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4.4 Maximum Likelihood Estimation for HMM

4.4.2 M-Step

EL RECURSO A LO QUE ES NATURAL

A mediados del siglo XIXel filósofo John Stuart Mill escribía que la palabra na- turaleza(y sus derivados) debía considerarse como una de las que poseen ma- yor peso en las discusiones en cuestión de moral. Decir que una manera de pensar, de emocionarse o de actuar “sigue a la naturaleza”, observaba Mill, ha- bitualmente constituye un argumento de peso en favor de su aceptabilidad en el plano moral. Bien parece que esta observación aún es válida en nuestros días; pues, si se le presta atención, podrá verse que ese género de discusiones es bastante frecuente.

En este capítulo haremos el examen crítico de varios tipos de recursos a lo que es natural. Como lo veremos, visten numerosas formas de argumentación muy diferentes, algunas de las cuales tienen poco en común.

El recurso a lo que es natural es antiguo, puesto que se remonta, al menos, a la Antigüedad griega. Las teorías que se han elaborado con relación a ese te- ma son muy diversas y han pasado por varias fases de desarrollo, sobre las cuales no se ponen muy de acuerdo los historiadores. Para los fines de nuestro análisis, retendremos las formas de este recurso que han sido las más sobresa- lientes en el curso de los tres últimos siglos, así como el de aquellas cuyo exa- men puede contribuir a la adquisición de un pensamiento crítico. La figura VI.1 presenta las que examinaremos en este capítulo.

EL RECURSO A LANATURALEZA

Una forma muy difundida de recurrir a lo que es natural es el recurso a la Na- turaleza con “N” mayúscula. Si se está pensando entonces en el conjunto de la naturaleza, es decir, en el conjunto de las posibilidades y de las propiedades de todo lo que existe, incluido el ser humano, no se irá muy lejos, pues tal natura- leza permite toda acción. Se obedece siempre a las leyes de la naturaleza; el “Gran Todo” no puede por sí solo darnos gran ayuda para distinguir lo que es- tá bien de lo que está mal desde el punto de vista moral.

Las más de las veces se apela no a la naturaleza en su conjunto, sino a una porción de la naturaleza. Así, encontramos a menudo argumentaciones del ti- po siguiente: “El conjunto de los seres vivos o de los otros animales hace tal o cual cosa; por consiguiente, es natural y no se puede condenar esto sobre el plano moral”; o bien: “El mundo viviente/los animales/el cuerpo humano es- tá organizado de tal o cual manera; por tanto, sería natural y bueno que nues- tras sociedades estuviesen organizadas así”.

Para formular argumentaciones de ese tipo, a menudo nos vemos tentados a sacar partido de los descubrimientos del biólogo Charles Darwin, quien, en la segunda mitad del siglo XIX, elaboró la teoría de la evolución biológica de las especies. Cuando esas argumentaciones recurren a la noción de evolución o a sus mecanismos, con frecuencia se les designa con la expresión de “darwinis- mo social”. Pero el propio Darwin no sostenía, en absoluto, esta posición. En realidad, mucho antes de Darwin se hacían tales razonamientos por analogía, sirviéndose de comparaciones entre el mundo de los seres humanos y el mundo de los restantes seres vivos. Por ejemplo, Francis Bacon decía en el siglo XVI: “Nin- gún cuerpo puede estar sano sin ejercicio, sea un cuerpo natural o un cuerpo político. Para un reino o un país, una guerra justa y honorable es un verdade- ro ejercicio. Cierto es que una guerra civil es más bien como una fiebre; pero una guerra con el extranjero es como el calor del ejercicio y sirve para conservar saludable el cuerpo”.1Y en el siglo XX, por cierto, ideas semejantes siguen en

circulación. Fueron transmitidas principalmente por el fascismo y el nazismo. El darwinismo social tiene esto en particular: ha recibido toda clase de mati- ces. Personas como Paul Lafargue, Karl Kautsky o Ludwig Woltman considera- ban que, en cierta medida, había que imitar lo que ocurre en la naturaleza. Eso significaba para ellos la instauración de una sociedad de tipo socialista en que

1The True Greatness of Kingdoms, citado en Susan Stebbing, Thinking to Some Purpose, Pelican,

el Estado ocuparía una parte importante de la actividad económica y en que la propiedad privada perdería mucha importancia y acaso desaparecería por completo. Para otros que, como Ernst Haeckel o Clémence Royer, recomenda- ban asimismo imitar lo que ocurre en la naturaleza, había que ir más bien en el sentido del capitalismo y minimizar la intervención del Estado, especialmente en el dominio económico. Por último, personas como Peter Kropotkin soste- nían que son el anarquismo y la abolición del Estado los que se derivan de la necesidad de “copiar la naturaleza”.2 Estas diferencias provenían frecuente-

mente del hecho de que no se comprendía en realidad la teoría de la evolución de Darwin. También provenían de la gran variedad de las formas biológicas: en efecto, es fácil encontrar ciertos ejemplos de comportamientos animales o de procesos biológicos que dan testimonio de una idea, y de otros que son testi- monios de la idea contraria.3

De este modo, reconozcamos temporalmente, para los fines del análisis, que en varias especies animales, los machos, de cierta manera, parecen dominar a las hembras. Sin embargo, 1)no se puede decir lo mismo de ninguna especie vegetal,2)en muchas otras especies animales no se diría que un sexo domina al otro, 3)en las especies animales en que se encuentran jerarquías, ocurre que las hembras dominan a los machos inferiores, 4)hay especies de insectos sociales en que los machos no desempeñan un papel importante. En pocas palabras, las relaciones “hombres-mujeres” observables en el mundo biológico están de tal manera diversificadas que no se puede decir que habría que imitar tal tipo de relación en lugar de tal otro sin caer en la trampa de la moral previa. Ya hemos hablado de esta falla de razonamiento a propósito del recurso al mandamiento divino. En el marco del recurso a la Naturaleza, consiste en seleccionar, en el mundo biológico, los comportamientos o los aspectos de éste que supuestamen- te se debieran imitar, mientras que ya se tienen en mente las acciones que nos pa- recen moralmente aceptables. Por ejemplo, se elige entre los comportamientos animales aquellos que imitan los comportamientos humanos que ya se aprue- ban y que se piensa que deben imitarse. Esto equivale, de hecho, a pretender que actuar moralmente ¡es imitar los comportamientos animales que imitan los comportamientos humanos que nos parecen moralmente aceptables!

Más fundamentalmente, desde luego, esas argumentaciones están viciadas de origen porque parten de la idea de que el mundo biológico o animal es el modelo 2Véase el ejercicio 4 en la p. 174. Allí se formulan algunas de las posiciones inspiradas por el

darwinismo social.

3Sobre la teoría de Darwin, véanse las pp. 209-305 de nuestra obra Connaissance et argumenta-

que se debe imitar.Ahora bien, en un sentido, como lo dice Katharine Hepburn a Humphrey Bogart en la película La reina africana: “Nature is what we were put in the world to rise above”.4Para volver a nuestro ejemplo, aun si no se encontra-

ra entre las otras especies de seres vivos más que un solo tipo de relación entre hembras y machos, eso no querría decir que sería bueno que las relaciones en- tre hombres y mujeres en nuestras sociedades imitaran ese tipo de relación. Eso no tiene nada que ver. La idea de que habría que copiar nuestras actitudes mo- rales concernientes a hombres, mujeres, personas de raza diferente, homose- xuales o minusválidos de cualquier cosa que ocurriera en la naturaleza carece finalmente de sustento. En efecto, 1)no hay ninguna buena razón para pensar que “lo que ocurre” en la naturaleza es un ideal al que debiéramos someternos, y2)siendo muy diversificado “lo que ocurre en la naturaleza”, se tiene, por de- cirlo así, una “plétora de elecciones”. En pocas palabras, algunos pensadores han estimado que el recurrir a la naturaleza nos libraría de la responsabilidad de hacer elecciones morales, pero no hay nada de ello.

Todo eso no significa, evidentemente, que el estudio de los seres vivos, de los animales o de los ecosistemas no pueda ayudarnos a comprender algunas de las características de nuestros comportamientos o de la organización de la sociedad. Solamente quiere decir que no se puede afirmar que una acción o una institución sea buena o mala en el plano moral simplemente porque se en- cuentra allí el equivalente o una forma emparentada, en algún lugar del mun- do biológico, en la naturaleza.

EL RECURSO A LA NATURALEZA HUMANA

Pasemos ahora al examen del recurso a la naturaleza humana. Éste adopta dos formas principales, según que se conciba la naturaleza humana como la fun- ción o el rol del ser humano, o como el conjunto de nuestras disposiciones y de nuestros impulsos. Tanto en un caso como en el otro, lo que está en juego en la argumentación no es modelar las acciones humanas conforme a algún elemento exterior al ser humano, como los mandamientos de una divinidad o un aspecto del mundo biológico. Antes bien, se parte del examen de lo que somos, de nues- tras posibilidades, de nuestros límites, del contexto en el cual se desenvuelven nuestra vida y nuestras relaciones con los demás, a fin de determinar cuáles son las acciones buenas desde el punto de vista moral, es decir, desde un punto

4Esta frase podría traducirse así: “La naturaleza es aquello por encima de lo cual estamos lla-

de vista desinteresado e imparcial. Este recurso a la naturaleza humana puede hacerse de diversas maneras. Presentaremos cuatro. Además, se puede consi- derar que el próximo capítulo, consagrado al llamado al bienestar común, tam- bién se hace sobre un tipo de recurso a la naturaleza humana.

El recurso a la naturaleza humana entre los católicos: la moral de la ley natural

Lamoral de la ley naturales una concepción difundida particularmente entre los católicos.5Según esta concepción, existe una ley moral natural inscrita en la na-

turaleza del ser humano por una divinidad. En principio, podemos descubrir- la mediante nuestra reflexión sin recurrir a textos sagrados, aun cuando aqué- lla y éstos se complementen. La idea central de esta concepción es que el ser humano desempeña una función, un rol en el orden divino, y que ese rol de- termina lo que es bueno y lo que es malo en el plano moral.

Veamos ahora a qué tipo de conclusiones puede llevar el recurso a la ley na- turalentre los católicos. Cuando se trata de problemas éticos relacionados con el respeto a la persona o a la justicia, las posiciones de la Iglesia, al menos en nuestros días, a menudo no difieren mucho de las de alguien que apelara, por ejemplo, al bienestar común. Para poner de manifiesto algunas de las particu- laridades importantes de recurrir a la ley natural, consideraremos dos cuestio- nes muy controvertidas: las posiciones de la Iglesia a propósito de la sexuali- dad y su absolutismo.

En cuestión de moral sexual, la Iglesia católica sostiene ciertas ideas que ofenden los juicios morales de la mayoría de los ciudadanos de nuestras socie- dades. Sin duda, puede verse allí uno de los factores importantes que han contri- buido a su pérdida de popularidad en los tres últimos decenios. Dicho esto, esas posiciones bien podrían ser válidas, aunque sean poco populares. Es posible que la mayoría se equivoque sobre esas cuestiones, como, después de todo, se equivocó cuando consideraba justificado que las mujeres no tuviesen el derecho al voto. Examinemos, pues, los argumentos invocados por la Iglesia católica a favor de sus posiciones.

En un documento oficial del Vaticano se sostiene que en materia de sexua- lidad los principios morales se fundamentan en la función específica de la se- xualidad, o sea la procreación en un medio familiar. Se declara que estos com-

5Pero no entre los teólogos católicosque, en nuestros días, parecen rechazar, en su mayoría, este

portamientos sexuales son inmorales: la masturbación, la homosexualidad y las relaciones sexuales fuera de matrimonio. El mismo documento añade que se trata de faltas sumamente graves, de pecados mortales, si se cometen con toda libertad.6En cuanto a la anticoncepción, el papa Paulo VI trató de ella en 1968

en su encíclica Humanae Vitae, que trataba de la regulación de los nacimientos. Allí escribía que el amor conyugal sin el respeto a las leyes naturales de la ge- neración es inmoral, pues la facultad de propagar la vida nos fue dada por la divinidad: al oponerse a ella, se opone uno a la voluntad divina.7En pocas pa-

labras, juzgaba inmoral toda forma de anticoncepción, excepto la abstinencia durante los periodos de fecundidad, y sólo es admisible por motivos graves.8

Tampoco se podía justificarla invocando que sería un mal menor en ciertas si- tuaciones. Lo mismo puede decirse de la esterilización, tanto en los hombres como en las mujeres. Además, todo aborto, aun por razones terapéuticas, es abso- lutamente inadmisible en el plano moral.

Tales son, pues, los argumentos que recurren a la ley naturalinvocados por la Iglesia católica para justificar algunos de sus juicios en materia de moral se- xual. Antes decíamos que el hecho de que esos juicios morales parezcan dudo- sos a la mayor parte de los miembros de nuestras sociedades no constituye una buena razón para rechazarlos. En efecto, no porque unos juicios morales no sean generalmente aceptados son malos. Por ello hemos expuesto las razones planteadas por la Iglesia católica para justificar sus opiniones. Si valuamos ahora esos argumentos según su mérito, concluiremos que son deficientes. Se encuentra allí una reducción de la sexualidad humana exclusivamente a sus aspectos reproductivos y al “don de sí mismo en el marco de una vida fami- liar”, así como un respeto arbitrario al “curso natural de las cosas”.

Pasemos al examen de otra característica de la moral basada en la ley natu- ral de la Iglesia católica: su absolutismo.9Porabsolutismoentendemos el hecho de

que para la Iglesia católica ciertas categorías de acciones están prohibidas, sin importar las circunstancias. Ninguna circunstancia puede justificar el asesina- to, el robo o, como hemos visto antes, la anticoncepción artificial. Tales accio-

6Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Déclaration sur certaines questions d’éthique se-

xuelle,Fides, Montreal, 1976, pp. 13-15.

7La “ley natural” queda asociada aquí al recurso al mandamiento divino.

8El Papa admitió esta excepción, pues consideraba que entonces se daría un uso legítimo a una

disposición natural, en lugar de obstaculizar el desenvolvimiento de un proceso natural.

9Se emplea también la expresión “rigorismo” para hablar del absolutismo. Se encuentra una

defensa del absolutismo en Juan Pablo II, La splendeur de la vérité, Mame/Plon, París, 1993, pp. 126- 129. Allí, el Papa adopta una posición contra el abandono del absolutismo por parte de la mayoría de los teólogos católicos contemporáneos.

nes no pueden ser nuncajustificadas, cualesquiera que sean las circunstancias, aun si se trata de un mal menor. Así, robar algo para alimentar a un pobre o para salvar la vida de otra persona, o incluso matar a alguien para salvar a va- rios no son hechos admisiblesjamás. En pocas palabras, a quien invocara la idea de que el fin justifica a veces los medios, los absolutistas responderán que ningún fin, por muy loable que sea, justifica un medio que es malo en sí. Los opositores del absolutismo sostienen, por lo contrario, que llega a ocurrir que un fin válido justifique el empleo de semejante medio. Así, según ellos, robar para alimentar a un hambriento puede justificarse en ciertas circunstancias. A menudo, llegan incluso a afirmar que actos como el asesinato pueden ser mo- ralmente aceptables en circunstancias extraordinarias, por ejemplo, en una si- tuación excepcional en que tal acto permita salvar vidas.

De todas maneras, los partidarios de la moral de la ley natural admiten que, en ciertas condiciones, es moralmente justificado realizar actos que entra- ñan ciertas consecuencias negativas. Esto es lo que se llama la justificación por el doble efecto.10 En ningún caso se permite, en esta perspectiva, utilizar un

medio malo en sí mismo para alcanzar un fin loable. Sin embargo, se permite utilizar un medio, si no es malo en sí mismo y permite alcanzar un fin loable, y aunque entrañe algunas otras consecuencias negativas, cuando estas últimas a)no son buscadas intencionalmente, b)son proporcionales al fin, y c)no son un medio de producir consecuencias positivas. Esta argumentación se presen- ta en forma de esquema en la figura VI.2.

En la justificación por el doble efecto se basa, por ejemplo, la posición se- gún la cual es inaceptable aplicar una inyección mortal a un paciente que se en- cuentre en fase terminal, con el fin de abreviar sus sufrimientos, así como la que considera aceptable dar medicamentos contra el dolor, aun cuando éstos apresuran la muerte del paciente.11

Terminemos introduciendo algunas palabras sobre el aspecto racional de esta concepción. Se puede ver en la moral de la ley natural un enfoque religioso más abierto a la reflexión crítica, apelando más a la razón que el simple recur- so al mandamiento divino. Pese al papel importante acordado a la razón, sigue en pie el hecho de que entre los católicos la formación de la conciencia moral de los individuos queda asociada a elementos que van en contra de esta dimen-

10Lawrence C. Becker y Charlotte B. Becker (dirs.), Encyclopedia of Ethics,tomo 1, Garland, Nue-

va York y Londres, 1992, p. 268.

11La Iglesia admite que “el cese de procedimientos médicos onerosos [...] puede ser legítimo.

Es el rechazo del ‘encarnizamiento terapéutico’. No se quiere así causar la muerte; se acepta no po- der impedirla”. Catéchisme de l’Église catholique, CECC, Ottawa, 1993, p. 466.

sión racional. Esto se puede comprobar en la cita que sigue, del papa Juan Pa- blo II, en que se encuentra una mezcla un tanto desconcertante de posiciones difícilmente conciliables:

Para formar su conciencia, los cristianos son grandemente ayudados por la Iglesia y por su Magisterio,12así como lo afirma el Concilio: “Para formar su conciencia, los fieles a

Cristo deben tomar en gran consideración la doctrina santa y cierta de la Iglesia. En efecto, por voluntad de Cristo la Iglesia católica es dueña de la verdad; su función consiste en expresar y enseñar auténticamente la verdad que es Cristo, al mismo tiempo que declarar y confirmar, en virtud de su autoridad, los principios del orden moral derivados de la naturaleza misma del hombre”.13La autoridad de la Iglesia,

que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no lesiona, pues, en nada, la libertad

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