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CHAPTER 2: LITERATURE REVIEW

2.2 Review of LCA Application to Pavement Field

2.1.1 Material Module

De las migraciones dorias dan noticia los autores antiguos, que se valieron principalmente de mitos y leyendas acerca de los héroes y, en parte, de datos toponímicos. Es comprensible que debemos utilizar con precaución estas noticias y someterlas a una crítica cuidadosa. No obstante, la dirección general que siguió la migración y sus principales etapas no provocan dudas. En lo que respecta a la fecha de estas migraciones, los autores antiguos la hacen coincidir con el final de la guerra de Troya: «Hasta después de la guerra de Troya —señala Tucídides—,

en la Hélade se operó el desplazamiento de los habitantes y de las nuevas poblaciones, de tal manera que ese país conoció el reposo y por ello no prosperaba.»

La tradición antigua conservó un recuerdo nítido de las migraciones de los tesalios de Epiro a la región que recibió de ellos su nombre. Después de esto, los beocios por ellos desplazados invadieron a su vez la Cadmea, se apoderaron de ella y a su turno la denominaron Beocia.

Todos estos acontecimientos, tan acordes con los cálculos de Tucídides, tuvieron lugar dentro de los sesenta años que siguieron a la caída de Ilion; esto es, si se toman en cuenta los datos de la tradición de la guerra de Troya (1194-1184 a. C.), ya a finales del siglo XII a. C.

Es entonces cuando, de acuerdo con los datos de la tradición antigua, comienza el más grandioso movimiento migratorio de las tribus dorias. Tucídides sitúa la conquista del Peloponeso por los dorios ochenta años después de la caída de Ilión, es decir, en 1104. Sócrates y Eforo dan una fecha más tardía: 1069. En ambos casos, estos datos tradicionales se deben analizar solamente como jalones cronológicos aproximados. Existen, como ya hemos mencionado, sólidas bases para pensar que la migración doria tuvo lugar a finales del siglo XIII.

Por lo visto, esto se vinculó con las migraciones anteriormente mencionadas de los tesalios y beocios.

La tradición antigua explica estas migraciones masivas por las luchas de poderosos héroes, forjadores del derecho hereditario, como si anteriormente les hubiera pertenecido a ellos la tierra. En particular, la tradición acerca de las invasiones dorias en el Peloponeso estaba estrechamente entrelazada con las leyendas sobre la denominada «vuelta de los heráclidas», en las cuales se cuenta cómo Heracles (Hércules) luchó por la posesión del Peloponeso y cómo sus descendientes, los heráclidas, lo hicieron al frente de las tribus griegas y dorias que invadieron dicha región. El fondo social de estos relatos mitológicos es completamente claro. Los basileus de Argos, Esparta y Mesenia tendieron a elevar su autoridad y fundar su derecho en los territorios conquistados, haciendo referencia al derecho divino de sus antepasados. Y he aquí que fue creada una complicada y artificial genealogía que hace remontar la ascendencia real a Heracles, el héroe divinizado sobre cuyas hazañas se elaboraron tantos mitos. Es característica de la tradición antigua trazar una severa distinción entre los dorios y los heráclidas. Heracles se presenta como un héroe aqueo cuya estirpe se emparenta con Perseo; se alia con Egimios, hijo de Doros, fundador de las tribus dorias, y recibe de él la tercera parte del reino. El hijo de Heracles, Hilos, desterrado del Peloponeso, se aleja hacia el norte, hacia los dorios, y comparte del poder con los hijos de Egimios: Pánfilo y Dímano. Los descendientes de Hilos reciben el nombre de híleos, y las otras dos tribus dorias, dímanos y panfilios, son denominadas así en honor de sus ascendientes, los hijos de Egimios.

Por medio de estas genealogías artificiales, los jefes dorios trataron de probar, costara lo que costase, su origen aqueo. Incluso muchos siglos después, cuando las migraciones dorias eran ya cosa de un lejano pasado, el rey de Esparta, Cleómenes I, declara con orgullo a una sacerdotisa de Atenas: «no soy dorio, sino aqueo». Por supuesto, es muy posible que los dorios admitieran en su seno algunas gens aqueas. Incluso el nombre de las tribus de los pánfilos es interpretado por ciertos investigadores como «gentes de todas las tribus», pero es sugestivo que precisamente los basileus tendieran a remontar su origen no hacia los conquistadores, sino hacia las tribus vencidas. En esto puede ser que se hiciera sentir el recuerdo de la más elevada cultura aquea del tiempo micénico.

El mito de los heráclidas que pretendían la herencia de sus ascendientes Heracles y Perseo parecía muy convincente a la mayoría de los autores griegos como explicación de la invasión del Peloponeso por los dorios. Solamente Tucídides tendió a descubrir las causas más profundas y reales de este acontecimiento. Antes de la guerra de Troya y también largo tiempo después de su destrucción, escribe, en la Hélade no hubo sedentariedad. «Por lo visto, el país que hoy se denomina Hélade está poblado desde no hace mucho tiempo. Antiguamente tuvieron lugar en él migraciones y cada pueblo dejaba fácilmente su tierra, siendo desplazado por otros pueblos, cada vez en mayor número». Tucídides explica claramente estos choques entre las tribus, por causas puramente económicas: «la tendencia al lucro condujo a que los débiles llegaran a ser esclavos de los más fuertes, así como las ciudades más poderosas, apoyándose en su riqueza,

subyugaban a las más pequeñas». Sin embargo, Tucídides hace notar otras veces cómo regiones más desarrolladas en el sentido económico fueron sometidas a los ataques de sus vecinos más retrasados. «Si gracias a la feracidad del suelo —escribe— el poder de algunas tribus estaba creciendo, entonces se engendraron desacuerdos internos que las llevaron a la perdición y, al mismo tiempo, provocaban atentados por parte de las tribus exteriores.» De esta manera, Tucídides subraya la desigualdad del desarrollo económico-social de las diferentes partes de Grecia y llama la atención acerca de cómo la lucha social (que él denomina discordias internas) facilitaba en las entrañas de la sociedad más desarrollada la invasión de las tribus más atrasadas.