1
Cuando hacía el amor, lo que más le interesaba en las mujeres era la cara. Como si los cuerpos con su movimiento hicieran girar el gran carrete de una máquina de cine y en la cara, como en una pantalla de televisión, se proyectase una película fascinante, llena de emoción, de esperas, de explosiones, de dolor, de gritos, de ternura y de maldad. Sólo que la cara de Hedvika era una pantalla apagada y Jan, fijando los ojos en ella, se atormentaba con preguntas para las cuales no hallaba respuesta: ¿se aburre con él?, ¿está cansada?, ¿no disfruta haciendo el amor?, ¿está acostumbrada a mejores amantes?, ¿o se esconden bajo la superficie inmóvil de su cara placeres que Jan no llega a intuir?
Por supuesto que se lo hubiera podido preguntar. Pero les pasaba algo muy particular. Siendo los dos locuaces y sinceros el uno con el otro, enmudecían en el momento en que sus cuerpos desnudos se abrazaban.
Nunca fue capaz de explicarse muy bien este enmudecimiento. A lo mejor se debía a que en sus relaciones no eróticas Hedvika manifestaba siempre mayor iniciativa que él. A pesar de que era más joven, había pronunciado a lo largo de su vida al menos el triple de palabras que él y había repartido como mínimo diez veces más consejos y explicaciones, de manera que parecía como una madre buena y sabia que lo había cogido de la mano para guiarlo por la vida.
Con frecuencia se imaginaba que en medio del coito le decía al oído unas cuantas palabras eróticas. Pero hasta en la imaginación terminaba aquel intento en fracaso. Estaba seguro de que en su cara habría aparecido una suave sonrisa de desacuerdo y benevolente comprensión, la sonrisa de una madre que observa cómo tu hijo roba en la despensa la galleta prohibida.
O se imaginaba que le susurraba una frase banal: ¿te gusta así? Con otras mujeres esta simple pregunta sonaba siempre lasciva. Hacía mención, aunque fuera con la decente palabra así, a la actividad sexual e inmediatamente daban ganas de pronunciar otras palabras en las que el amor físico se reflejase como en una fila de espejos. Pero le daba la impresión de saber la respuesta de Hedvika de antemano: por supuesto que me gusta, le explicaría pacientemente. ¿Piensas que haría por mi propia voluntad algo que no me gastase? No sería lógico.
De modo que no le decía palabras obscenas ni le preguntaba si le gustaba, sino que permanecía en silencio mientras sus cuerpos se movían vigorosa y prolongadamente, poniendo en marcha un carrete vacío en el que no había película alguna.
Claro que con frecuencia pensaba que era él mismo el culpable de la mudez de sus noches. Había creado una imagen caricaturesca de Hedvika-la-amante, que se
interponía ahora entre él y ella y le impedía atravesarla para llegar a la verdadera Hedvika, a sus sentidos y a sus obscenas oscuridades. Cualquiera que fuese la verdad, lo cierto es que después de cada una de sus noches mudas se prometía que la próxima vez ya no le iba a hacer el amor. La quiere como a una amiga inteligente, fiel, excepcional, no como a una amante. Pero no era posible separar a la amiga de la amante. Cada vez que se veían se quedaban hasta muy tarde, Hedvika bebía, hablaba, aconsejaba y cuando ya Jan estaba muerto de cansando, se callaba de repente y en su cara aparecía una sonrisa feliz y suave. En ese momento Jan, como si estuviese sometido a una sugestión irresistible, tocaba sus pechos y ella se levantaba y empezaba a desnudarse.
¿Por qué quiere hacer el amor conmigo?, se preguntaba con frecuencia, pero no encontraba respuesta. Lo único que sabía era que sus coitos silenciosos eran inevitables, igual que es inevitable que un ciudadano se ponga firme al oír el sonido del himno nacional, a pesar de que, evidentemente, eso no le produce satisfacción alguna ni a él ni a su patria.
2
A lo largo de los últimos doscientos años el mirlo abandonó los bosques y se convirtió en un pájaro de ciudad. Esto ocurrió por primera vez en Gran Bretaña, ya a final del siglo dieciocho; algunos decenios más tarde sucedió en París y en la cuenca del Ruhr. Durante el siglo diecinueve el mirlo conquistó una tras otra todas la ciudades europeas. En Viena y en Praga se asentó alrededor de 1900 y siguió luego hacia el oriente, hacia Budapest, Belgrado, Estambul.
No cabe duda que desde el punto de vista del globo terráqueo, esta invasión del mundo de los seres humanos por el mirlo es más importante que la invasión de América del Sur por los españoles o el retorno de los judíos a Palestina. Un cambio en las relaciones entre las distintas clases de seres vivos (peces, pájaros, hombres, plantas) es de un grado superior al cambio de relaciones entre los distintos componentes de la misma clase. Si a Bohemia la habitaron los celtas o los eslavos, si la Besarabia es dominada por los rumanos o rusos, al globo terráqueo le da poco más o menos lo mismo. Pero si el mirlo traiciona a la naturaleza original para ir a vivir junto al hombre en su mundo antinatural, algo cambia en el orden del planeta.
Sin embargo, nadie se atreve a explicar la historia de los últimos doscientos años como la historia de la invasión de las ciudades por los mirlos. Estamos todos dominados por una concepción anquilosada sobre lo que es importante y lo que es irrelevante, fijamos la vista angustiados sobre lo que es importante, mientras que lo irrelevante, disimuladamente y a nuestras espaldas, extiende sus guerrillas que, al fin y sin que nos percatemos, cambian el mundo y nos cogen desprevenidos.
Si alguien escribiese la biografía de Jan, resumiría la época a la que me refiero poco más o menos del siguiente modo: mi unión con Hedvika significó para Jan, que tenía entonces cuarenta y cinco años, una nueva etapa de su vida. Abandonó por fin su modo de vida estéril y disperso y se decidió a abandonar la ciudad de Europa Occidental en la que vivía para atravesar el océano y centrarse allí en su trabajo, en el que logró posteriormente etc., etc.
¡Pero que me explique el imaginario biógrafo por qué precisamente en esa época el libro predilecto de Jan es la antigua historia de Dafnis y Cloe! El amor de dos jóvenes, casi niños, que no saben aún lo que es el amor físico. Con el ruido del mar se mezcla el balido de un cordero y bajo las ramas de un olivo una oveja mordisquea la hierba. Y esos dos están acostados uno junto al otro, desnudos y llenos de un deseo inmenso y confuso. Se abrasan, están pegados el uno al otro, mistados estrechamente. Y se quedan así durante mucho, nacho tiempo, porque no saben qué más podrían hacer. Piensan que el objetivo de los placeres amorosos no es más que este entrelazamiento. Están excitados, sus corazones laten con fuerza, pero no saben lo
que es amar.
3
La actriz Hana estaba sentada en cuclillas sobre sus piernas cruzadas, en la misma posición que vemos en las estatuillas de Buda que venden todos los anticuarios del mundo. Hablaba sin parar y sin dejar de mirar al dedo gordo de su pie que se desplazaba lentamente en círculo, siguiendo el borde de una mesilla redonda que estaba frente al sillón.
No era un gesto automático como los que suelen hacer las personas nerviosas, acostumbradas a rascarse la cabeza o al rítmico golpeteo de la pierna. Se trataba de un gesto consciente y meditado, armónico y suave, cuyo objetivo en trazar alrededor de ella un círculo mágico dentro del cual estuviera plenamente concentrada en sí misma y los demás concentrados en ella. Miraba con satisfacción el movimiento de su dedo gordo y sólo de vez en cuando levantaba los ojos hacia Jan, que estaba sentado frente a ella. Le estaba contando que había tenido un ataque de nervios porque su hijo, que vivía en otra ciudad, junto con su ex marido, se había ido de casa y había estado varios días sin volver. El padre de su hijo fue tan cruel que Le llamó por teléfono para decírselo media hora antes de que empezara la función. Le dio fiebre, dolor de cabeza y hasta un constipado. —No podía ni sonarme del dolor que tenía en la nariz —dijo mirando fijamente a Jan con sus ojos enormes y hermosos—: La tenía como una coliflor.
Sonreía con la sonrisa de una mujer que sabe que hasta una nariz roja por el constipado le queda bien. Vivía en una armonía ejemplar consigo misma. Estaba enamorada de su nariz y de su valentía que le permitía llamar al constipado constipado y a la nariz coliflor. De ese modo, la belleza inhabitual de la nariz enrojecida se complementaba con la audacia del espíritu, y el movimiento circular del dedo gordo reunía con su arco mágico ambos atractivos en la unidad indivisible de su personalidad.
—Me preocupaba mucho la fiebre. ¿Sabe lo que me dijo mi médico?: Le voy a dar un buen consejo, Hana. ¡No se tome la temperatura!
La señora Hana se rio durante un buen rato en voz alta de la broma de su médico y luego dijo:
—¿Sabe a quién he conocido? ¡A Passer!
Passer era un viejo amigo de Jan. Jan lo había visto por última vez hacía algunos meses. Passer tenía que operarte precisamente en esos días. Todos sabían que era cáncer y el único que creía las mentiras de los médicos era Passer, lleno de una vitalidad y una credulidad increíbles. De todos modos, la operación que le esperaba era drástica y Passer le dijo a Jan cuando se quedaron solos: «Después de la operación ya no seré un hombre, entiendes, mi vida de hombre se acabó».
—Lo encontré la semana pasada en la casa de campo de los Clevis —continuó Hana—. ¡Es un hombre estupendo! ¡Más joven que todos nosotros! ¡Lo adoro!
Jan debería estar satisfecho de que la hermosa actriz quiera a su amigo, pero aquello no le causó ninguna impresión especial porque a Passer lo quería todo el mundo. En la irracional bolsa de la popularidad social sus acciones habían subido mucho en los últimos años. Se habla convertido casi en un ritual indispensable pronunciar, entre las chorradas habituales de cualquier reunión, un par de frases admirativas sobre Passer.
—¡Ya sabe usted qué maravilla de bosques hay alrededor de la casa de los Clevis! ¡Hay cantidad de setas y a mí me encanta buscar setas! Yo dije ¿Quién me acompaña a buscar setas? Nadie tenía ganas, el único que se levantó fue Passer: ¡yo le acompaño! ¡Imagínese, Passer, una persona enferma! ¡Ya Le digo que es el más joven de todos!
Miró a su dedo gordo, que no había dejado ni por un momento de girar en círculo alrededor de la mesilla redonda y dijo:
—Así que fuimos a buscar setas con Passer. ¡Una maravilla! Dimos vueltas por el bosque. Después encontramos una pequeña taberna. Una taberna pequeña y mugrienta, de pueblo. Me encantan. En una taberna de esas hay que beber vino tinto corriente, del que beben los albañiles. Passer estuvo estupendo. ¡Lo adoro!