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The measure cannot be a "disguised restriction on international

Article XX was drafted long before concern for the environment

2. The measure cannot be a "disguised restriction on international

Aun antes de concluir el siglo XIX, Japón empezó a proyectarse sobre el continente asiático con el mismo ahínco y los mismos métodos con que las potencias euroamericanas del momento se disputaban el dominio

El primer Tratado para la Reducción y Limitación de Armas Estratégicas Ofensivas fue firmado en 1972; Start II, que dispuso la reducción del arsenal mutuo de ojivas nucleares a una cantidad de 3.000 a 3.500 para el año 2007 se firmó en 1993. El Tratado Anti Misiles Balísticos –ABM–, de 1972, limita el

derecho ruso y americano a construir escudos antimisiles.

7. Además de 40 bases en el archipiélago de Okinawa, las bases de Estados Unidos en Japón se ubican en Yakota, Misawa, Atsugi, Yokosuka, Sasebo, Iwakami y Zama.

del planeta. Su vigor económico y militar estaba estimula- do por una filosofía política nacionalista, en la que se juntaron los ingredientes conservadores del ideal de pure- za racial y cultural con el aporte occidental tecnocientífico. En la segunda década del siglo XX, el fundamento ideológico de la expansión colonial japonesa fue formula- do en su versión más influyente por Ikki Kita, en su Plan para la Reorganización del Japón, cuyo objetivo era la creación de la Esfera de Coprosperidad de los Pueblos Asiáticos, y sirvió para la formación, pocos años después, de corrien- tes fascistas. Para aplicar sus ideas, Kita formó en 1919 la Sociedad de la Voluntad Perdurable. Disidentes de ésta crearon en 1924 la Sociedad de la Tierra, a la que pertene- cían militares jóvenes8. Fueron éstos quienes con mayor

vehemencia forjaron la expansión japonesa a costa de territorio chino primero, y luego de los países del sureste asiático.

La superación del sistema feudal japonés y su ingreso a la modernidad se materializó con la renovación Meiji: para responder a los desafíos extranjeros, los líderes de las provincias más poderosas convinieron poner fin a la lucha interna y conformar un sistema político centralizado, res- catando para ello la institución imperial que durante los últimos tres siglos había descendido a un segundo plano, mientras el gobernante militar (Shogun) ejercía el poder real sobre el país. En dicha reforma, ocurrida entre 1868 y 1912, la bandera ideológica para instaurar el liderazgo japonés fue la consigna de fukoku kyohei (enriquecer el país, fortalecer lo militar), lo cual significó la renovación de sus instituciones sociales y económicas de corte occidental, bajo un ideario político-religioso fundamentado en la tra-

8. Takabatake Michitoshi, Lothar Knauth y Michiko Tanaka (comps.). Política y Pensamiento Político en Japón 1926-1982, El Colegio de México, 1987, pp. 57 y 58.

dición, los héroes del pasado, los dioses sintoístas y, sobre todo, en el rescate de la figura imperial. En 1889, Japón adoptó una nueva constitución, que dio paso a un gobierno parlamentario, con un fuerte centralismo en la planeación económica y en el diseño y operación de las actividades militares. Esto lo llevó a obtener el suficiente progreso industrial y una ventaja suficiente como para combatir a China en 1895, a Rusia en 1905 y anexar Corea en 1910, emergiendo como el mayor poder imperialista de Asia oriental.

Durante el medio siglo que va desde 1895 hasta 1945, el extremo oriental de Asia sufrió el intento de una paz nipónica intensa y frágil, que buscó desplazar a los podero- sos euroamericanos y ampliar el control territorial a expensas de sus vecinos. Este orden nipón tuvo sus pilares en la posesión de Corea y Taiwán, y posteriormente en el control de Manchuria.

Desde la primera guerra mundial Japón gozó de un extenso territorio: hacia el norte se proyectaba hasta la mitad sur de la isla de Sajalín, cubriendo así la totalidad del archipiélago de las islas Kuriles; en el sur tenía soberanía sobre las islas Ryukyu, extendiendo su dominio hasta Formosa (Taiwán). En agosto de 1914 ocupó también las posesiones alemanas en Shantung y en el océano Pacífico. Con estos movimientos aspiró a continuar con su expan- sión militar y a desarrollar rápidamente la industria y el comercio, con lo cual “acabó imponiéndose como potencia económica mundial, especialmente en la construcción na- val”9.

En medio de los conflictos sociales que estallaron por la baja de los salarios de los obreros y por la intención del

9. Lucien Bianco. “Japón y Corea desde la primera guerra mundial”, en Asia Contemporánea-Historia Universal Siglo XXI, Vol. 33, 8ª ed., Siglo XXI Editores, 1976, p. 45.

gobierno de enviar un ejército a Siberia, se desencadenaron los llamados “motines del arroz”, por el temor a que los precios del cereal subieran ante la escasez del mismo por la guerra. Durante el renacimiento general que siguió a la primera guerra mundial el país tuvo una breve política exterior de corte pacifista, mientras su política interior se basaba en la recuperación económica, teniendo en cuenta que atravesaba por su segunda crisis, producto del terre- moto sufrido en septiembre de 1923. Sin embargo, muy pronto hubo de planear la nueva estrategia de proyección en el continente, para detener el avance del ejército de Chiang Kai-chek. Así, se difundió el memorando Tanaka10,

donde se estipulaban los objetivos de la expansión japone- sa en Manchuria y Mongolia meridional. Aunque con una fuerte oposición dentro del Parlamento japonés, Tanaka comenzó con la ofensiva en China; envió a Shandung varias divisiones que ocasionaron fuertes disturbios y la resistencia de la población china. El gobierno nacionalista de China hizo un llamamiento a la Sociedad de Naciones y Tanaka tuvo que aceptar el tratado Briand-Kellog, por el que reconoció al gobierno chino y evacuó Shantung.

En 1930 Japón sufría las secuelas de la gran depresión: tuvo que gastar sus reservas de oro, surgieron escándalos y hubo numerosas huelgas de obreros que regresaron al campo superpoblado11. En medio de esta agitación los

militares apostados en Kwantung ocuparon Manchuria, poniendo en práctica un paso planeado desde hacía varios meses por oficiales del ejército japonés junto con miembros del estado mayor de Tokio: “El derrocamiento del gobier- no de Tokio debería coincidir con el momento en que se

10. General retirado y ministro del ejército de 1918 a 1920 y de 1923 a 1924, que reprochaba al Parlamento japonés la falta de vigor de su diplomacia en China, por su incapacidad de acabar con las manifestaciones antijaponesas. 11. Bianco. Op. cit., p. 51.

produjera la invasión de los territorios chinos. Estos se declararían primero autónomos para ser después anexa- dos a Japón. En principio, se ocuparía la Mongolia meri- dional. Pero este proyecto sólo pudo llevarse a cabo en parte”12. Ninguna de las dos tentativas de golpe de estado

(marzo y octubre de 1931) se dieron con éxito. El primer ministro japonés Wakatsuki trató de impedir la guerra, pues las intensiones del ejército de Kwantung eran a favor de la extensión del conflicto. Desafortunadamente, la inva- sión continuó y ya para 1932 el ejército japonés había tomado Harbin y atacado a Shanghai.

El gobierno japonés hizo un pronto reconocimiento del nuevo Estado en Manchuria. Por el contrario, los demás países rechazaron este hecho, ya que China hizo un llama- do a la Sociedad de Naciones que condenó la invasión de su territorio, organización de la cual Japón se retiró el 27 de marzo de 1933. En este mismo año, el ejército de Kwantung invadió Jehol y avanzó hacia Beijing. Por su parte, Chiang Kai-chek admitió el statu quo en Manchuria (sin reconocer su independencia), donde se había creado el Estado de Manchukuo, una estructura títere a cuya cabeza los japo- neses pusieron el último emperador de la dinastía Ching, Pu-i.

Poco a poco el ejército de Kwantung tomaba territorios chinos, mientras en una fuerza contraria, el ejército rojo chino ganaba importancia y avanzaba hasta la región de Yenan. Los políticos derechistas japoneses veían progresar “su objetivo último de crear un sistema de cooperación económica en toda el Asia oriental”13, aprovechando los

ancestrales lazos entre China y Japón que, en tiempos recientes, habían permitido la explotación de las compa-

12. Ibid. 13. Ibid., p. 53.

ñías ferroviarias de Manchuria, el aprovechamiento de las minas de Fushun y el avance de la industria siderúrgica. El Estado chino se iba modelando como el mayor proveedor de materias primas del Japón y el mayor mercado de productos terminados de este país. Sin embargo, a finales de 1936, el ejército de Kwantung sufrió varias derrotas en China, pues su ataque a Suiyuan en Mongolia Meridional fue rechazado; por esos días Chiang Kai-chek se había visto obligado a terminar la guerra contra los comunistas para dedicarse a la lucha contra el Japón.

En Corea, Japón depuso la dinastía Li e instaló un gobierno colonial en Seúl en 1910. El control político y económico sobre la península fue tan severo que las explo- siones antijaponesas surgieron a lo largo y ancho del país. En 1919 se realizó una manifestación multitudinaria, que fue contrarrestada con crueldad y dejó miles de muertos, heridos y gran número de detenciones. Ante la dureza de los métodos de asimilación japoneses, miles de coreanos huyeron a Manchuria y a otras regiones. Este pesado yugo sobre la sociedad coreana se mantuvo hasta la rendición nipona en 1945.

Por supuesto, los países independientes y las colonias europeas al sur se hallaban también dentro de sus planes anexionistas. El avance japonés hacia el sur, rico en mate- rias primas y en de mano de obra barata que requería la maquinaria imperial, fue precipitado por el estallido de la segunda guerra mundial en 1939. Dos años después, las fuerzas japonesas se lanzaron en forma temeraria a la expulsión de los euroamericanos y a la conquista del Pacífico occidental. Una vez dado el golpe de sorpresa a Estados Unidos en Hawai, en diciembre de 1941, los mili- tares, para entonces al mando del gobierno japonés, des- plegaron el plan para ocupar las restantes islas estadouni- denses en el Pacífico sur y arrebatar a los europeos el

sudeste asiático, por entonces bajo el control de Holanda, Francia, Portugal e Inglaterra.

La captura de dichos territorios ocurrió a una velocidad inverosímil, aunque, del mismo modo, no hubo que espe- rar mucho tiempo para su desenlace fatal: “La guerra en el Pacífico duró cuatro años, acarreando incalculables sufri- mientos al pueblo japonés y desembocando en la total destrucción del imperio y de sus instituciones militares. Sin embargo, durante un año, la guerra relámpago japonesa lo arrollaba todo. En Pearl Harbour, el día 7 de diciembre, los Estados Unidos perdieron siete acorazados, 120 avio- nes y 2.400 hombres. En muy poco tiempo los japoneses invadieron las Filipinas y se apoderaron de Hong Kong, de Singapur y de Indonesia. En marzo de 1942 las tropas japonesas estaban en Nueva Guinea y se disponían para el ataque a Australia. En mayo habían ocupado Myanmar (Birmania) y proyectaban la conquista de la India. Pero Pearl Harbour había unido a América en una inquebranta- ble decisión, y, al fin, las enormes posibilidades militares e industriales de los Estados Unidos y de sus aliados comen- zaron a imponerse contra el Japón. En las islas Midway, en junio de 1942, la marina japonesa perdió cuatro de sus mejores portaaviones, y en agosto las fuerzas aliadas hicie- ron en Guadalcanal el primer desembarco anfibio contra las tropas japonesas.

“El imperio del Japón, excesivamente extendido, había tenido que pasar a la defensiva. Entre el verano de 1942 y 1944 los aliados atendieron especialmente a Europa, pero Japón sufrió pérdidas tremendas en su flota, como conse- cuencia de la acción de los submarinos aliados, y fueron reconquistadas varias islas estratégicas en las Gilbert y en las Marshall. En el verano de 1944 los aliados lanzaron contra las islas del propio Japón dos fuertes ataques anfi- bios que pasaban de una isla a otra. Uno se dirigió contra las Marianas, conquistando Saipan en junio, e Iwo Jima en

marzo de 1945. El otro reconquistó las Filipinas, en octubre de 1944. Los dos movimientos confluyeron sobre Okinawa, en mayo de 1945, y lograron expulsar de ella a los japoneses en junio. Las fuerzas aliadas estaban ahora en los umbrales de Japón, y a una distancia que les permitía bombardear las islas.

“A partir de finales de 1944 los aviones aliados comen- zaron el bombardeo sistemático de las ciudades japonesas. Se calcula que solamente el ataque incendiario contra Tokio, el 10 de marzo de 1945, causó la muerte de 100.000 personas. Durante aquellas incursiones murieron en Japón un total de 668.000 civiles. En el verano de 1945 Japón estaba militarmente vencido, pero se negaba todavía a aceptar la rendición incondicional exigida por la Declara- ción de Potsdam.

“Posteriormente, en agosto, Japón recibió dos golpes que hicieron inevitable la rendición. El día 6 de agosto los Estados Unidos arrojaron su primera bomba atómica sobre Hiroshima. El 8 de agosto los rusos le declararon la guerra y comenzaron a invadir Manchuria. El 9, una segunda bomba atómica fue lanzada sobre Nagasaki. En contra de las continuadas protestas de los militares, el emperador, el día 14 de agosto, se encargaba de ‘soportar lo insoporta- ble’. Al día siguiente Japón aceptaba oficialmente la Decla- ración de Potsdam”14.

En la década de los años sesenta, pasada la ocupación estadounidense, Japón sorprendió al mundo por la incur- sión portentosa en el comercio internacional de productos manufacturados; su reindustrialización le tomó la década de los años cincuenta y logró levantarse desde las cenizas en que quedó sumida su infraestructura durante la segun-

14. John Whitney Hall. ''El imperio japonés'', Historia Universal Siglo XXI, 5ª ed., Vol. 20, México, 1981, pp. 320 y 321.

da guerra mundial. El pequeño archipiélago aparecía como el mayor desafío comercial para los países industrializados (valga decir Estados Unidos y Europa occidental), ampara- do en una nueva práctica socioeconómica en la cual el Estado tenía un papel de líder del desarrollo económico y garantizaba un sostenido aumento del bienestar social y la equidad en el ingreso.

Durante los años ochenta, en contraposición con un comunismo poco fiable en China y un flagrante descon- cierto económico y político en Rusia, Japón aparecía como una alternativa para morigerar el poder hegemónico de Estados Unidos en el área. Ezra F. Vogel en su libro Japan as Nº 1, hace un esbozo de la situación japonesa de la época e identifica al país como potencia regional, pues dado su desarrollo alcanzado no sólo en lo económico sino también en lo social y político serviría de ejemplo para América. Este autor afirma que el llamado “milagro japonés” fue el resultado del análisis y reestructuración de sus institucio- nes para localizar sus fortalezas y debilidades y lograr una rápida industrialización, superando los problemas de la densidad de población y la dependencia de recursos ener- géticos y minerales importados. Su alta competitividad, comparada con la de otros países occidentales, le brindó amplias ventajas que se vieron incrementadas con el inte- rés japonés por la investigación en la aplicación de tecno- logía a todos los campos. Prueba de este éxito fue el aumento de la inversión japonesa en Estados Unidos, que excedió a la inversión de los norteamericanos en el archi- piélago, estableciendo numerosas propiedades y plantas de producción15.

15. Ezra Vogel. Japan as Nº 1, Lessons for América, Charles E. Tuttle Co. , Tokio, 1979, p. 15.

Además, se debe anotar la superioridad de Japón en cuanto a educación se refiere, ya que durante esta época los japoneses tenían el 90% de su población escolarizada y con una alta proporción de ingreso a grados superiores. Tam- bién se apreciaba que las horas dedicadas al estudio en Japón al año eran mayores que en otros países, indicando la gran importancia que se le imponía a la preparación de la población como factor decisivo en el desempeño mismo del país; lo mismo se observaba en los programas de salud y bienestar social.

Una consecuencia lógica del éxito económico no podría ser otra que el regreso japonés al escenario político como actor determinante en la configuración del poder planeta- rio. Las tendencias más aguerridas insistieron en la vía de la modernización militar y en la revisión del sistema defen- sivo prevaleciente durante la etapa de recuperación econó- mica. Inducidos por su celo autonomista, los primeros ministros Nakasone, en los ochenta, y Hosokawa , en los noventa, abogaron por el fortalecimiento militar, en el primer caso, y el retiro norteamericano, en el segundo.

La profunda recesión económica que empezó a vivir Japón a raíz de la crisis asiática de 1997 lo llevó a revisar sus ambiciosos planes autonomistas y sus compromisos en la alianza militar con Estados Unidos. Los recursos prometi- dos para el TMS sumados a los US$5 mil millones que paga a las tropas estadounidenses cada año superan los US$12 mil millones de ayuda japonesa al mundo en desarrollo. Si a ello se agrega la presión de la opinión pública dentro de ambos países, adversa a tan excesivo costo de defensa, se puede prever la racionalización del gasto de defensa, lo cual ubica el reordenamiento geopolítico de Asia oriental más sobre el plano político y de la negociación con Rusia, China y Corea que sobre el ensanchamiento militar nipo- americano.