presidente del olvido con un pañuelo rojo al cuello. Los niños aplaudían y gritaban su nombre. Ya han pasado ocho años desde aquel momento pero mi cabeza siguen resonando sus palabras, que volaban través de las ramas florecidas de los manzanos. Niños, vosotros sois el futuro, dijo y yo sé ahora aquello tenía un sentido distinto de lo que pudiera parecer a primera vista. Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se aproximar cada vez más al niño, porque la infancia imagen del futuro. Niños, no miréis nunca hacia atrás, decía y quería decir que no debemos permitir nunca que el futuro se hunda bajo el peso de la memoria. Tampoco los niños tienen pasado y ése es el secreto de la encantadora inocencia de sonrisa. La historia es una sucesión de cambios pasajeros, mientras que los valores eternos permanecen fuera de la historia, son imperturbables y no necesitan de la memoria. Husak es el presidente de lo eterno y no de lo pasajero. Él está de parte de los niños y los niños son la vida y la vida es ver, oír, comer, beber, orinar, defecar, sumergirte en
el agua y mirar al cielo, sonreír y llorar.
Dicen que cuando Husak terminó su discurso a los niños (para entonces yo ya había cerrado la ventana y papá volvía a prepararse para montar a caballo), Karel Gott subió al podio y cantó. A Husak le raían las lágrimas de emoción por la cara y la sonrisa del sol, que brillaba desde todas partes, se unió con esas lágrimas. El gran milagro del arco iris se extendió en ese momento sobre Praga.
Los niños levantaron sus cabezas, vieron el arco iris y comenzaron a reír y a aplaudir.
El idiota de la música terminó su canción y el presidente del olvido abrió los brazos y exclamó: «¡Niños, vivir es ser feliz!».
26
En la isla suenan los gritos del canto y el ruido de las guitarras. Delante del albergue, en el suelo, hay un magnetofón. Junto a él hay un muchacho y Tamina reconoce en él al barquero con el cual vino hace tanto tiempo a la isla. Está excitada. Si es el barquero, en algún sitio tiene que estar la barca. Sabe que no puede dejar escapar esta oportunidad. El corazón le late con fuerza y desde este momento no piensa más que en la huida.
El muchacho mira hacia abajo al magnetofón y mueve las caderas. Los niños se acercan al sitio y se le suman: mueven hacia adelante primero un hombro y después el otro, tienen la cabeza inclinada hacia arriba, mueven las manos con los dedos índices hacia afuera, como si amenazaran a alguien y acompañan con sus gritos las canciones que suenan en el magnetofón.
Tamina está escondida tras el grueso tronco de un plátano, no quiere que la vean pero no puede despegar la vista de ellos. Se comportan con la misma coquetería provocativa que las personas mayores, moviéndose hacia adelante y hacia atrás como si imitaran el coito. La obscenidad de los movimientos adherida a los cuerpos infantiles elimina la contradicción entre impudicia e ingenuidad, entre la limpieza y la podredumbre. La sensualidad pierde todo sentido, la ingenuidad pierde todo sentido, el diccionario se derrumba y Tamina se siente mal: como si tuviera en el estómago una cavidad vacía.
Y la imbecilidad de las guitarras suena y los niños bailan, sacan la barriga con coquetería y ella siente náuseas de Isa cosas que no pesan nada. Esa cavidad vacía en el estómago es precisamente la insoportable ausencia de peso.
Igual que un extremo puede convertirse en cualquier momento en su contrario, la máxima ligereza se ha convertido en la terrible carga de la falta de peso y Tamina sabe que ya no es capaz de soportarla ni un instante más. Y se da la vuelta y corre. Corre por la arboleda hacia el agua. Ya está junto a la orilla. Mira a su alrededor. Pero la barca no está. Igual que el primer día, da la vuelta a toda la isla corriendo para encontrarla. Pero no ve ninguna barca. Por fui regresa al sitio en que el sendero bordeado de plátanos desemboca en la playa. Ve correr excitados a los niños. Se detiene. Los niños la vieron y se han echado a correr hacia ella.
27
Se tiró al agua.
No fue por miedo. Lo tenía pensado desde hace tiempo. El viaje en barca no había durado tanto. ¡Aunque no vea la orilla opuesta tiene que ser posible llegar hasta ella!
Los niños llegaron gritando hasta el sitio en donde había abandonado la orilla y varias piedras cayeron a su lado. Pero nadaba rápido y pronto estuvo fuera del alcance de sus débiles brazos.
Nadaba y por primera vez después de mucho tiempo sentía una sensación deliciosa. Sentía su cuerpo, sentía su antigua fuerza. Siempre había nadado bien y nadar le producía satisfacción. El agua estaba fría pero aquel frío le hacía bien. Le parecía como si lavase así toda la suciedad infantil que tenía acumulada, todas las salivas y las miradas de los niños.
Nadó durante mucho tiempo y mientras tanto el sol caía lentamente sobre el agua. Y luego se hizo de noche y la oscuridad fue completa, no había luna ni estrellas y Tamina trataba de mantener siempre la misma dirección.