceso infinito. El punto central es precisamente que las en-