4 Anti-avoidance measures that extend taxation of interest and royalties at source
4.3 Reform options for extending the taxation of interest and royalties at source
4.3.2 Cross-border royalty and license fee flows and the resulting tax revenue effects of
4.3.2.2 Tax revenue estimation
4.3.2.2.2 Results I: Introduction of a minimum WHT of 10% in all OECD and EU
Yahvé está situado en el vértice del triángulo. Cinco veces leemos su nombre en un salmo tan breve; cinco veces y muy bien distribui- das. Es la primera palabra que escuchamos. Se nos acumula en el cen- tro del salmo: tres veces en los vv. 4-5a. La quinta vez se la reserva el poeta para el verso conclusivo, síntesis del salmo. La repetición del nombre divino se convierte en indicio de que el poeta nos habla de una experiencia religiosa y existencial.
La situación peligrosa de anarquía o de terrorismo aconseja huir, como algún amigo propone al salmista. Éste no huye, sino que se queda; pero no a la intemperie, sino cobijado donde ha encontrado refugio: «En Yahvé me cobijo». Ya hemos comentado esta expresión en el Sal 7,2. ¿Es una insensatez? Para la sensibilidad religiosa del poeta, no. De ahí que, ante la propuesta que se le hace, reaccione entre sor- prendido y airado: «¡Cómo, pues me decís...!». Es una pregunta o admiración que expresa rechazo y manifiesta extrañeza. Con esta pre-
gunta irritada, el salmista reprende a sus consejeros, pese a que el con- sejo de huir es bienintencionado y otros muchos israelitas han encon- trado refugio en los riscos de la serranía. El consejo puede ser un pro- verbio (cf. Sal 55,7; 91,3), aunque en este salmo se ciñe a la realidad: lejos de las emboscadas, la vida amenazada hallará respiro, y el que huye tendrá una libertad de movimientos semejante a la del pájaro, con la ventaja de que los malvados no pueden acceder a los riscos de las peñas. El salmista, pues, tiene ante sí dos posibilidades: “huir” o “permanecer”, que reflejan dos formas de situarse ante Yahvé: “temer” o “creer”. Ya ha tomado la decisión de “creer”, venciendo las asechan- zas a las que se ve sometida la fe y asumiendo los peligros inherentes a su decisión. Veámoslo.
2.1. El malvado y su triunfo (vv. 2-3). No aludimos a peligros remo- tos. Ya están ahí. Basta con que el orante abra los ojos para verlo: «Mira que los malvados tensan el arco...» (v. 2a). Los malvados se ocultan en la “oscuridad”, o en las “tinieblas”, quizá mejor. Es difí- cil descubrir su presencia. Pero el consejero, que ha descubierto la emboscada, ve el ataque bélico o la cacería a la que se disponen los enemigos (cf. Sal 7,13; 10,8; 37,14, etc.) como algo inminente e ine- vitable. No pueden dejar a su amigo en la ignorancia. Que abra los ojos, que vea, y que huya... Amparados en las tinieblas, los malva- dos ya están a punto de disparar sus flechas de improviso e impá- vidos (cf. Sal 64,4-5).
No se trata de un atentado cualquiera, sino de una actuación que convulsiona “los cimientos”. ¿Son éstos las columnas sobre las que se asienta la tierra? ¿Son los cimientos de un edificio, en concreto del templo, de modo que éste se derrumbará inevitablemente? La imagen puede ser polivalente. Puede aludir directamente a los cimentos de una edificación –en este caso del templo– e indirectamente a los fun- damentos de la existencia, de la seguridad, de la comunidad, del dere- cho y de la religión. Por extensión, también puede referirse a los pila- res de la tierra, que se hunden en el abismo del mar (cf. Sal 24,2; 102, 26; 104,5.8, etc.). El triunfo de los malvados es una auténtica “anti-cre- ación”: todo retornaría al abismo primordial. Si acontece esto, «si
están en ruina los cimientos, / ¿qué podrá hacer el justo?» (v. 3). ¡Nada!
No se trata de un justo cualquiera, sino del Justo por excelencia. Así se deduce del contexto inmediato (v. 3a) y del contexto sálmico: Yahvé
es justo, proclama el v. 7. Si esto es así, el problema latente es suma- mente grave. «Yahvé, que es justo, rompió / las coyundas de los mal- vados», leemos en Sal 129,4. ¿Qué hace ahora? ¿Qué puede hacer, cuando todo se derrumba, cuando la creación retorna al no-ser, cuan- do desaparecen los fundamentos de la existencia, e incluso cuando la casa del mismísimo Yahvé se derrumba? Dicho de otro modo: ¿por qué y para qué empeñarse en ser honrado y justo, cuando triunfa la injusticia? Si el Justo nada puede hacer, ¿por qué no ser un lobo más en medio de una manada de lobos? El triunfo del malvado y de la injusticia es un retorno a la nada.
2.2. El justo y su triunfo (vv 4-6). El honrado, consecuente con su fe, ya tiene su lugar de refugio: Yahvé, en quien se cobija. Yahvé, que tiene su trono en el cielo, se ha dignado habitar en su santo templo. Antes de presentar acción alguna, Yahvé es presencia total, como sub- rayan las dos oraciones nominales: «Yahvé en su santo Templo, / Yahvé
en su trono celeste» (v. 4a-b). Aunque tiemblen los cimientos, Dios está.
Desde lo alto del cielo es el juez que contempla, examina y sentencia. También está en la tierra, en su santo Templo, lugar elegido como morada de su nombre. Quien busca refugio en el templo, como lugar de asilo, se cobija en Yahvé.
Lo primero que ha de hacer el juez es ver / mirar. Yahvé tiene una mirada penetrante, similar a la de los antiguos profetas (cf. Nm 24,4.16; Is 1,1; 2,1; 13,1; Ez 12,27; Am 1,1); es “el vidente” por exce- lencia. Es tan penetrante y aguda la mirada divina, que el poeta le apli- ca un verbo procedente del campo de la metalurgia: “examina”. Los metales preciosos son extraídos de la mina, cribados, aislados de toda ganga o incrustación; al final queda tan sólo el oro o la plata, por ejemplo. Algo así es lo que hace Yahvé: «Sus pupilas examinan a los
hombres», separados en categorías: justos y malvados. Aquilatada la
bondad del justo, la acción de Yahvé se vuelve hacia los malvados. El “yo” divino aborrece con vehemencia total a quien ama la violencia. Los malvados estaban a punto de disparar sus armas, amparados en la oscuridad; Yahvé los saca de su escondite, los “examina” y termina- rá con quienes eran una amenaza para la existencia.
De una forma imprevista, como les sucedió a los habitantes de Sodoma (cf. Gn 19,24), caen sobre los malvados “brasas y azufre”; o, respetando totalmente el texto hebreo: “ciclones, fuego y azufre” (v.
6a). Quizá el poeta piensa en un fuerte viento que atiza el fuego ya encendido (cf. Pr 26,1: «Soplo para las brasas / leña para el fuego»). Las imágenes teofánicas (cf. Sal 18,13ss) y el castigo ejemplar de Sodoma pueden haber inspirado este verso. El fuego es signo de la trascendencia divina (cf. 1 R 18), pero también es signo del castigo divino, por ejemplo en el profeta Amós (cf. 1,4.7.10.12.14; 2,2.5; etc.). La suerte prevista para los malvados es «un viento abrasador»: un viento procedente del desierto y que devora toda vegetación (cf. Jr 4,11; Os 13,15). Es el cáliz que Yahvé reserva a los malvados; ésa es la sentencia que les espera: no una “copa de salvación”, sino una “copa de ira”, que han de sorber hasta las heces. Tal es la copa prevista para quien adore a la Bestia, según el Apocalipsis (14,10).
El Justo ha separado al justo del malvado. Ya sabemos cuál es la suerte del malvado. El verso final, recapitulación del salmo, funde en un estrecho abrazo a Yahvé con los rectos. Yahvé, que es amante de la justicia, no puede desentenderse del justo. Éste, ahora con el nombre plural de “los rectos”, ha sido examinado por la penetrante mirada de Yahvé. Ahora se le da una mirada también penetrante, como la mira- da de Yahvé. Los rectos se convierten en “videntes” nada menos que del rostro de Yahvé. “Es el vértice místico del salmo”. Aún no se trata de la “visión beatífica”, cuando veamos “cara a cara” y no como en un espejo; pero el camino está insinuado para que la esperanza desem- boque en la visión de Dios, allende todos los males de este mundo. La fórmula “ver el rostro de Dios” equivale a estar en su presencia, como el siervo ante su señor. Es una expresión litúrgica.
* * *
“Creer” o “temer” es el dilema de fondo que se percibe en este salmo. Quien se toma en serio la fe cree, pese a todas las apariencias y aun a las evidencias. Para él nada es más evidente que la fe. En medio de las dificultades y de las pruebas que pueda experimentar precisamente por creer, no buscará la huida, sino que se cobijará en Dios, quien condescendió abajándose en el espacio y en el tiempo y que, no obstante, es el Juez y Salvador celestial. Éste es un salmo apto para afirmar la fe y robustecer la esperanza. Todo está en las manos de Dios, el “Vidente”.
III. ORACIÓN
«Dios omnipotente, mira piadosamente la humillación de nuestra pobreza y defiéndenos con las armas de la fe; para que, destruidas las flechas de la iniquidad, podamos velar por la equidad y la justicia. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,78).