MANAGING NETWORKED SOFTWARE DEVELOPMENT
4. Managing Networked Software Development
4.3. Managing Social Capital
Astudillo, Cambados, Astudillo, Medina, Avilés/Allariz, Salamanca y Orense (1956-2020)
Permitidme que me presente. Me llamo Gonzalo Bernardo Pérez. Nací en un pueblecito de la provincia de Zamora, Pedroso de la Carballeda. No creo que llegásemos a los doscientos habitantes. Y allí vine a este mundo tres días antes del Desembarco de Normandía. Aquellos fueron unos años muy felices para mí, como, en la práctica, toda mi vida.
¿Cómo surge mi vocación? En primer lugar, en una familia muy religiosa y practicante; después, el Señor se valió de sus “tretas”. Un día, estábamos en la escuela (éramos poco más de 30 niñas y niños de 6 a 14 años) y la maestra, doña Magdalena (muchos años más tarde me enteré de que era prima de Juan López, al que casi todos conocimos), sorteó una estampa y, oh, Providencia de Dios, me tocó a mí: era de María Auxiliadora. Pocos días después la profesora me llama para decirme si quiero, con el permiso de mis padres, ir a estudiar para salesiano… Casi no había oído ni el nombre y eso que unos años antes habían inaugurado la Universidad Laboral de Zamora.
Se lo comento a mis padres y ellos hablan con la maestra para aceptar… Se me habían pasado no menos de tres oportunidades para ir a un Seminario: el del Verbo Divino de Coreses e, incluso, el Seminario de Astorga. Las tres ocasiones por causas diversas: era muy niño, por irme a la cama demasiado pronto y porque el párroco no vio oportuno arriesgar sus ahorros.
Para admitirme, don Rosendo González, que era quien se encargaba, me convocó, junto con mi padre, para las 12 de la mañana, en Puebla de Sanabria, que dista de mi aldea unos 20 kilómetros… Y andando fuimos hasta allá, madrugando mucho y yendo por senderos que conocía mi padre de sus años de cazador. Pasé la prueba yo creo que bien y, a finales de septiembre, me preparé para ir a Astudillo. El viaje fue largo y pesado. Desde Zamora nos acompañó a unos cuantos don Felipe García. Demasiados problemas para llegar: nunca enlazábamos con el tren que debía llevarnos hasta Palencia; pero lo conseguimos.
Ya en Astudillo, comenzamos a hacer vida de seminaristas. Al principio todo eran novedades para mí: el comedor, la siesta de ese primer día, pues apenas habíamos dormido la noche anterior, el paseo, el teatro, en el que nos hicieron disfrutar y reír muchísimo el señor Ivo y el señor Manero.
Todo había sido felicidad hasta entonces y yo no echaba de menos nada de lo que había dejado; sin embargo, después de las oraciones, nos llevaron de nuevo al dormitorio para el descanso nocturno… Cuando apagaron las luces, menos unas de posición por si alguno tenía que ir a los servicios, comienzo a recordar lo que había dejado, sobre todo a mi madre y, debajo de la manta, comienza a brotar un verdadero torrente de lágrimas que no había forma de contener… Así seguí durante
de un compañero. Luego no era yo el único que añoraba el hogar y, poco a poco, fue agotándose el manantial de mis lágrimas.
El curso me fue muy bien, sin ningún problema, salvo con la ropa, que no era suficiente y…
Concluido, nos fuimos de vacaciones, porque tenían que arreglar el edificio como casa de Noviciado para el año siguiente. En el regreso, que hacíamos Guillermo García Coca y yo con su madre, tampoco enlazábamos con el tren deseado (ya había partido sin esperarnos).
Las vacaciones fueron las más largas que nadie podía imaginar, más de dos meses No me avisaron a tiempo y, a pesar de que saludé en la estación del pueblo a los que iban a Allariz y a Cambados, esperé a que me llegara carta con las instrucciones, pues que la anterior no la había recibido. Y llegó. Tendría que esperar bastante tiempo, hasta que a unos aspirantes de 4º y 5º los llamasen… y tardarían. ¿Qué hacer? A mediados de septiembre comenzaban las clases en el pueblo, en la escuela que acababan de inaugurar. Cuando las iniciaron, me acerqué a la maestra y le expuse mi situación… y me admitió. Pensaba yo que no podía estar dos o tres meses sin, a lo menos, repasar algo.
Todos, alumnos y alumnas, me miraban como algo raro y más cuando vieron la letra que hacía y cómo contestaba a todo (casi todo). La profesora quiso aprovechar la ocasión y, como casi sabía todo, me dedicó a hacer mapas y dibujos en las paredes con sorpresa para aquellas niñas y niños, incluida la Inspectora que, qué casualidad, se presentó por aquellos días para ver cómo iba la escuela recién inaugurada y sus estudiantes. Nos hizo un dictado y quedó poco menos que pasmada de mi letra. Ya le habían llamado la atención los dibujos de las paredes. Después vinieron las preguntas, precisamente a mí. Le respondí a casi todo a su satisfacción y tuve pendiente de mí a todo el alumnado. A ellos no les preguntó. Tampoco es que uno que había terminado primero de bachillerato, yo, fuera a dejarla aturdida… Se fue y continuamos las clases como hasta entonces.
Lo mejor de aquel mes y medio largo, eran los recreos y las tardes. Nos lo pasábamos en grande los de mi edad y alrededores. Los trabajos del campo (arrancar patatas) eran llevaderos para nuestras familias y a nosotros, más o menos nos dejaban libres…
Bernardo, artista de las carteleras, ha elaborado miles de ellas, siempre con letra distinta. Estas dos están ahora en el pórtico del colegio de Orense, junto con otras dos.
Pero un día en que más enfrascados estábamos en nuestras recreaciones, me llama mi madre: “Gonzalo, ven, que ha llegado carta y tienes que marcharte dentro de dos días”. Se acabaron las diversiones; cada uno se machó por su sitio y me dejaron solo con mi tristeza por lo que perdía... ¡Aquel sentirse importante…! Una vez preparado lo que tenía que llevar (el colchón entre otros objetos), se pusieron en contacto con los padres de Guillermo García Coca, conocidos nuestros, en San Pedro de las Herrerías, donde cogería el expreso en el que viajaban los de Zamora, que habían retrasado hasta entonces su vuelta a Cambados, creo que para el 6 de noviembre.
De nuevo, lágrimas y más lágrimas. En la Estación bajó del tren un clérigo y a él me acogí hasta Villagarcía de Arosa, fin del viaje en tren. Después en autobús hasta Serantellos, en donde nos esperaban; y a mí, para coger otro autobús que me llevaría a Sanxenxo al hotel Terraza donde haríamos un centenar de aspirantes la mitad de 2º de Aspirantado.
Nos pusieron a tres o cuatro en cada habitación. A mí con Joaquín Nieto y Senén Machín.
La capilla era el teatro; pero aquel primer día de estancia la hicimos en una iglesia que había en el puerto. Y comenzó mi estancia en Sanxenxo de forma especial, en aquella primera Eucaristía: me desmayé, me sacaron de la capilla y me llevaron al hotel: había cogido la gripe, la que se llamó gripe asiática. Debí ser el primero, pero detrás de mí fueron pasando todos menos tres.
Comenzaron las clases para mí; los compañeros las reanudaron. Teníamos juntos un par de asignaturas, Latín y Matemáticas, en una gran sala que era parte del comedor del hotel. Las otras, por separado.
Es difícil explicar lo que allí disfrutamos: los recreos largos eran en la playa; cuando había mar gruesa, íbamos hasta La Lanzada a ver las olas, enormes, que llegaban hasta la orilla, con cuidado, claro. Los paseos, bien por los montes cercanos o las playas…, bien yendo hasta Cambados. Cuando llegó el grupo de 1º, venían con más frecuencia (los jueves) para jugar contra ellos a fútbol; casi siempre arbitraba don Antonio Cardeñoso, que estaba con nosotros; ellos casi nunca quedaban contentos del arbitraje.
Cuando llegó la Semana Santa, dejamos Sanxenxo y regresamos al nuevo edificio Vista aérea de Sangenjo en la primera mitad del siglo XX y la playa a finales de los 50. El hotel estaba un poco más arriba.
Para el siguiente, tercero, los dos grupos fueron elegidos de una forma especial. Se estaba reorganizando el currículo del Aspirantado en cinco cursos y solo había cuatro. Uno de los dos terceros lo eligieron con la idea de que estudiasen algunas de las asignaturas de cuarto: Matemáticas, Griego… Estaba yo en ese curso al que nuestro asistente, don Nicolás Ruiz, llamaba “el supercurso”.
Naturalmente, comenzó… y finalizó. Y, como de 4º habían pasado a varios al Noviciado, porque el grupo de quinto era pequeño, hicieron lo mismo con el nuestro; eligieron, no sé con qué criterio, a los que creyeron oportuno, entre otros a mí. Salimos del aula al pórtico para ir con nuestros nuevos compañeros. Y cuando ya estábamos dispuestos para incorporarnos a 4º, aparece don Olegario Salán, que se dirige a mí:
–Tú no mereces pasar a este curso. Me dejó helado y mudo. Nunca me dijo la razón y, desde luego, no eran las notas.
Esas serían las últimas vacaciones con nuestros padres en años: yo tenía 15 y hasta los 21, no volvería por el pueblo.
El resto, lo habitual entonces: Noviciado, Filosofía, Trienio en Avilés –en donde el primer año no es que lo pasase ni medio bien dando clase…– y Allariz, Teología, en la que decidí no ordenarme sacerdote. Para pasar el verano del 71, me enviaron a dar clases de repaso a Ourense. Lo que era provisional se convirtió en definitivo: aquí sigo desde entonces y ya va a hacer de eso cincuenta años. Fui tres años Coordinador-Jefe de Estudios de EGB y el resto, clases: he dado casi todas las asignaturas y todavía no me he aburrido: con 76 años continúo dando Latín y Griego, hasta que Dios quiera, haya alumnado, los superiores me manden parar…, o la salud no dé para más.
Gonzalo Bernardo Pérez
Ourense, 21 de septiembre de 2020
Nota del editor: Gonzalo ha hecho un gran esfuerzo para resumir, pues tiene escritas 400 páginas de su infancia y 200 del primer año en Astudillo.