• No results found

4 Anti-avoidance measures that extend taxation of interest and royalties at source

4.2 Forms and effectiveness of existing measures for taxation of interest and royalties at

4.2.3 The interdependency of profit-shifting channels and the effectiveness of anti-

4.2.3.4 Results I: Panel data estimation of the interaction between thin capitalization

4.2.3.4.1 Main analysis

El salmista es un testigo privilegiado del amor de Dios. En este hecho se apoya su confianza absoluta en Dios, que, atravesando la

noche, se convierte en reproche para quienes insultan a “mi gloria” y en estímulo para aquellos que dudan. Comienza, pues, el salmo hablando a Dios. La locución sobre Dios tendrá una doble dirección: a “los hombres” (v. 3) –que pueden ser “señores” de alcurnia, llenos de poder– y a “muchos” (v. 7), que tal vez fueron en otro tiempo amigos y creyentes como el salmista, y ahora se han distanciado del salmista y dudan de la bondad de Dios. Son los tres pasos que propongo en la explicación de este salmo.

2.1. Oración confiada (v. 2). La oración surge desde una circuns- tancia tan concreta como ésta: «Tú, que en el apuro me abres salidas» (v. 2c). El “apuro” es aprieto y también angostura, generadora de “angustias”. La palabra correspondiente en hebreo denota estrechez. Puede servirnos de ejemplo la situación en la que se encontraba el pueblo exiliado: «Cuando estés angustiado y te alcancen todas estas palabras, al fin de los tiempos, te volverás a Yahvé tu Dios y escucha- rás su voz» (Dt 4,30). A la angostura se opone la amplitud, el espacio abierto, la holgura. Tal es la tierra prometida y sus fronteras (cf. Ex 3,8; 34,24; Dt 12,20), por ejemplo. Por el salmo no sabemos si se trata de una estrechez física o psíquica. Bien está, por ello, la traducción de la que parto: «Tú, que en el apuro me abres salidas», que san Agustín, basándose en la traducción latina, comenta así: «Me sacaste de la angustia de la tristeza a la explanada del gozo» (Enarraciones, 25). Se trate del “apuro” o de la “estrechez” que sea, Yahvé «me sacó a un lugar espacioso, me libró porque me amaba», leemos en otros salmos (cf. 18,19s: Sal 31,9; 66,12; 118,5, etc.).

Sobre esta experiencia del pasado se levanta la confianza del pre- sente, que se expresa en tres apretados imperativos: «Respóndeme..., tenme piedad..., escucha». El apuro no es lo suficientemente angosto como para cerrar todos los caminos. El grito del salmista se eleva hacia el cielo y une el cielo con la tierra. Se da cierta simultaneidad entre ambos momentos: en cuanto te llamo, respóndeme, Yahvé. El sonido de la voz (“llamar”) atrae la atención de alguien que está dis- puesto a ponerse en contacto con quien llama. El rostro que se vuelve hacia quien suplica o la mirada atenta a quien clama se convierte en vínculo de unión entre ambos extremos: entre el hombre que ora y Yahvé, a quien se dirige el salmista. Yahvé, pues, “reacciona” y “repli- ca”; tal es el sentido del verbo “responder”. El poeta no concibe el cla- mor dirigido a Yahvé sin la respuesta correspondiente por parte de su

dios. Hay una razón para ello: Yahvé, en efecto, es “Dios de mi justi- cia”. ¿Es testigo de mi inocencia? ¿Es tutor de mi derecho y/o de mi justicia? La justicia de Yahvé es clemencia liberadora, salvadora, con- ferida a Israel y a los profetas de Israel, auxiliadora y sanadora. Es considerada como acción que cambia la suerte, una acción redentora, que dimana siempre nueva de la perfección, de la clemencia y gracia de Yahvé. Sea Yahvé testigo de mi inocencia o tutor de mi justicia, siempre será la bondadosa actuación de la clemencia divina la que dé anchura en la angostura o abra salidas en el apuro.

El primer imperativo del salmo (“respóndeme”) tiene su paralelo en el segundo (“tenme piedad”) –como la llamada se corresponde con la súplica–. Es decir, se le pide a Yahvé que otorgue su favor y su bene- volencia, que ratifique el vínculo afectivo que le une con el orante, como premisa necesaria para la confianza del salmista: está seguro de que su oración será escuchada, porque Yahvé es piadoso y muestra su piedad y afecto a quien le suplica. Esta convicción ha calado tan pro- fundamente en el alma del salmista, que éste se enfrenta serenamen- te al grupo de sus opositores.

2.2. Habla de Dios a los poderosos (vv. 3-6). En la primera estrofa el poeta ha hablado a Yahvé; en la segunda y tercera estrofa hablará de Él. Primero a los “poderosos”; después a otros: a “muchos”, tal vez antiguos correligionarios y amigos; ahora acaso sea gente que duda.

La acción y la actitud de los “hombres”, de los “señores” que son poderosos, ha durado demasiado, sea en intensidad sea en dilación, según traduzcamos: “¿Hasta dónde?” o “¿hasta cuándo?”. Ya se hace intolerable. El salmista se convierte en fiscal y en predicador. Como fiscal desenmascara los delitos de los “señores”.

Han insultado a “mi gloria”. Si “la gloria” se refiere directamente al salmista, los señores ultrajan “mi honor”; es decir, están acostumbra- dos a oprimir al pobre y de acusar al inocente, y así continúan. Pero “mi gloria” bien puede aludir directamente a la Gloria: a Yahvé, que es luz, certeza y gozo (cf. Sal 3,4; 8,6; 19,2; 106,20). En este segundo caso, que es más probable, los “señores” ya no cometen un pecado de injus- ticia, sino de idolatría: han abandonado al verdadero Dios para irse tras los ídolos, que tan sólo son una caña quebradiza que se rompe en las manos y desgarra la palmas (cf. Ez 29,6-7). Las dos acciones que el salmista denuncia a continuación avalan la segunda interpretación, más ajustada al texto.

El verbo “amar”, en efecto, puede tener connotaciones cúlticas e idolátricas, como se aprecia en Jr 8,2: los idólatras “aman” a los dioses astrales (cf. también Os 4,8). Los “señores” han recaído en el que fue el pecado original de Israel: «Y fueron a cambiar su gloria / por la ima- gen de un buey que come hierba». Lo mismo sucede con el verbo “bus- car” o “andar tras otro”. Los objetos del amor y de la búsqueda son “la vanidad” y “la mentira”; es decir los ídolos (cf. Sal 40,5; Am 2,4; Si 5,8). ¿De qué ídolos se trata? Acaso se alude a ellos más adelante (vv. 7-8).

Desenmascarada la culpa, el poeta se convierte en predicador. Primero habla con el testimonio de su vida: «Sabed que Yahvé me dis-

tingue con su amor, / Yahvé me escucha cuando le llamo» (v. 4). La amo-

rosa acción divina –una maravilla similar a la del éxodo– se convierte en desafío para los idólatras. El amor de Dios no es cosa del pasado; lo muestra en el momento presente, en el momento en el que escucha el clamor del suplicante, como aconteció en el pasado. No es necesa- rio que los “señores” recuerden un pasado, acaso un tanto lejano; basta con que abran los ojos y vean en quien les habla que Dios le ha distinguido con su amor o que «ha hecho maravillas con su fiel». El testimonio del salmista es una invitación al conocimiento o, mejor, al reconocimiento. No se invita a los “señores” a que conozcan algo que desconocen, sino a que adopten una actitud tal ante Yahvé, que se interesen por él y lo admitan en sus vidas.

De la mano del reconocimiento viene el temor “numinoso”, propio de quien se sabe ante la presencia divina, ante el Dios tremendo cuya presencia hace temblar la tierra (cf. Sal 18,8; 77,19). Si los “señores” se saben ante el Dios presente, dejarán de pecar, y quedará respondido el interrogante con el que comienza esta estrofa: “¿hasta dónde...?”. Para que así suceda, para que la presencia terrorífica de Dios, como acaece en las teofanías, impregne la conciencia de los “señores”, éstos necesi- tan abrir un espacio a la reflexión y al silencio: «Reflexionad en el lecho

y callad» (v. 4b). Más que ironizar, los impíos deberán callar aterrados

ante la irresistible justicia divina. La acción cúltica viene al final: «Ofreced sacrificios justos y confiad en Yahvé» (v. 5). ¿Son justos estos sacrificios porque están prescritos o porque son expresión de un cora- zón contrito y humillado (cf. Sal 51,21)? No se nos dice. El salmista se contenta con situar la acción sacrificial como penúltimo escalón del retorno a Yahvé. La conversión es completa cuando llegamos al sépti- mo y último imperativo: «Confiad en Yahvé». La existencia humana

necesita un fundamento sólido. Sólo Yahvé ofrece consistencia (cf. Jr 17,5.7; Pr 16,20; Is 30,12). Se da un notorio contraste entre el segundo imperativo (“temblad”) y el último (“confiad”). Quienes en otro tiempo se apoyaban en la vanidad y en la mentira, ahora tienen la oportunidad de sostenerse en Yahvé. Si así sucede, habrán pasado del temor a la confianza, como se le propone al rey Ajaz, por ejemplo (cf. Is 7,4.9: ante una política de temor, que le conduce a alianzas políticas con potencias extranjeras, Isaías prepone a Ajaz una política de confianza). El sal- mista, después de denunciar las falsas seguridades, ofrece, mediante el testimonio de su vida y la exhortación, una confianza absoluta en Yahvé, que supera todo miedo y no da cabida a los ídolos.

2.3. Habla de Dios a los antiguos amigos (vv. 7-9). En la tercera estrofa el poeta se dirige a otros muchos. Es una muchedumbre inde- terminada y descorazonada que necesita ánimos. El poeta recoge lo que andan diciendo quienes fueron sus antiguos hermanos en la fe: «¿Quién nos hará ver la dicha?» (v. 7a). Quienes formulan tal pregun- ta parece que han gozado de la experiencia de Dios en el pasado: Yahvé les habría mostrado la luz de su rostro, conforme a la bendición sacerdotal del libro de los Números: «Ilumine Yahvé su rostro sobre ti y te sea propicio» (Nm 6,25). Todo bien procede de la mirada propicia de Yahvé. Si éste esconde su rostro a la casa de Jacob (cf. Is 8,17) todo será oscuridad y desdicha.

¿En qué consiste la dicha? Es difícil la respuesta, puesto que el tér- mino hebreo tiene múltiples acepciones, que van desde lo más espiri- tual a lo más terreno: desde el gozo íntimo a la cosecha abundante. En el Sal 34,13, por ejemplo, parece que alude a los bienes materiales: «¿A qué hombre no le gusta la vida, / no anhela días para gozar de bienes?». ¿Qué dios da el “trigo, el mosto y el aceite”?; ¿de qué dios procede la bendición? Para la teología deuteronomista la respuesta es clara: «Yahvé mandará la bendición que esté contigo, en tus graneros y en tus empresas, y te bendecirá en la tierra que Yahvé tu Dios te da» (Dt 28,8). En tiempos anteriores, en la época Oseas, por ejemplo, aún no era tan claro. En los días de este profeta del Norte Israel se prostituyó, yéndo- se tras dioses extraños, mientras decía: «Iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua... mi aceite y mi vino» (Os 2,7; 9,1-4). ¡Qué ciego estaba Israel! No era Baal, sino Yahvé quien da “el trigo, el mosto y el aceite virgen” (Os 2,10). El ministerio de Oseas consistió en cambiar las convicciones de sus contemporáneos, que éstos abandonaran a Baal y

retornaran a Yahvé. La pregunta de la muchedumbre innominada va seguida de una súplica apremiante: «¡Haz brillar sobre nosotros la luz

de tu rostro!» (v. 7b). Bien puede ser la oración del salmista, pronun-

ciada ante la muchedumbre que acaso es adoradora de Baal. Si Yahvé se muestra como en los tiempos antiguos, adquieren tonalidades reno- vadas las palabras que leemos en Lv 26,3-6: «Si camináis según mis preceptos y guardáis mis mandamientos..., la tierra dará sus frutos..., el tiempo de trilla alcanzará hasta la vendimia..., comeréis vuestro pan hasta saciaros y habitaréis seguros en vuestra tierra. Yo daré paz a la tierra y dormiréis sin que nada os turbe».

El salmista, como Elías, ya ha tomado su decisión. El profeta del Carmelo pone al pueblo ante la siguiente disyuntiva: «Si Yahvé es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste» (1 R 18,21b). Podía haber aña- dido las palabras de Josué: «Yo y mi familia serviremos a Yahvé» (Jos 24,15). Algo de esto es lo que hace nuestro salmista. Conoce la alegría de la cosecha abundante, según aquellas palabras de Is 9,2: «Acrecentaste el regocijo, / hiciste grande la alegría..., / cual la alegría en la siega». Existe un gozo más profundo: «La alegría por tu presen- cia» (cf. Is 9,2). Si Yahvé ha concedido al salmista una alegría tan honda en medio del aprieto, ¿quién puede decir que ha retirado la luz de su rostro? La alegría que surge de la experiencia divina acompaña aun en las horas de tribulación. Como signo de ello viene el verso final del salmo: «En paz me acuesto y en seguida me duermo, / pues sólo tú,

Yahvé, me haces vivir tranquilo» (v. 8).

El reposo del orante se opone al sueño de los “señores”: se acosta- ban y temblaban de espanto. El salmista se acuesta en paz y se duer- me en seguida. La fuerza de este salmo está en la quietud y en las cer- tezas –superiores a toda inquietud y preocupaciones de una débil fe dubitante– de un corazón escondido en la paz de Dios, que no pierde el equilibrio ni ante las contrariedades humanas, ni ante las presiones de las aflicciones espirituales o materiales, sino que es dueño de la situación. Un creyente con este talante espiritual vive “tranquilo” o “confiado”. Tiene razón la multitud al decir que la dicha es imposible al margen de Dios. Así lo ratifica el “sólo tú” del final.

El poeta ha ido marcando los hitos de su confianza. Ha visto cómo la angostura se transformaba en holgura, cómo Yahvé había obrado maravillas, y la confianza se le pegó al alma, para no separarse de él nunca jamás. Ha indicado a los “señores” que la meta final del retor-

no a Yahvé es la confianza: «Confiad en Yahvé» (v. 6b). Se ha presen- tado ante la multitud como testigo de confianza: «Sólo tú, Yahvé, me

haces vivir tranquilo [o confiado]» (v. 9b). Llegados al final de este iti-

nerario puede decir en voz alta: En la confianza, Señor, me das firme- za y estabilidad en la tierra; con esta fe inquebrantable, oh Señor, fon- deamos en el puerto sereno de la paz, lejos de las tempestades y de las vicisitudes convulsivas de la vida diaria. Con el testimonio de su vida y con las exhortaciones de su celo por Yahvé pretende este salmista convertir a los idólatras, y que los antiguos creyentes retornen a su pri- mera fe. No Baal, sino Yahvé, dice a unos y a otros.

* * *

«Así como la necesidad es nuestro espacio angosto que nos oprime y entristece, la ayuda divina es nuestro espacio holgado que nos hace libres y nos libera», escribía Lutero. Desde este aspecto temático, el Salmo 4 se relaciona con el precedente: ambos comparten la confian- za en medio del peligro; una confianza que se refleja en el hecho de acostarse y de dormirse, que se apoya en la llamada del orante y en la respuesta divina. Podrá orar con este salmo quien busca la confianza absoluta en Dios; quien ve en Dios al dador de todo bien, sin necesi- dad de acudir a otros dioses. Quien así confía en Dios no se queda cru- zado de brazos. Dios quiere que la luz de su rostro ilumine a todos sus hijos, para quienes ha creado los bienes de esta tierra. Éstos propor- cionan dicha, que es prosperidad, pero sabiendo que existe un gozo más profundo, que llena de paz, y que no es ni más ni menos que la confianza absoluta, insisto, en Dios y la certeza de su compañía.

III. ORACIÓN

«Escúchanos, Seños, y apiádate de nosotros en nuestras tribula- ciones; Tú, el único admirable entre los pueblos, concede la alegría espiritual a quienes afianzas en la esperanza de los bienes futuros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la uni- dad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,54).