4 Anti-avoidance measures that extend taxation of interest and royalties at source
4.3 Reform options for extending the taxation of interest and royalties at source
4.3.2 Cross-border royalty and license fee flows and the resulting tax revenue effects of
4.3.2.2 Tax revenue estimation
4.3.2.2.1 Sample selection and underlying assumptions
El desdichado es tratado como un animal de caza. Es acosado por el cazador, que es el malvado, y capturado en la trampa que le han ten- dido. La trampa es un engendro del “orgullo” que caracteriza al mal- vado, un orgullo que se enardece con ferocidad destructiva. De la
soberbia brota inmediatamente la furia contra el indefenso. El desdi- chado, mientras tanto, se ve sometido a la angostura y experimenta la angustia de la propia situación y del silencio de Yahvé, que se mantie- ne ajeno y lejano: «¿Por qué, Yahvé, te quedas lejos, / te escondes en las
horas de angustia?» (v. 1). Los malvados tomarán nota de esta lejanía
e indiferencia de Yahvé, y la aprovecharán para sus planes. Cabe tam- bién la posibilidad de que el apresado en la trampa sea el propio mal- vado, si es válida la traducción siguiente: «El malvado, que persigue con arrogancia al humilde, / será atrapado en las intrigas que urdió» (v. 2). En este caso, la invocación se reduciría al v. 1, pero quedaría sin explicar la angustia y, formalmente, dividida la estrofa L.
La situación, en todo caso, es desesperada: triunfa la injusticia y el justo es oprimido. El rostro del malvado es siniestro. Es ambicioso o codicioso, altivo y avaricioso; es, sobre todo, blasfemo: maldice a Yahvé y lo desprecia. Repugna a la mentalidad bíblica que alguien se atreva a “maldecir” a Yahvé. La Biblia, por ello, recurre al eufemismo “bende- cir”, que tiene el sentido contrario, como se desprende de la propuesta de la mujer de Job: “¿Aún persistes en tu integridad? Bendice [en hebreo; en realidad, “maldice”] a Dios y muere” (Jb 2,9). El malvado es un auténtico “impío”. Han anotado la queja inicial del desdichado –la lejanía y el ocultamiento de Yahvé– y ahora dicen sin rubor alguno: «Dios no pedirá cuentas, no existe» (v. 4b). Relegado a su mundo celes- te, a Dios no le preocupa nada de lo que suceda en la tierra. Ningún otro pensamiento tiene cabida en su mente. Y si Dios no actúa, si no existe, ¿para qué inquietarse con sus decisiones?: «le traen sin cuidado» (v. 5b). Es lógico el resultado de estos planteamientos: «Desprecia a Yahvé» (v. 3b) y desprecia a cuantos le son rivales (v. 5c). Lo único que aprecia es su altanería y su prosperidad: «En toda ocasión triunfan sus empresas» (v. 5a). Afianzado en sí mismo y en sus riquezas, aún se atreve a añadir: «¡Jamás vacilaré! » (v. 6a). Es una osadía blasfema. Sólo Yahvé da esta- bilidad a lo creado. Si Yahvé oculta su rostro, el hombre seguro de sí mismo queda desconcertado (cf. Sal 30,7-8). Pero el impío no se da cuenta de esto. Tiene suficiente con acumular riquezas, aunque sea a costa de la sangre de otros. Como la desgracia no le visita, maldice (v. 6b), a no ser que este hemistiquio sea una continuación de las palabras soberbias del impío: «No vacilaré jamás, / siempre seré feliz y afortu- nado». En cualquier caso, las riquezas y la dicha presente acaparan todo el ser del impío, sin dejar un resquicio a la presencia de Yahvé.
El poeta ha penetrado en lo más íntimo del impío y ha descubier- to las profundas raíces de su iniquidad. Ahora comienza a diseñar un segundo esbozo, pasando revista a algunos órganos corporales. La boca y la lengua hacen posible las relaciones personales. Pues bien, la boca y la lengua del impío acumulan veneno hasta rebosar: «maldi- ciones, fraude, doblez, maldad y perfidia». La boca del impío es una torrentera destructora de las relaciones sociales. En la boca y en la lengua se acumula un arsenal de armas mortíferas, al que recurre Pablo para exponer la maldad que afecta a todos los hombres, judíos o griegos (Rm 3,14), de modo que nadie se crea justificado por sus obras, sino por la fe en Jesucristo. Es ésta, naturalmente, una lectura ulterior y más amplia del Sal 10. El fraude y la doblez no se reducen a las palabras, también afectan a las acciones.
A la lengua mentirosa corresponde la acción solapada que se descri- be a continuación. Se ha dicho de Yahvé que está sentado, como rey y como juez (9,5.8.12). También el malvado está astutamente sentado, es decir, “agazapado” como fiera al acecho o “apostado” como cazador fur- tivo. Si es un cazador, se esconde entre “las cañas” o “en los poblados” (v. 8a), espera y asesina al “inocente”, que es un “desdichado”, después de haberlo atraído a la red y de haberlo atrapado (v. 9). Si es una fiera, se oculta, se agazapa, se encoge o acurruca, y después cae sobre la presa, que, una vez más, es “el desvalido.” Este conjunto de acciones acumula- das ratifican al impío en sus convicciones más profundas e íntimas: «Dios se ha olvidado, oculta su rostro, no ha de ver jamás». Los que «se olvidan de Dios» (9,18) afirman ahora que Dios «se ha olvidado», que «no ve jamás» –declaración desafiante después de haber escuchado la petición del pobre: «Mira mi desgracia» (9,14)–; que se oculte el rostro, parece un sarcasmo: en efecto, es una expresión que aparece como reproche o como petición en las súplicas –«no me ocultes tu rostro» (cf. Sal 13,2; 27,9; 30,8; 44,25; 69,18s)–; en labios del impío es una burla para quien tal cosa pide. Dios, aislado en su cielo, nada hace ni puede hacer, y el impío continuará derramando sangre inocente. ¿Será así?
En este momento suena una serie de imperativos. Que Yahvé se levante como guerrero o como juez; que extienda su mano, como un gesto de juramento o para mostrar el poder de su diestra, como suce- dió en Egipto. Uniendo ambos imperativos, que muestre la fuerza de su mano o de su poder judicial. «Dios ha olvidado», acaba de decir el impío. No, Dios no puede olvidar: «¡Nunca te olvides de los desdicha-
dos!» (v. 12b). ¿Cómo se va a olvidar, si «el indigente no será olvidado
para siempre» (9,19a). Y se formula el gran problema latente en el salmo: «¿Por qué desprecia el malvado a Dios, diciendo para sí: ‘No ven-
drás a indagar’?» (v. 13). Es el gran problema de Job y del Sal 73: ¿por
qué triunfan los malvados en todo, mientras que los pobres, pese a confiar en Dios y a invocarlo, han de buscar en vano una señal visible de la intervención divina? La pregunta queda formulada. Habrá que esperar durante largo tiempo la respuesta definitiva de la misma.
La respuesta, de momento, consiste en contradecir lo que el impío acaba de decir. Ha dicho, «Dios no ha de ver jamás» (v. 11b). Pero la mirada de Dios es penetrante (cf. Sal 94,9). Ve, sobre todo, «la pena
y la tristeza» (v. 14a; cf. Sal 31,8; 56,9); y la mano poderosa, dispuesta a
juzgar, se torna mano amorosa que acoge las penas y las tristezas. Son manos acogedoras, en las que se abandona el desvalido y que infunden confianza en el huérfano. ¡Cálidas manos que dan amparo y cobijo a quienes la sociedad relega al olvido, mientras sufren la opresión de la explotación! Son también una manos poderosas, capaces de quebrar el poder de los fuertes, simbolizado en el brazo: «¡Quiebra el brazo del mal-
vado!» (v. 15a). Poder contra poder: el poder de Yahvé contra el poder
desafiante de los impíos. Éstos decían que Dios no se enteraba, que no indagaba (v 13); he ahí a Dios investigando minuciosamente la maldad, rastreándola. La perseguirá hasta que desaparezca sin dejar huella. Los impíos afirmaban que jamás vacilarían (v. 6); es Yahvé rey quien no vacila, permanece como rey «por siempre, por los siglos», mientras que de los malvados e impíos no quedará vestigio alguno. «Los paganos serán barridos de su tierra», de la tierra de Israel: serán desterrados. No es una concepción nacionalista, sino teológica: se acabó el mal de los ricos opresores, porque éstos han desaparecido camino del destierro.
La fuerza de estas afirmaciones, valederas para el futuro, se fun- damenta en que Yahvé escucha, conforta y presta atención. Dios, en efecto, «hace justicia al huérfano y al vejado» (v. 18a), como ha dicho reiteradamente el salmo. El triunfo definitivo de la justicia implica que el terror y la violencia han desaparecido de la tierra para siempre. El hombre, frágil y mortal, hijo de la tierra, no puede ser el árbitro de la historia. Este puesto le corresponde a Yahvé, rey y juez. ¡Si el ser humano aprendiera de una vez que no es más que un mortal...!; acaso el rumbo de la historia sería distinto.
Finaliza aquí un salmo que se mueve entre la acción de gracias y la súplica, con la mezcla de algunos otros géneros. Es una meditación sobre el silencio de Dios y la realidad de la injusticia, sobre el orgullo del hombre y la opresión de los desposeídos, sobre la justicia y sobre la esperanza, sobre Dios que es rey y juez de todo el mundo. Cuando nos pesa el silencio de Dios; cuando vemos que se impone el orgullo del hombre, aun a costa de la sangre inocente; cuando escuchamos el clamor de los pobres; cuando buscamos un asidero para nuestra fe, etc., podemos orar con este salmo. Tal vez, al fin, nos convenceremos de que no somos “más que hombres”, hijos de la tierra, a la que retor- naremos.
III. ORACIÓN
«Oh Dios clementísimo, que nunca defraudaste a quienes confia- ron en ti, escucha compasivamente nuestra confesión, para que, levantados de las puertas de la muerte eterna, podamos salir indem- nes de las ocultas insidias del tentador. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,77).