3.2 Methods
3.2.3 Stochastic Actor-Oriented Models
UNA IDEA MUY DIFUNDIDA:
“ANTES HABÍA CONSENSO EN MATERIA DE MORAL,HOY YA NO LO HAY” El presente capítulo agrega una dimensión histórica a nuestra reflexión, ya que aquí tratamos la pregunta siguiente: “¿Puede decirse que existe progreso en materia de moral cuando se toma en consideración la historia reciente de la hu- manidad?”. Se oye decir a menudo, habitualmente con tono de amargura: “En nuestros días, ya no hay moral”, o bien “antes había consenso en materia de moral, pero hoy ya no lo hay”. Algunos, sin pensar necesariamente que ha ha- bido una regresión,subrayan que el episodio del Holocausto —entre otras atro- cidades del siglo XX— invalida toda concepción de la historia según la cual ha- bría habido progreso moral. ¿Puede esperarse que se responda a una pregun- ta tan importante sin dejarse llevar a hacer generalizaciones apresuradas o afir- maciones sin ningún matiz? En lo que sigue, criticaremos algunas de las ideas difundidas concernientes al problema del progreso moral y presentaremos un análisis según el cual efectivamente ha habido progreso en el plano moral. Nuestro análisis, aunque elemental, es interesante porque permite examinar ciertas ideas comunes al respecto y sacar a luz hechos, ideas y principios que nos serán útiles posteriormente.
En nuestros días, la idea de la pérdida del consenso en materia de moral es transmitida por doquier: por la televisión y la radio, en los periódicos, en los salones de clase y en los cafés. Como resulta fácil poner un ejemplo de compor- tamiento que antaño no planteaba problemas y que hoy los plantea, nos vemos llevados a creerlo verdadero. La nostalgia resulta reconfortante. Como cantaba Brassens, “siempre es bonito el tiempo pasado”. Y aunque no nos pongamos nostálgicos, siempre resulta tranquilizador atribuir a una fuente anónima, a unafuerzacultural que imaginamos tan invencible como la de gravedad, la res- ponsabilidad de una buena parte, si no es que de todas nuestras desdichas. Así nos vemos aliviados del peso de nuestras propias responsabilidades, sin tener que hacer el examen detallado y laborioso de las fuentes auténticas de los pro- blemas sociales. Dicho todo esto, no porque la idea de la pérdida de consenso concuerde con algunas de nuestras tendencias psicológicas o con ciertas ideo-
logías religiosas o políticas es falsa. Muchas ideas que, por otra parte, son ver- daderas pueden así aumentar su credibilidad porque armonizan con algunas de tales tendencias o de tales ideologías. Comencemos, pues, nuestro análisis, preguntando, en primer lugar, si es verdad que en nuestros días ya no existe consenso en materia de moral. En segundo lugar, nos preguntaremos si es cier- to que antaño existía tal consenso.
¿ES VERDAD QUE HOY YA NO HAY CONSENSO EN CUESTIÓN DE MORAL? Se debe reconocer que hoy nos enfrentamos a cuestiones espinosas, en especial a ciertos problemas que nos parecen enteramente inéditos. Pensemos, por ejemplo, en los problemas asociados a las nuevas tecnologías de reproducción, o los relativos a la protección del ambiente. Por el contrario, hoy existen con- sensos sobre cuestiones antes controvertidas. Por ejemplo, nos entendemos so- bre el carácter inaceptable de la tortura, sobre la necesidad de una forma de ré- gimen democrático y del sufragio universal, sobre el carácter inadmisible de la violencia contra las mujeres y los niños, sobre la necesidad de ayudar a las víc- timas de la violencia familiar, especialmente rompiendo la conspiración de si- lencio que rodeaba estas acciones. Además, se ha logrado consenso sobre la im- portancia de promover la igualdad de oportunidades en la sociedad y sobre el principio de la red de seguridad para los menesterosos. Asimismo, todos esta- mos de acuerdo, al menos en teoría, en que existen ciertos derechos fundamen- tales que se deben respetar, y hasta se ha llegado a un acuerdo sustancial sobre la definición de esos derechos fundamentales. También estamos de acuerdo en la necesidad de proteger a los trabajadores de los abusos de los patronos y sobre la necesidad de controlar los efectos nefastos de la economía de merca- do sobre el ambiente. Y podríamos continuar enumerando. Por tanto, debemos reconocer que en nuestros días existe un verdadero acuerdo sobre gran núme- ro de cuestiones morales. Y en muchos casos —debemos subrayarlo— esos acuerdos son muy recientes.
A veces divertimos a los niños preguntándoles si, en su opinión, los peces saben que están en el agua. En efecto, puede ser difícil cobrar conciencia o apreciar en su justo mérito los elementos de nuestra cotidianidad. Tal vez sea éste el caso del consenso moral en que estamos inmersos. Las cuestiones re- sueltas pasan a segundo término y parecen disiparse de nuestra conciencia, mientras que los problemas surgen en nuestra mente y nos obligan a tomar una “actitud reflexiva”. Tal vez sea ésta una de las razones que nos mueven a
pensar que en nuestros días no existe consenso en materia de moral. Lo cierto es que se debe reconocer, después de reflexionar, que a pesar de los numerosos puntos de desacuerdo que subsisten sobre cuestiones de ética, existen consen- sos importantes sobre gran cantidad de problemas morales. Por tanto, no es aceptable afirmar, sin precisión o sin matiz adicional, que en nuestros días no existe ya consenso en materia de moral.1
¿ES VERDAD QUE ANTES HABÍA CONSENSO EN CUESTIÓN DE MORAL?
En primer lugar, desconfiemos de la idea según la cual se vivió, en otros tiem- pos, en un universo sencillo y sin problemas en el plano moral. Evoquemos, por ejemplo, la cuestión de las políticas económicas concernientes a la pobreza en el siglo XIX. A finales del siglo XVIII, Adam Smith, profesor de moral y eco- nomista, echó las bases de la teoría económica moderna. Poco tiempo después, el reverendo Thomas Malthus, economista y demógrafo, se puso a estudiar el problema de la pobreza y creó el modelo “malthusiano”, el cual produjo las re- comendaciones que todos conocemos.2Al mismo tiempo, ocurrió la formula-
ción del socialismo utópico y marxista, corriente progresista inspirada por el utilitarismo de John Stuart Mill y un enfoque que aliaba anarquismo y socialis- mo, elaborado sobre todo por William Godwin. Los partidarios de esas diver- sas corrientes se oponían entre sí y discutían continuamente acerca de las ma- neras de mejorar la sociedad, de la responsabilidad del Estado, los individuos y los grupos de individuos, de su capacidad o incapacidad de actuar colectiva- mente en su propio interés. Además, surgieron discusiones sobre la abolición de la esclavitud, sobre la legitimidad del colonialismo, sobre el derecho de vo- to de las mujeres y sobre la crueldad con los animales. Todas esas cuestiones representaban problemas espinosos para las mentes de la época. En pocas pala- bras, en el siglo XIX, para no mencionar más que esta época, la gente no vivía en el confort intelectual, y no todas las respuestas estaban dadas en los libros...
1Podría decirse siempre, evidentemente, que en cuanto se reconoce que no hay consenso per-
fecto, ya no hay consenso en materia de moral. De todas maneras, si se adopta esta interpretación, queda uno obligado a aceptar que nunca ha habido consenso en ninguna sociedad en ninguna época y que, por consiguiente, no se puede afirmar que “hoyno existe ya consenso en materia de moral”.
2Malthus creía que, abandonada a sí misma, la población aumentaría cada vez más rápidamen-
te que la producción agrícola y que, por tanto, en cierto sentido, la pobreza y el hambre serían na- turales. Preconizó una lucha contra la natalidad, tendiendo a atacar las medidas directas de ayu- da a los pobres que les llevaban a tener cada vez más hijos, perpetuando así la pobreza.
Además, hay que notar que los “problemas nuevos” de que hablamos al prin- cipio de este apartado, o sea los problemas relativos a las tecnologías de la reproducción y la protección del ambiente, tuvieron su equivalente en el pasa- do. Controversias bioéticas memorables sobre las “nuevas técnicas médicas” tuvieron lugar después del descubrimiento de la anestesia y la vacuna y del fo- mento de la higiene.3En cuanto a la conservación del ambiente, mencionemos
tan sólo que Inglaterra, después de estudios realizados por las comisiones de investigación, adoptó una primera ley nacional contra la contaminación en 1388. Las condiciones de trabajo de los mineros y los efectos sobre el ambiente de las explotaciones mineras también fueron analizados mucho antes del siglo XX.4En suma, un examen un poco atento de la historia nos hará cobrar concien-
cia de que los siglos anteriores también presenciaron debates éticos y que és- tos, al parecer, fueron tan serios y tan desconsoladores como los debates con- temporáneos.5
Observemos, en segundo lugar, que ciertos problemas éticos tradicionales ya no son tema de debate en nuestros días.Lo aceptable del duelo o la legitimidad de la tortura, de la esclavitud o de la pena de muerte son ejemplos de ello. Si los filósofos Condorcet, Mary Wollstonecraft y John Stuart Mill6 pudiesen
echar una ojeada a nuestras sociedades, quedarían estupefactos al ver que hoy se otorga el derecho de voto a las mujeres. Probablemente verían esto como al- go maravilloso, como una conquista inaudita. En cuanto a nosotros, a menos que hagamos un esfuerzo de reflexión sobre la historia, no vemos en ello nada extraordinario. De hecho, más bien tenderíamos a encontrar extraordinario que en el pasado la gente viese en ello algo discutible. ¿El derecho de voto a las mujeres? Eso es natural... Muchos problemas que ocupaban el centro de los manuales de ética de los años sesenta, como la moralidad del divorcio, las rela- ciones sexuales fuera del matrimonio, el acceso de las mujeres al mercado de trabajo, la homosexualidad o la igualdad de las razas, ya no forman parte de las
3Véase, por ejemplo, Martín S. Pernick, A Calculus of Suffering: Pain, Professionalism, and Anest-
hesia in Nineteenth-Century, Columbia University Press, Nueva York, 1995.
4En nuestra obra Connaissance et argumentation(ERPI, 1992, pp. 449-454) hay un texto de Agríco-
la, que data del siglo XVI, sobre esta cuestión.
5Pensemos también en los debates concernientes al pacifismo, la obediencia a la autoridad y a
las tradiciones que, en China, opusieron los confucianos y los moístas varios siglos antes de la era cristiana.
6Condorcet: filósofo francés (1743-1794), escribió Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de
ciudadanía. Mary Wollstonecraft: filósofa británica (1759-1797) célebre por sus escritos Vindicación de los derechos del hombre (1790) y Vindicación de los derechos de la mujer (1792). John Stuart Mill: filó- sofo británico (1806-1873), considerado uno de los fundadores del utilitarismo, del que se hablará en el capítulo VII. Entre muchas obras importantes, escribió Sobre la esclavitud de las mujeres(1869).
cuestiones graves que hoy agitan a las sociedades occidentales. En pocas pala- bras, todos esos problemas —y se podrían citar otros— en cierto sentidohan quedado arreglados.7Antes no había consenso a propósito de ellos, y ahora sí lo hay.
La idea de que antes existía consenso en el plano moral a menudo se basa- ba en casos aislados. Ahora bien, ya hemos visto antes que su examen no nos llevaba muy lejos: en todas las épocas ha habido consenso sobre ciertos valores, y au- sencia de consenso sobre otros.
Sin embargo, la idea de que antaño existía consenso en el plano moral tam- bién puede apoyarse en otras consideraciones, particularmente en el hecho de que la religión tenía entonces mucha mayor importancia que en nuestros días. Habría existido, así, unanimidad en el plano religioso y, por tanto, consenso en el plano moral. ¿Qué hemos de pensar de esta forma de argumentación?
Sin duda, es verdad que en siglo XIXo en la primera parte del XX, en nues- tras sociedades, la gente conocía de memoria los mandamientos religiosos, y en su mayor parte creía en la existencia de una divinidad. ¿Basta eso para ad- mitir la existencia de un gran consenso, cuya existencia y aplicación no plan- tea ningún problema? No. En primer lugar, no es cierto que, basados en los mandamientos religiosos, se podían deducir fácilmente recomendaciones apli- cables a todos los problemas éticos. Ante muchas situaciones, esos manda- mientosa)entraban en conflicto unos con otros, b)eran demasiado vagos, o c)no decían palabra al respecto. Además, la autoridad de la Iglesia —especialmen- te, entre los católicos— causaba, a su vez, tensiones en el plano ético cuando las recomendaciones de los religiosos (de los sacerdotes, de los obispos o del Papa),8el comportamiento de los representantes de la Iglesia9o la política ofi-
cial de la Iglesia10chocaban con el sentido moral de las personas. En suma, no
se puede decir que todo fuera miel sobre hojuelas.
Pasamos ahora al examen de otra idea, según la cual se ha producido un debilitamiento deplorable del consenso moral.
17Desde luego, la tortura, la pena de muerte y ciertas formas de esclavitud existen aún en cier-
tos países. Sin embargo, su carácter ilegítimo suele admitirse implícitamente, incluso por quienes adoptan esas prácticas. En nuestros días no se ve a personas cultas ejercer esas prácticas, con ex- cepción de la pena de muerte en los Estados Unidos. Y en los estados americanos en que es lícita, es diferente de lo que era antes porque su aplicación queda reservada a casos muy particulares.
18Pensamos en la idea de que “no hay que reducir la familia”.
19Pensamos en el papa Alejandro VI (1431-1503), que tuvo hijos ilegítimos de dos mujeres, o en
los religiosos que han cometido abusos sexuales.
10Pensamos en el caso en que la Iglesia se mantuvo insensible ante injusticias o incluso sostu-
SI HUBIESE HABIDO UN DEBILITAMIENTO DEL CONSENSO EN MATERIA DE MORAL, ¿HABRÍA QUE DEPLORARLO?
Los defensores de la idea según la cual no existe ya el consenso de antaño en materia de moral, suelen deplorar ese cambio. Ahora bien, si ese consenso hu- biese verdaderamente existido —y ya hemos indicado las razones que nos per- miten dudarlo—, no es seguro que estuviese fundado sobre la autonomía in- telectual, sobre la reflexión crítica y sobre lo mejor que pueden ofrecernos los valores humanos. Es posible que un gran consenso revele, de hecho, tan sólo la falta de perspectiva crítica o la sumisión a la autoridad. La idea de que “antes todo era mejor” en que se basa la existencia de un consenso anterior, debe to- marse con precaución. Puede expresar sencillamente una tendencia a valorar la uniformidad de los puntos de vista, aun cuando fuese el fruto de una falta de crítica o de un control de la opinión pública. Para deplorar la pérdida de ese consenso habría que poder indicar, al menos, qué tenía de atractivo.
En resumen, el carácter complejo de ciertos problemas éticos contemporá- neos no debe hacernos perder de vista el impresionante consenso que hoy existe en el plano ético en nuestras sociedades. Por otra parte, un examen, así sea muy somero, de las concepciones morales de épocas anteriores nos lleva a poner en duda la visión de una edad de oro en que la ética se basaba en un gran consenso y en que todas las soluciones a los problemas morales se imponían por sí solas en virtud de los mandamientos religiosos. A menos que se llegue a apoyar la idea con argumentos profundos, esta concepción parece, por tanto, bastante frágil.
Todo el que sostenga que existía un consenso moral, hoy desaparecido, pa- ra sostener sus ideas debería mostrar, con datos auxiliares, que las divergencias de opinión sobre las cuestiones éticas son mayores en la actualidad de lo que eran antes. No se deberá contentar con citar algunos casos particulares o emi- tir afirmaciones vagas a propósito de la desaparición casi completa de la reli- gión. Por lo demás, esta pérdida de consenso, si se le reconociera, no debería ser considerada deplorable automáticamente.
Es claro que no hemos demostrado que el consenso sobre las cuestiones morales sea tan grande o mayor que antes. Nos hemos contentado con subra- yar las importantes dificultades con que tropiezan los argumentos tendientes a sostener la idea de que antaño había consenso sobre cuestiones morales, y que ese consenso ya no existe en nuestros días.11
11Desde luego, podrían existir otras argumentaciones en favor de esta idea. Si así fuera, habría que hacer su evaluación y ver de que manera los resultados a los que se llegara modificarían nues- tras propias conclusiones.
¿SE PUEDE DEFENDER LA IDEA DE PROGRESO EN EL PLANO MORAL?
En las páginas siguientes presentaremos el análisis del progreso moral pro- puesto por el filósofo y sociólogo Morris Ginsberg, quien sostiene que al correr de los siglos ha habido progreso moral. Aun cuando su argumentación no nos convence por completo —lo que no es sorprendente, dada la complejidad de la cuestión—, sí parece lo bastante sólida para merecer un examen atento. Ade- más, tiene la cualidad de ser estimulante y de poner de manifiesto elementos de reflexión importantes que nos servirán conforme avancemos.
El análisis de Morris Ginsberg12
Ginsberg comienza afirmando que el progreso moral puede incluir múltiples aspectos. Así, bien podría ser que con el tiempo:
a) aclaremos nuestras ideas morales. Podemos pensar aquí en el desarro- llo de la propia filosofía ética;
b) eliminemos las incoherencias que hay entre las reglas morales, lo cual se traduciría en un afinamiento de nuestra conciencia moral;
c) adquiramos mejor comprensión de nuestras necesidades y nuestras me- tas. Esto se basaría en el desarrollo de la ética y de las ciencias humanas; d) adoptemos comportamientos que respeten más las exigencias de nues-
tros propios códigos morales;
e) descubramos nuevos principios morales. Ginsberg cita como ejemplo la idea de igualdad de todos ante la ley, las tentativas de precisar y de establecer los derechos fundamentales, las experiencias tendientes a conciliar la libertad personal con el orden social;13
f) obtengamos nuevos derechos y nuevos deberes como respuesta a cir- cunstancias nuevas, dando prueba, así, de flexibilidad y de apertura de
12Morris Ginsberg, Essays in Sociology and Social Philosophy, William Heinemann, Londres, 1956,
vol. 1, pp. 97-129 y 240-257; vol. 2, pp. 298-324.
13“Es falso afirmar que no ha habido descubrimientos en el campo de la ética. La elaboración
del concepto de igualdad ante la ley en el sentido de una aplicación imparcial de las reglas y en el sentido de una igualdad de los derechos mismos, los diversos esfuerzos que se han hecho para de- finir los derechos y universalizarlos así como los experimentos que se han intentado para conciliar la libertad y el orden debieran considerarse como realizaciones importantes en la historia del pen- samiento.” Morris Ginsberg, op. cit.,vol. 1, p. 103.
criterio. Ginsberg habría podido poner aquí el ejemplo de los cambios provocados por la anticoncepción moderna;14
g) creemos una tradición que haga posible la transmisión de generación en generación de las nuevas adquisiciones, de modo que se pudiese allanar el camino al futuro. En otro tiempo, el carácter rígido de la